Spal, 34.1, pp. 288-293. https://dx.doi.org/10.12795/spal.2025.i34.11
Estoy convencida de que si hay algún movimiento político, social, académico, económico y cultural que haya cambiado el mundo en el siglo XX, es ese sin duda el feminismo. Una teoría política, una perspectiva filosófica y una reivindicación activista que empezó a calar en la disciplina arqueológica a finales de los años 70, primero en las arqueólogas escandinavas y después en las anglosajonas. Desde finales de los años 80 los estudios feministas y de género en el ámbito de la arqueología en España experimentaron un importante desarrollo gracias al trabajo de un número creciente de investigadoras que ha convertido esta perspectiva en uno de los ámbitos más dinámicos de la discusión teórico-metodológica; desde las reivindicaciones feministas tras la dictadura hasta la propia transformación del sistema universitario, que permitió la llegada de las perspectivas marxistas y feministas a las aulas. Las pioneras en los inicios del feminismo en la Arqueología de nuestro país, como Encarna Sanahuja o Marina Picazo, combinaron un doble compromiso político con el marxismo y con el feminismo, destacando sus inquietudes sobre el origen del patriarcado, la producción y reproducción de cuerpos o la invisibilidad de las mujeres. A esta mirada, en los años posteriores y gracias al trabajo en red de muchas arqueólogas desde todos los lugares posibles de la práctica arqueológica, se han incorporado el feminismo poscolonial, la arqueología del cuerpo o la de la identidad (Sánchez Romero, 2023).
A pesar de que es una mirada que se desarrolla en la disciplina de forma tardía, en comparación con otras áreas de conocimiento, desde sus inicios ha sido muy prolífica en publicaciones, no solo ya desde lo teórico y metodológico, sino también desde los estudios de caso. Siempre he pensado que eso ocurrió de forma tan rápida porque había un buen número de arqueólogas que habían intuido la relevancia (o más bien la pertinencia) de incluir no solo las identidades y relaciones de género en la explicación histórica, sino también la necesidad de revisar la propia práctica arqueológica y la situación de las mujeres en la disciplina. No en vano, la arqueología feminista no solo pretende cambiar los discursos sino también las prácticas cotidianas de la arqueología. Así encontramos aproximaciones teóricas y metodológicas (Conkey y Spector, 1984), compilaciones de estudios de caso (Gero y Conkey, 1991) y muy pronto volúmenes que recopilaban experiencias de investigación en todo el mundo tanto con temáticas de carácter más general (Hays-Gilpin y Whitley, 1998; Nelson, 2006; Dommasnes et al., 2010; Bolger, 2013; López Varela, 2023; Moen y Pedersen, 2024) como volúmenes que tratan temas específicos (Hager, 1997; Arnold y Wicker, 2001; Frink y Weedman, 2006; Montón y Sánchez Romero, 2008; Matias et al., 2024). No pretendo ser exhaustiva con esto, no es el lugar, afortunadamente la nómina de publicaciones sobre esta temática es amplia y sigue creciendo, pero sí demostrar que desde los años 80 hasta la actualidad ha sido uno de los temas más frecuentes en arqueología. No entraré aquí en el debate sobre si todas las publicaciones que incluyen en sus títulos mujeres y género se hacen desde perspectivas feministas, pero sí que creo que, si se incluyen, es porque el feminismo los ha pensado. Igualmente, tampoco entraré a discutir sobre cómo la introducción de la bioarqueología y las nuevas metodologías analíticas en nuestra disciplina están transformando y posibilitando nuevas formas de aproximarnos a esas realidades del pasado y están cambiando incluso las formas en las que publicamos nuestros resultados de investigación. Dos debates, sin duda, apasionantes.
Antes de terminar el repaso de la literatura feminista y de género en Arqueología, que me parece necesaria para encuadrar la publicación objeto de este texto, quisiera recordar una serie de publicaciones muy poco conocida pero que supuso los inicios de esa literatura feminista científica: la revista K.A.N.: kvinner i arkeologi i Norge (Mujeres en la arqueología en Noruega). Durante 20 años, entre 1985 y 2005, primero en noruego y después en inglés, esta revista constituyó un espacio seguro para que las arqueólogas noruegas exploraran y desarrollaran enfoques epistemológicos, teóricos y de investigación, contribuyendo significativamente al pensamiento arqueológico teórico general (Skogstrand, 2023).
