http://dx.doi.org/10.12795/spal.2006.i15.11

Belén, M. (2006): “Ánforas de los siglos VI-IV a.C. en Turdetania”, Spal 15: 217-246. DOI: https://dx.doi.org/10.12795/spal.2006.i15.11

Ánforas de los siglos VI-IV a.C. en Turdetania

AMPHORAE FROM THE VIth TO IVth CENTURIES BC IN TURDETANIA

María Belén
Universidad de Sevilla, Departamento de Prehistoria y Arqueología. Grupo de Investigación HUM-650

Resumen:Los hallazgos del Cerro Macareno fueron la base de una primera clasificación de las ánforas prerromanas del Bajo Guadalquivir. Treinta años después, el volumen de las colecciones ha aumentado de forma considerable, pero el estudio de las producciones anfóricas presenta los mismos problemas que entonces. La fragmentación de los materiales y la falta de más y mejores bases cronológicas, siguen siendo los mayores inconvenientes para establecer la tipología y la secuencia evolutiva de los envases comerciales que circularon en la región durante los siglos que interesan a este estudio, pero se acusa también la carencia de una base de datos analíticos que permitan la caracterización de las pastas cerámicas con mayor precisión que los exámenes visuales o los métodos de análisis convencionales. No obstante, intentamos ofrecer una visión de conjunto de las clasificaciones propuestas por distintos autores y de las ánforas más representativas del comercio regional, distinguiendo dos ámbitos productivos de base y proyección diferente, uno interior y otro costero.

Palabras clave: Turdetania, ánforas, clases, tipos, circulación, producción.

Abstract: The finds from Cerro Macareno served as the basis for a first classification of the Preroman amphorae of the Lower Guadalquivir. Thirty years on, the volume of the assemblages has grown considerably, but the study of these products still presents the same problems. The fragmentation of the material and the absence of more and better chronological data are still the greatest obstacles in establishing the typology and evolutive sequence of the commercial vessels that circulated throughout the region during the time span studied here, but there is also a lack of an analytical database that could enable the characterisation of the fabrics with greater precision than their visual examination or study by means of conventional methods of analysis. However, we attempt to offer a global vision of the classifications put forward by different authors and of the amphorae most representative of the regional trade, distinguishing between two spheres of production of different nature and projection, one interior and the other coastal.

Key words: Turdetania, amphorae, classes, types, circulation, production.

Los trabajos que M. Pellicer dirigió en el Cerro Macareno avanzada la década de los setenta del siglo recién pasado (Pellicer 1978 y 1982; Pellicer, Escacena y Bendala 1983), siguen siendo un punto de referencia obligada en la investigación de la protohistoria del Bajo Guadalquivir. Abundantes restos de ánforas, la clase cerámica mejor representada en el yacimiento, revelaron el pulso económico de un centro portuario situado en el Guadalquivir, pocos kilómetros aguas arriba de Sevilla. En un depósito de ocho metros de potencia, se distinguieron 26 niveles arqueológicos a través de los cuales puede seguirse, a grandes rasgos, el desarrollo de las producciones anfóricas entre el siglo VII y fines del II a.C. La información de carácter cronológico que aportan estos envases, al margen de su significación económica en relación con los procesos de producción y las vías de intercambio, ha convertido la secuencia del Macareno en guía imprescindible para clasificar las series anfóricas de cualquier otro yacimiento de la región. “Evidentemente el Cerro Macareno no significa un rígido paradigma estratigráfico, evolutivo y cronológico para el estudio de toda la cerámica protohistórica del Valle del Guadalquivir, pero significa un claro reflejo de nuestra protohistoria desde el S. VIII a.C. hasta el I a.C. (...)” (Pellicer 1982: 402), por eso, mientras no dispongamos de mejores referencias, la tipología que allí se estableció, aun con sus limitaciones, seguirá siendo el punto de partida para la clasificación de las ánforas del Bajo Guadalquivir.

Las excavaciones realizadas en Huelva (Belén, Fernández-Miranda y Garrido 1977; Del Amo y Belén 1981, Fernández Jurado 1989-1989), Carmona (Pellicer y De Amores 1983), Tejada (Fernández Jurado 1987), Sevilla (Campos, Vera y Moreno 1988) y Cerro de la Cabeza (Domínguez de la Concha, Cabrera y Fernández Jurado 1988), por citar los conjuntos que mejor ilustran las características y la evolución de las ánforas durante el periodo que nos ocupa, han aportado una documentación más abundante, pero no han dado solución a los problemas que limitaron aquél trabajo pionero. La fragmentación de los materiales y la falta de más y mejores bases cronológicas, siguen siendo los mayores impedimentos para establecer una tipología y ordenar la secuencia evolutiva. La presencia de importaciones griegas, que son el principal indicador cronométrico, es escasa e irregular en los mercados turdetanos de los siglos V-IV a.C. (cf. Rouillard 1991: 117-128; Cabrera 1994), a lo que se añade que no siempre se han identificado correctamente estas cerámicas o bien no se han datado con precisión. Algunas fechas del Cerro Macareno, por ejemplo, se consideran hoy erróneas (Sánchez 1992: 330), de modo que convendría revisar la cronología asignada en su día a la secuencia del yacimiento y, en consecuencia, la de los que se fecharon por paralelos con éste, que son prácticamente todos los restantes.

Otro inconveniente es la escasa información que poseemos sobre producciones que con propiedad podamos llamar turdetanas, entendiendo por tales las fabricadas en alfares locales.[1] Se echa en falta una base de datos analíticos que ayuden a la caracterización mineralógica de las pastas cerámicas con más precisión que los exámenes visuales o los métodos de análisis convencionales.

