Helena y la paradoja

Resumen

Más que la explicación, tantas veces enrevesada y abstrusa, sobre el significado original de “belleza” –término de identificación profesional, fórmula dictada por convención o etiqueta conjuracional1 de los estetas–, la pregunta necesaria en relación con el origen de la estética como ámbito o esfera autónoma del pensamiento filosófico, debería ser: “¿Cómo es que ha habido –hubo alguna vez– algo así como ‘lo bello’?” Y tanto da que se trate de lo bello en sí, o que la belleza sea o no algo trascendente a los sentidos. La belleza, su significado y su naturaleza, es lo que suele identificarse un asunto central de la estética aunque, como sabemos, el siglo XVIII muchas otras “experiencias estéticas” –lo grotesco, lo pintoresco, lo sublime, etc.– que poco o nada tienen en común con la experiencia de lo bello. Si nos somos fieles a la condición discursiva de la reflexión filosófica tenemos que aceptar que aquí está, en verdad, el interrogante; y no tanto en las acostumbradas desviaciones discursivas de los filósofos hacia “la esencia de lo bello”, “el fundamento de lo bello en sí”, “la belleza pura” y demás hipérboles generadoras de cháchara filosofante (+)
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