Álvaro Sánchez Climent
Universidad Autónoma de Barcelona
alvaro.sanchezC@autonoma.cat 0000-0002-2665-952X
Fecha recepción: 27-07-2024 | Fecha aceptación: 02-02-2025
Resumen La cerámica celtibérica, especialmente la numantina, ha sido objeto de estudio desde principios del siglo XX, despertando un notable interés entre destacados investigadores de la época. Aunque a lo largo de los años se han publicado diversas tipologías específicas, se carecía de una clasificación general que integrara las distintas formas identificadas en las investigaciones. Este trabajo ofrece un compendio actualizado de las formas de cerámica celtibérica, que incluye un análisis de los tipos cerámicos, con énfasis en sus características tipológicas, así como en la distribución, tecnología y funcionalidad de los grupos elaborados tanto a mano como a torno.
Palabras clave Edad del Hierro, Celtiberia, Meseta, tipología, cerámica, funcionalidad.
Abstract Celtiberian pottery, especially that from Numantia, has been the subject of study since the beginning of the 20th century, sparking significant interest among prominent researchers of the time. Although various specific typologies have been published over the years, a general classification integrating the different forms identified in previous research was lacking. This work provides an updated compendium of Celtiberian pottery forms, which includes an analysis of ceramic types, emphasizing their typological characteristics, as well as the distribution, technology, and functionality of groups produced both by hand and on the potter’s wheel.
Keywords Iron Age, Celtiberia, Spanish Central Plateau, Typology, Pottery, Functionality.
Sánchez Climent, A. (2025): “Corpus tipológico de la cerámica celtibérica de la Meseta”, Spal, 34.1, pp. 71-105. https://dx.doi.org/10.12795/spal.2025.i34.04
3. Corpus tipológico de la cerámica celtibérica de la Meseta
3.1.1. Grupo Cerámico a Torno (GCT)
Figura 1. Mapa de yacimientos. Provincias de Guadalajara y Soria. Fuente: elaboración propia.
La cerámica celtibérica ha recibido la atención de numerosos investigadores, especialmente los dedicados a la arqueología numantina, desde principios del siglo XX. Son cuantiosos los autores fascinados por sus peculiaridades, tanto por su forma, como especialmente por sus motivos decorativos, provocando acalorados debates entre los defensores de un origen micénico y los detractores (Sánchez Climent, 2018a), hasta la culminación de estos primeros estudios con la tipología de B. Taracena (1924) para la cerámica de Numancia. Desde entonces el estudio de la cerámica pasó desapercibido hasta la reinterpretación de la tipología de Taracena por F. Wattenberg (1963) y la revitalización de los estudios celtibéricos a partir de la década de los años sesenta y, en particular, en los setenta y ochenta.
No obstante, pese a esta revitalización, no existía una tipología que recogiese toda la cerámica celtibérica de la Meseta. Sí que se contaba algunas clasificaciones enfocadas en yacimientos específicos excavados durante los ochenta y noventa, pero carecían de ese carácter general. Nos referimos a tipologías de yacimientos como Numancia (Wattenberg, 1963; Romero, 1976), Riba de Saelices (Cuadrado, 1968), La Yunta (García Huerta y Antona, 1992), Carratiermes (Argente et al., 2000), El Ceremeño (Cerdeño y Juez, 2002) y Herrería III (Cerdeño y Sagardoy, 2007a), entre otras. No obstante, seguía faltando un corpus al estilo de los existentes en otros ámbitos como, por ejemplo, la cerámica ibérica (Mata y Bonet, 1992), tipología que ha sido un gran referente en estudios posteriores. La ausencia de una clasificación, por tanto, es algo que ha preocupado a los investigadores, señalando la necesidad de «elaborar una tipología de carácter general de la cerámica celtibérica a partir de yacimientos con contextos estratigráficos fiables» (Burillo et al., 2008, p. 184) y para que «tenga verdadera utilidad debe ser clara, concisa, además de fundarse en criterios generales de carácter universal» (Caro, 2002, p. 137). Precisamente, en el año 2015 se puso fin a la espera de esa necesitada tipología de cerámica celtibérica con la defensa de nuestra tesis doctoral (Sánchez Climent, 2015), en la que se recogían materiales cerámicos publicados junto con otros de carácter inédito.
En el corpus presentado se abandonaba la metodología empleada por otros investigadores que ordenaban los materiales cerámicos por funcionalidad (Mata y Bonet, 1992; Burillo et al., 2008), debido a que considerábamos que no era el método más adecuado si atendíamos al carácter multifuncional de los recipientes; la existencia de cerámicas en diferentes contextos, tanto funerarios como domésticos, es una clara prueba de ello. Por esa razón se ordenó la cerámica a partir de patrones métricos, como el índice de profundidad, recogido en la citada tipología de Mata y Bonet (1992), y morfológicos. El resultado final fue la clasificación de la cerámica continente en dos grupos en función de la manufactura (a torno y a mano) y, a partir de ahí, establecer los diferentes tipos y subtipos de las formas atendiendo a dichos parámetros.
No obstante, consideramos que era necesaria la realización de una revisión del conjunto, que precisase una nueva nomenclatura y una mejor ordenación de los tipos, especialmente en la cerámica a mano, de cara a sintetizar y mejorar la tipología de entonces. Por tanto, el trabajo aquí presentado recoge las diferentes formas identificadas ya en el citado estudio, si bien incorpora una revisión y actualización de los tipos cerámicos y su denominación.
Para la ordenación de las formas continentes (FC) se ha empleado un doble criterio. En primer lugar, distinguimos dos grupos cerámicos: a torno (GCT) y a mano (GCM). El primer grupo incluye todas las producciones realizadas mediante torno, mientras que el segundo agrupa las elaboradas manualmente. Una vez separados los grupos, establecimos, en segundo lugar, una clasificación horizontal, basada en el índice de profundidad, y una clasificación vertical mediante la identificación de subtipos y variantes dentro de cada tipo.