El problema de la “denominación de origen” subyace en la nomenclatura que se utiliza para designar a las ánforas que circularon a partir del siglo VI a.C. Los términos iberopúnicas y púnico-turdetanas que se impusieron con los trabajos de Pellicer, cuando no tienen connotaciones cronológicas exclusivamente, traducen no sólo la dependencia morfológica de éstas respecto de los modelos introducidos tiempos atrás con el comercio fenicio, sino la dificultad de identificar los centros de producción originarios. Y aunque eso fuera posible, quedaría aún por resolver el problema de la filiación de los talleres, pues podría darse el caso de que las ánforas que llamamos turdetanas por tener pruebas de que se fabricaron en el país, procedieran, al menos en parte, de alfares fenicios establecidos aquí, en cuyo caso podrían considerarse con propiedad, en opinión de Ramón (1995: 24-25), fenicias o púnicas, dependiendo de la época. La propuesta de considerar turdetanos tanto a los autóctonos como a los descendientes de las comunidades semitas que cohabitaban con aquellos, “los turdetanos son los fenicios y tartesios de fines del siglo VI a.n.e. a época romana” (Ruiz Mata 1998: 163), nos debería liberar de tales preocupaciones. Es cierto que los arqueólogos no apreciamos diferencias sustanciales entre los repertorios cerámicos usados por unos y otros (cf. Ruiz Mata 1987), cuestión distinta es que en otros aspectos sus respectivas culturas hubiera experimentado idéntico proceso de asimilación. Las fuentes documentales, literarias y arqueológicas, más bien nos transmiten la imagen de que vivían juntos, pero no tan revueltos como puede parecer a través de las ollas, platos o ánforas que compartían (cf. Escacena 1989: 433).

Tampoco podemos pasar por alto en esta exposición la existencia de un registro muy desigual para las distintas zonas comprendidas en la Turdetania prerromana. Una vez más, y por razones ajenas a nuestros intereses, la documentación que vamos a manejar procede en buena parte de yacimientos situados en el Bajo Guadalquivir. La obra de Pilar Rufete sobre la etapa turdetana en Huelva[2], que incluye un detallado estudio de las ánforas halladas en excavaciones realizadas en la ciudad durante la década de los ochenta, permanece inédita, aunque afortunadamente ya por poco tiempo. Otro tanto sucede con la amplia estratigrafía que se obtuvo en 1992 en las colina de Los Quemados, en Córdoba, de la que para la etapa que nos interesa sólo disponemos de información de carácter general (cf. Murillo 1992 y 1994: 206-216; Murillo y Vaquerizo 1996). En el Corte R-1 de Montoro, el más completo de los realizados (Martín de la Cruz 1987; Murillo 1994: 220-227), la secuencia se interrumpía hacia mediados del V a.C., pero hasta ese momento, según traducen los hallazgos de los estratos postorientalizantes (VI-IX), fechados entre 575 y 450 a.C., las ánforas son escasas, como en Torreparedones (Cunliffe y Fernández Castro 1999) y en el resto de la Cuenca Media del Guadalquivir durante los estadios iniciales de la etapa turdetana (Murillo 1994: 345). Más al sur, el poblado de Alhonoz ofreció una secuencia, al parecer ininterrumpida, que ocupa todo el I milenio a.C., pero los restos anfóricos, muy abundantes, son en gran parte hallazgos de superficie (López Palomo 1999: 117-135 y 486).

Las ánforas en circulación

Los abundantes hallazgos del Cerro Macareno propiciaron la primera clasificación de ánforas del Bajo Gualdalquivir. La tipología elaborada por Pellicer (1978), concretada con más claridad en una revisión posterior (Pellicer 1982), incluye nueve formas de envases (A-I), correspondientes a producciones de distinto origen y cronología (fig. 1).[3] La forma A, con dos variantes en función de la base (A-1 y A-2), agrupa las ánforas fenicias comúnmente conocidas como “de saco” (cf. cuadro 1). De ellas derivan las formas B y C, de hombros suaves y cuerpos más estrechos, que ya se consideran “iberopúnicas”. En la primera, que “definirá la forma púnica occidental” (Pellicer 1982: 390),[4] distinguió el autor cuatro variantes con desarrollo desde principios del VI (B-1 y B-2) al siglo IV (B-4), todas ellas con bordes exvasados, simples o engrosados y cuerpo de tendencia cilíndrica con base apuntada. La forma C, con cuerpo oval o fusiforme (variantes 1 a 3), se desarrolla algo más más tarde, desde mediados del VI, y perdura hasta el siglo III. La forma D, de borde entrante, hombros altos y cuerpo cilíndrico con base apuntada, se registra con cuatro variantes en los niveles fechados entre fines del V y fines del II y es para el autor “la forma más común iberopúnica del valle del Guadalquivir” (Pellicer 1982: 392). Iberopúnica es también la forma E, con dos variantes de rasgos muy diferentes. De ellas, sólo la E-2, que es más tardía (fines IV a mediados del III), tiene el cuerpo cilíndrico.

Figura 1. Ánforas del Cerro Macareno (San José de la Rinconada, Sevilla) (Ruiz y Molinos, 1993).

Cuadro 1. Equivalencia de los tipos anfóricos fenicios, púnicos y turdetanos en las clasificaciones de más uso para Andalucía occidental.

PELLICER

FLORIDO

MUÑOZ

RODERO

RAMÓN

B-1

2.1.1.2.

D-1b

4.2.1.5.

D

XI

C-1

4.2.2.5.

XIII

D-1a

5.2.3.1.

D-2

6.1.2.1.

D-3

7.3.1.1.

I

7.4.2.1.

I

D-4

7.4.3.1.

I

7.4.3.2.

I

XII

F-1

7.4.3.3.

E.1

IX

Tiñosa

8.1.1.2.

VI, 5

G-1

8.1.3.3.

E.2

X

A-5

Carmona

8.2.1.1.

E-2

9.1.1.1.

A

I

Trayamar 1

10.1.1.1.

A

I

A-1

Trayamar 1

10.1.2.1.

A-3

10.2.1.1.

VIII

10.2.2.1.

A-4b

11.2.1.2.

VI, 1

A-4a

Ponsich III

11.2.1.3.

Ponsich III

11.2.1.6.

VI, 2 / VI, 3

A-4c

Ponsich III

12.1.1.1.

A-4f

12.1.1.2.

VI, 4

A-4d/e

12.1.2.1.

