Sonia Carbonell Pastor
Universitat de Barcelona
Carrer de Montalegre, 6, Ciutat Vella, 08001 Barcelona
scarbonell@ub.edu
0000-0003-0159-4528
(Responsable de correspondencia)
Margalida A. Coll Sabater
Universitat Pompeu Fabra
Carrer de la Mercè, 12, Ciutat Vella, 08002 Barcelona
margalida.coll@upf.edu
0009-0009-9487-6890
Fecha recepción: 21-05-2025 | Fecha aceptación: 26-08-2025
Resumen Este trabajo muestra los principales resultados e hipótesis interpretativas acerca de la funcionalidad de los patios delanteros de las cuevas artificiales a partir de las recientes excavaciones en el patio de la cueva n.o 45 de Calescoves (Alaior, Menorca). Se presenta un estudio de las fases de este espacio desde la Prehistoria hasta la actualidad, los contextos arqueológicos y la materialidad asociada al mismo. La excavación ha documentado una notable potencia estratigráfica, identificando episodios de vertido, reutilización y una significativa concentración de materiales votivos en el nivel de uso original. Destaca el hallazgo de una gran piedra escuadrada, tumbada intencionadamente, bajo la cual aparecieron cuatro agujas de bronce, interpretado como un posible ritual de clausura. Se recuperaron restos óseos de todas las edades procedentes del interior de la cueva, incluidos perinatales posiblemente inhumados en recipientes cerámicos, aportando datos sobre prácticas funerarias. La morfología abierta y rehundida del patio, con potencial acumulación de agua, refuerza su interpretación como un espacio liminal de transición y ritualidad funeraria, clave en la performance ritual y la memoria colectiva. Los resultados permiten reconsiderar el papel simbólico y funcional de estos espacios liminales en el contexto de las prácticas mortuorias de las comunidades postalayóticas, subrayando su centralidad más allá de meros accesos.
Palabras clave Cuevas artificiales, necrópolis, patios, Menorca, Edad del Hierro, Postalayótico, ritualidad.
Abstract This paper presents the main results and interpretative hypotheses regarding the functionality of the forecourts of artificial caves, based on recent excavations in the courtyard of cave no. 45 in Calescoves (Alaior, Menorca). It offers a study of the phases of this space from Prehistory to the present day, its archaeological contexts, and associated material culture. The excavation has documented a considerable stratigraphic depth, identifying episodes of dumping, reuse, and a significant concentration of votive materials in the original use level. A notable finding is a large, squared stone, intentionally laid flat, beneath which four bronze needles were found, interpreted as a possible closure ritual. Osteological remains of all ages originating from inside the cave were recovered, including perinatal individuals possibly interred in ceramic vessels, providing data on funerary practices. The open and sunken morphology of the forecourt, with its potential for water accumulation, reinforces its interpretation as a liminal space of transition and funerary ritual, key to ritual performance and collective memory. The results allow for a reconsideration of the symbolic and functional role of these liminal spaces within the context of Post-Talayotic mortuary practices, highlighting their centrality beyond being mere access points.
Keywords Rock-cut tombs, Necropolises, Courtyards, Menorca, Late Iron Age, Post-Talayotic, Rituality.
Carbonell Pastor, S. y Coll Sabater, M.A. (2025): “El patio de mi cueva es singular: prácticas rituales y materialidad funeraria en la cueva n.o 45 de Calescoves (Alaior, Menorca) (ss. IV-I a.n.e.)”, Spal, 34.2, pp. 70-109. https://dx.doi.org/10.12795/spal.2025.i34.15
2. El mundo funerario y las prácticas rituales en arqueología
3. Historia de las investigaciones en la necrópolis de Calescoves
4.1. Excavación del patio de la cueva artificial n. o 45
4.1.2. Nivel de desecho constructivo
4.1.3. Niveles de abandono/vaciado de la cueva n. o 45
4.1.4. Niveles de uso del patio: funcionalidad, cronología y relectura arquitectónica
4.2. Estudio de materiales y cronología
5.1. Revisión crítica sobre investigaciones previas en patios
5.1.2. Caparrot de Forma o Cap de Forma (Mahón)
5.1.3. Cala Morell (Ciutadella)
5.1.4. S’Albufera des Port (Ciutadella)
5.2. Funcionalidad ritual, persistencia y clausura en el patio de la cueva n. o 45
Figura 4. Necrópolis de Calescoves (Alaior, Menorca) con indicación de la cueva artificial n. o 45.
Figura 13. Selección de materiales procedentes de la UE 107.
Figura 14. Selección de materiales procedentes de las UU.EE. 304 y 306.
El mundo funerario de la Segunda Edad del Hierro en Menorca, un periodo conocido como Postalayótico (ca. 550-123 a.n.e.) –o Talayótico Final, según otros autores (Anglada et al., 2017; Riudavets y Ferrer, 2022)-, se caracteriza principalmente por la proliferación de necrópolis de cuevas artificiales o hipogeos, así como por diversos cambios en las prácticas rituales y mortuorias. Estas transformaciones, respecto a épocas anteriores, se manifiestan especialmente en el tipo de sepultura, que en este momento adquiere una mayor complejidad espacial y arquitectónica, con una notable diversidad de soluciones formales. Las principales características espaciales de las necrópolis de esta fase final de la Prehistoria menorquina incluyen su disposición en agrupaciones dentro de espacios previamente utilizados con fines funerarios, lo que sugiere una voluntad de continuidad del espacio sacro. Estas agrupaciones se localizan tanto en desniveles de barrancos y acantilados como en afloramientos rocosos que facilitan su excavación y talla. Desde el punto de vista formal, las tumbas presentan volúmenes más amplios y una marcada compartimentación interna mediante pilastras adosadas y pilares que condicionan la circulación. Asimismo, se documentan accesos verticales de planta rectangular, en ocasiones enmarcados por molduras o bandas escalonadas, así como patios exteriores que preceden el acceso a la cámara funeraria (Carbonell, 2025, pp. 185-200). Estos últimos elementos –los patios externos– constituyen el eje central del presente trabajo (fig. 1).
Los patios de entrada, espacios abiertos excavados en la roca, constituyen uno de los elementos arquitectónicos característicos de algunas cuevas artificiales de época Postalayótica (Segunda Edad del Hierro) en Menorca. Estos espacios presentan una notable diversidad tanto en sus dimensiones como en sus aspectos formales; sin embargo, suelen compartir una planta de tendencia trapezoidal, con un lado mayor en el que se abre el acceso a la cámara funeraria y un lado menor conformado por la proyección de los brazos laterales hacia el centro. Este lado corto puede definirse de formas variadas, desde delimitaciones claramente esculpidas, como en las cuevas n.o 9 y n.o 10 de Cala Morell (Ciutadella), donde también se tallaron escalones que comunican el nivel de circulación exterior con el fondo del patio, hasta casos en los que no existe un cierre definido, como ocurre en el ejemplo analizado en el presente estudio (fig. 2). En función de estas configuraciones, algunos patios aparecen rehundidos respecto al nivel de circulación exterior, mientras que otros se hallan a la misma cota.
Figura 1. Mapa general de la isla de Menorca con indicaciones de los yacimientos mencionados en el texto. ^
Figura 2. Patios delanteros de cuevas: ejemplar de la cueva n.o 45 de Calescoves (a) y ejemplares de la necrópolis de Cala Morell, cueva n.o 9 (b) y cueva n.o 10 (c). ^
Las prospecciones realizadas en 2021 (Carbonell, 2025) revelaron la existencia de potencia estratigráfica en las zonas de acceso de determinadas cuevas artificiales, posiblemente provistas de patios. Este hecho resulta particularmente significativo ya que por lo general los episodios de expolio y las sucesivas reutilizaciones han conllevado la desaparición casi total del sedimento arqueológico en espacios funerarios (Carbonell, 2018). Dado que se trata del área más próxima a los accesos de las cuevas, cabe la posibilidad de que en ella se hayan conservado materiales, incluso en contextos alterados por el expolio. A partir de esta premisa, se planteó la realización de un proyecto de excavación centrado específicamente en uno de estos espacios –el correspondiente a la cueva n.o 45 de Calescoves– con el objetivo de obtener información sobre su funcionalidad y su relación con el ámbito funerario de las comunidades postalayóticas.
La cueva artificial n.o 45 de la necrópolis de Calescoves presenta un patio exterior de morfología trapezoidal y una fachada plana en la que se abren dos oquedades (fig. 3): a la izquierda, la entrada principal, de morfología rectangular vertical, y a la derecha, una abertura secundaria cuya funcionalidad ha sido objeto de debate. Mientras que C. Veny (1982, p. 148) la interpretó como una segunda puerta de acceso, un primer examen visual de esta abertura sugirió la posibilidad de que se tratara de un elemento arquitectónico distinto, debido a su menor grado de elaboración y a su diferente cota. El vano principal conserva restos de bandas molduradas en su parte inferior izquierda, vestigio de una ornamentación hoy desaparecida. En el interior, la cámara se distingue por dos pilastras adosadas –una centrada en la pared posterior y otra en la lateral derecha– que generan un pequeño lóbulo lateral de acceso indiferenciado y dimensiones reducidas. Las paredes, desbastadas, pero no pulidas, y el techo, con acusados desniveles producto de la erosión, evidencian tanto las fases constructivas como la acción de procesos naturales. El suelo mantiene una tendencia general a la horizontalidad, aunque presenta múltiples irregularidades. En excavaciones antiguas se documentaron en su interior restos óseos humanos con señales de exposición al fuego, así como materiales metálicos y cerámicos (Veny, 1982, pp. 150-153).
Figura 3. Planimetría de la cueva n.o 45 con su patio delantero (izda.) y fotografía de detalle del mismo (dcha.). ^
La investigación parte de la hipótesis de que estos patios habrían sido espacios destinados a la realización de prácticas rituales funerarias, que incluirían la deposición de ofrendas ante el acceso a la cámara mortuoria. En este sentido, la relación entre el contenido –las ofrendas– y el contenedor –el patio– resulta clave para comprender su función dentro del conjunto funerario. Asimismo, se ha planteado el debate sobre si estos patios pudieron encontrarse parcial o totalmente cubiertos por agua. De ser así, este elemento habría tenido un valor simbólico (Sintes y León, 2019, p. 43), actuando como una frontera liminal entre el mundo de los vivos y el de los muertos. En este espacio de transición, la comunidad habría llevado a cabo rituales destinados a facilitar el paso del difunto hacia el más allá, constituyendo el último umbral antes de su inhumación definitiva (Veny, 1982, p. 290). Por otro lado, existen interpretaciones alternativas que atribuyen a estos patios una función primordialmente práctica. Su presencia podría responder a la necesidad de disponer de un espacio amplio que facilitara los trabajos de excavación, tallado y acabado de las fachadas y accesos a las cámaras. A esta lectura se suma la hipótesis de que la diferencia de cota entre el nivel del patio y el umbral de entrada habría servido para dificultar el acceso de animales que pudieran alterar los restos depositados en el interior (Juan Benejam, 1999, p. 50).
En este contexto interpretativo, que oscila entre lo simbólico y lo funcional, se enmarca el presente trabajo, cuyo objetivo principal es exponer los resultados de las excavaciones llevadas a cabo en el patio de la cueva n.o 45 de Calescoves (fig. 4) durante las campañas arqueológicas de septiembre/octubre de 2023 y 2024. Se presentan los primeros datos, dataciones e hipótesis interpretativas, tanto sobre la funcionalidad general de estos espacios como sobre las singularidades del ejemplar analizado.