El concepto “tipo” es fundamental en cualquier disciplina que se dedique a la clasificación de los objetos o fenómenos, y en el caso de la cerámica constituye un elemento clave para poder estructurar y comprender la diversidad de las formas, funciones y tecnología. El tipo no es simplemente una etiqueta de carácter arbitrario: es una construcción teórica que surge de la combinación sistemática de atributos específicos que caracterizan un conjunto de objetos y lo diferencian de otros constituyendo una «unidad básica de descripción que se refiere a la combinación específica de atributos que permite identificar un conjunto de formas cerámicas distinguiéndolo de otro conjunto» (Fernández Martín, 2010, p. 79) y que es «sustancial de cualquier clasificación tipológica» (Sánchez Climent, 2019, p. 81). Además, el tipo permite agrupar objetos similares en categorías manejables y establecer patrones culturales, tecnológicos o funcionales a lo largo del tiempo y el espacio. Sin embargo, también plantea desafíos. La definición de un tipo puede variar según la perspectiva del investigador, los objetivos del estudio o la disponibilidad de datos, lo que podría generar inconsistencias o debates sobre los límites entre un tipo y otro. Tampoco debe entenderse como algo rígido o inmutable. Los avances metodológicos y teóricos, así como el hallazgo de nuevos datos, pueden requerir revisiones y ajustes. Esto lo convierte en una herramienta dinámica, susceptible de evolucionar junto con el conocimiento científico.
La variabilidad en los tamaños dentro de un mismo tipo dificulta una clasificación basada únicamente en dimensiones o volúmenes. Por esta razón, se ha optado por clasificar las cerámicas según su índice de profundidad, siguiendo el criterio establecido por Mata y Bonet en su estudio sobre cerámica ibérica (1992, p. 121), al considerar que éste es el método más adecuado. Este índice, al ser un valor proporcional, refleja la relación entre la altura y el diámetro de la boca. De esta forma, los recipientes con un mayor diámetro de boca y menor altura se clasifican como más planos, mientras que aquellos con un diámetro más reducido y mayor altura se consideran más profundos. Esta metodología permite diferenciar claramente entre recipientes tradicionalmente identificados como cuencos, platos u objetos similares, que tienden a ser más planos, y grandes recipientes de almacenamiento, que presentan mayor profundidad. Siguiendo esta premisa y el enfoque de las autoras mencionadas, hemos ordenado los tipos desde los más planos, con un índice inferior a cincuenta, hasta los más profundos, con un índice superior a cien. Así, el índice de profundidad queda definido en tres categorías: planos (inferior a cincuenta), medios (entre cincuenta y cien) y profundos (superior a cien).
Una vez identificados los tipos y ordenados por índice de profundidad, se han analizado los diferentes subtipos a partir de las variantes. Éstas últimas son definidas como las variaciones que presentan los diferentes tipos y subtipos cerámicos y que pueden ser comunes a otros (Sánchez Climent, 2019, p. 81). Por lo tanto, es importante tener en cuenta que estas variantes comunes no definen tipos. Por ejemplo, las asas pueden ser consideradas como variantes, pues pueden aparecer o no dentro de un tipo, a la vez que es un elemento común a muchos tipos. En este caso, hemos establecido un orden descendente con prioridad en el perfil de la cerámica, que sería el que define el subtipo, siendo el resto de los elementos las variantes. Si el perfil siempre fuese igual, el siguiente elemento tomado en cuenta sería el borde, que definiría el subtipo, y el resto las variantes; luego la base, y así sucesivamente. El ordenamiento quedaría establecido de la siguiente manera:
En otros casos, el patrón métrico, por ejemplo el índice de profundidad, podría definir los subtipos. Este caso se aplica si no se documentan cambios relevantes en los bordes, perfiles, etc. Si tampoco hay variantes y diferencias métricas destacables que puedan definir subtipos, el recipiente definiría el tipo, pudiendo contar con alguna variante (asas, por ejemplo).
A la hora de clasificar los diferentes tipos cerámicos documentados hemos mantenido la nomenclatura empleada por otros investigadores en tablas tipológicas de cerámica celtibérica (Wattenberg, 1963; Romero, 1976; Díaz, 1976; García Huerta, 1989-90; Burillo et al., 2008; etc.) e ibérica (Mata y Bonet, 1992) utilizando términos actuales de alfarería (copa, plato, cuenco, tinaja, etc.). Si no existen paralelismos morfológicos con vajilla actual emplearemos la terminología convencional (caliciformes, kalathos, cráteras, etc.). Todos los tipos cerámicos de las formas continentes quedan recogidos a modo de dendrogramas (vid. figs. 2-20). Al final, en forma de anexo, se recogen también las fichas de los yacimientos con su numeración correspondiente, datación, tipos y subtipos detectados, y sus referencias bibliográficas (tabla 1), así como la relación de los tipos y subtipos con el contexto cronológico (tabla 2). Se han consultado un total de 41 yacimientos arqueológicos meseteños (fig. 1), aunque no se ha incluido en el mapa el yacimiento n.o 41, ya que corresponde a una necrópolis situada en las cercanías de Molina de Aragón, cuya localización exacta sigue siendo desconocida (Almagro-Gorbea y Lorrio, 1987, p. 269). No obstante, este yacimiento sí está registrado en la tabla 1. La cronología empleada es la propuesta por Cerdeño y Juez (2002, p. 24): Celtibérico Antiguo (siglos VII-VI a.C. al siglo V a.C.), Celtibérico Pleno (siglos V al IV a.C.), Celtibérico Tardío (siglos III al II a.C.) y Celtibero-romano (final del siglo II a.C. al siglo I d.C.).