Esta clasificación basada en elementos fragmentarios, compuesta “con reservas” (Pellicer 1982: 386), resultó menos operativa que la simple seriación tipo-cronológica de los bordes (fig. 2). La dificultad de asociar determinados tipos de borde a una forma concreta se hizo especialmente patente en relación con los grupos B y C, de ahí que en la práctica funcionaran como uno sólo (Pellicer 1978: 377-384). Por otra parte, no quedan claras las razones por las que se diferenciaron las ánforas de tipo A más tardías (siglos V y IV) (ídem, fig. 3: 1171 y 1404) de las restantes producciones derivadas de aquéllas a partir del siglo VI (ídem, fig. 3: 938), es decir, de las “iberopúnicas”, aunque hallazgos posteriores, que comentaremos más abajo, han demostrado que, efectivamente, se desarrollaron dos líneas evolutivas diferentes, una de las cuales conservó los hombros carenados de los especímenes más antiguos, que no tienen las formas BC salvo en el subtipo B-2. J. Ramón (1995: 94), identifica un ánfora fenicia de su tipo 10.1.2.1. en el nivel 22 del Macareno (Pellicer 1978: fig. 3, 748), pero se plantea el posible carácter “iberoturdetano” de los restantes ejemplares que se incluyeron en la forma A, algunos fechados desde fines del s.VII (ídem: fig. 3, 795 y 800). El mismo autor (Ramón 1995: 94) señala la presencia de ánforas 11.2.1.3, no contempladas en la clasificación de Pellicer, desde el nivel 18 al 12, entre fines del VI y primera mitad del IV.[5] La conclusión que sacamos es que los bordes asociados a los tipos definidos, podrían corresponder, en realidad, a productos de morfología y origen muy diferente, pero resulta arriesgado reconstruir formas concretas, porque si estas últimas ánforas, las ahora tan familiares Mañá/Pascual A-4, están presentes en el Macareno (Pellicer 1978: fig. 3, 1072), no siempre es fácil identificarlas con seguridad, ya que la variedad de bordes que esta forma presenta es grande, y algunos de los tipos resultan muy parecidos, como veremos después, a los de ánforas de producción local que nada tienen que ver con los envases en cuestión.[6]

Figura 2.Clasificación por bordes de las ánforas del Cerro Macareno (San José de la Rinconada, Sevilla) (elaboración de Raimundo Ortiz a partir de Pellicer, 1978).

Observaciones parecidas pueden hacerse respecto a las ánforas de boca ancha agrupadas en la forma E (ídem: fig. 8), en la cual están comprendidas las 8.1.1.2 y 8.2.1.1 de la clasificación de Ramón (1995: 94), también conocidas como tipos Tiñosa y Carmona, respectivamente (Rodero 1995: 95-104), así como las A-5 y E-2 de Muñoz (1985, figs. 3 y 7) cuya problemática trataremos más adelante. Esta última, que se distingue de las restantes ánforas cilíndricas por poseer base rehundida con superficie de apoyo, tiene en el nivel 13 del Macareno (Pellicer 1978: fig. 8, 2372) la cronología más alta que se le conoce hasta el momento en el Bajo Guadalquivir (Ferrer y García Vargas 1994: cuadro 1).

De alcance más general es la tipología de C. Florido (1984). Distingue la autora quince tipos en las ánforas que circularon en el sur de la Península Ibérica durante el primer milenio a.C. (fig. 3). La clasificación engloba producciones muy diferentes no sólo por su cronología y origen, incluidas las de procedencia oriental de ámbito fenicio (tipo III) y griego (tipo XIV, 1 y 3), sino por su funcionalidad, de modo que junto a los envases de transporte se consideran también otros que recibieron decoración por estar destinados a usos funerarios en contextos muy localizados (tipo VII), o de discutible parentesco formal con las ánforas (tipo II) (Ramón 1995: 154). De los restantes, se señalan como de fábrica local bajoandaluza en fecha “iberopúnica” (siglos VI-II), los tipos IV, V y XI. La publicación de los hallazgos de Cancho Roano (Guerrero 1991) ayudó a individualizar entre el material fragmentario dos líneas de evolución coetáneas, implícitas pero no especificadas en el trabajo de Pellicer, una caracterizada por conservar los hombros relativamente anchos y con carena de los especímenes más antiguos (tipo IV) y otra (tipo V) de hombros suaves equivalente al grupo BC del citado autor, ambas con desarrollo paralelo desde fines del siglo VI (fig. 4). Las últimas, quizá ya desaparecidas las de hombros carenados, prosiguieron su evolución hasta el siglo IV, coincidiendo desde fines del anterior con las primeras producciones del tipo XI, los envases de cuerpo alargado que representan el último estadio evolutivo de las ánforas prerromanas locales (Pellicer 1978: 384).

Figura 3. Tipología y cronología de las ánforas prerromanas del Sur de la Península Ibérica (Florido, 1984).

Figura 4. Ánforas de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz): Tipos CR-IA (nº 1) y variantes (nºs.2-7), CR-IB (nº 8) y variante (nº 9) y CR-II (nº 10) (a partir de Guerrero, 1991).

Respecto a los restantes grupos, no se descarta que también pudieran ser de fabricación local los tipos VIII y IX (Florido 1984: 432-433), clasificados por Ramón (1995: 154) como producciones púnicas del área del Estrecho (10.2.2.1. y 8.1.1.2., respectivamente). En el tipo VI reúne a las Mañá/Pascual A-4 y a otras ánforas bicónicas derivadas de aquéllas (Ramón 11.2.1.3., 12.1.1.1. y 12.1.2.1.), que la autora vincula con acierto a la región del Estrecho, así como una forma (VI,5) de taller ebusitano que poco tienen que ver con éstas y que Ramón (1995: 154) identifica con su tipo 8.1.3.3.

Debemos a A. Muñoz (1985) un último estudio global, en este caso de las ánforas de Cádiz depositadas en el Museo Provincial (fig. 5). Como en los trabajos anteriores, se clasifica el material anfórico por grupos de acuerdo con el lugar de procedencia, distinguiendo las producciones gaditanas, que llama fenicias con independencia de las fechas en que se desarrollan (tipos A-1 a A-5), de las de origen centro-mediterráneo (tipos D-1a a D-4) y ebusitano (tipo G-1), que denomina púnicas. Las formas de inspiración centro-mediterráneas fabricadas en talleres fenicios occidentales (tipos E-1/E-2 y F-1) se clasifican como de “tipología púnica”. Más interesante para nuestro propósito es documentar la fabricación, a partir del siglo VI, de ánforas de hombros anchos redondeados y cuerpo ovalado, de diámetro semejante en todo su desarrollo (A-2), junto a formas de hombros carenados, con el diámetro máximo situado en la mitad inferior del cuerpo (A-3). Estas dos líneas evolutivas dan lugar a las que el autor llama ánforas de tradición fenicia (tipos B-2 y B-3), por un lado, y a las Mañá/Pascual A-4 y derivadas (A-4a-f y A-5), por otro. En la distinción que se establece entre ánforas de tradición fenicia (B-2 y B-3) y turdetanas (C-1), equivalentes a los grupos B, C y D, respectivamente, del Macareno, parece implícita la idea de que sólo estas últimas podrían considerarse con propiedad indígenas en el conjunto de materiales anfóricos examinados, pero, como comentaremos más adelante, esta suposición entra en contradicción con los datos que hoy tenemos sobre las producciones de ámbito gaditano y las de los centros del interior del valle.