Figura 4. Necrópolis de Calescoves (Alaior, Menorca) con indicación de la cueva artificial n.o 45. ^
En cuanto a la metodología empleada, la excavación del patio de la cueva n.o 45 se llevó a cabo por mitades, debido principalmente a su gran extensión y a la considerable potencia estratigráfica estimada mediante un sondeo exploratorio al inicio de la campaña de 2023. Este sondeo tenía dos objetivos. Por un lado, determinar la profundidad a la que se encontraba la roca madre –es decir, la base del patio– y, por otro, verificar si en ese sector se localizaba el límite del mismo. Los resultados preliminares no permitieron identificar ningún sistema de cierre, pero indicaron que la base del patio se hallaba aproximadamente a 1 metro de profundidad. Sin embargo, dada la inclinación natural de la roca, se optó por dividir la excavación en dos mitades. La oriental fue intervenida durante la campaña de 2023, mientras que la occidental se excavó en la campaña de 2024.
La excavación fue realizada siguiendo el contorno natural de los estratos y mediante el empleo del sistema de documentación estratigráfica propuesto por E.C. Harris. Todos los materiales arqueológicos fueron recogidos –restos óseos, cerámicos, elementos líticos y metálicos–. En el caso de los restos óseos humanos y faunísticos, las cerámicas completas y todos los objetos metálicos, se procedió a su posicionamiento mediante georreferenciación utilizando un GPS Leica Zeno FLX100 plus. Esta estrategia tuvo como finalidad permitir el análisis posterior de posibles fenómenos de dispersión material y la identificación de patrones espaciales.
En los siguientes apartados se abordarán, brevemente, los posicionamientos teóricos en relación con el estudio de las prácticas funerarias y rituales, una contextualización de la necrópolis de Calescoves con una descripción detallada de la cueva n.o 45 y su patio y se expondrán las diferentes fases de este último para acabar con una discusión y unas conclusiones.
El estudio de las prácticas funerarias ha ocupado históricamente un lugar central en la investigación arqueológica, al constituir una vía privilegiada para acceder a las estructuras sociales, las identidades y las representaciones simbólicas y rituales de las sociedades del pasado. Desde sus inicios, la arqueología funeraria ha integrado tanto enfoques empíricos, centrados en el análisis del registro material, como marcos interpretativos orientados a comprender el significado cultural de las prácticas mortuorias, reflejando así la diversidad metodológica y los debates epistemológicos propios de la disciplina.
Durante el siglo XIX y principios del XX, los contextos funerarios fueron abordados principalmente desde perspectivas evolucionistas y difusionistas. Influenciados por el evolucionismo unilineal, los arqueólogos de este periodo interpretaron los restos funerarios como marcadores cronológicos y signos de filiación cultural o contacto entre grupos (Chapman y Randsborg, 1981; Trigger, 1989). En este enfoque, los contextos cerrados de enterramiento eran valorados por su utilidad para establecer secuencias culturales y marcos temporales, aunque se prestaba escasa atención a las dimensiones simbólicas, emocionales o rituales de la muerte (Gräslund, 1987).
La década de los sesenta trajo consigo un giro paradigmático con la emergencia de la arqueología procesual, que situó las prácticas mortuorias dentro de modelos sistémicos de organización social y adaptación cultural. Figuras como L. Binford y A. Saxe propusieron que la variabilidad en el tratamiento de los muertos reflejaba la estructura de la sociedad en vida, utilizando marcos derivados del funcionalismo antropológico y la teoría de roles (Binford, 1972; Saxe, 1970). Esta corriente se caracterizó por su apuesta por la aplicación de métodos científicos, enfatizando la sistematización, la cuantificación y la construcción de modelos explicativos para establecer correlaciones entre prácticas funerarias y niveles de complejidad social (Tainter, 1978).
No obstante, a medida que la disciplina avanzaba, surgieron críticas a esta mirada reduccionista, que entendía el ritual funerario únicamente como reflejo de estructuras sociales, omitiendo sus dimensiones simbólicas, afectivas y performativas. En respuesta, durante los años ochenta emergieron los enfoques postprocesuales, que destacaron el papel activo del ritual como proceso mediante el cual se construyen y negocian significados sociales, reconociendo su capacidad para producir, transformar y reproducir el orden social. Investigadores como I. Hodder, J. Pader y M. Parker Pearson argumentaron que las prácticas funerarias no solo reflejan el orden social, sino que también lo construyen, lo negocian y lo transforman (Hodder, 1982; Pader, 1982; Parker Pearson, 1982). Así, los contextos funerarios comenzaron a ser interpretados como escenarios rituales donde se escenifican memorias, se reafirman identidades y se articulan visiones del mundo.
En este marco, la propuesta de C. Bell (1992) sobre la ritualización ofrece una valiosa perspectiva para entender las prácticas funerarias. Tradicionalmente, el concepto de ritual ha sido abordado de manera universalista, asociándolo con actividades extrañas e irracionales que se contraponen a las acciones cotidianas. Sin embargo, Bell cuestiona esta concepción y propone un enfoque más contextualizado, fundamentado en la teoría de la práctica de P. Bourdieu (1977). Según esta autora, no se trata de crear una nueva teoría sobre el ritual, sino de ver el ritual como una práctica social situada que se desarrolla dentro de un contexto cultural específico, y que no puede reducirse a un conjunto de características fijas o universales.
De este modo, la ritualización se concibe como una estrategia de actuación que marca una distinción con otras prácticas cotidianas, confiriéndole un carácter privilegiado, simbólico y significativo. A través de este proceso, se produce una cosmología, un mundo estructurado de significados. Por tanto, el ritual no se ve como un reflejo de significados preexistentes, sino como un proceso activo que genera su propio sentido. Esta distinción no contrapone el ritual a la vida diaria, sino que lo integra en ella como una manera de actuar que reproduce y reformula los entornos culturales (Bell, 1992, p. 204). Además, en todo ello cabe destacar la importancia del cuerpo y la cultura material en las prácticas rituales, al entender que los rituales se expresan a través de acciones corporales socialmente aprendidas y mediadas por objetos que contribuyen a la construcción de significados compartidos (Bell, 1992, pp. 218-223).
Desde este enfoque, la arqueología funeraria balear ha ampliado su horizonte teórico, superando la perspectiva centrada exclusivamente en la clasificación tipológica o la reconstrucción social, para concebir las prácticas funerarias como eventos rituales dotados de agencia, simbolismo y experiencia (Coll Sabater, 2023; 2024). Esta evolución resulta especialmente pertinente para el análisis de espacios liminales como los patios delanteros de las cuevas, cuya interpretación no puede limitarse a criterios arquitectónicos o utilitarios. En el caso de la necrópolis de Calescoves, este cambio de mirada invita a reexaminar un conjunto arqueológico cuya investigación, desde el siglo XIX, se ha centrado en la descripción morfológica y la clasificación tipológica, así como en debates sobre su función original. Incorporar la perspectiva de los espacios funerarios como escenarios activos de ritualización permite reconsiderar elementos tradicionalmente secundarios –como los patios– como parte esencial de la experiencia funeraria. Con esta base, es posible revisar la trayectoria de las investigaciones en la necrópolis de Calescoves, situando el presente estudio en continuidad y, al mismo tiempo, en diálogo crítico con las aproximaciones precedentes.
La historia de las investigaciones en la necrópolis de Calescoves fue ya objeto de una recopilación exhaustiva por parte de C. Veny, quien sistematizó las principales intervenciones realizadas en esta estación funeraria en una monografía titulada La necrópolis protohistórica de Cales Coves. Menorca (1982). En este apartado se presenta una síntesis de algunas de las figuras clave que contribuyeron al conocimiento de este enclave arqueológico. El primero de ellos fue el Dr. J. Ramis i Ramis, asesor de la Comandancia General de la Isla, quien entre 1818 y 1819 publicó Inscripciones romanas y Antigüedades célticas. En la primera de estas obras ya se hacía referencia a la necrópolis de Calescoves, la cual describe como dividida en dos “arsenales” y con aproximadamente 145 cuevas artificiales visibles en sus inmediaciones (Ramis, 1818, p. 85). Sin embargo, Ramis no estableció un criterio sistemático para delimitar el perímetro de la necrópolis, lo que convierte dicha cifra en una estimación subjetiva. De hecho, algunas de las cavidades que menciona se sitúan fuera del entorno costero inmediato y se extienden hacia el interior. Años más tarde, C. Veny cuestionó esta estimación, al considerar que era exagerada: en su propio trabajo contabilizó 92 unidades, de las cuales no todas podían considerarse cuevas artificiales propiamente dichas (Veny, 1982).
Otra referencia relevante a la necrópolis de Calescoves se encuentra en la obra de É. Cartailhac, Monuments Primitifs des Îles Baléares, donde se describen las características de las cuevas artificiales y se menciona la estación funeraria de Calescoves. Cartailhac planteó una cuestión fundamental sobre el uso original de estas cuevas, al cuestionarse si algunas de ellas, en las que identificó restos óseos humanos calcinados, pudieron haber servido como espacios domésticos (Cartailhac, 1892, p. 46).
En contraste con estas interpretaciones, el historiador F. Hernández Sanz publicó en la Revista de Menorca un artículo titulado La Antigua población de “Calas Covas”, en el que sostuvo que este enclave correspondía a un asentamiento y no a una necrópolis (Hernández Sanz, 1986, pp. 160-161). En la misma línea de investigación, G. Llabrés llevó a cabo excavaciones en Calescoves y recopiló restos óseos humanos y fragmentos cerámicos, los cuales fueron posteriormente enviados a M. Antón de la Sociedad Española de Antropología, Etnología y Prehistoria de Madrid. Dichos materiales fueron estudiados y publicados en 1930 por J. Cabré Aguiló (1930) y F. de las Barras de Aragón (1930), quienes, basándose en el análisis cerámico, propusieron una cronología para Calescoves entre los siglos XI y VIII a.n.e. (De las Barras, 1930, p. 45).
En 1948, J. Hernández Mora publicó Menorca prehistórica. Notas descriptivas, una obra en la que documentó seis cuevas pertenecientes a la necrópolis. En dicha publicación, el autor propuso la hipótesis de que estas cuevas habrían sido utilizadas originalmente como espacios de habitación, aunque no descartó una posible funcionalidad funeraria dada la identificación de restos óseos humanos y de materiales arqueológicos atribuibles cronológicamente tanto a la Edad del Bronce como a la Edad del Hierro en algunas de ellas (Hernández Mora, 1948, pp. 250-254).
En 1935, J. Martínez Santa-Olalla publicó Elementos para un estudio de la cultura de los talaiots en Menorca, donde incluyó referencias a unidades funerarias de Calescoves, citando la cova Negra, la cova del Gegant, la cova del Tresor y l’Abric dels Porcs (cueva n.o 90) (Martínez Santa-Olalla, 1935, pp. 37-40). Asimismo, documentó una cueva artificial denominada cova del Collar, la cual presentaba un carácter funerario y contenía objetos como vasos de fondo alto, incensarios, cerámica helenística, tres cuentas de fayenza y algunos objetos de bronce (Martínez Santa-Olalla, 1935, pp. 60). Años más tarde, Mascaró Pasarius, en su obra Prehistoria de les Balears, mencionó cinco cuevas artificiales de la necrópolis, publicando además su planimetría (cuevas n.o 21, n.o 39, n.o 51, n.o 52 y n.o 68) (Mascaró, 1968, pp. 605-607, 655-656).
A partir de 1966, C. Veny emprendió una serie de excavaciones y tareas de documentación en Mallorca en el marco de una beca de investigación. Tras concluir su tesis sobre las cuevas sepulcrales del Bronce Antiguo en Mallorca (Veny, 1968), decidió afrontar el estudio de las cuevas de Menorca.