El volumen objeto de esta recensión, Gender and Change in Archaeology. European Studies on the Impact of Gender Research on Archaeology and Wider Society, editado en 2024 por Nona Palincas y Ana Cristina Martins en Springer es una excelente muestra de cómo en la actualidad se está construyendo parte del conocimiento científico feminista en arqueología, y específicamente en Europa, como reconocen las propias editoras. Son conscientes de los múltiples sesgos que la arqueología y el feminismo tienen en Europa y, por tanto, son igualmente conscientes de las consecuencias que eso tiene tanto para la investigación como para su práctica. En su capítulo introductorio las editoras dejan claro cuál es el objetivo del volumen: mostrar la capacidad de generar cambios en la investigación y en la práctica arqueológica que ha tenido y sigue teniendo la arqueología feminista y de género.
Tanto Nona Palincas como Ana Cristina Martins pertenecen a uno de los grupos de trabajo integrados en la Asociación Europea de Arqueología (EAA), concretamente al de “Arqueología y género en Europa” (AGE) (https://www.archaeology-gender-europe.org/). La propuesta de un grupo de trabajo de la EAA sobre género y arqueología en Europa surgió de la sesión de la EAA “Género, identidad y materialidad”, celebrada en Malta en 2008 (Dommasnes et al., 2010). En ese mismo año, AGE se estableció formalmente en el marco de la EAA. Su primera acción fue una mesa redonda sobre “Género y arqueología en Europa” en la reunión de la EAA en Riva del Garda en 2009. Desde entonces, desde AGE se han organizado sesiones sobre temas relacionados con el género en las reuniones anuales de la EAA con el propósito de establecer sinergias con colegas con intereses comunes. En los últimos años, además, se han promovido actividades virtuales y publicaciones propias (Coltofean-Arizancu et al., 2021).
Es precisamente en el marco de las preocupaciones debatidas en este grupo de trabajo sobre el futuro de la arqueología de género y feminista donde se debe encuadrar esta publicación. Las editoras proponen una serie de cuestiones generales en las que hay un cierto acuerdo entre las autoras, para partir de presupuestos comunes en la elaboración de los textos. A saber, el género es la estructura de las relaciones sociales que se centra en el ámbito reproductivo y en el conjunto de prácticas que incorporan las distinciones reproductivas; los patrones de género pueden diferir notablemente de un contexto cultural a otro, pero siguen siendo “género”; el género se reproduce socialmente (no biológicamente) para restringir la acción individual por parte de las estructuras de poder, por lo que, a menudo, se las hace parecer inmutables, aunque en realidad la práctica humana crea nuevas situaciones de negociación que las transforman.
A partir de ahí se articulan 17 trabajos de autoras procedentes de ocho países distintos, Portugal, Alemania, Francia, Dinamarca, Noruega, Rumanía, España y Suecia, que intentan contestar a una serie de preguntas concretas: ¿Es capaz la arqueología de género de cambiar la disciplina o a quienes la practican? ¿Es capaz de cambiar los desarrollos de otras disciplinas afines? ¿Es capaz de llegar a la ciudadanía para cambiar los discursos establecidos?
La primera de las cuatro partes en las que se divide el capítulo es “Looking for Sources of Inspiration”. El primer capítulo de esta parte está escrito por la recordada Liv Helga Dommasnes, que falleció en 2023, y en el que muestra las dificultades desde su propia experiencia de manejar el concepto de género cuando investiga las sociedades vikingas y, sobre todo, de las dificultades que implica escribir sobre género en lenguas que no son la propia, como ocurre con la exigencia académica de escribir en inglés. Los conceptos no siempre son asimilables y a veces lo que ocurre es que hay matices que se “pierden en la traducción”. También sobre conceptos ambiguos y sobre todo impregnados de cultura escribe Guilherme Borges Pires, en este caso, sobre la dificultad de entender lo masculino y lo femenino en sociedades a las que solo podemos aproximarnos de manera parcial y de las que desconocemos los códigos culturales que usan. Y, sobre todo, se plantea una pregunta básica: ¿cómo hacerlo sin caer en el presentismo y el androcentrismo desde los que se han realizado las lecturas contemporáneas?