Figura 5. Tipología de ánforas de la ciudad de Cádiz (a partir de Muñoz, 1985).

El hecho de que no se especifique con claridad qué grupos están caracterizados a partir de ejemplares completos y cuáles sólo mediante fragmentos, ha llevado a establecer relaciones que podrían parecer confusas de algunos de los tipos de Muñoz con los individualizados por otros autores. Así, por ejemplo, se ha asimilado (Ramón 1995: tabla 1; cf. García Vargas 1998: 61) la A-5, en la que Muñoz (1985: 474) ve el último estadio evolutivo de las Mañá/Pascual A-4, con formas de cuerpo cilíndrico muy diferentes (Ramón 8.2.1.1., Pellicer E-2, Florido X, tipo “Carmona” de Rodero) (cf. cuadro 1), cuya fabricación en el entorno gaditano está atestiguada para el siglo II (De Frutos y Muñoz 1994: 400-401, fig.5, forma 2), por lo que entendemos, a pesar de lo que podría deducirse (Muñoz 1985: 474-475), que no es correcta la forma del cuerpo que se atribuyó a este tipo (GarcíaVargas 1998: 61). A la inversa, el ánfora cilíndrica de hombros carenados E-1 se relacionó con las Ponsich II (Muñoz 1985: 476), que ahora se saben emparentadas con las de forma III de cuerpo bicónico fabricadas en los mismos hornos de Kuass (López Pardo 1990; cf. Ramón 1995: 151).

Con ser de gran interés, estas clasificaciones globales resultan poco operativas cuando se trata de estudiar material fragmentario, de ahí que se hayan elaborado tipologías de bordes por yacimientos, aunque intentando vincular las distintas variantes a los grupos formales establecidos en los estudios que acabamos de comentar. En estas aproximaciones, la seriación de bordes del Cerro Macareno, aunque da sólo “una ambientación general de los contextos turdetanos” (Ramón 1995: 152), ha resultado ser un instrumento sumamente útil para sistematizar los restantes conjuntos. En ella se basaron las ordenaciones de las ánforas de Carmona (fig. 6) (Pellicer y De Amores 1983: 162-167) y del Carambolo (fig. 7) que se hicieron poco después. En el estudio de Florido (1985) sobre el material recuperado en este último yacimiento, queda bien patente el riesgo que conlleva clasificar material fragmentario descontextualizado. Los siete tipos de bordes que se distinguen, incluyen variantes morfológicas muy diferentes para cada uno de los cinco grupos anfóricos con los que se asocian. Se señalan imitaciones de “ánforas de saco” en talleres indígenas desde el siglo VII (fig. 7, tipo I,10) (Florido 1985: 497), coetáneas de envases fabricados en talleres coloniales, a las que seguirían, ya a lo largo del VI, otras producciones locales con bordes de tipo II, semejantes a las B-4 y C-3 de Pellicer, y de tipos III y IV, que corresponderían a ánforas de la forma de las Cancho Roano I-A (fig. 4). A partir del siglo V se desarrollarían las ánforas de cuerpo oval (Pellicer B-4 o C-3) con bordes de “pico de ánade” (tipo V) que conviven con las ánforas Mañá/Pascual A-4 a las que se asocian los bordes de tipo VI. En el tipo VII se reúnen bordes muy diferentes entre sí, algunos de los cuales podrían haberse incluido en los tipos anteriores. Más problemática resulta la asociación de las distintas variantes de este grupo a ánforas de la forma D del Macareno, pues ésta se desarrolla en fechas del IV y III (Florido, 1985, 512), o poco antes, muy posteriores a las que se han propuesto para el final del Carambolo (Belén y Escacena 1997: 114; Pellicer 1997: 242).

Figura 6. Ánforas del corte CA-80/A de Carmona (Sevilla) (a partir de Pellicer y De Amores, 1985).

Figura 7. Clasificación de los bordes de ánforas del Carambolo (Camas, Sevilla) (a partir de Florido, 1985).

Entre el abundante material anfórico del Cerro de la Cabeza (fig. 8), el hábitat indígena más antiguo del entorno de la Itálica romana, se distinguieron cuatro clases de bordes que engloban producciones diferentes por origen, cronología y rasgos formales. Así, en la clase I están representadas tanto las ánforas fenicias occidentales (I.1), con una datación de entre mediados del VII al siglo V, como las que se consideran producciones indígenas derivadas de ellas a partir de la segunda mitad del V (I.2). La clase III[7] agrupa a los “bordes salientes y reforzados hacia el exterior” que se consideran característicos de las ánforas indígenas del Bajo Guadalquivir, incluida la provincia de Huelva, desde fines del VI al IV (Domínguez de la Concha, Cabrera y Fernández Jurado 1988: 171). Por último, los bordes de la clase IV, rectos y de sección triangular, se asocian a ánforas Mañá/Pascual A-4 que estarían presentes en el poblado desde principios del siglo VI de no haber dudas sobre la adscripción a este grupo de un fragmento hallado en el estrato V del corte A-I (fig. 8, 190) que Ramón (1995: 93) considera representativo de un ejemplar de 10.1.2.1. o, más probablemente, 10.2.1.1. Por otra parte, los fragmentos que este último autor identifica como 11.2.1.3. (Ramón 1995: 93; Domínguez de la Concha, Cabrera y Fernández Jurado 1988: lám. I, 4, 6, 11 y 12), ilustran sobre la variada morfología de bordes que pueden ofrecer las Mañá/Pascual A-4.

Figura 8. Clasificación de los bordes de ánforas del Cerro de la Cabeza (Santiponce, Sevilla) (Murillo, 1994).