Los estudios más sistemáticos sobre la necrópolis de Calescoves fueron los llevados a cabo por C. Veny (1982) y, posteriormente, por J. Simón Gornés, cuya tesina y excavación del hipogeo XXI entre abril y mayo de 1993, en colaboración con J. Gual, aportaron datos significativos sobre la cronología y la cultura material asociada a este conjunto (Gornés et al., 2006; Gornés y Gual, 2018). Este hipogeo XXI se trata de una cueva artificial singular tanto por su ubicación, en la cara este de barranco de Biniedrís, en una zona de difícil acceso, como por las características morfológicas que presenta, ya que se trata de la única en la que se documenta un pilar central en su interior.
La propuesta clasificatoria de Gornés se sustenta en un análisis estadístico de las cuevas artificiales de Calescoves y la cultura material a ellas asociada para poder establecer asociaciones. El hipogeo XXI se ubicaría entre los grupos I y II. Las excavaciones evidenciaron la existencia de saqueos, aunque aún quedaba potencia estratigráfica susceptible de proporcionar información relevante. Se recuperaron restos óseos humanos correspondientes a un mínimo de 186 individuos, lo que permitió realizar dataciones radiocarbónicas sobre cinco muestras de huesos largos (Gornés et al., 2006, p. 172). En relación con la cultura material vinculada a esta unidad, se documentaron fragmentos de madera que, seguramente, formarían parte de ataúdes o parihuelas. Asimismo, se halló un conjunto de objetos metálicos, entre los que destacan piezas de bronce, como puntas de lanza, brazaletes dentados, torques, collares y punzones; elementos de hierro, como cuchillos, torques, anillas, espirales y punzones; y objetos de plomo, entre ellos restos de fundición, una anilla y otro artefacto de funcionalidad indeterminada. Un aspecto significativo de estos hallazgos es la ausencia de cerámica de importación. Los fragmentos cerámicos documentados se corresponden con producciones locales a mano y comprenden una tapadera de “incensario”, bordes de vasos troncocónicos y bases planas con pie diferenciado. Dada la ausencia de materiales de importación, la única orientación cronológica para el último momento de uso de esta cueva se sustenta en la procedencia incierta de unos materiales que forman parte de la colección Adrover, concretamente, un vaso de fondo alto y una imitación de barniz negro campaniense de una forma Morel 1222 o 1225 (Gornés et al., 2006, p. 173; Gornés y Gual, 2018, p. 26).
Las dataciones radiocarbónicas indican que el hipogeo XXI estuvo en uso entre los siglos VIII/VII y IV a.n.e. (Gornés et al., 2006, pp. 172-173; Gornés y Gual, 2018, p. 36). No obstante, la determinación de su fase final de ocupación sigue siendo incierta debido a la falta de cerámica de importación que permita precisar una datación más ajustada. Entre los análisis realizados, destaca una muestra de fémur humano que ha sido fechada entre el 830 y el 590 a.n.e., lo que sugiere que la construcción de hipogeos de planta compleja pudo haberse iniciado en este periodo (Micó, 2005, p. 548). Por otro lado, la datación de vértebras caudales de bóvido presenta ciertas limitaciones, ya que no permite establecer con claridad si la deposición de estos restos estuvo circunscrita exclusivamente al período Talayótico (siglos IX-VI a.n.e.) o si se prolongó hasta la fase Postalayótica (siglos VI-II a.n.e.) (Gornés et al., 2006, p. 173; Gornés y Gual, 2018, p. 36). El análisis del hipogeo XXI de Calescoves ha abierto nuevas perspectivas sobre la cronología de las cuevas artificiales de planta compleja, pues podría tratarse de la materialización de los cambios sociales endógenos que culminarían en época Postalayótica (Carbonell, 2024, p. 120).
Por último, destacan las intervenciones realizadas en 2010, 2011 y 2012 bajo la dirección de M. Orfila, G. Baratta y M. Mayer en la Cova dels Jurats o de l’Església (Orfila et al., 2010; 2013; 2015), un santuario rupestre ubicado en la cara oeste del barranco de Biniedrís (Alaior). Se trata de una gruta de aproximadamente 20 m de profundidad, 9 m de ancho y 5 m de alto en la que se efectuaron diferentes catas arqueológicas en la parte derecha del ábside ya que, en un momento posterior al abandono de la cueva, el techo se derrumbó sellando, de esta forma, buena parte de la superficie interna de la cueva. El espacio fue de uso recurrente en el tiempo, con una fase de época postalayótica (ss. III-I a.n.e.) de la que pudieron recuperarse diversos materiales arqueológicos (producciones locales a mano como imitaciones de barnices negros campanienses y de producciones ibicencas, vasos troncocónicos y vasos de fondo alto, así como cerámica a torno de importación de procedencia ebusitana, megárica, grises de la costa catalana, paredes finas, sigillatas, cerámica de cocina y ánforas) y restos faunísticos con trazas de quemado y descuartizado (Sánchez López et al., 2016, pp. 190-191). En la siguiente fase de época romana, desarrollada entre los siglos II y III d.n.e, el espacio adquirió una funcionalidad cultual con la realización de 23 inscripciones, que permitieron relacionar el santuario con la conmemoración de la fundación de la Vrbs en Menorca. Recientemente, un estudio centrado en esa segunda fase ha subrayado la importancia de la orientación y el emplazamiento singular de la cueva para lograr el efecto lumínico que se produce el día 21 de abril, el XI Kal(endas) Maias, un festejo que aparece reflejado en las ya mencionadas inscripciones (Orfila, 2024, p. 171).
El proyecto de excavación y difusión arqueológica llevado a cabo en la cueva artificial n.o 45 ha permitido constatar diferentes fases en la vida del patio desde su uso original –el momento en que este fue utilizado por última vez con una finalidad votiva/ritual– hasta la actualidad (tabla 1). La excavación se realizó entre 2023 y 2024. En la campaña de 2023 intervinimos en la mitad este del patio (UU.EE. 001, 100,101, 102, 103, 104, 105, 106 y 107) y en la campaña de 2024 nos centramos en la excavación de la mitad oeste (UU.EE. 300, 301, 302, 303, 304, 305, 306) y en ampliar el límite sur de excavación con el objetivo de determinar si el patio presentaba algún sistema de cierre o si, por el contrario, carecía del mismo y utilizaba el propio corte del promontorio como límite natural (fig. 5, a y b).
Tabla 1. Unidades estratigráficas documentadas en el patio de la cueva n.o 45. ^
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RELACIÓN DE UNIDADES ESTRATIGRÁFICAS |
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UE |
DESCRIPCIÓN |
MATERIALES |
INTERPRETACIÓN |
MUESTRA |
MATERIAL DATADO |
DATACIÓN |
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001, 300 |
Estrato superficial muy bioturbado |
Cerámica a mano de producción local (tradición talayótica), islámica (tejas y fragmentos con decoración pintada), moderna vidriada, plástico y vidrios actuales |
Colmatación natural y antrópica |
- |
- |
- |
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100, 101, 301 |
Estrato formado por piedras calcáreas de tamaño mediano y grande sin ningún tipo de orden ni matriz terrosa |
Ausencia de materiales |
Desecho constructivo |
- |
- |
- |
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102, 103, 104, 105, 106, 302, 303, 305 |
Estratos de textura arenosa y diferentes coloraciones (102 castaña-ocre, 103 grisácea, 104 castaña, 105 –grisácea-negruzca, 302 castaña oscura-anaranjada, 303 grisácea, 305 grisácea oscura/negruzca) |
Cerámica a mano de producción local (tradición talayótica), cerámica a torno de importación (comunes púnico-ebusitanas, ánforas itálicas/greco-itálicas-Lwb- y ebusitanas-PE16), fragmentos de objetos de bronce (diversos punzones) y de hierro (hojas de cuchillo), restos óseos humanos y faunísticos |
Abandono (vaciado de materiales y restos óseos procedentes del interior de la cueva hacia el patio y colmatación natural) |
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107, 304, 306 |
Estrato de coloración grisácea –107 y 306– o anaranjada –304– y textura arenosa que aparece recubriendo la base del patio-roca madre- y las partes bajas de la fachada brazos laterales del patio |
Vasos cerámicos a mano de producción local (tradición talayótica: vasos de fondo alto, vasos troncocónicos, “incensarios” con tapaderas, imitaciones/reinterpretaciones locales de producciones púnicas). En la UE 304 destaca el hallazgo de una piedra de grandes dimensiones tallada y escuadrada que cubría 4 agujas de bronce) Restos óseos faunísticos con marcas de corte |
Uso final del patio (estrato de matriz arenosa formado como consecuencia de la disgregación de la roca calcárea al contacto con el agua y la eolización marina) |
CIRAM-13691 (UE 107) |
Vértebra-axis- de herbívoro |
2207 ± 32 BP 376-175 cal BC (95.4% probabilidad) |
|
CIRAM-13692 (UE 304) |
Fragmento de la parte medial y distal de un húmero de herbívoro |
2208 ± 28 BP 373-194 cal BC (95.4% probabilidad) |
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CIRAM-13693 (UE 306) |
Pieza dental de herbívoro |
2246 ± 29 BP 390-204 cal BC (95.4% probabilidad) |
||||
Figura 5. Sección oeste-este del sector este del patio de la cueva artificial n.o 45 excavado en la campaña de 2023 (a) y sección oeste-este del sector oeste del patio de la cueva artificial n.o 45 excavado en la campaña de 2024 (b). ^
En primer lugar, es preciso mencionar que la necrópolis de Calescoves, al igual que otros tantos espacios funerarios, ha sido frecuentada y reutilizada en épocas diversas. Una de estas frecuentaciones data de los años 60 hasta finales de los 80 cuando diversos grupos de personas –coloquialmente “hippies”- decidieron utilizarlas como espacio de vivienda habitual hasta que el Consell Insular de Menorca decretó su desahucio en el año 2000 y cerró algunas de estas cuevas con planchas metálicas, bloques de cemento o barrotes (Redacción Menorca, 2024). Esta frecuentación contemporánea de las diferentes cuevas de este conjunto explica la presencia de elementos plásticos y la mezcla de cerámicas de diferentes épocas o momentos cronológicos en los niveles superficiales.
La limpieza de la vegetación en el área correspondiente al patio de la cueva n.o 45 puso al descubierto la colmatación del nicho externo –un tipo de elementos conocidos localmente como capades de moro–, excavado en la pared derecha exterior de la entrada (fig. 6). La excavación de este espacio reveló que fue utilizado como hogar en época contemporánea, como lo indican la presencia de carbones, rastros de combustión en la roca y el hallazgo de una bisagra moderna, probablemente destinada a instalar algún tipo de cierre y convertir el nicho en una especie de alacena.
Figura 6. Situación del nicho externo (capada de moro) antes del inicio de la excavación (a) y una vez concluida (b). ^
Tras la retirada de la capa superficial, se documentó un estrato de considerable potencia –aproximadamente 1.5 metros en la zona central del patio– compuesto por bloques de piedra calcárea de tamaño medio y grande. Dada la ausencia de materiales asociados, este depósito se ha interpretado como un vertido de desecho constructivo, probablemente vinculado al proceso de talla de la roca.
A partir de esta evidencia, se plantean dos hipótesis interpretativas: la primera hipótesis que sugerimos es que dicho estrato podría corresponderse con el desecho resultante del repicado de la cámara interna de la cueva n.o 45, realizado en un momento posterior al abandono de su uso funerario y coincidiendo con la reutilización como espacio de almacenamiento o hábitat; la segunda hipótesis es que se trataría del material excedente resultante de la excavación de las cuevas funerarias n.o 47 y n.o 48, situadas a un nivel superior del promontorio.
En este mismo nivel estratigráfico se registró, además, un bloque de grandes dimensiones –aproximadamente una tonelada de peso– de notable compactación, cuya presencia parece deberse al desprendimiento natural de parte del promontorio. Este tipo de procesos aún son observables en la actualidad, especialmente tras episodios de lluvia intensa.
