En la segunda mitad del siglo XX, surgieron en el ámbito anglosajón dos nuevas ramas de la estética, la estética medioambiental y la estética cotidiana. Desde distintos ángulos, ambas cuestionaban la asociación cada vez más estrecha entre estética y filosofía del arte, generada en el moderno sistema de las bellas artes. Este último, sobre todo a partir de Hegel, relegó a un segundo plano, cuando no rechazó abiertamente, tanto la experiencia estética cotidiana como la experiencia estética de la naturaleza no intervenida artísticamente; ambas fueron cuestionadas por comprometer el deleite desinteresado, asociado entonces, de modo prioritario, al modelo de la experiencia del arte. De diversas maneras, las dos corrientes resonaban con la obra seminal de John Dewey, El arte como experiencia (1934), quien reivindicó la continuidad arte-vida (cotidiana) y sostuvo que la criatura viva desarrollaba una dimensión estético/artística de modo natural a partir de la interacción con su entorno. Los múltiples vasos comunicantes entre ambas áreas de estudio podrían sintetizarse en dos: el rechazo del arte-centrismo y la conexión entre ética y estética.