Otra clasificación detallada por tipos de bordes se hizo a partir de los materiales hallados en el corte estratigráfico de la calle San Isidoro, en Sevilla (Campos, Vera y Moreno 1988: 35-37).[8] Los siete grupos que se diferenciaron corresponden a las distintas producciones tipificadas en los estudios ya comentados, incluidas las griegas[9] (fig. 9). Una vez más se da el caso de que en el mismo grupo (nº 5) se incluyen bordes que se asocian a ánforas tan diferentes como las de perfil oval y fusiforme semejantes a las BC del Macareno y las bicónicas Mañá/Pascual A-4 (ídem: 37 y fig. 69, 2 y 5, respectivamente).

Figura 9. Clasificación de los bordes de ánforas del corte estratigráfico de C/ San Isidoro 85-6 (Sevilla) (a partir de Campos, Vera y Moreno, 1988).

Junto a los conjuntos del Macareno, El Carambolo, Cerro de la Cabeza, Sevilla y Carmona ya citados, debemos tener en cuenta, por su significación numérica, los restos anfóricos hallados en las excavaciones de Tejada la Vieja (Fernández Jurado 1987), que nos ayudan a seguir la evolución de los envases comerciales entre fines del VII y mediados del IV a.C. (fig. 10). Para la última etapa comprendida en este análisis, disponemos de abundante documentación, todavía pendiente de un estudio pormenorizado, de las excavaciones de Santiponce.[10] La revisión de los materiales hallados en distintas intervenciones, entre ellas el Pajar de Artillo, Casa de Venus y el que se conoce como Templo Republicado, ha llevado a Pellicer (1998) a subir las cronologías que los excavadores les asignaron en su día, fechando el origen del asentamiento turdetano que precedió a la fundación romana de Itálica a fines del siglo V o principios del IV, coincidiendo con el abandono del Cerro de la Cabeza (Idem, fig. 18). De la misma opinión, aunque propone fechas ligeramente más bajas, es Ruiz Mata (1998: 193-200 y 218).

Figura 10. Bordes de ánforas de Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva) de fines del VII (N.III) a mediados del IV a.C. (N.V) (Fernández Jurado, 1987).

Estos conjuntos nos permiten trazar a grandes rasgos las características de los envases que circularon en el Bajo Guadalquivir turdetano hasta el siglo IV, por respetar los límites temporales fijados para esta estudio, aunque la evolución de los tipos anfóricos desarrollados hasta este momento prosigue hasta época romana.

En niveles de la primera mitad del siglo VI, comprendidos en el periodo que Fernández Jurado (1988-1989: lám. LXXXIV) llama Tartésico Final II, encontramos en Huelva ánforas de hombros carenados cuyas características –bordes de sección triangular con extremo aristado– permiten caracterizarlas como producciones derivadas de las fenicias del grupo 10.1. de Ramón (1995: figs. 108-109), también conocidas como R-1 o Trayamar 1 (Rodero 1995). De fines del VI a.C., aunque no se descarta la presencia en el yacimiento de ánforas “iberoturdetanas” desde los últimos años del VII (Ramón 1995: 94), son los ejemplares con bordes similares del nivel 18 del Macareno y los del estrato IVb de Tejada (fig. 10, 15). Durante el siglo V, además de en los citados yacimientos, documentamos ánforas de extremo aristado en Carmona (fig. 12: 5 y 8) y en los estratos II y I del Corte B-I del Cerro de la Cabeza (fig. 8). Las piezas completas de los almacenes de Cancho Roano, que se fechan en este siglo (Guerrero 1991: 63), nos permiten apreciar la forma de estos envases (fig. 4), así como la existencia de distintas variantes de borde para la misma, ilustrativas, tal vez, de la actividad de alfareros diferentes en un mismo centro de producción, así como la fabricación coetánea de variantes con hombros redondeados, sin carena (tipo CR-IB) (Idem, 1991, 55). De hecho, también en los yacimientos turdetanos coexisten desde el siglo VI los bordes aristados con otras variedades, todas ellas englobadas por Florido (1985: 498-507) en sus tipos II-V del Carambolo (fig. 7), y las formas de hombros con y sin carena de los grupos B y C del Macareno. En la etapa final de la evolución de estas ánforas, a partir del III, se crean los especímenes de hombros altos horizontales y cuerpo alargado de paredes paralelas, que Pellicer (1978: fig. 7 y 1982: 190-192, fig. 12) incluyó en el grupo D (subtipos 2-2) y entroncó con prototipos existentes en el yacimiento desde fines del V (D-1).

Desde la segunda mitad del VI aparecen en Huelva ánforas de hombros caídos y bordes similares a los de las Mañá/Pascual A-4 (Ramón 11.2.1.3.) (Fernández Jurado 1988-1989: láms. L, 1; CXIII, 4 y CXVI, 1-3). Podría tratarse de ánforas del grupo Ramón 10.2., como en el caso del ejemplar ya comentado del Cerro de la Cabeza (fig. 8, 190), o de los fragmentos del corte de San Isidoro (fig. 9: 513 y 503), ya que las fechas más antiguas que se asignan a aquéllas no rebasan los últimos años del siglo VI (Muñoz 1985: 474; Ramón 1995: 235), pero tampoco habría que descartar que fueran ánforas bicónicas dado que su producción en alfares gaditanos pudo iniciarse en la segunda mitad de la centuria (Gago et alii 2000: 46-47). De finales de este siglo son los especímenes más antiguos documentados en el Macareno (Pellicer 1978: fig. 3, 1072),[11] quizá también en Tejada (fig. 10: 12), pero la difusión a gran escala de estos envases se produjo a lo largo del siglo V. Es a partir de entonces cuando los hallamos en la mayor parte de los asentamientos turdetanos (Belén y Escacena 1994: fig. 1; Niveau de Villedary 1998: fig. 2), junto con las formas comentadas más arriba, como bien ilustra el conjunto de Saltillo, en Carmona (fig. 12), y el algo más tardío de Tejada (fig. 11) (Blanco y Rothenberg 1981: figs. 276-278), cuyas fechas –fines del V a principios del IV– coinciden, aproximadamente, con las del depósito de El Castañuelo en el que se da una asociación semejante de tipos anfóricos (Del Amo 1978: lám. VII, 1-2; Ramón 1995: 91).

Figura 11. Ánforas de los siglos V-IV de Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva) (a partir de Blanco y Rothenberg, 1981 y Fernández Jurado, 1987).