Por debajo de este nivel, se documentaron diversos estratos asociados a sucesivas acciones de vaciado del interior de la cueva. Estos niveles, de distinta coloración y en gran medida afectados por procesos de bioturbación, presentan una elevada concentración de raíces y restos vegetales (UU.EE. 102, 103, 104, 105, 106, 302, 303, 305) (fig. 5, a y b). En ellos se recuperó una notable cantidad de materiales cerámicos, metálicos y óseos –tanto humanos como faunísticos– que, por su naturaleza y contexto, proceden de los antiguos enterramientos alojados originalmente en la cueva n.o 45. Estos niveles de vaciado se interpretan como resultado de un momento en que la tumba dejó de funcionar como espacio de memoria colectiva para el grupo o familia que la había utilizado como lugar de enterramiento.
Entre los estratos que asentaban directamente sobre la roca madre, sobre la base del patio, destacan las unidades 107 (sector este), 304 y 306 (sector oeste) (fig. 5, a y b). Todas ellas se caracterizan por presentar una textura arenosa que interpretamos como la disgregación de la roca calcárea en la que se abre la cueva artificial, el marès local, que debido a la escorrentía del agua de lluvia y la eolización marina acabaría formando un nivel característico que ayudó a preservar prácticamente intactos los objetos y elementos depositados como ofrendas. La única diferencia entre estas unidades es la coloración: mientras que las UU.EE. 107 y 306 presentan una tonalidad grisácea, la UE 304 era totalmente anaranjada. La razón de esta diferencia estriba en la localización de esta UE, en la esquina NW del patio, una zona en la que, por la posición en la que se encuentra, cae tierra y sedimento del nivel superior del promontorio, sobre todo tierra de coloración rojiza-anaranjada, la típica terra rossa o arcilla de descalcificación resultante de la disolución de la roca calcárea (Rodríguez Florit y Bagur, 2019, p. 123).
En este apartado se presenta una selección representativa de las principales formas cerámicas y elementos metálicos documentados en los estratos correspondientes a los niveles de vaciado y a los de uso ritual del patio (tab. 2). Asimismo, se incluyen breves referencias a los restos óseos humanos y faunísticos, ya que actualmente se encuentran en fase de estudio.
Tabla 2. Selección de materiales cerámicos procedentes de los niveles de vaciado (UU.EE. 103, 303, 305) y de uso (UU.EE. 107, 304, 306) del patio de la cueva n.o 45 citados en el texto. ^
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MATERIALES CERÁMICOS |
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UE |
Forma |
Producción |
Tipo |
Tipología |
Cronología |
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103 |
Asas |
Torno |
Ánfora itálica |
Dressel 1A |
Segundo tercio del siglo II - s. I a.n.e. |
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103 |
Asa |
Torno |
Ánfora itálica reconvertida en mano de mortero (fig. 7, m) |
Indet. |
ss. II-I a.n.e. |
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103, 304 |
Borde |
Torno |
Ánfora púnico-ebusitana |
PE-15 (T-8.1.2.1.) o PE-16 (T-8.1.3.1.) (Ramon, 1995) |
PE-15 (T-8.1.2.1.): fin s. IV - segunda mitad s. III a.n.e. PE-16 (T-8.1.3.1): ca. 240/220 y el 190 a.n.e. |
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303 |
Pivote |
Torno |
Ánfora greco-itálica |
Lwb (Lyding-Will, 1982) / MGS V (Vandermesch, 1994) /Pech-Maho (Solier, 1979) / tipo 4 de Lamboglia (1955) |
ca. 250-200 a.n.e. |
|
103 |
Borde y carena |
A mano |
Ollas |
– |
Postalayótico (ca. 550-123 a.n.e.) |
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103 |
Asas |
A mano |
Ollas |
Pithoide (Lull et al., 2008) |
I milenio a.n.e. |
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103, 305 |
Perfil entero |
A mano |
Jarrita globular monoansada (imitación local) (fig. 7, j; fig. 8, a) |
– |
Postalayótico |
|
103, 305 |
Perfil entero |
A mano |
Cuenco (imitación local) (fig. 7, i; fig. 8, g) |
– |
Postalayótico |
|
103 |
Perfil entero |
A mano |
Biberón (fig. 7, k) |
– |
Postalayótico |
|
103, 305 |
Perfil entero |
A mano |
Vasos de fondo alto (fig. 7, l; fig. 8, e) |
– |
Postalayótico |
|
305 |
Perfil entero |
A mano |
Vaso troncocónico (fig. 8, h) |
– |
Postalayótico |
|
305 |
Perfil entero |
A mano |
Tapadera de “incensario” (fig. 8, f) |
“Incensario” (Veny, 1982) |
Postalayótico |
|
305 |
Perfil entero |
A mano |
Cazoleta de “incensario” (fig. 8, d) |
“Incensario” (Veny, 1982) |
Postalayótico |
|
107 |
Perfil entero |
Torno |
Cuenco común ebusitano con agujeros de lañado (fig. 14, a) |
Tipo 51 de (Ramon, 1997) |
Finales del s. III a.n.e |
|
107 |
Asa |
A mano |
Olla (fig. 13, c) |
Pithoide (Lull et al., 2008) |
Postalayótico |
|
107, 306 |
Perfil entero |
A mano |
Copas (fig. 13, i, ñ; fig. 14, d) |
– |
Postalayótico |
|
107, 304 y 306 |
Perfil entero |
A mano |
Vasos de fondo alto (fig. 13, d-h, j-n; fig. 14, e-g; i-k) |
– |
Postalayótico |
|
304 |
Borde |
Torno |
Ánfora púnico-ebusitana (fig. 14, l) |
PE-22 (Ramon, 1991) |
500-200 a.n.e. |
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304 |
Base |
Torno |
Cerámica común ebusitana |
Indet. |
Segunda mitad del I milenio a.n.e. |
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304 |
Asa |
A mano |
Asa con decoración de posible jarrita globular (imitación local) (fig. 14, h) |
- |
Postalayótico |
|
306 |
Perfil entero |
Torno |
Posible vaso cerámica ibérica (fig. 8, c) |
Calciforme (Mata y Bonet, 1992) |
ss. IV-II a.n.e. |
Aunque los materiales documentados en los niveles de vaciado de la cueva no están en posición primaria, proporcionan una gran cantidad de información sobre este grupo social. En primer lugar, entre la cerámica documentada se ha podido identificar múltiples fragmentos correspondientes, al menos, a un ejemplar de ánfora púnico-ebusitana T-8.1.2.1 o T-8.1.3.1. –antiguas PE-15 y PE-16– sin que pueda asegurarse una adscripción determinante con uno u otro tipo (prácticamente todo el borde en diferentes UU.EE., el pivote y fragmentos de pared y asas como la que puede observarse en la fig. 7, r) y un ejemplar de ánfora greco-itálica (un pivote y fragmentos informes de pared) y posiblemente otro de ánfora itálica (asas de lo que parece ser una Dressel 1A, ver fig. 7, ñ). Las T-8.1.2.1. se enmarcan cronológicamente entre finales del s. IV y un momento indeterminado de la segunda mitad del s. III a.n.e. (Ramon, 1995, pp. 222-223). Ejemplares de T-8.1.2.1 se documentaron en la necrópolis de Puig des Molins como contenedores de enterramientos infantiles. En concreto, en la tumba n.o 9 de la zona I, 3 se halló un ánfora depositada en una fosa simple excavada en la tierra, que contenía los restos óseos de un individuo infantil sin ningún tipo de ajuar (Mezquida, 2016, p. 156). De forma similar, la tumba n.o 68 presentaba las mismas características, aunque en este caso existen dudas acerca de la clasificación del ánfora como T-8.1.1.1 o como T-8.1.2.1. Aquí, los restos óseos infantiles estaban acompañados de un biberón a modo de ajuar (Mezquida, 2016, p. 588). La T-8.1.3.1., heredera de la T-8.1.2.1., se enmarca cronológicamente entre ca. 240/220 y el 190 a.n.e. (Ramon, 1995, p. 223), con paralelos en contextos arqueológicos como el depósito V del taller AR-33 de Ibiza en el que se documentó junto con T-8.1.2.1. y, en menor medida, con PE-22 (Ramon, 1995, p. 67) en el túmulo de Son Ferrer (Quintana, 2015, p. 8) y en los sitios como el Puig de Sa Morisca, Ses Païses (Quintana, 2006, p. 51), Son Fornés (Gelabert, 2012, pp. 226-227), Na Guardis (Guerrero Ayuso, 1999, p. 69) o Cabrera II (Guerrero Ayuso, 1999, p. 70).
Para el ejemplar de ánfora greco-itálica, dada la morfología del pivote hueco que, al igual que los ejemplares documentados en el túmulo de Son Ferrer (Quintana, 2015, p. 10), no presenta una elevación vertical de la pared, pensamos que se trataría de una Lwb (Lyding-Will, 1982) equivalente al tipo MGS V (Vandermesch, 1994), al tipo de Pech-Maho (Solier, 1979) y al tipo 4 de la clasificación de Lamboglia (1955), enmarcada cronológicamente entre ca. 250 y 200 a.n.e. (Py, 1993). En contextos mallorquines ambos tipos anfóricos suelen aparecer asociados junto con ánforas T-8.1.3.1. y ánforas Mañá A y B, T-7.2.1.1. y Mañá D (Fayas, 2010, p. 103). En relación con las ánforas itálicas, destaca también un fragmento de asa cuyo extremo se muestra muy rodado; este desgaste parece indicar que el fragmento fue reutilizado, posiblemente como mano de mortero (fig. 7, m). Junto a los restos anfóricos también se documentaron ejemplares de cerámica Campaniense A (fin. s. III-I a.n.e.) (fig. 8, b). Entre la cerámica a mano de producción local destacan imitaciones de formas clásicas de barniz negro como cuencos con una pequeña protuberancia en la parte central interna que recuerda a los ónfalos de los platos o páteras (fig. 7, i), imitaciones de formas púnicas correspondientes a jarritas de cuerpo globular y asa anular (fig. 7, j; fig. 8, a) o de biberones (fig. 7, k), imitaciones de formas campanienses (fig. 7, i; fig. 8, g), vasos troncocónicos (fig. 8, h), vasos de fondo alto (fig. 7, l; fig. 8, e), los llamados “incensarios” (fig. 8, d) y tapaderas de los mismos (fig. 8, f), ollas globulares de grandes dimensiones (fig. 7, a-b, d-e), alguna de ellas con decoración aplicada en forma de baquetón sencillo en el cuello (fig. 7, c), o en forma de mamelones redondeados en el cuerpo globular (fig. 7, d) y asideros de apéndice ascendente de extremo romo correspondiente a ollas pithoides (fig. 7, f-h) (tabla 2).
Figura 7. Selección de materiales procedentes de la UE 103 (vaciado de la cueva) a excepción del fragmento de olla a) procedente de la UE 107. ^
Figura 8. Selección de materiales procedentes de la UE 305 (vaciado de la cueva) a excepción del posible vasito calciforme c) procedente de la UE 306. ^
En estos estratos también se documenta una gran cantidad de objetos metálicos realizados en bronce y en hierro (figs. 9-11). Entre los objetos de bronce documentados destacan algunos brazaletes de sección anular (fig. 11, a-c, j), algunos remaches que posiblemente servirían para la sujeción de las cachas de algún cuchillo (fig. 11, g) o pequeñas bolitas dispersas, algunas de ellas en muy mal estado de conservación, que podrían relacionarse con remates de algún tipo de colgante (fig. 11, e), y un punzón (fig. 11, h). En cuanto a los objetos de hierro destacan fragmentos de hojas de cuchillos (fig. 9, d, j; fig. 10, a, c-d), una anilla (en nivel superficial, fig. 9, a), una navaja de afeitar (fig. 10, l), fragmentos de varillas de sección circular correspondientes a alguna pieza tipo espiraliforme (fig. 9, c, g-j; fig. 10, f).