La segunda de las secciones reflexiona sobre si la arqueología de género ha sido o es capaz de cambiar la disciplina comenzando por los aspectos interpretativos relacionados con el estatus social, las identidades o el trabajo de las mujeres. Desde el análisis que hacen J. C. Senna-Martinez y Elsa Luís en su capítulo sobre las transformaciones sociales de las sociedades campesinas en la península ibérica, y qué supuso en términos de cambio en las vidas de las mujeres, al ejemplo expuesto por Tânia Manuel Casimiro y relacionado con el papel de las mujeres en la producción y el consumo de cerámica portuguesa durante los siglos XVI al XVIII. Una investigación hasta ahora llena de estereotipos que presenta a mujeres ya no solo como alfareras y propietarias de talleres, sino también como consumidoras exigentes y demandantes y, por tanto, agentes en las transformaciones técnicas y estéticas de estas producciones. También sobre las rupturas del discurso histórico establecido trata el capítulo de Nona Palinças, en el que analiza la evolución de las identidades y las relaciones de género en la última parte de la Edad del Bronce Tardío y la primera parte de la Edad del Hierro en el Bajo Danubio (c. 1350–800 a.C.). Frente a la propuesta de un régimen fuertemente patriarcal, la autora propone que el trabajo de las alfareras y las tejedoras las sitúa en una subjetividad diferente que se expresa a través de lo que constituyen dos variantes de la identidad femenina previamente desconocidas para este territorio. Igualmente, sobre identidades sociales trata el capítulo de Bo Jensen y las mujeres danesas de las élites del siglo IX d.C. Las nuevas interpretaciones sobre determinados “tesoros” asociados a sepulturas femeninas solo se pueden entender retando los roles específicos de género de las mujeres de la élite y entendiendo su capacidad de acción durante un período de cambio político significativo.
También interesante es el debate sobre la interseccionalidad del género con otras identidades como son la edad, la religión y el estatus social. Ninguna de ellas se puede entender sin la otra y en los ciclos de vida de las personas, unas y otras tienen distintos significados en distintos momentos. Es el caso que presenta Susanne Moraw sobre la pintura de la tumba de una niña de la élite de la Antigüedad tardía de Nápoles, donde demuestra que las formas en las que es representada obedecen a otras demandas distintas a su propia identidad de edad y género, y están más relacionadas con el estatus social y las creencias religiosas y con los deseos de las personas que forman parte de su entorno.
El tercero de los apartados tiene que ver con la capacidad de la arqueología de género de cambiar a quienes trabajamos en la disciplina. Los tres primeros capítulos cuentan la situación de la arqueología portuguesa. Elisabete Pereira reivindica la contribución esencial, aunque no visible, de las mujeres en el proceso de generación de conocimiento de nuestro pasado. Por ejemplo, el de las mujeres implicadas en el coleccionismo arqueológico en Portugal entre 1850 y 1930; mientras que el contexto de desarrollo científico era predominantemente masculino, las decisiones sobre las colecciones se tomaban también desde otros muchos lugares. Avanzamos en el tiempo, pero seguimos en Portugal: Jacinta Bugalhão narra cómo el enfoque histórico y sociológico basado en la distribución sexual binaria entre arqueólogos y arqueólogas ha señalado durante mucho tiempo hacia dónde deberían dirigir los intereses profesionales unas y otros. Su análisis de la evolución de las mujeres dedicadas a la práctica de la arqueología en Portugal a lo largo del siglo XX y hasta nuestros días: su número, identidad, formación académica, distribución por edades, origen geográfico y forma de actividad (de amateur a profesional) muestran cómo la arqueología portuguesa exhibe una paridad numérica de género global, que enmascara una realidad que tiene que ver con el ejercicio de roles de liderazgo, las posiciones universitarias, las publicaciones científicas o las cuestiones laborales intrínsecas tanto a la práctica de la arqueología como a nuestras propias vidas. Por último, el capítulo de una de las editoras del libro, Ana Cristina Martins, reflexiona de forma general sobre los últimos 30 años en la arqueología portuguesa, desde la recuperación de nombres relevantes, hasta las especificidades de la historia de las mujeres en la arqueología en Portugal al marco académico nacional.
Pero más allá de la, justa y pertinente, visibilidad de las mujeres, otra de las preocupaciones es la de su capacidad para generar el conocimiento, en muchas ocasiones realizado desde lugares teóricos, metodológicos y discursivos distintos. Es decir, de la capacidad de obtener financiación. Al respecto de esa cuestión y de los programas específicos generados para promover la igualdad en el ámbito de la investigación, están los de la Deutsche Forschungsgemeinschaft (DFG) de los que habla Julia Katharina Koch en su capítulo; un estudio que ofrece una visión desde los tipos de proyectos que se financian, a las medidas de igualdad que se exigen a las instituciones, como programas de ludotecas para el cuidado infantil o talleres sobre condiciones laborales académicas. Y sobre estas medidas y su impacto en la práctica de la arqueología por parte de las mujeres en el ámbito académico sueco habla Tove Hjørungdal. Ella se mueve entre la esperanza por los cambios recientes en las perspectivas científicas y la preocupación por la organización general del mundo académico, que, sin duda, es uno de los mayores hándicaps de las mujeres en este ámbito. Hemos de analizar y entender las dinámicas internas sobre cómo se llega a determinadas posiciones laborales o a determinados puestos de gestión, o qué exigencias horarias y de dedicación tienen las carreras académicas, y qué consecuencias tiene esto para nuestras experiencias vitales y profesionales. Ya no solo de las mujeres, pero sobre todo de las mujeres.