Figura 1. Mapa de yacimientos. Provincias de Guadalajara y Soria. Fuente: elaboración propia. ^
En este grupo se integran todas las cerámicas que han sido realizadas a torno de manera indistinta. Desde el punto de vista tecnológico, todas las cerámicas presentan características muy similares. En general, se trata de pastas bien depuradas con desgrasantes finos, oxidantes con tonalidades anaranjadas en su mayoría y en menor medida rojizas y ocres. Desde el punto de vista de la decoración, predomina la pintada, normalmente con motivos decorativos simples basados en geométricos (bandas horizontales, círculos, semicírculos, etc.), sobre todo en los primeros compases de la cultura celtibérica, aumentando en complejidad conforme nos acercamos al Alto Duero, núcleo numantino, donde las decoraciones más tardías revisten de mayor riqueza. También es posible destacar la existencia de cerámicas de cocción reductora o de pasta gris, aunque el caso celtibérico es particular. Si en otros contextos como el ibérico sí ha sido habitual encontrar un buen número de cerámicas grises, objeto de investigaciones específicas (Aranegui, 1969; Roos, 1982; Hornero, 1990; Banús, 1992; Mancebo et al., 1992; Sanna, 2009; Rodríguez González, 2012; Rodríguez González, 2015; Rodríguez González, 2023; etc.), esto falta en nuestro caso, posiblemente debido a la escasa representación de este grupo cerámico. No obstante, podemos destacar algunos trabajos interesantes como los realizados para el territorio vacceo por J.F. Blanco (1993; 2001).
Como sucede en el mundo ibérico, la variabilidad tipológica de la cerámica a torno es considerable, puesto que no debe olvidarse que esta cerámica está presente desde el Celtibérico Antiguo, si bien en estos primeros momentos en número escaso si la comparamos con la cerámica a mano. No obstante, a partir del siglo V a.C. la segunda comienza a reducirse como consecuencia de la estandarización de las formas a torno, quedando reducida a su mínima expresión tipológica, limitada su funcionalidad casi en exclusiva como cerámica de cocina y despensa. A continuación, presentamos los tipos cerámicos a torno.
Este tipo presenta una gran variabilidad tipológica. Se han identificado dos subtipos en función de las características del borde: exvasado y recto. El segundo subtipo no presenta variantes, mientras que el primero muestra una mayor variabilidad, con dos variantes principales: paredes de perfil hemisférico y carenado. En el primer caso, la base puede ser cóncava o plana, o bien presentar un pie indicado. En el segundo caso, las opciones son similares: base plana o cóncava, o pie indicado. Además, este último puede incluir un asa horizontal, aunque es muy excepcional.
Esta cerámica es habitual encontrarla en contextos habitacionales, como El Ceremeño I o Castilmontán, y en las necrópolis. Un claro ejemplo de este tipo en contexto funerario es La Yunta II, concretamente en la tumba no 12, con un plato in situ a modo de tapadera (fig. 2: 3) (García Huerta y Antona, 1992). Otros ejemplos son las necrópolis de Luzaga y Cerrada II. No obstante, debido a la descontextualización de los materiales de la primera, no es posible saber en calidad de qué fueron encontrados los platos, si formando parte de las urnas o vasos de ofrendas, o bien como tapaderas (Díaz, 1976). Por su parte, el plato de Cerrada II (fig. 2: 8) sí tiene más clara su funcionalidad, al formar parte del conjunto de urnas cerámicas (Arenas y Cortés, 1995; Arenas, 1999).
Figura 2. GCT. Tipos 1 y 2. 1, 2, 6 y 7: El Ceremeño I; 3, 10, 11, 12, 16, 17, 18 y 19: La Yunta II; 4, 5 y 15: Numancia; 8: Cerrada de los Santos II; 9: Segontia Lanka (Langa de Duero). Dibujo de Carlos Núñez (Museo Numantino); 13: Los Castillejos de Ocenilla; 14: Centenares de Luzaga. ^
Aunque es importante señalar que se trata de una forma cerámica frecuente en poblados, también es destacable su alta presencia en las necrópolis. Un buen ejemplo es La Yunta, pues se puede encontrar principalmente como tapaderas y, en menor medida, como urnas y vasos de ofrenda (García Huerta y Antona, 1992). También está presente en necrópolis como Luzaga, Fuentelaraña y Monteagudo de las Vicarías. En contextos habitacionales se han encontrado gran cantidad en yacimientos como Los Rodiles, El Pinar II y Castilmontán, entre otros. Por su parte, los cuencos ralladores son escasos, ya que son pocos los yacimientos en los que se han documentado: Ocenilla (fig. 2: 13), Luzaga (fig. 2: 14) y Numancia (fig. 2: 15). Burillo et al. (2008, p. 176) destacan la inexistencia de estos cuencos más allá del Alto Duero. No obstante, la presencia de un cuenco-rallador en la necrópolis de Luzaga (Díaz, 1976) pone de manifiesto su existencia, al menos, en el Alto Tajo-Alto Jalón. Esta variante cerámica también está presente en La Rioja, tal y como parecen confirmar el fragmento de Monte Cantabria (Pérez Arrondo, 1979, p. 73), los cuencos fragmentados del yacimiento de El Cortijo de Bergasa (Sáenz Pérez-Aradros, 2019, p. 211) y los ralladores de Herramélluri (Marcos, 1973, p. 22).
La presencia de esta forma cerámica en buena parte de los yacimientos meseteños revelaría un origen en torno al siglo V o IV a.C., extendiéndose hasta época romana, tal y como atestigua su presencia en asentamientos de esta época como Los Rodiles II o Langa de Duero, fechados en torno a los siglos II y I a.C. Por su parte, algunos investigadores identifican la variante para los vasos de borde engrosado recto o entrante como imitaciones de cerámicas campanienses A (Arenas, 1987-88), proponiendo una cronología tardía del siglo II a.C. En cuanto a funcionalidad, se usan como urnas en caso de cementerios y como posibles recipientes de uso comunal, dado su volumen, en los poblados.