Figura 9. Elementos de hierro documentados en diferentes niveles de abandono del patio de la cueva n.o 45. ^
Figura 10. Elementos de hierro documentados en diferentes niveles de abandono del patio de la cueva n.o 45. ^
Figura 11. Elementos de bronce documentados en diferentes niveles de abandono y uso del patio de la cueva n.o 45. ^
En relación con los restos óseos humanos recuperados, en las unidades estratigráficas correspondientes al vaciado de la cueva –especialmente en las UU.EE. 103 y 305– se han identificado numerosos fragmentos que presentan signos claros de exposición al fuego, evidenciados por tonalidades blancas, grises o negruzcas, así como un elevado grado de fragmentación. Sin embargo, la acción térmica no afectó de forma homogénea al conjunto, ya que también se han documentado elementos óseos, como fragmentos de calota craneal, un fémur y una tibia, que no muestran alteraciones atribuibles al fuego (fig. 12, a). El conjunto de restos óseos recuperado muestra un alto grado de fragmentación debido principalmente a la acción del fuego, que puede observarse en la coloración heterogénea (fig. 12, c) de los fragmentos analizados (blanquinosa, grisácea u oscura) o bien a través de las fracturas e incisiones que se observan (fig. 12, d). Dada la extensión del presente trabajo y el carácter preliminar de los resultados, no se incluye aquí un análisis detallado de los restos óseos humanos ni de los faunísticos, los cuales están siendo objeto de estudio por parte de la Dra. C. Serna Alberola y la Dra. L. Valenzuela-Suau, respectivamente. En relación con los restos óseos faunísticos, de forma preliminar se pudo determinar la presencia de herbívoros (cabras/ovejas) (fig. 12, b), sin que podamos aportar más información al respecto debido a que se encuentran en fase de estudio.
Figura 12. Restos óseos humanos y faunísticos documentados en los estratos de vaciado del interior de la cueva n.o 45: a) tibia sin signos de cremación correspondiente a un individuo adulto documentada en la UE 103; b) restos óseos faunísticos correspondientes a dientes de herbívoro documentados en la UE 305; c) falanges proximales completas de individuos adultos, alguna de ellas con signos de hipertrofia en la diáfisis, posiblemente provocada per la repetición continuada de una actividad manual; d) fragmentos de diáfisis, los dos primeros correspondientes a individuos infantiles y el tercero, una diáfisis con comienzo de epífisis proximal de fémur correspondiente a un individuo adulto (joven-adulto o adolescente). ^
Un aspecto particularmente relevante es la representación de todas las categorías de edad (perinatales, infantiles, juveniles y adultas), lo cual sugiere un tratamiento funerario común basado en la cremación para todos los individuos, al menos en algún momento posterior a su deposición en el interior de la cavidad. Para una mejor comprensión sobre la complejidad y el debate abierto existente en torno al tratamiento de los cadáveres asociado a este horizonte cronológico –rituales de enterramiento en cal–, véase Deyà et al. (2024) y Van Strydonck y Ramis (2024), entre otros.
En relación con los materiales recuperados de los estratos de uso original del patio se pudo documentar la presencia de objetos en excelente estado de conservación (figs. 13-14), principalmente las producciones a mano locales típicas de la isla de Menorca para el período postalayótico (Segunda Edad del Hierro), los vasos de fondo alto (fig. 13, d-h, j-n; fig. 14, e-g, i-k), copas o formas que anteceden la aparición de los vasos de fondo alto (fig. 13, i, ñ; fig. 14, d) y algún fragmento de arranque de asa que parece corresponderse con formas de imitación (fig. 14, h). Destacan muy pocos elementos de importación en estos niveles, aunque contamos con algunos objetos que permiten datar estos estratos de forma relativa. Ejemplo de ello es el borde de PE-22 documentado en la UE 304, que ofrece una cronología de entre el 500 y el 200 a.n.e. (Ramon, 1991, p. 116; Adroher, 1993) (fig. 14, l), o el cuenco de cerámica común ebusitana de perfil convexo y borde ligeramente entrante del tipo 51 de Ramon (1997, figs. 7 y 8 –FE-13-), datado a finales del s. III a.n.e., documentado en la UE 107, con agujeros de lañado (fig. 13, a). Destaca también una pieza de importación cuya tipología exacta aún no ha podido determinarse, aunque presenta paralelos formales con los vasitos calciformes de cerámica ibérica (Mata y Bonet, 1992, pp. 132-133, 157). No obstante, el ejemplar hallado en el patio de la cueva n.o 45 presenta, a diferencia de los vasitos calciformes, un cuello más recto y no tan exvasado (fig. 8, c) (tabla 2).
Figura 13. Selección de materiales procedentes de la UE 107. ^
Figura 14. Selección de materiales procedentes de las UU.EE. 304 y 306. ^
Entre los elementos metálicos hallados destaca un conjunto de cuatro agujas o clavos de bronce localizado bajo una piedra de grandes dimensiones, cuidadosamente escuadrada y de sección rectangular (fig. 15), que parecía sellarlo (fig. 11, k-n). En la necrópolis de Calescoves no se han documentado hasta ahora agujas o clavos de bronce de estas características, aunque sí se conserva algún ejemplar similar elaborado en hueso, como el procedente de la cueva n.o 21, clasificado como tipo C por Veny (1982, pp. 100-101, 326). Un estudio reciente sobre agujas de bronce de la Edad del Hierro en el nordeste peninsular (Graells et al., 2022) ha permitido identificar algunos paralelos para las piezas recuperadas. En el caso del depósito de la cueva n.o 45 de Calescoves, las dos primeras agujas (fig. 11, k-l) presentan una cabeza discoidal que guarda similitudes formales con los ejemplares procedentes de un depósito votivo de bronces de la Cova de la Font Major (l’Espluga de Francolí, Tarragona) (Vilaseca, 1959, pp. 268-269, 271-272; Graells et al., 2022, pp. 239-240); sin embargo, a diferencia de los ejemplares de la Cova de la Font Major, los de Calescoves carecen de decoración en la parte superior. Por su parte, las otras dos agujas del mismo depósito presentan una cabeza globular o ligeramente engrosada, cuyos paralelos más próximos en la península se localizan en Can Bech de Baix (necrópolis de Agullana, Girona) y en Aldovesta (Benifallet, Tarragona), con una datación propuesta, mediante cross-dating con ejemplares franceses, entre los siglos VIII y VI a.n.e. (Graells et al., 2022, pp. 248-249). Las piezas documentadas no presentan el característico orificio para insertar el hilo que suele asociarse a las agujas, pero su longitud arroja dudas en torno a su categorización como clavos.
Figura 15. Piedra escuadrada bajo la que se hallaron las 4 agujas/clavos de bronce dispuestos en paralelo. Las dos agujas de mayores dimensiones se encontraban en el suelo y las otras dos enganchadas a la cara posterior de la piedra que estaba en contacto con el suelo. ^
En función de paralelos formales con otros ejemplares que exponemos en este trabajo, optamos por denominarlas agujas. Estas cuatro presentan una notable diversidad morfológica. Los ejemplares k) y m) comparten un vástago de sección hexagonal y una cabeza discoidal con un motivo circular en su parte central, que podría ser tanto decorativo como consecuencia del propio proceso de elaboración de la aguja. El ejemplar l), en cambio, posee un vástago de sección circular y una cabeza globular. Por último, el ejemplar de menores dimensiones, n), también presenta una sección circular, pero su cabeza es cónica y muestra una protuberancia central, lo que le confiere un aspecto más próximo al de un clavo que al de una aguja propiamente dicha. Gornés y Gual (2018, p. 28) sostienen que, precisamente debido a sus características morfológicas –poco aptas para la práctica de coser–, estos objetos podrían haber sido utilizados para sujetar el cabello u otros elementos frágiles. Por su parte, Graells et al. (2022, p. 227) indican que, si bien algunos autores continúan interpretándolas como objetos relacionados con el peinado, su función más probable sería la de sujetar tejidos, actuando como elemento de vestuario.
Cabe destacar que la presencia de clavos en contextos funerarios del periodo Postalayótico no resulta inusual, siendo abundantes en necrópolis mallorquinas con enterramientos en ataúdes, como Son Maimó (Petra) y en necrópolis sin este tipo de tratamiento funerario, como Cova Monja (Sencelles), Son Taixaquet (Llucmajor) o Ses Copis (Sóller) (Coll Sabater, 2023). Generalmente, se trata de piezas de hierro, con vástago de sección circular y cabezas de morfología variada (redonda, cónica o plana). No obstante, la variabilidad formal es considerable, ya que también se han documentado clavos con sección cuadrangular y dimensiones diversas, dependiendo del tipo de ensamblaje y del material a unir. Respecto a la materia prima utilizada, es relevante señalar que no se observa una diferenciación cronológica clara entre los clavos fabricados en bronce y los elaborados en hierro. Su origen, por tanto, no puede explicarse exclusivamente por la adopción de la metalurgia del hierro, ya que su uso se constata en momentos anteriores (Balaguer, 2005, p. 145). Tradicionalmente, la aparición de clavos en contextos funerarios se ha vinculado a la construcción de ataúdes o sarcófagos de madera, donde se emplearían como elementos de fijación. En la necrópolis de Puig des Molins (Ibiza), así como en zonas próximas –como las ubicaciones de Vía Púnica n.o 34 y n.o 36–, se han hallado varios ejemplares. En algunos casos, la escasa cantidad documentada por tumba ha llevado a interpretar su función desde una perspectiva simbólica o ritual, sugiriendo un posible uso mágico-religioso relacionado con la “fijación” del difunto al lugar de enterramiento o con una funcionalidad apotropaica (Mezquida, 2016, p. 963). En este sentido, el hallazgo de dos clavos de plomo en la tumba SR18 (ss. IV a.n.e.-I d.n.e.) de la necrópolis de Son Real ha llevado a autores como J. Hernández Gasch a proponer una funcionalidad ritual de los mismos por dos motivos: porque su número es escaso y porque la materia prima en la que están elaborados es la misma que la de las plaquetas votivas (Hernández-Gasch, 1998, p. 75). Además de lo expuesto, cabe señalar que el plomo no es un metal adecuado para la fabricación de elementos de fijación o construcción, como los clavos, debido a su facilidad para deformarse y a su escasa resistencia frente a esfuerzos de tracción y golpes de martillo. Por otro lado, en contextos domésticos o de hábitat en Mallorca, este tipo de objetos también ha sido registrado en yacimientos como Puig d’en Canals (Sóller) o Son Fornés (Montuïri), principalmente en niveles datados entre finales del siglo III y principios del siglo II a.n.e. (Balaguer, 2005, p. 148).
Este estudio de materiales ha permitido estimar la cronología de uso del patio entre los siglos IV y I a.n.e. El siglo III a.n.e. está particularmente bien representado, tal como lo sugieren las dataciones radiocarbónicas realizadas. En concreto, de las unidades estratigráficas que se asentaban directamente sobre la base del patio, se efectuaron tres dataciones radiocarbónicas utilizando muestras de vida corta, consistentes en distintos fragmentos de restos óseos faunísticos. En concreto, se analizaron: un fragmento correspondiente a la porción medial y distal de un húmero de herbívoro procedente de la UE 304 (CIRAM-13692); una pieza dental de herbívoro de la UE 306 (CIRAM-13693); y una vértebra –axis– de herbívoro de la UE 107 (CIRAM-13691). Las dataciones fueron calibradas mediante el programa OxCal v4.4 (Bronk Ramsey, 2021) y la curva de calibración IntCal 20 (Reimer et al., 2020).