Los dos capítulos que forman parte de la sección dedicada a conocer cómo la arqueología de género es capaz de cambiar otras disciplinas, tienen que ver, por un lado, con la relevancia de los enfoques feministas y de género en la arqueología y la transformación epistemológica de la disciplina y, por otro, cómo eso posee un potencial muy importante para contagiar a otras ciencias sociales y considerar su perfil social y político, como señala Francisco B. Gomes. El segundo de los enfoques, el propuesto por Luana Batista-Goulart e Isabelle Séguy, tiene que ver con el impacto de la bioarqueología tanto en el desarrollo de la investigación sobre las sociedades del pasado, como en las disciplinas de las que provienen los nuevos métodos analíticos. El ejemplo que las autoras exponen es el de una posible diferencia en el consumo de alimentos relacionada con el género, basado en el estudio del cementerio merovingio de Larina-Le Mollard, en Hières-sur-Amby, Francia, en los siglos VI al VIII d.C. Es su caso, el análisis se realiza considerando el microdesgaste dental y aplicando la estadística. La capacidad analítica que poseemos en la actualidad: datación radiocarbónica, análisis de isótopos, proteómica, etc., nos abre unas posibilidades inmensas en las que la arqueología feminista y de género ha tenido un papel primordial: hacer nuevas preguntas, crear la necesidad de contestar a nuevos interrogantes; esa es sin duda una influencia relevante.
La última sección se pregunta por la capacidad de permear en la sociedad por parte de la arqueología feminista y de género. Los dos capítulos dedicados a este tema tratan, por una parte, de cómo y de qué manera la investigación española vinculada a las arqueologías feministas y de género ha supuesto la incorporación de la perspectiva de género en los museos arqueológicos españoles. La autora del capítulo, Lourdes Prados, diferencia entre tres tipos. Aquellos que siguen ignorando la necesidad de reflejar las relaciones de género e invisibilizando a las mujeres en sus relatos del pasado; en segundo lugar, a las instituciones que son receptivas a la necesidad de incorporar dichos estudios en sus museos y lo hacen principalmente a través de exposiciones temporales y talleres centrados en el valor de la educación en igualdad. Y, por último, los museos de nueva creación o recientemente renovados que se han preocupado en mayor o menor medida por la necesidad de incorporar la perspectiva de género. El capítulo que cierra esta sección y el volumen es el de Jana Esther Fries, que trata la representación visual del género en exposiciones, artículos de periódicos, libros de texto escolares o videojuegos. La autora analiza cómo todas estas imágenes utilizadas en los mass media, a veces las únicas referencias que tiene la ciudadanía sobre la Prehistoria, influyen en los discursos de género contemporáneos y la capacidad que tenemos quienes nos dedicamos a la arqueología de cambiarlos.
En mi opinión, el libro muestra un buen compendio de las posibilidades del debate en arqueología feminista y de género en la actualidad; los estudios de caso son adecuados y pertinentes y reflejan muy bien la realidad que se quiere mostrar. Pero la pertinencia y buen hacer de este volumen deja la puerta abierta a otros asuntos que no se han tratado o se han abordado de manera más restringida. Además de los capítulos dedicados a la situación laboral y de visibilidad de las mujeres en arqueología, sería necesario seguir explorando las circunstancias relacionadas con el acoso sexual que sufren muchas compañeras arqueólogas a menudo ante la mirada impasible de quienes las rodean. Estudios muy recientes para el estado español así lo significan y es muy cierto que hay muchos espacios en los que esta situación está siendo explícitamente tratada (Coto-Sarmiento et al., 2022). Me parece también tremendamente interesante indagar en más estudios de caso en los que la bioarqueología responde a las preocupaciones de la arqueología feminista o de género, e incluso aquellos en los que la aparición de resultados “inesperados” hacen que quienes no se habían planteado nunca la necesidad de explicar las identidades y relaciones de género, ahora tengan inevitablemente que volver la mirada a estas perspectivas. Por último, creo que debemos seguir explorando las posibilidades que la denominada arqueología pública, que en la mayoría de los grandes proyectos carece de perspectiva de género, ofrece a la arqueología feminista y de género. Entre esas capacidades se presenta la oportunidad de la divulgación científica y sus múltiples variantes desde la publicación de libros dedicados al público en general sin necesidad de formación arqueológica hasta el uso de redes sociales que llega a un público diferente y más joven al que también hay que seducir y convencer.
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Margarita Sánchez Romero
Departamento de Prehistoria y Arqueología
Universidad de Granada