Figura 12. Ánforas del siglo V de Carmona (Sevilla) (Belén et alii, 1997).

De las variantes tardías de cuerpo bicónico (Muñoz A-4c,d,e,f, equivalentes al grupo 12.1. de Ramón), fechadas a partir del IV y hasta época romana (cf. Ramón 1995: tabla 2), se han identificado ejemplares de 12.1.1.1. en Itálica, de donde procede, al parecer, una pieza completa depositada en el Museo Arqueológico de Sevilla (Ramón 1995: 93), en la Mesa de Gandul y en el asentamiento costero de La Tiñosa (Lepe, Huelva) (Ramón 1995: fig. 287), y sólo con dudas en el nivel 10 del Macareno, de fines del IV (Ramón 1995: 94).[12]

Desde principios del IV se ponen en circulación también otros modelos anfóricos que están ausentes en los conjuntos del Carambolo y Cerro de la Cabeza, certificando que ya para entonces estos lugares estaban abandonados. Las Ramón 8.1.1.2, que Rodero llamó “tipo Tiñosa” por la presencia que tienen en dicho yacimiento (Belén y Fernández-Miranda 1978), son envases fusiformes más que bicónicos, sin cuello, con borde engrosado al interior y sólo señalado por el exterior. Están presentes en el Cerro Macareno desde el nivel 13 (Ramón, 1995, 94)[13], junto a ejemplares de cuerpo cilíndrico del tipo 9.1.1.1. (Muñoz E-2) (Pellicer 1978: fig. 8, 2372 y 2373), que son los más antiguos que se conocen. Las mismas fechas tienen las primeras Ramón 8.2.1.1. halladas en el nivel 4 del Corte CA-80/A de Carmona (Pellicer y De Amores 1985: fig. 30, 4-101), de ahí que Rodero (1995: 99-104) las distinguiera con el nombre de esta ciudad. Estos envases tienen una distribución similar en Andalucía occidental (cf. Ramón 1995: mapas 96, 101 y 103; Ferrer y García Vargas 1994: fig. 4; Niveau de Villedary 1998: figs. 4 y 5). La ausencia de las gaditanas 9.1.1.1 en La Tiñosa es significativa y podría estar indicando que esta pequeña factoría se autoabastecía de los envases necesarios para distribuir sus conservas de pescado.

Los centros de producción

Está muy extendida la opinión de que en los asentamientos de mayor actividad económica, como Huelva, El Macareno o Carmona, debieron instalarse pronto talleres alfareros que abastecieran el mercado local de vajilla tanto doméstica como industrial. De hecho los análisis de pastas realizados con fragmentos cerámicos procedentes de los dos últimos yacimientos parecen confirmar esta hipótesis.

De un primer estudio de 16 fragmentos del Cerro Macareno, pertenecientes a distintas etapas de la vida del poblado y a diferentes clases cerámicas, cuatro de ellos de ánforas, se concluye que en todos ellos la composición mineralógica es semejante y que los materiales arcillosos con los que se fabricaron probablemente eran del entorno (González Vilches et alii 1982; González Vilches, García Ramos y González García 1983). Posteriormente se analizaron 25 fragmentos de ánforas y dos muestras de arcillas tomadas en las inmediaciones del yacimiento y se comprobó que la composición mineralógica era semejante en los dos lotes, con las alteraciones normales provocadas en las pasta cerámicas durante el proceso de cocción, llegando a la conclusión de que las ánforas se habían fabricado con “sedimentos finos del aluvial del Guadalquivir, próximos al mismo Cerro Macareno” (González Vilches, González García y García Ramos 1985: 178). La determinación del contenido de elementos traza por activación neutrónica, probó la presencia de importaciones orientales en los niveles más antiguos, datados entre fines del VIII y la primera mitad del siglo VII a.C., y de producciones locales, al menos, a partir del nivel 20, de hacia fines del siglo VI a.C. Sin embargo, las instalaciones alfareras más antiguas que se han documentado hasta el momento en el yacimiento están fechadas en el siglo V a.C.

En 1974 se excavó un complejo alfarero situado en una zona periférica del poblado próxima al río, compuesto por cuatro hornos, todos de idéntica forma, pero con diferentes dimensiones (fig. 13), que se han fechado entre mediados del V y primeras décadas del IV los más antiguos (H.I y II) (Ruiz Mata y Córdoba 1999: 97), y poco después (fines del V y IV), el más tardío (G) (Fernández, Chasco y Oliva 1979: 75). Del horno G, el mejor conservado de ellos (ídem: 26), quedaba sólo el piso y parte de las paredes de la cámara de combustión, así como la base del pilar central de adobes que sostuvo la parrilla. La planta, aproximadamente circular y de tan sólo 1,5 m de diámetro interior, tenía el piso irregular y sensiblemente inclinado en sentido descendente hacia la boca abierta al Este. Las paredes estaban construidas con adobes de 50 x 45 x 8 cm colocados en posición vertical y revocados en el exterior con una gruesa capa de arcilla que impedía la pérdida de calor de la caldera; una capa más delgada cubría también la cara interna.

Figura 13. Hornos del Cerro Macareno y ánforas de los cortes H.I y H.II (a partir de Ruiz Mata y Córdoba, 1999).

Hornos semejantes, deudores de la tecnología alfarera introducida en el sur por los fenicios[14], están documentados en lugares y épocas muy diferentes (Broncano y Coll 1988: 217-225; De Frutos y Muñoz 1994: 396-398). De la misma tipología de los del Macareno, –sólo difieren en la situación del hogar–, es el que Luzón (1973: 16-23) excavó en el Pajar de Artillo. Su mejor estado de conservación ha permitido documentar el sistema de sostén del piso de la cámara de cocción mediante un pilar de adobes y una estructura construida con adobes plano-convexos, puestos de canto en sentido longitudinal y unidos a pares por las caras planas, que apoyan en el pilar central, por un extremo, y en la pared, por el opuesto (fig. 15). La reconstrucción de la cubierta del laboratorio con una cúpula de media naranja y la ubicación de la puerta de carga sobre el hogar, parecen soluciones poco probables (Broncano y Coll 1988: 215-216).

Figura 14. Ánforas de los cortes F y E del Cerro Macareno (a partir de Fernández, Chasco y Oliva, 1979).

Figura 15. Horno y ánforas del Pajar de Artillo (Santiponce, Sevilla) (a partir de Luzón, 1973).