Figura 3. GCT. Tipo 3. 1: Huerta del Marqués; 2: Segontia Lanka (Langa de Duero). Dibujo de Carlos Núñez (Museo Numantino); 3: Numancia; 4, 7 y 8: Necrópolis Indeterminada de Molina, 5, 6, 9 y 10: Monteagudo de las Vicarías; 11: Centenares de Luzaga. ^
Posee una cronología muy amplia, desde el Celtibérico Pleno hasta época celtibero-romana, pudiendo existir una evolución desde las copas de pie bajo hasta las copas numantinas con pie muy destacado, sin que por ello desaparezcan subtipos anteriores. Destacan algunos ejemplares grises en yacimientos como La Yunta (García Huerta y Antona, 1992) y Langa de Duero.
La funcionalidad estaría clara en ambientes domésticos, pues por su pequeño tamaño y volumen servirían como vasos para el consumo directo, mientras que en contexto funerario se utilizarían principalmente como tapaderas, como ya atestiguó E. Aguilera (1916, p. 16) para la necrópolis de Aguilar de Anguita, y hallazgos más recientes, como las copas de La Yunta, demostrarían en este contexto. En la necrópolis de Numancia también se han encontrado algunos ejemplares como, por ejemplo, un pie bajo de copa sin asociar a ninguna tumba concreta (Jimeno et al., 2004, p. 294). En contexto doméstico, por su parte, se han encontrado abundantes representantes en buen estado en yacimientos como Numancia, Ocenilla, Langa de Duero, Castilterreño de Izana y El Palomar II.
Figura 4. GCT. Tipo 4. 1, 2, 4 y 6: La Yunta II; 3, 7, 8, 9, 10, 11, 13, 14 y 15: Numancia; 12: Segontia Lanka (Langa de Duero). Dibujo de Carlos Núñez (Museo Numantino). ^
Una gran peculiaridad es su gran dispersión, estando presente tanto en contextos habitacionales, donde suelen aparecer muy fragmentados, como funerarios. Los mejores ejemplares proceden de yacimientos como Castilterreño, Numancia, Los Rodiles II, Huerta del Marqués y El Pinar II. Por otra parte, en necrópolis son interesantes los conjuntos de La Yunta, Ucero, Almaluez, Monteagudo de las Vicarías, Carratiermes y Ribas de Saelices, entre otras.
Figura 5. GCT. Tipo 5. 1, 2, 4, 5, 6, 7 y 8: La Yunta II; 3 y 9: La Yunta I; 10, 11 y 14: Viñas de Portuguí; 12: Almaluez; 13: Monteagudo de las Vicarías. ^
Figura 6. GCT. Tipos 6 y 7. 1 y 2: Castilterreño de Izana. Dibujos de Antonio Alonso Lubias (Museo Numantino); 3: Segontia Lanka (Langa de Duero). Dibujo de Carlos Núñez (Museo Numantino); 4, 5, 7, 10 y 13: La Yunta II; 6: Los Rodiles II; 8: San Martín de Ucero III; 9: Numancia; 11 y 12: La Yunta I; 14: Riba de Saelices y 15: El Inchidero. ^
En cuanto a la funcionalidad, todos los ejemplares documentados sirvieron como urnas cinerarias, mientras que en ámbito doméstico podría relacionarse con cerámicas de consumo o servicio, en función del tamaño y su morfología. Autores como A. Castiella (1977, p. 338) propusieron una cronología prolongada para esta cerámica en la franja navarro-aquitana, con origen en el siglo IV a.C., confirmada para la Meseta a partir de los yacimientos anteriormente citados.
Esta cerámica presenta un evidente carácter multifuncional. Primero, porque es frecuente encontrarla en necrópolis, en todos los casos actuando como urna cineraria, y, segundo, es una cerámica habitual en poblados. Por su morfología podría sugerir una funcionalidad de servicio o de despensa. Este tipo presenta características similares al anterior, existiendo casos de pasta gris (e.g. Almaluez y Langa de Duero), con cronologías muy similares del siglo V o IV a.C. para las primeras cerámicas, cuya presencia se prolongaría hasta época romana. Asentamientos como El Palomar II, Huerta del Marqués o El Pinar II así lo confirman. Por ejemplo, J.A. Arenas (1987-88) considera celtibero-romanos los ejemplares de El Pinar II, al establecer paralelismos cronológicos con el cercano poblado de La Coronilla II.
Figura 7. GCT. Tipo 8. 1, 11, 12 y 14: La Yunta II; 2 y 13. La Yunta I; 3: Almaluez; 4 y 10: Centenares de Luzaga; 5: Monteagudo de las Vicarías; 6 y 9: Numancia; 7, 8 y 15: Carratiermes. ^
Desde el punto de vista funcional, su elevado número en necrópolis parece indicar que era una de las formas predilectas por los celtíberos, pues es habitual encontrarla como urna. No era frecuente su uso como vaso de ofrendas, si bien sí es interesante destacar el ejemplar documentado en la tumba 74 de la necrópolis de Riba de Saelices, que E. Cuadrado (1968, p. 41) interpretó como tal. En los poblados las características morfológicas de este tipo podrían indicar su empleo en almacenaje o despensa, dado su tamaño medio.
Figura 8. GCT. Tipo 9. 1, 2, 3, 4 y 6: Numancia; 5 y 13: Riba de Saelices. Resto: Centenares de Luzaga. ^
Desde el punto de vista cronológico, la presencia de estos recipientes puede remontarse a la I Edad del Hierro, continuando hasta bien avanzada la II Edad del Hierro, siglos V o IV a.C., tal y como se atestigua en las necrópolis anteriormente citadas. Los documentados en Luzaga y Viñas de Portuguí, aunque descontextualizados, por tipología podrían asociarse a formas algo más tardías. No se ha encontrado este tipo en yacimientos de época celtibero-romana, siendo, posiblemente, sustituida por otras.
Figura 9. Tipos 10 y 11. 1 y 2: Carratiermes; 3: Sigüenza II; 4: El Tuermielo II; 5: El Ceremeño; 6 y 14: Centenares de Luzaga; 7, 8, 9, 10, 11 y 12: Numancia; 13: La Yunta II. ^
La funcionalidad de estos recipientes no está muy clara. La abertura de las paredes junto con sus características métricas parecen evidenciar algún tipo de uso doméstico, ya sea de consumo directo o vertido en otros recipientes. A su vez, la presencia en necrópolis claramente los relaciona con una función funeraria (a modo de urna como confirma La Yunta II). Los ejemplares de Numancia y el recipiente de La Yunta II parecen plantear una cronología tardía (siglos III o II a.C.).
