Editorial

Resumen

“El horror, el horror”. Con estas palabras finaliza El corazón de las tinieblas, la célebre novela de Joseph Conrad. Más que de una impresión o de una simple experiencia, tenemos la sospecha de que lo que el coronel Kurt, cuyos perfiles en nuestra imaginación, por obra y gracia del cine, se confunden inevitablemente con los de Marlon Brando, tiene ante sí es una evidencia de contornos físicos casi incontestables. El horror, parece decirnos, es todo lo que hay: es la esencia de la existencia. Tal vez la reflexión más profunda sobre el horror es la que nos ofreciera la tragedia griega. En algunas representaciones de las tragedias de Eurípides, nos cuentan sus coetáneos, el sentimiento del horror alcanzó tal grado de intensidad que hubo mujeres que abortaron. Desde entonces el horror ha acompañado al arte como “el más incómodo de sus huéspedes”, por parafrasear aquella definición que Nietzsche le aplicara al nihilismo. ¿Merece la pena, en nuestros virtualizados tiempos actuales, seguir reflexionando sobre el papel que el horror juega en la experiencia estética? Tal vez, precisamente esa virtualización, y sus indeseables consecuencias banalizadoras, nos lo imponen como un ineludible imperativo.

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