Los resultados, expresados con una calibración al 2σ (95,4% de probabilidad), son los siguientes:
En función de estas tres dataciones, el rango cronológico obtenido abarca desde el 390 hasta el 175 BC, dentro del cual, como se aprecia en la figura 16, el siglo III a.n.e. está ampliamente representado en todas las muestras. Pese a ello, la datación relativa proporcionada por los materiales recuperados de las UU.EE. correspondientes a los niveles de vaciado de la cueva indican una perduración del espacio funerario hasta el s. I a.n.e.
Figura 16. Calibración de las dataciones radiocarbónicas efectuadas sobre restos óseos faunísticos recuperados de los niveles de uso del patio (UU.EE. 107, 304 y 306). ^
La excavación del patio de la cueva n.o 45 ha permitido arrojar nueva luz sobre la dinámica de uso de estos espacios excavados en la roca que preceden a la entrada de determinadas cuevas artificiales. En este caso concreto, cabe destacar varias cuestiones relevantes.
En lo que respecta a la arquitectura y la configuración espacial, los resultados obtenidos permiten matizar algunas propuestas anteriores. A diferencia de lo planteado por C. Veny en su estudio monográfico sobre la necrópolis de Calescoves, la cueva n.o 45 no presenta una doble puerta, como sí ocurre en otras unidades del conjunto. La segunda abertura, en este caso, se corresponde con lo que algunos autores han denominado “ventanas”. En este sentido, si se observa en detalle tanto la morfología de la cueva como el cuidado en la ejecución de ciertos elementos (como los ángulos bien definidos de las molduras decorativas que enmarcan el acceso y el acabado pulido de la pilastra interna), resulta improbable que esta abertura tipo “ventana” sea coetánea al uso funerario del espacio. La hipótesis defendida en este trabajo se fundamenta en el acabado tosco y descuidado de esta abertura, de morfología elipsoidal e irregular, lo que sugiere una ejecución posterior, posiblemente asociada a fases de reutilización del espacio con fines domésticos, pastoriles o de almacenamiento. Asimismo, en el plano estructural, conviene revisar la identificación que hacía Veny de un “nicho a ras del suelo”, ya que, en realidad, dicho elemento se encuentra a aproximadamente 1.95 m de altura con respecto a la base del patio. Este tipo de hornacinas, conocidas localmente como capades de moro, podrían haber desempeñado funciones votivas, sirviendo como lugar de disposición de ofrendas o elementos de iluminación.
En los últimos años, las intervenciones arqueológicas en patios de cuevas artificiales han experimentado un incremento significativo. Sin embargo, a pesar de estos avances, la información disponible sigue siendo limitada, lo que restringe una interpretación holística de estos espacios en términos de su funcionalidad y de los rasgos que los caracterizan. A continuación, se presentan algunos de los casos más relevantes de patios excavados. Los resultados obtenidos de la excavación del patio n.o 45 de Calescoves permiten realizar una comparativa y extraer inferencias sobre el uso, funcionalidad y particularidades de estos espacios.
Con motivo del depósito de la colección Flaquer (junio 2017), formada por más de 3000 objetos, entre ellos una gran cantidad de documentos, monedas y materiales arqueológicos procedentes de diferentes sitios, el Museu de Menorca decidió intentar establecer, a partir de la documentación de archivo, el sitio del que procedían 269 vasos de fondo alto de dicha colección. Gracias a la correspondencia establecida entre Joan Flaquer y Vives Escudero conservada en este archivo pudo determinarse el sitio exacto del que procedían, concretamente al patio de la cueva n.o 6 de la necrópolis de Sa Mola (Alaior) (Anglada et al., 2019, pp. 53-54). Fue así como el Museu decidió realizar un sondeo exploratorio para evaluar si todavía quedaba potencia arqueológica que aportase algo de información sobre el contexto estratigráfico de este conjunto de piezas. El sondeo resultó positivo y permitió documentar diferentes niveles que creemos preciso mencionar dadas las concomitancias con el ejemplar de la cueva n.o 45.
El patio de la cueva n.o 6 de Sa Mola presentaba unos niveles superficiales con materiales varios entremezclados, por debajo de los cuales se pudieron identificar otros correspondientes a sucesivas fases de vaciado de la cueva de enterramiento, con presencia de restos óseos humanos dispersos y material cerámico de producción local y exógena que permitió fechar estos niveles entre el s. III a.n.e. y el s. I. Por debajo de los niveles de abocamiento el patio todavía conservaba un conjunto formado por más de 50 vasos cerámicos (vasos de fondo alto, imitaciones locales de cerámica exógena y algunas producciones cerámicas a torno correspondientes a importaciones) acompañados de restos faunísticos; todo este conjunto, fechado aproximadamente entre los siglos III y II a.n.e., estaría depositado, según los autores, sobre un lecho de cal con una potencia de 4-5 cm que cubriría la superficie de la roca madre (Anglada et al., 2019, pp. 57-58).
Los resultados de la excavación del patio de la cueva n.o 6 de Sa Mola permite la formulación de algunas cuestiones, sobre todo en relación con las concomitancias y diferencias con respecto del patio de la cueva n.o 45 de Calescoves. La primera de ellas hace referencia a la significación de un depósito de estas características, ¿serviría como espacio de encuentro y cohesión social entre diversos grupos o clanes familiares? ¿Sería un tipo de depósito cuya lógica respondería a una reutilización continuada del mismo espacio votivo a lo largo de muchas generaciones? ¿Se trata de un depósito vinculado a un grupo social privilegiado, a alguna élite local? La segunda cuestión se relaciona con las fases de este depósito singular: de corroborarse la capa de cal depositada sobre la roca madre, ¿se procedería primero a la deposición de la cal y posteriormente a la de las ofrendas? Finalmente, un aspecto remarcable en este caso es la ligera diferencia cronológica establecida entre los niveles correspondientes al vaciado de la cueva y los correspondientes a este depósito singular. El hecho de que los materiales vinculados al vaciado de la cueva se extiendan temporalmente hasta el siglo I d.n.e. evidencia un uso continuado del espacio funerario tiempo después de las últimas ofrendas rituales que conformarían el depósito fechado entre los ss. III y II a.n.e.
Caparrot de Forma o Cap de Forma es otra de las necrópolis en la que se realizaron intervenciones en algunos patios externos. La Università di Sassari, la Università di Cagliari y el Museu de Menorca llevaron a cabo excavaciones en el patio de la cueva n.o 3 y n.o 22 en 1997 y 1998 (Plantalamor et al., 1999, pp. 12-13) y poco después, en el año 2000, el Museu de Menorca realizó intervenciones en el patio de la cueva n.o 7 (Plantalamor et al., 2007, p. 114).
El patio de la cueva n.o 22 presenta una morfología de tendencia elipsoidal y su excavación permitió enmarcar cronológicamente el espacio en la primera Edad del Hierro, aunque como sus autores indican, la presencia de una cuenta de pasta vítrea evidenciaba una perduración de uso hasta época púnica (Tanda, 1999, pp. 49-50). Como viene siendo la tónica general de estos espacios, en este caso también se pudieron documentar algunos estratos que presentaban piedras, raíces, fragmentos óseos humanos, materiales cerámicos y metálicos (principalmente hierro) mezclados que se corresponderían con procesos de vaciado de la cueva y deposición en el exterior para su nivelación; concretamente la UE 2 era la que más materiales arqueológicos cerámicos contenía (cuencos, vasos troncocónicos, ollas, asas correspondientes a grandes contenedores pithoides y vasos de fondo alto) (Tanda, 1999, pp. 68-70).
Por su parte, las intervenciones en la cueva n.o 3 comenzaron por la cámara funeraria y se extendieron posteriormente hacia el espacio exterior, al patio de perfil curvilíneo que antecede la entrada a la cueva propiamente dicha (Marras, 1999, p. 77). La excavación en este espacio permitió diferenciar tres unidades estratigráficas: una superficial (UE 0), un estrato de desprendimiento de la roca calcárea documentado tanto en la cámara funeraria como en el patio (UE 10) y un estrato “di terra di consistenza sabiosa/limosa, originatasi in seguito al disfacimento della roccia mare” que se corresponde a la UE 34 (Marras, 1999, p. 84) y cuya descripción cuadra sobremanera con la realidad estratigráfica documentada en los estratos 106, 107 y 306 del patio de la cueva n.o 45.
La excavación del patio de la cueva n.o 7 permitió documentar también diferentes estratos que contenían materiales procedentes del depósito funerario del interior de la cueva (UU.EE. 2, 4 y 5). Al igual que en la cueva n.o 3 se remarca que estas dos unidades se caracterizaban por una textura arenosa ocre resultado de la descomposición de la roca calcárea (marès). En las unidades estratigráficas 1 y 2 se recuperaron también materiales de época medieval y postmedieval, principalmente cerámicas vidriadas comunes, ollas y platos desde el s. XVII hasta la actualidad y algunos fragmentos correspondientes a jarritas islámicas del s. XIII (Plantalamor et al., 2007, pp. 116-117), por lo que tiempo después del uso final de la cueva como espacio funerario, tuvo frecuentaciones en épocas posteriores. La cerámica protohistórica estaba principalmente contenida en las UU.EE. 4 y 5. Constaba principalmente de producciones locales a mano: cerámica de tradición talayótica que imita formas clásicas de barniz negro y producciones indígenas como vasos de fondo alto, un “incensario”, algunos vasos troncocónicos –alguno monoansado– y una olla globular de cuello diferenciado; y cerámicas de importación: jarritas de costa catalana de cuerpo bicónico, un fragmento de ánfora púnico-ebusitana y un plato outturned rim de producción ebusitana que imita formas clásicas. También destacan algunos objetos metálicos como fragmentos de cuchillos, brazaletes en espiral y una torques semicircular de hierro, así como brazaletes de sección ovalada y una aguja, realizados en bronce. La cronología para ese conjunto de materiales procedentes mayoritariamente de la UE 4 se enmarca entre los siglos IV y II a.n.e. (Platalamor et al., 2007, pp. 118-124).
Las intervenciones en los patios de las cuevas n.o 9 y n.o 10 de la necrópolis de Cala Morell (Ciutadella, Menorca), realizadas entre 1992 y 1995 (Juan Benejam, 2003, p. 10), constituyen uno de los primeros estudios detallados sobre este tipo de espacios. En lo que respecta al patio de la cueva n.o 10, este presenta una morfología trapezoidal y se distingue por ser uno de los pocos ejemplos con un límite claramente definido, marcado por un lado corto que cierra el espacio por su parte anterior.
La excavación permitió recuperar una serie de materiales interpretados como resultado del vaciado de la cueva, que se dividieron en dos conjuntos. El primero incluye cerámicas a mano de producción local (tradición talayótica), como ollas globulares, un vaso de fondo alto y dos cuencos imitación de barniz negro, además de cerámicas de importación (grises de la costa catalana y campanienses). El segundo conjunto se caracteriza por producciones romanas de paredes finas, algunos fragmentos de ánfora y cerámica común. También se recuperaron objetos metálicos, entre ellos piezas de ornamentación personal, cuchillos, bisagras, clavos de bronce de cabeza cónica y una anilla o brazalete del mismo material. Todo ello llevó a los investigadores a plantear que la cueva habría tenido un uso entre los siglos IV y II a.n.e., y posteriormente otro en la segunda mitad del siglo I a.n.e., como parece indicar el conjunto romano (Juan Benejam, 1999, pp. 46-47).
Por su parte, el patio de la cueva n.o 9, de planta rectangular, también reveló evidencias claras de un proceso de vaciado del interior de la cámara funeraria. Los materiales recuperados se agruparon en tres conjuntos diferenciados cronológicamente. El primero incluye cerámicas romanas altoimperiales del siglo II, como terra sigillata africana A, cazuelas de fondo estriado y platos-tapadera. El segundo grupo comprende cerámicas fechadas entre los siglos III y II a.n.e., entre ellas boles campanienses, un bol y un cuello de jarrita ebusitana, así como imitaciones locales hechas a mano de formas clásicas. Finalmente, el tercer conjunto está formado por producciones cerámicas locales hechas a mano, como ollas pithoides, ollas carenadas y una pequeña olla globular (Juan Benejam, 1999, p. 48).