Son pocos los yacimientos que presentan buenos ejemplares de kalathos, y todos ellos muy tardíos. Un ejemplar descontextualizado, en buen estado, lo podemos encontrar en el mencionado de El Pinar II (Arenas, 1987-88). Otros son los hallados en los yacimientos molineses de La Coronilla II y Los Rodiles II, muy fragmentados en este último caso, y en el yacimiento soriano de Langa de Duero. En contexto funerario, la necrópolis de Carratiermes es el único caso publicado de kalathos asociado a cementerios (Argente et al., 2000, p. 187), siendo fechado por sus excavadores en torno al siglo III a.C. Fuera del ámbito meseteño podemos destacar los kalathoi de Segeda I, datados con anterioridad a la caída del asentamiento, a comienzos del siglo II a.C. (Cano et al., 2001-2002).
Figura 10. GCT. Tipos 12 y 13. 1-3: Numancia; 4 y 5: Los Rodiles II; 6: El Pinar II; 7: La Coronilla II; 8: Segontia Lanka (Langa de Duero). Dibujo de Carlos Núñez (Museo Numantino). ^
El contexto nos permite determinar la funcionalidad de estos recipientes: en las necrópolis, todos los casos documentados se utilizaron como urnas cinerarias, mientras que en los poblados su tamaño y forma podrían asociarse con una función de servicio o con la mezcla de agua y vino (Burillo et al., 2008, p. 178). Su presencia desde el siglo V o IV a.C. revela contactos tempranos con la zona levantina, siendo importados desde el valle del Ebro. Esta cronología parece fiable cuando hablamos de recipientes en contextos bien definidos como las necrópolis de La Yunta I y Chera II. Durante El Celtibérico Tardío se produce un aumento de este tipo, dada su presencia en varios yacimientos adscritos a esta etapa como La Yunta II, Numancia o El Palomar II, prolongándose hacia época celtibero-romana como lo atestiguan Los Rodiles II y Langa de Duero.
Figura 11. GCT. Tipo 14. 1: Castilterreño de Izana. Dibujo de Antonio Alonso Lubias (Museo Numantino); 2: El Pinar II; 3 y 6: El Palomar II; 4: Centenares de Luzaga; 5: Necrópolis de Chera II; 7: La Yunta II. ^
Esta cerámica es prácticamente inexistente en poblados, documentándose únicamente en Numancia, lo que sugiere que podría ser una forma casi exclusiva del ámbito funerario. Según García Huerta y Antona (1992, p. 126), presenta una amplia difusión tanto dentro como fuera del área meseteña, con presencia en la franja navarro-aquitana y en el valle medio del Ebro. Allí su aparición tanto en necrópolis como en poblados podría indicar una doble funcionalidad: en las necrópolis se utilizó como urna, según muestran todos los cementerios bien estudiados, mientras que en el ámbito doméstico probablemente cumplió una función de servicio dada la naturaleza del recipiente.
La existencia de esta cerámica en contextos del Celtibérico Pleno confirma una cronología a partir del siglo V o IV a.C., tal y como lo demuestra La Yunta I. Su continuidad en el siglo III y II a.C. quedaría demostrada gracias a su existencia en contextos más tardíos como La Yunta II, Carratiermes, Numancia y Riba de Saelices. No se ha documentado en contextos celtibero-romanos, si bien algunos autores como A. Castiella (1977) o M. Pellicer (1962) la prolongaron hasta el siglo I a.C.
Figura 12. GCT. Tipo 15. 1 y 7: La Yunta I; 2. La Yunta II; 3 y 8: Riba de Saelices; 4, 5 y 6: Centenares de Luzaga; 9 y 10: Numancia. ^
La presencia de esta cerámica en contextos del Celtibérico Pleno, como en El Ceremeño II (Cerdeño y Juez, 2002, p. 86), evidencia una cronología amplia que se extiende desde el siglo V-IV a.C. hasta yacimientos tardíos bien contextualizados, como Los Rodiles I (Sánchez Climent, 2015, p. 296), llegando incluso a la época celtibero-romana. En cuanto a su funcionalidad, no hay dudas. Las características de esta forma, con paredes abiertas que facilitan el vertido, sugieren un uso claramente relacionado con el servicio. Mata y Bonet (1992, p. 132) asocian esta cerámica con el consumo de vino, mientras que en el yacimiento de Pintia se ha interpretado también como un recipiente empleado para la cerveza (Sanz Mínguez y Rodríguez Gutiérrez, 2017, p. 17).
Figura 13. GCT. Tipo 16. 8: Segontia Lanka (Langa de Duero) – Dibujo de Carlos Núñez (Museo Numantino). Resto: Castilterreño de Izana. Dibujos de Antonio Alonso Lubias (Museo Numantino). ^
Figura 14. GCT. Tipos 17, 18 y 19. 15 y 16: Castilterreño de Izana. Dibujos Antonio Alonso Lubias (Museo Numantino); 17: El Palomar II; 18: Necrópolis de Monteadugo de las Vicarías. Resto: Numancia.< ^
Figura 15. GCT. Tipos 20, 21, 22 y 23. 1, 2, 3, 4, 6 y 8: Numancia; 5: El Pinar II; 7: Segontia Lanka (Langa de Duero). Dibujo de Carlos Núñez (Museo Numantino); 9, 10 y 12: Castilterreño de Izana – Dibujos de Antonio Alonso Lubias (Museo Numantino); 11: El Palomar II. ^
Si bien es una forma típica en los poblados, también se han encontrado en necrópolis. El más interesante, si cabe, es la urna de la tumba no 9 de El Inchidero, que contenía restos de hasta tres individuos, constituyendo el enterramiento con mejor ajuar del yacimiento (Arlegui, 2012, p. 190). Necrópolis que cuentan con tinajas de gran tamaño son Riba de Saelices, Almaluez y Monteagudo de las Vicarías, entre otras. Todos los ejemplares en contexto funerario funcionaron como urnas para contener los restos cremados. En ámbito doméstico, el tamaño y el volumen indicarían claramente una funcionalidad de almacenaje. Estos recipientes de gran tamaño comenzaron su andadura a principios de la Edad del Hierro, pues encontramos algunos ejemplares, junto con cerámicas a mano, en El Ceremeño I. Sin embargo, sería a partir del siglo V a.C. cuando alcance mayor presencia, no solo desde el punto de vista cuantitativo, sino también cualitativo, extendiéndose hasta época tardía e incluso romana.