Al intentar caracterizar la producción de estos hornos del Cerro Macareno nos preguntamos si todas las ánforas que se encontraron en los cortes E, F, G, y H son representativas de la alfarería local. En el estudio de los materiales de los Cortes H.I y H.II, Ruiz Mata y Córdoba (1999: 96) señalan que las ánforas “que se documentan en el yacimiento” son las de las formas BC de Pellicer con bordes de tipología diferente según las épocas. A los bordes engrosados con arista marcada al exterior (fig. 13, 1-3) que se desarrollan desde fines del VI a mediados del V, estratificados desde el nivel 18 del corte V-20 (Pellicer 1978: fig. 3, 1065 y 1071), seguirían los ejemplares de “borde más aplanado por el exterior”, rematados “mediante un apéndice más agudo” (fig. 13: 4-9), propios de fines del V a principios del IV, hallados exclusivamente en estos cortes, y, finalmente, los de borde “almendrado y de sección de tendencia oval” (fig. 13: 10), que se datan en las primeras décadas del IV (Ruiz Mata y Córdoba 1997: 96-97), señalando el final de la supuesta producción de estos hornos.

Los bordes más antiguos corresponden a ánforas que conservan los hombros carenados de las producciones fenicias, pero tienen cuerpo de tendencia cilíndrica con ensanchamiento en la mitad inferior (fig. 13, 1), como Pellicer había supuesto para las B-2. , y no el cuerpo ovalado, entallado por debajo de la carena, de los especímenes anteriores, que sí conservan las ánforas de parecida cronología halladas en Cancho Roano (fig. 4) y en Carmona (fig. 12: 5). En el lote del santuario extremeño los bordes aristados son los más numerosos (Guerrero 1991: fig. 7, A), pero resulta de gran interés comprobar una vez más que la misma forma anfórica, en este caso la CR-IA, puede presentar bordes de muy variada morfología. Las ánforas de bordes aristados, por citar ejemplos del entorno próximo al Macareno, están documentadas en los estratos IVb, IVc y V de Tejada (fig. 10, 15, 20 y 26), datados entre fines del VI y mediados del IV, en los estratos II y I del corte B-I del Cerro de la Cabeza, de mediados a fines del V (fig. 8: 71 y 16), en El Carambolo, incluidos por Florido en los tipos III y IV (fig. 7), y en Carmona, donde, además del ejemplar ya citado, se hallaron también en el estrato III del corte de Carriazo y Raddatz (1960: fig. 5, 1) con fechas de entre fines del VI y mediados del V (Pellicer y De Amores, 1985, 166), y en el nivel 4 del Corte CA-80/A, datado hacia el 400 (ídem: 166 y 105) (fig. 6). De la producción del siglo V de los hornos del Macareno podría proceder el ánfora de la UE.26 del complejo de Saltillo en Carmona (fig. 12: 5), que si bien tiene el cuerpo más entallado que los ejemplares hallados en el propio yacimiento (fig. 13, 1), presenta una marca que, sin ser idéntica, recuerda a algunas de las documentadas en este centro alfarero (Fernández, Chasco y Oliva 1979: fig. 42, 400-21 y 600-5, y fig. 43: 531-5).

En la caracterización técnica de la cerámica de los Cortes H.1 y H.2 no se alude a la presencia de piezas defectuosas que nos permitan estar seguros de que los tipos en cuestión se fabricaron en estos hornos, aunque parece probable[15]. “Por lo general las pastas de las ánforas están bien depuradas, muestran tonos claros, amarillentos o anaranjados, y en ocasiones cuentan con un núcleo interior grisáceo. A veces se recubren por el exterior con engobe amarillento, verdoso o del mismo color que la arcilla” (Ruiz Mata y Córdoba 1999: 96).

Más suerte hubo en la cuadrícula G (fig. 13). Delante de la boca del horno se excavó un hoyo que contenía cenizas, restos de adobes y abundante cerámica de desecho de la que se pudieron reconstruir parcialmente algunas “ánforas de perfil en forma de saco” (Fernández, Chasco y Oliva 1979: 25). A esta misma forma corresponden la mayor parte de los fragmentos anfóricos restantes, pero existen distintas variantes de bordes. “Los ejemplares más antiguos, procedentes todos del hoyo de cenizas del corte F, tienen el borde simplemente engrosado, insinuándose solo a veces una arista en los cambios de plano cuando los hay” (ídem: 46)[16]. Estos bordes, de sección trapezoidal se registran en el Corte V-20 con seguridad desde el nivel 14, a fines del siglo V, y preceden, aunque en pocos años, a los bordes simples y rectos, de sección oval, documentados entre los materiales más tardíos de los cortes H.I. y H.II. (Pellicer 1978: fig. 5, 1406 y 1442, y fig. 6, 1570). Las dos variantes se encontraron en el abundante material anfórico hallado sobre el pavimento del que Bendala (1982) consideró templo romano republicado (fig. 16), según otros autores un almacén cuya vida habría que fechar, de acuerdo con la tipología de las ánforas, entre los siglos V a II (Pellicer 1998: 151-153; Ruiz Mata 1998: 198-200).

Estas ánforas del horno G, que de momento son las únicas producciones seguras (fig. 14: 543-10 a 12)[17], tienen pastas bien decantadas de color ocre o rojo, a veces con desgrasantes gruesos, y engobes arcillosos amarillentos o verdosos, como las halladas en los cortes H.I y H.II. La cocción excesiva produjo la formación de burbujas o bolsas en las paredes (Fernández, Chasco y Oliva 1979: 46 y 49), un hecho que se pudo comprobar experimentalmente en las pruebas de cocción realizadas en los análisis que comentábamos más arriba. Las piezas se habían cocido, en general, a temperaturas medias o bajas, inferiores a 900ºC, y al rebarsarlas se producían reacciones que provocaban la rotura de los cacharros (González Vílches, González García y García Ramos 1985: 180-183). Estas ánforas tienen diámetros de boca comprendidos entre 11-12 cm[18] y alcanzan una altura, a juzgar por el único ejemplar medible, de 79 cm. Algunas piezas tenían marcas incisas sobre el barro fresco, círculos irregulares, aspas y simples trazos realizados con los dedos cuya exacta significación desconocemos, aunque se supone que identifican al alfarero (fig. 14).