La consulta de informes y memorias de excavación de estos patios (Juan Benejam, 1995) permitió releer estos contextos desde otra óptica. En el caso del patio de la cueva n.o 10, la excavación documentó, entre otros materiales, varias ollas pithoides de tradición talayótica y cuencos campanienses que pudieron haber actuado como tapaderas (Juan Benejam, 1999, p. 47). Esta asociación entre contenedores locales realizados a mano y vajilla de importación se ajusta al patrón ya observado en necrópolis mallorquinas como Ca’s Santamarier (Rosselló Bordoy y Guerrero Ayuso, 1983), donde se constataron inhumaciones infantiles en urnas cubiertas por platos o boles de producción exógena (Coll Sabater y Carbonell, 2021, pp. 77-79; Carbonell y Coll Sabater, 2021, pp. 476-479). Dado que en el caso de Cala Morell no se hallaron restos óseos humanos directamente asociados a las ollas, se planteó la hipótesis de que, considerando la elevada tasa de mortalidad característica de las sociedades preindustriales y la escasa presencia de este tipo de evidencias en contextos similares, el uso final de los patios –o, alternativamente, su sacralización inicial como espacios vinculados a prácticas funerarias– pudiera estar relacionado con rituales específicos destinados a individuos infantiles. Esta interpretación plantearía diferentes formas de tratamiento funerario, posiblemente reservadas a los individuos infantiles. La cultura material registrada en los patios n.o 9 y n.o 10 de Cala Morell presenta claras concomitancias tanto con los estratos de vaciado del interior de la cueva n.o 45 de Calescoves como con los niveles asociados a su uso ritual en el exterior. En ambos contextos se documenta una notable presencia de cerámica a mano de producción local –vasos de fondo alto, vasos troncocónicos, ollas globulares y pithoides, así como imitaciones de tipologías exógenas–, junto con un conjunto más reducido de piezas de importación, entre las que destacan cerámica común y ánforas púnico-ebusitanas, ánforas itálicas y greco-itálicas, así como producciones campanienses, estas últimas registradas principalmente en los estratos de vaciado del interior de la cueva.
Las excavaciones llevadas a cabo en el patio de la cueva n.o 4 de s’Albufera des Port (Ciutadella) permitieron documentar, en una de las esquinas del espacio de acceso, un kalathos ibérico que contenía en su interior los restos óseos de un individuo neonato, cubierto por un plato de producción campaniense (Sintes y León, 2019, p. 43).
Un kalathos similar fue documentado como elemento de ajuar en la tumba 1 de la necrópolis alto-imperial de Ses Andrones (Ciutadella) (Sintes y León, 2019). Este último espacio funerario fue excavado durante unas obras de urgencia que permitieron identificar diversos rituales funerarios, así como la explotación de una cantera coetánea. Entre los hallazgos destacan varias tumbas de individuos infantiles, algunas intactas y otras parcialmente alteradas. La tumba 1, en particular, se hallaba a 0.5 m por debajo del nivel del pavimento y consistía en una cavidad de planta rectangular excavada en la roca que contenía restos óseos humanos cremados. En ausencia de estudios de ADN, ha sido interpretada como la tumba de una madre con su hijo, ya que los restos cremados corresponden a un individuo adulto de sexo femenino (entre 25 y 35 años), acompañado de restos óseos pertenecientes a un feto o a un neonato de unas 37 semanas de gestación, sin señales de exposición al fuego (Sintes y León, 2019, p. 75). El ajuar asociado a estos enterramientos –que incluye tres sigillatas itálicas (formas Goudineau 15, 16 y 18) y cuatro gobelets de paredes finas (tipos Mayet III, IIIb y IV), entre otros objetos– permite fechar la tumba entre finales del siglo I a.n.e. y el siglo I. Destaca especialmente el kalathos ya mencionado, con paralelos en el sureste peninsular datados entre los siglos II a.n.e. y I (Camps et al., 2023, pp. 46-48). A pesar de que en el patio de la cueva n.o 45 no se ha hallado ningún fragmento de kalathos, se han recuperado fragmentos cerámicos de ollas pithoides que, probablemente, estuvieron vinculadas a prácticas funerarias infantiles. Los restos de estos individuos, aunque no conservados en posición primaria, han podido ser identificados en los estratos de vaciado del interior de la cueva.
En los últimos años, el estudio de los enterramientos infantiles ha adquirido una relevancia creciente, revelando en algunos casos un tratamiento funerario diferenciado respecto al de los individuos adultos. Esta particularidad ha sido documentada en diversas necrópolis mallorquinas, como Son Ferrer (Maas y Gloaguen, 2003; Alesan y Malgosa, 2005) o Ca’s Santamarier (Rosselló Bordoy y Guerrero Ayuso, 1983; Coll Sabater, 2024), así como en yacimientos menorquines, donde se han identificado evidencias directas e indirectas que apuntan a prácticas funerarias específicas para la infancia (Coll Sabater y Carbonell, 2021). En este caso, la excavación del patio de la cueva n.o45 confirma que los individuos infantiles perinatales eran también inhumados en el mismo espacio que los adultos. Sin embargo, y a juzgar por los fragmentos de asas y bordes de ollas pithoides recuperados, es probable que los restos de los más pequeños fueran depositados en el interior de estos recipientes cerámicos, situados a su vez dentro de la cámara funeraria. Esta práctica ha sido documentada en otros contextos arqueológicos, como en la inhumación de un perinatal en recipiente cerámico (Inhumación 2), realizada en el paramento construido frente a la fachada del edificio sur anexo al talayot oeste de Cornia Nou, datada entre el 520 y el 370 cal BC (Anglada et al., 2012, pp. 31-32), o en el caso del kalathos arriba mencionado del patio de la cueva n.o 4 de s’Albufera des Port, que contenía los restos de un perinatal (Sintes y León, 2019, p. 43). La presencia de restos perinatales en la cueva n.o 45 introduce matices respecto a las dinámicas funerarias de períodos anteriores. En la Cova des Càrritx, por ejemplo, no se han documentado restos fetales ni de individuos infantiles de pocas semanas de vida (Rihuete, 2003, p. 145) o de menos de 3 meses de edad (Rihuete, 2003, p. 36). Por el contrario, en una cueva con muro de cierre ciclópeo, tipológicamente similar a la de Es Càrritx, como la de Biniadrís, se ha constatado una notable presencia de restos de individuos entre 0 y 3 años, incluyendo tanto neonatos como niños de distintas edades (Alarcón et al., 2020, pp. 121-122).
La excavación arqueológica del patio de la cueva n.o 45 de Calescoves (Alaior) aporta datos cruciales que han permitido realizar una aproximación a la funcionalidad y significado de estos espacios excavados en la roca. Los resultados obtenidos, particularmente la evidencia de actividad ritual in situ y el hallazgo de un posible elemento simbólico de clausura, sugieren que estos patios desempeñaron un papel determinante y activo en el complejo proceso de enterramiento y en las prácticas rituales asociadas a la muerte en la Menorca de la Segunda Edad del Hierro.
La morfología del patio, rehundido respecto al nivel exterior y con una ligera pendiente hacia el interior, no solo define un espacio acotado, sino que, como se planteó en la introducción, habría facilitado la acumulación de agua tras episodios de lluvia. Esta característica morfológica, ausente en otros patios de la misma necrópolis como el de la cueva n.o 38 (situado a la misma cota que el nivel de circulación), apoya la hipótesis de que el agua pudo desempeñar un papel simbólico relevante (Sintes y León, 2019, p. 43), actuando como una frontera a veces líquida y liminal, un último umbral antes de la deposición final en la cámara funeraria. De este modo, el patio no solo sería un acceso, sino el escenario físico y simbólico donde se desarrollarían prácticas vinculadas al tránsito de los difuntos, a la preparación y gestión de ofrendas y a deposiciones que avalarían el viaje de los muertos hacia otra vida.
Dentro de la misma necrópolis se observa una marcada diversidad en la profundidad y configuración de los patios. Algunos, como el asociado a la cueva n.o 38, presentan su base rocosa al mismo nivel que la entrada a la cámara funeraria, mientras que otros, como el de la cueva n.o 45, están notablemente rehundidos, con potencial para acumular agua. Esta diversidad plantea interrogantes sobre posibles diferencias funcionales o de escala social en las prácticas rituales. ¿Fueron todos los patios escenarios para el mismo tipo de rituales, o existieron algunos destinados a reunir a diferentes unidades familiares o grupos más amplios?
El depósito excepcional hallado en el patio de la cueva n.o 6 de Sa Mola resulta especialmente significativo: más de 300 recipientes cerámicos, incluyendo vasos de fondo alto y producciones locales a mano que imitan formas clásicas, junto a un reducido porcentaje de cerámicas de importación (Anglada et al., 2019). Aunque este repertorio es tipológicamente comparable al del patio de la cueva n.o 45, difiere radicalmente en escala, lo que podría reflejar congregaciones de carácter intergrupal frente a prácticas más restringidas de ámbito familiar o de linaje. Futuras investigaciones, incluyendo la excavación de otros patios, serán cruciales para explorar esta posible diversidad funcional –y la significación, aun por desentrañar, de estas distintas escalas de celebración– dentro del paisaje ritual postalayótico.
En el patio de la cueva n.o 45 se ha identificado un patrón recurrente en la deposición de ofrendas o elementos rituales, tanto predeposicionales como postdeposicionales. La mayoría de los vasos troncocónicos y de fondo alto, así como las cerámicas de importación documentadas en los niveles de uso (UU.EE. 107, 304 y 306), aparece depositada sobre la roca madre, en contacto con la fachada y los brazos laterales, con una concentración significativa en el eje central proyectado desde el acceso a la cueva hasta la base del patio (fig. 17, a y b). La selección de determinados tipos de vasos (quizás asociados a consumos específicos y alejados de lo puramente cotidiano), su deposición intencionada en lugares concretos del patio y no en el interior de la cueva, y la repetición de estas pautas (evidenciada en distintos niveles de uso) son indicadores arqueológicos de estas prácticas ritualizadas. Estas acciones, posiblemente vinculadas a libaciones, ofrendas o banquetes funerarios –realizados antes o después de la deposición del difunto, cuestión aún por determinar–, sirvieron para marcar el espacio, enfatizar la distinción entre el exterior (mundo de los vivos/rituales comunitarios) y el interior (mundo de los muertos/reposo final), y gestionar corporal y simbólicamente la transición que representaba el acto funerario. Este enfoque permite superar la dicotomía funcional/ritual (Bradley, 2005), reconociendo que acciones potencialmente cotidianas (como el consumo) se transformaron en rituales al ser realizadas de manera específica en este contexto liminal.
Figura 17. Mapa con la distribución de materiales documentados en las capas de uso original del patio (UU.EE. 107, 304 y 306) (a) y mapa de calor (heatmap) que muestra las zonas de mayor concentración de materiales para las UU.EE de uso original del patio (b). ^
Este carácter liminal se explica desde la antropología siguiendo el concepto desarrollado por Van Gennep (1960 [1909]) y Turner (1987), que describe espacios “entre medios” caracterizados por la ambigüedad y la transición. La ubicación física de los patios entre el mundo exterior y la cámara funeraria, su arquitectura abierta pero excavada y la naturaleza recurrente de las actividades documentadas refuerzan esta condición intermedia. De acuerdo con la noción de ritualización de C. Bell (1992, 1997), el patio se convirtió en un lugar ritual no por una cualidad intrínseca, sino por la reiteración de acciones específicas y formalizadas que allí se llevaron a cabo.