Figura 16. GCT. Tipo 24. 1: Castilterreño de Izana. Dibujo de Antonio Alonso Lubias (Museo Numantino); 2, 3 y 4: Numancia; 5: El Palomar II. ^
En este grupo se integran todas las cerámicas modeladas a mano. A diferencia del anterior, no presenta tanta variabilidad tipológica. Esto puede deberse, principalmente, a cuestiones tecnológicas y cronológicas. Como puede comprobarse en los resultados obtenidos de los yacimientos recogidos en la tabla 1 con contextos de los siglos VII o VI a.C., la mayoría de la cerámica documentada estaba confeccionada a mano, siendo minoritaria la realizada a torno; muy probablemente ésta fue importada o producida exclusivamente para clases dirigentes, mientras que la cerámica plenamente funcional era la realizada a mano. Como ya se ha comentado anteriormente, a partir del siglo V a.C. se produce un descenso drástico de la cerámica a mano coincidente con la denominada crisis del Ibérico Antiguo (Burillo, 1989-90), teniendo como resultado un florecimiento de la cerámica a torno frente a la anterior. La cerámica a mano no llega a desaparecer, pero su variabilidad y presencia quedó reducida a la mínima expresión. Muchas cerámicas a mano, como los pequeños cuencos, fueron sustituidas por sus análogas a torno. Quedaron aquéllas relegadas a un papel de cerámica de cocina, mientras que la cerámica a torno se emplearía para el consumo diario, transporte, almacenaje, servicio, etc. Este hecho puede verse también de manera clara en las necrópolis de cremación, cuyos primeros momentos (Sigüenza I, Herrería III, Chera I, etc.) presentaban urnas a mano, siendo sustituidas por su contrapartida a torno a partir del siglo V a.C., tal y como puede observarse en contextos datados a partir de esta fecha, como La Yunta, Riba de Saelices, El Inchidero, etc. En cualquier caso, la cerámica a mano en contextos funerarios no se abandona completamente.
Desde el punto de vista tecnológico, las cerámicas presentan características muy similares entre ellas. Normalmente, son cerámicas con ciertas deficiencias en la cocción. En ocasiones presentan pastas reductoras o nervio de cocción y un tratamiento superficial, que, en la mayoría de los casos, consiste es un simple espatulado, aunque también tienen lugar tratamientos más elaborados como el bruñido y, en menor medida, el grafitado. Los recipientes de pequeño tamaño, como cuencos o platos, presentan habitualmente un mayor cuidado en su superficie, quizá buscando, además del interés estético, la impermeabilización de las piezas. Existen muy pocos ejemplares pintados, siempre postcocción. Más frecuentes que la decoración pintada son las impresiones, como las digitaciones y ungulaciones, así como incisiones y decoraciones a peine, heredadas estas últimas del horizonte de Cogotas I. A continuación, se presentan los tipos cerámicos a mano. De ellos, los 3 y 4 estarían destinados a la contención de líquidos y sólidos y que, por tamaño, pudieron ejercer la función de cerámica de cocina, de transporte o de almacenaje, e incluso se utilizaron como urnas cerámicas en las necrópolis.
Figura 17. GCM. Tipo 1. 1, 2 y 3: El Turmielo II; 4: Castro Riosalido; 5: Necrópolis indeterminada de Molina. ^
Por su parte, los cuencos de perfil troncocónico tienen muchas similitudes con el anterior subtipo. Las variantes aparecen en función de las características del perfil (borde exvasado o sin diferenciar) y de si incluyen mamelones, asas o pies indicados. Los ejemplares mejor conservados son los de El Ceremeño I. No obstante, existen otros cuencos bien documentados en Sigüenza I, Chera I, La Yunta, la Olmeda y en las necrópolis de Carratiermes, Almaluez y Monteagudo de las Vicarías. A estos ejemplares, habría que añadir también los cuencos troncocónicos descontextualizados de El Pinar I, Cerro Renales y Ermita de la Vega.
La mayoría de estos recipientes procede del Celtibérico Antiguo, datados a partir de las cronologías aportadas por El Ceremeño I, si bien, es importante destacar pervivencias en contextos más tardíos como La Yunta y el Palomar II y celtibero-romanos como Huerta del Marqués. No es un tipo cerámico representativo por sus decoraciones, pudiendo destacar algunos ejemplares mínimamente decorados como la pieza con pintura postcocción de la necrópolis de Chera (fig. 18: 23) (Cerdeño et al., 1981) y los materiales de Riosalido (Fernández-Galiano 1976). Otras características son las digitaciones en el perfil de la cerámica y las ungulaciones en el borde.
El contexto arqueológico, junto con los atributos morfológicos y métricos, sugiere que estos recipientes cumplían una función de consumo en los poblados. En el caso de las necrópolis, los cuencos hemisféricos, debido a su pequeño tamaño, posiblemente se emplearon como vasos de ofrenda, como se ha documentado en las necrópolis de Herrería III y Chera I. En contextos domésticos, el tamaño de estos recipientes indica un uso como cuencos para consumo y otras actividades domésticas, como se ha observado en El Ceremeño I, donde, según sus investigadoras, podrían haber servido como medidas para especias (Cerdeño y Juez, 2002, p. 69). Por otro lado, los cuencos troncocónicos se utilizaron en las necrópolis de Chera I y Sigüenza I también como vasos de ofrenda, y en La Yunta actuaron como tapaderas de urnas. En contextos domésticos, las paredes abiertas y el pequeño tamaño de estos recipientes refuerzan la hipótesis de que se emplearon principalmente para consumo.
Figura 18. GCM. Tipo 2. 1, 8, 14, 17, 19, 25, 26, 27 y 28: El Ceremeño I; 2, 4, 5 y 9. Herrería III; 3. El Pinar I; 6, 11 y 12. Valdenovillos; 7. Segontia Lanka (Langa de Duero). Dibujo de Carlos Núñez (Museo Numantino); 10 y 13. Castro Riosalido; 15, 20 y 21. La Yunta I; 16. Sigüenza; 18. Necrópolis indeterminada de Molina; 22. La Yunta II; 23 y 24. Necrópolis de Chera. ^
La mayoría de estos recipientes se documentan en el Celtibérico Antiguo. Yacimientos como La Coronilla I, El Ceremeño I, Sigüenza I, datados entre los siglos VII y VI a.C., parecen evidenciar la importancia de esta forma en contextos habitacionales y funerarios. Algunos ejemplares hallados en Cerro Renales, si bien descontextualizados, podrían asociarse a esta cronología por tipología. La estandarización del torno provocaría que estos recipientes fueran sustituidos, quedando como meras pervivencias relegadas a cerámica de cocina, tal y como se demuestra con la aparición de ollas similares en contextos habitacionales tardíos como Langa de Duero, así como en necrópolis como Carratiermes.
Figura 19. GCM. Tipo 3. 1, 3, 7, 8, 10, 11 y 12: El Ceremeño I; 4: Sigüenza I; 5 y 6: Herrería III; 9. Cerro Renales; 13 y 15: Carratiermes; 14: La Coronilla I. ^
Cronológicamente, nos encontramos de nuevo con cerámicas características de la I Edad del Hierro. Yacimientos del Celtibérico Antiguo como, por ejemplo, El Ceremeño I, La Ermita de la Vega, la necrópolis de Chera, etc. remiten a ese horizonte cronológico de los siglos VII-VI a.C. con pervivencias en el Celtibérico Pleno, Tardío y Celtibero-romano, como sucede en las cerámicas a mano de perfil troncocónico del mencionado Rodiles II.
Figura 20. GCM. Tipos 4 y 5. 1: Carratiermes; 2 y 7: El Pinar I; 3: Viñas de Portuguí; 4 y 5: El Ceremeño I; 8: Ermita de la Vega; 9 y 10: El Turmielo II; 6, 11 y 13: Necrópolis de Chera I; 12: Sigüenza I; 14 y 15: Herrería III. ^
La clasificación y la creación de tipologías trascienden el ámbito de lo meramente descriptivo, ya que responden a un modelo interpretativo orientado a comprender las dinámicas culturales y tecnológicas de las sociedades que produjeron estos artefactos. En este marco, el establecimiento de criterios estandarizados tiene un objetivo central: estructurar el conocimiento de forma que facilite la comparación, el análisis cronológico y la identificación de patrones y formas comunes. No obstante, esta estandarización no debe considerarse un proceso rígido o definitivo, sino una herramienta flexible, abierta a interpretaciones basadas en los mismos datos, a los avances metodológicos y a las nuevas evidencias que puedan surgir, lo que permite la constante revisión y ajuste de los criterios de clasificación. Además, la creación de estos estándares tiene un componente crítico esencial: proporcionar una base sólida para la comparación entre distintos conjuntos cerámicos de diversas épocas y regiones. Esto contribuye a una mejor comprensión de las interacciones culturales, la difusión de técnicas y la evolución de las formas. La aplicación de criterios claros, ya sean métricos, como el índice de profundidad, o tecnológicos, asegura que los sistemas de clasificación resulten útiles no solo para el presente estudio, sino también como referencia metodológica para futuros trabajos en el campo de la ceramología.
La estandarización en la clasificación cerámica no solo organiza los datos de manera eficiente, sino que también sitúa los objetos dentro de contextos temporales y espaciales definidos. Al integrar tipos y subtipos en un marco cronológico, se construye una narrativa más compleja y profunda sobre la evolución cultural de las sociedades que los produjeron, como en el caso de la Celtiberia meseteña. De esta forma, los elementos estandarizados no solo facilitan el análisis y la organización de las cerámicas celtibéricas, sino que también constituyen herramientas fundamentales para la interpretación arqueológica e histórica, permitiendo explorar las funciones sociales y culturales de estos objetos. En este sentido, la estandarización representa un paso significativo hacia el entendimiento integral de las sociedades prehistóricas.
En este contexto, una línea de investigación particularmente relevante es el estudio de los puntos de producción cerámica. Aunque los estudios sobre alfares celtibéricos son aún escasos, se han centrado principalmente en propuestas metodológicas para su análisis (Saiz, 2005) y en aplicaciones arqueométricas sobre las cerámicas producidas (Saiz et al., 2008; Saiz et al., 2009; Igea et al., 2008; Igea et al., 2013; Sánchez Climent et al., 2018; Sánchez Climent, 2021). Explorar las formas cerámicas desde una perspectiva tipológica en relación con estos puntos de producción podría ser clave para determinar si existieron producciones específicas asociadas a talleres concretos.
Los puntos de producción no solo definen las características tecnológicas y estilísticas de los objetos cerámicos, sino que también ofrecen información valiosa sobre las posibles redes de intercambio. Estos lugares son fundamentales, ya que las localizaciones de los talleres, junto con las variaciones en las técnicas de fabricación, los recursos materiales disponibles y las influencias culturales externas, pueden influir directamente en las formas y los tipos cerámicos encontrados en los yacimientos arqueológicos. Por ello, integrar el estudio de los alfares en el análisis tipológico no solo amplía la comprensión de las dinámicas locales de producción, sino que también enriquece nuestra visión de las interacciones culturales y económicas de estas sociedades.