Entre los hallazgos más singulares destaca la gran piedra escuadrada (UE 304), documentada en la esquina noroeste y hallada cubriendo cuidadosamente un conjunto de cuatro agujas de bronce. Se propone que fue intencionadamente volcada como parte de un ritual de clausura o amortización simbólica del espacio, siguiendo la distinción de Bell (1992) entre abandono y cierre ritual. El buen estado de conservación de las agujas sugiere un abatimiento controlado, posiblemente mediante algún sistema de sujeción o cordaje, no una destrucción, lo que refuerza la idea de una acción planificada y posiblemente ceremonial, destinada a sellar o proteger los elementos depositados y, por extensión, el propio espacio o una fase de su biografía ritual. En la UE 303 –uno de los niveles de vaciado de la cueva–, se documentaron, además, dos piedras trabajadas de morfología cuadrangular que podrían haber formado, junto con la UE 304, un elemento tauliforme.
El notable grado de precisión en la conformación de ángulos rectos en estas piedras recuerda, a menor escala y salvando las distancias, tanto a los monumentos centrales de los recintos de taula como a las pilastras con capitel documentadas en contextos domésticos –los denominados cercles (“círculos” en catalán)–. No sería de extrañar, en tanto en cuanto en Menorca, los espacios sacros, funerarios y domésticos de época postalayótica comparten ciertos rasgos arquitectónicos y organizativos (Riudavets y Ferrer, 2022, p. 204; Carbonell, 2024, p. 121), siendo las pilastras uno de los elementos recurrentes. De hecho, algunos autores han interpretado las taulas de los recintos sacros como representaciones monumentales del acceso a la habitación norte característica de los espacios domésticos, asociándolas simbólicamente con la idea de entrada al ámbito sagrado (Ferrer et al., 2020, pp. 152-153).
Este tipo de prácticas de cierre ritual está bien documentado en diversas culturas y contextos arqueológicos, incluyendo la propia Menorca, como evidencia la amortización ritual del acceso de la puerta en codo del poblado de Son Catlar en época romana mediante la deposición intencionada de un cuchillo de hierro de tipología itálica bajo un molino (moló) talayótico (Prados et al., 2021, p. 37). Esta comparación subraya una tradición más amplia de marcar simbólicamente la conclusión de la vida útil o el significado de espacios cargados simbólicamente, asegurando quizás su “descanso”, la neutralización de su poder liminal una vez cumplida su función para un ciclo determinado, o su transformación conceptual.
Si bien el análisis detallado del patio de la cueva n.o 45, incluyendo este notable ritual de clausura, arroja luz sobre su compleja significación, es fundamental reconocer que este espacio se inscribe dentro de un panorama más amplio de diversidad arquitectónica y contextual en Menorca. No todas las cuevas artificiales postalayóticas cuentan con patios asociados, y los que existen muestran variaciones notables. Encontramos desde ejemplos claramente delimitados y con escalones de descenso en el lado corto, como en Cala Morell (cuevas n.o 9 y n.o 10), hasta la morfología abierta, sin cierre frontal definido, del patio aquí estudiado (asociado a la cueva n.o 45), que parece aprovechar el corte natural del promontorio. La presencia de límites naturales pudo, en algunos casos, sustituir la necesidad de construir delimitaciones artificiales. Esta variedad arquitectónica condiciona, a su vez, la manera en que se desarrollaban los rituales y la percepción del espacio liminal.
Independientemente de estas variaciones formales, la constante y prolongada asociación de estos patios con los rituales funerarios y la memoria de los ancestros sugiere una profunda dimensión temporal que los consolida como “lugares persistentes” (Schlanger, 1992, p. 91). Este concepto se refiere a espacios que, mediante el uso repetido a lo largo del tiempo, acumulan una notable densidad material y una carga de significado social que fomenta su continua interacción y resignificación (Schlanger, 1992; Amkreutz, 2013; Díaz-Guardamino et al., 2020, entre otros). La rica y compleja secuencia estratigráfica documentada en el patio de la cueva n.o 45, que abarca desde los niveles de uso ritual primario (UU.EE. 107, 304 y 306), pasando por los episodios de vaciado de la cámara, la deposición de desechos constructivos, hasta reutilizaciones más recientes, ilustra precisamente esta transformación. No son solo las fases de uso ritual original, sino también los momentos de abandono, transformación o gestión de los contenidos más antiguos (como los niveles de vaciado) los que contribuyen a la biografía material y simbólica del lugar, manteniendo su centralidad incluso a través de cambios funcionales.
Esta persistencia en el contexto de los patios menorquines se fundamenta en su vínculo indisociable con las cámaras funerarias, concebidas como repositorios de los ancestros durante generaciones, como bien atestigua la longevidad de necrópolis como la de Calescoves. En este sentido, la continuidad en el uso de estos espacios funerarios y sus umbrales inmediatos, como apunta L. Amkreutz (2013, p. 63), puede interpretarse como un reflejo de la importancia de los antepasados en la elección y reelección de los lugares sagrados, un proceso que contribuye activamente a crear y reforzar un sentido de pertenencia colectivo. La utilización repetida del patio, motivada por esta conexión ancestral, se convierte así en un mecanismo para asegurar la “continuidad mnemónica”. De esta forma, la persistencia observada en el patio de la cueva n.o 45, con sus múltiples niveles de uso ritual y la posterior gestión de los contenidos de la cámara, se nutre de esa dialéctica entre la memoria de los antepasados y la continua reactivación del lugar, explicando la acumulación de significado incluso cuando ello implica la alteración de contextos primarios.
Así, el patio de la cueva n.o 45 trasciende la respuesta a eventos funerarios individuales para convertirse en un escenario de la memoria colectiva y la identidad grupal, un lugar con una biografía propia (Ashmore, 2002). Los diversos capítulos de esta biografía: las capas de depósitos rituales, los niveles que testimonian el vaciado y la gestión de los restos ancestrales, el posible sellado de fases constructivas, la singularidad del elemento de clausura (UE 304), son la huella material de una historia prolongada de prácticas, transformaciones y significados. Es esta compleja acumulación de materia y memoria la que ancla la relevancia del patio a través del tiempo, incluso frente a cambios en su uso y percepción.
La excavación del patio de la cueva n.o 45 de Calescoves supone una valiosa contribución al conocimiento de los espacios liminares en el contexto funerario postalayótico de Menorca, permitiendo replantear su papel más allá de su función arquitectónica como acceso. A partir de una potente secuencia estratigráfica y un conjunto material excepcionalmente bien conservado, el estudio ha documentado fases sucesivas de uso ritual, vaciado funerario, reutilización y clausura simbólica, ofreciendo una perspectiva dinámica y diacrónica de la vida del patio.
Entre los resultados más relevantes destaca la identificación de niveles de uso ritual con concentraciones significativas de cerámica votiva, mayoritariamente de producción local, junto a escasos elementos de importación, y objetos metálicos que refuerzan su carácter performativo y simbólico. La disposición de estos materiales, alineada con la morfología del espacio y orientada hacia el acceso de la cámara funeraria, sugiere prácticas reiteradas y ritualizadas, posiblemente vinculadas a libaciones, banquetes funerarios u otros actos comunitarios.
El hallazgo de una gran piedra escuadrada que cubría cuidadosamente un conjunto de cuatro agujas de bronce constituye un indicio claro de una acción deliberada que podría interpretarse como un ritual de clausura o sellado del espacio. La disposición intencionada de este conjunto –ubicado en un estrato asociado al uso ritual del patio– permite plantear la hipótesis de que esta acción formaría parte de un gesto final vinculado a la desactivación o amortización simbólica del ámbito votivo.
Por otro lado, los niveles de vaciado identificados evidencian una interacción prolongada con el espacio tras la finalización de los usos votivos primarios. El depósito de materiales procedentes del interior de la cueva, incluidos restos óseos humanos de todas las categorías de edad –entre ellos perinatales, posiblemente vinculados a prácticas de inhumación secundaria en contenedores cerámicos– sugiere una gestión ritualizada de los contenidos funerarios, posiblemente relacionada con transformaciones en la función del espacio o con una reactivación diferida del mismo dentro del marco de la memoria colectiva.
Comparativamente, los datos obtenidos permiten establecer relaciones y contrastes con otros patios excavados en Menorca (Sa Mola, Caparrot de Forma, Cala Morell, S’Albufera des Port), confirmando patrones recurrentes –como la deposición de cerámica en contacto con la roca madre o la aparición de restos infantiles–, al tiempo que subrayan la especificidad del caso de Calescoves, tanto por su morfología rehundida como por el elemento de clausura documentado.
En suma, el patio de la cueva n.o 45 se presenta como un espacio multifuncional, con una secuencia de uso prolongada entre los siglos IV y I a.n.e., que articula funciones arquitectónicas, rituales y sociales. Lejos de constituir un mero acceso a la cámara funeraria, este ámbito excavado en la roca actuó como escenario de prácticas votivas reiteradas, de gestión de los restos humanos y, posiblemente, de clausura ritual, configurándose como un espacio cargado de densidad biográfica y significación colectiva. Su análisis permite replantear el papel de los patios en el sistema funerario postalayótico, no como elementos marginales, sino como componentes estructurales en la articulación de los procesos mortuorios, la transmisión de la memoria ancestral y la construcción de identidades comunitarias en la Menorca de la Segunda Edad del Hierro.
Queremos agradecer a la propietaria de esta parte de Calescoves, Mercedes Orfila y su familia, el habernos permitido iniciar este proyecto de investigación. Agradecemos también al Consell Insular de Menorca la financiación obtenida en el marco de las ayudas a investigación y salvaguarda del patrimonio histórico de Menorca 2023 y 2024, así como al Museu de Menorca su apoyo y colaboración. Igualmente, agradecemos el apoyo recibido a través de un contrato postdoctoral del Programa Investigo, vinculado al Grupo de Investigación de Arqueología Mediterránea (GRACME) de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), que ha contribuido al desarrollo de este trabajo.
Asimismo, agradecemos a Josep Florit, Toni Seguí, Joana Gual y Victoria Cantarellas su implicación, las visitas y la ayuda prestada. Nuestro agradecimiento también a José Simón Gornés, Elena Sintes y David Garcia i Rubert por sus valiosas observaciones y recomendaciones, y a Ramon Álvarez Arza por los dibujos cerámicos. Extendemos un especial agradecimiento a todas las personas que han formado parte del equipo: a Clara Serna por su intervención en la recuperación, documentación y análisis de los restos antropológicos; a Mercé Roca por las labores de consolidación y excavación; a Marta Mateu y Iasonas Nestoridis por la toma de muestras y el estudio micromorfológico; a Jaume García por la ayuda con el análisis de macrotrazas cerámicas; a Giuliana Bonanno por la realización de algunos dibujos; a Lua Valenzuela, Llorenç Picornell y Gabriel Servera por los estudios de fauna, carbones y microrrestos vegetales respectivamente; y a los colegas que vinieron a ayudarnos, sin los que no habría sido posible llevar a buen término la excavación: Jaume Deyà, Miquel Riera, Sebastià Borràs, Amàlia Cillero y Emilie Godts. Finalmente, agradecemos a los técnicos Francisco José Hidalgo y Patricia Díaz de la Fundació Josep Finestres y a su director, Jordi Gonzalo, la ayuda prestada con los CBCT de las piezas cerámicas recuperadas, que nos han permitido un dibujo cerámico preciso.
Por último, expresamos nuestro agradecimiento a los /las revisores/as anónimos, cuyos comentarios y sugerencias han contribuido significativamente a mejorar este artículo.
La redacción de este trabajo ha recibido una ayuda económica en la convocatoria de 2024 de Ajuts a accions per millorar el coneixement, la salvaguarda i la difusió del patrimoni històric de Menorca, inclòs el patrimoni cultural immaterial de Menorca.
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