Estudiar la cerámica de la Celtiberia puede conllevar una serie de dificultades, pues el volumen de datos recogidos y publicaciones es tan grande que, obviamente, se hace necesario seleccionar aquellos trabajos más relevantes y que más datos aporten de cara a la realización de un estudio lo más completo posible (Sánchez Climent, 2015, pp. 529-530). No obstante, hay que tener en cuenta que una tipología es un documento abierto, pues es posible que nuevas investigaciones, revisiones de materiales y publicaciones arrojen nuevas formas que hasta el momento no han sido recogidas. Debido a esta posibilidad, hemos intentado proporcionar los mecanismos adecuados en nuestra metodología, con el objetivo de que puedan incorporarse y, de este modo, ampliar y actualizar el corpus.
El análisis de la cerámica revela una marcada ruptura entre la Primera y la Segunda Edad del Hierro, aproximadamente en los siglos V-IV a.C., posiblemente vinculada con la crisis del Ibérico Antiguo (Burillo, 1989-1990). Este fenómeno podría explicar el cambio observado en el registro arqueológico, especialmente en lo referente a las cerámicas. Este hecho ha sido evidente al estudiar yacimientos de diferentes cronologías, seleccionando aquéllos que abarcan amplios periodos temporales. En este contexto, yacimientos clave como El Ceremeño han resultado fundamentales para plantear esta cuestión.
Durante la Primera Edad del Hierro, la cerámica a mano era predominante, no solo en cantidad, sino también en diversidad de tipos y subtipos, especialmente entre los recipientes de menor tamaño. La cerámica a torno coexistía con la cerámica a mano, aunque probablemente se consideraba un bien de prestigio, importado del ámbito ibérico (Cerdeño y Juez, 2002, pp. 77-78), lo que evidenciaría contactos tempranos entre la zona levantina y los celtíberos de la Meseta. Sin embargo, análisis mineralógicos recientes realizados sobre cerámicas a torno de este periodo sugieren que podrían ser producciones puramente celtibéricas, elaboradas localmente, pero influenciadas tipológicamente por modelos levantinos (Sánchez Climent et al., 2018, p. 248; Sánchez Climent, 2021, p. 28).
Los yacimientos que ofrecen más información para el estudio tipológico de la cerámica, gracias a sus contextos cerrados, son las necrópolis. En estos cementerios, la variabilidad tipológica es considerable, además evidencia la reutilización de cerámicas tanto como urnas como tapaderas, pues es habitual encontrar los mismos tipos cerámicos en contextos domésticos, lo que sugiere una falta de diferenciación exclusiva entre las formas utilizadas en ámbito funerario y poblados. Sin embargo, cabe señalar que algunas formas no están presentes en los cementerios, seguramente por su funcionalidad tan específica, como los embudos (tipo 24) y los toneles (tipo 23), entre otras.
A partir del siglo V a.C. la cerámica sufre un proceso de especialización, apareciendo formas más o menos estandarizadas y que son claras influencias del mundo ibérico levantino, a través de los sucesivos contactos donde confluyeron no solamente el intercambio de productos, sino también la reciprocidad de técnicas e ideas. Por su parte, la cerámica a mano se reduce desde el punto de vista cuantitativo y tipológico, minimizándose su función a cerámica de cocina o de almacenaje, quedando en algunos casos pervivencias. Otros tipos desaparecen prácticamente por completo, siendo sustituidos por cerámicas a torno con idéntica funcionalidad, como es el caso de platos (GCM-T1) y cuencos (GCM-T2). Por tanto, la cerámica celtibérica es un elemento que evoluciona; aparecen algunas formas más complejas, decoraciones más elaboradas y abstractas o incluso se incorporan nuevas formas imitadas, como, por ejemplo, los platos de borde pátera (GCT-T1B) o engrosado hacia el interior (GCT-T3A), y que imitarían cerámicas campanienses, y los kalathos (GCT-T13) y las cráteras (GCT-T14), también con origen en contextos mediterráneos.
Un dato interesante extraído de los cálculos volumétricos y de tamaño aplicados a estas cerámicas es la tendencia hacia la reducción de las urnas cerámicas en las necrópolis conforme avanza la Edad del Hierro. Este hecho se ha observado con claridad en aquellas necrópolis que poseen continuidad cronológica, como en La Yunta (Sánchez Climent y Cerdeño 2014, pp. 29-30), donde existe una clara preferencia por urnas de pequeño y medio tamaño en la segunda fase de ocupación con respecto a la primera fase. Esto parece convertirse en algo habitual en necrópolis de cremación peninsulares, como, por ejemplo, a partir de los resultados obtenidos del análisis volumétrico de las urnas cerámicas del cementerio vetón de El Romazal (Plasenzuela, Cáceres), que van en este mismo sentido (Sánchez Climent, 2017, pp. 348-349). Estos cambios en las urnas incluso podrían asociarse a algún tipo de variación en la costumbre o el ritual funerario y cuyas posibilidades interpretativas son muchas: manipulación y cantidad de restos óseos, mayor aprovechamiento de espacio, lo que implicaría un posible crecimiento demográfico, etc.
Por último, a la hora de estudiar materiales cerámicos, un aspecto importante que se debe tener en cuenta es la importancia de estudios integrales de los materiales arqueológicos. Es probable éstos sean los que, en los últimos años, se hayan visto más afectados por el creciente interés por investigaciones orientadas hacia los aspectos sociales de la arqueología y el surgimiento de nuevos paradigmas, quedando, como consecuencia, relegados a un segundo plano. Sin embargo, creemos que el estudio de las evidencias materiales no debe abandonarse. Entender por qué fueron fabricados y utilizados estos objetos por un determinado grupo de personas es el resultado de un proceso social, en el que tiene lugar una serie de actividades vitales, económicas e incluso rituales. Dedicar tiempo al estudio de los elementos que conforman el registro arqueológico no es una tarea superada, más bien al contrario, permite crear bases empíricas rigurosas que puedan sustentar con solvencia las interpretaciones que sobre ellas podamos formular.
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