No nos consta que sean producciones locales, en cualquier caso no de estos hornos, otras formas documentadas en niveles superficiales del corte E, cuyos bordes “(...) ganan en anchura, se aplanan, engrosan o prolongan hacia el exterior, apareciendo a veces en sus perfiles carenas muy pronunciadas” (Fernández, Chasco y Oliva 1979: 46)[19]. Corresponden a ánforas de tipología y cronología variada entre las cuales distinguimos las BC, algunas con borde aristado como los hallados en los Cortes H.I y H.II, (fig. 14: 400-12), así como ejemplares del tipo D (fig. 14: 400-17, 402-48 y 400-2) y de ánforas Ramón 8.1.1.2 (tipo Tiñosa) (fig. 14: 400-5). ). Tampoco tenemos datos que corroboren la fabricación local de las ánforas cilíndricas de boca ancha Ramón 8.2.1.1. (tipo Carmona) (fig. 14: 402-44 y 415-42), halladas en escaso número y sólo “en los niveles modernos” (ídem: 46) (fig. 14: 402-44 y 415-42).

El mismo problema se nos plantea en el caso del Pajar de Artillo. Luzón (1973: 25) fechó el horno en la segunda mitad o finales del siglo II, pero esta datación ha sido elevada por otros investigadores al III (Pellicer 1998: 155) e, incluso a fines del IV (Ruiz Mata 1998: 218). Nos consta el hallazgos de ánforas de cocción defectuosa (Luzón, 1973, 23), pero no podemos relacionarlas con los materiales que ilustran los hallazgos de los distintos niveles diferenciados en la excavación, entre los cuales se encuentran envases de tipología variada (fig. 15) a los que se asignan dataciones comprendidas entre los siglos V-III a.C. (Pellicer 1998: fig. 9). Además de tipos asimilables a las BC del Macareno (fig. 15: 1-12), identificamos también la forma D (fig. 15: 13) y las Ramón 8.1.1.2. y 8.2.1.1. (fig. 15: 15 y 14, respectivamente), aunque sabemos que sólo las primeras se documentaron en los niveles coetáneos a la actividad del horno (Luzón 1973: 47).

En cuanto a Carmona, otro de los asentamientos considerados centros de distribución de productos anfóricos desde fechas tempranas (Guerrero 1991: 56), tenemos también datos analíticos que apuntan a la probable existencia de alfares locales ya en los siglos VII/VI, con una producción diversificada que incluía grandes píthoi, platos de engobe rojo, cerámica reductora y urnas tipo Cruz del Negro (Belén et alii 1997: 164; Navarro 1997: 263-312). En relación con las ánforas Mañá/Pascual A-4 y formas emparentadas halladas en los niveles de abandono del complejo más reciente de Marqués de Saltillo (fig. 12: 1, 2 y 4), fechado en la segunda mitad del V, el análisis de pastas corroboró la apreciación visual de la existencia de dos grupos bien diferenciados, uno de los cuales presenta en su composición calcita y microfósiles como las arcillas locales, pero esto no nos permite excluir una procedencia foránea (Belén et alii 1997: 86; Gómez Morón y Polvorinos 1997: 313-334).

Las instalaciones alfareras más antiguas han sido localizadas junto al Albollón, un arroyo encajado en una profunda vaguada que drenaba la zona norte de la ciudad. En 1990 se excavaron ocho hornos, todos de planta circular, con un pilar central de la misma forma sobre el que apoyaba una estructura de adobes a dos aguas que sostenía la parrilla. Sólo en un caso, el pilar se prolongó para adosarlo a la pared del horno (Rodríguez 2001: 311-312). No se ha hecho de momento un estudio detallado de la producción de estos alfares[20], pero en el relleno de las cámaras abundaba tanto la cerámica común para mesa y almacén (lebrillos de buen tamaño), como las ánforas de formas clasificables, sobre todo, en los grupos BC del Macareno, así como las Ramón 8.2.1.1., más conocidas por aquí como tipo Carmona. La composición de las pastas de fragmentos de estas distintas clases cerámicas resultó semejante a la de los barros de las canteras locales (ídem: 312-313 y 318-319). El examen de estos materiales nos permite sugerir que la actividad de alguno de estos hornos, en principio fechados en los siglos III-II, podría haberse iniciado en el siglo IV. En el horno 6 constatamos la presencia de ánforas con el borde vuelto y hueco en el interior, idénticas a las que se encontraron en el “templo republicano” de Itálica (fig. 16: 6-8), con impresiones de las yemas de los dedos que también presentan otros ejemplares del ­conjunto italicense (fig. 16: 4). Estos bordes, igual que las marcas, no están documentados en los alfares del Macareno, –son raros incluso en la secuencia del corte V-20 (Pellicer 1978: fig. 6, 1572)–, ni tampoco los encontramos en las ánforas del Pajar de Artillo.

Figura 16. Ánforas del “Templo republicano” de Itálica (Santiponce, Sevilla) (a partir de Bendala, 1982).

Estos hallazgos permiten contrastar las producciones de los talleres turdetanos con las de los alfares del entorno gaditano. Los hornos de Camposoto y de Torre Alta, en San Fernando, desarrollaron su actividad del siglo VI al II a.C. Los primeros, más antiguos, fabricaron exclusivamente Mañá/Pascual A-4 durante los cien años que, aproximadamente, duró su producción (Gago et alii 2000: 49-51);[21] los segundos tenían un repertorio más diversificado que incluía, además de distintas variantes de ánforas bicónicas, que Ramón (1995: 84) clasifica en sus tipos 12.1.1.1. y 12.1.1.2, envases cilíndricos de las formas Ramón 8.2.1.1. y 9.1.1.1., y, al parecer, incluso ánforas de tipología cartaginesa (Ramón 7.4.3.3.) y grecoitálica, aunque estas últimas son meramente testimoniales (De Frutos y Muñoz 1994: 398-403 y fig. 5). Las marcas registradas sobre estos envases, indicativas de su contenido en salsas y salazón de pescado (ídem: 403-409 y fig. 5), no están documentadas de momento en los yacimientos turdetanos.

Quedan fuera de nuestros objetivos profundizar en las conclusiones de carácter económico que pueden extraerse del análisis morfométrico de los envases anfóricos, pero no podemos dejar de señalar que es mucho lo que queda también por hacer en este campo de la investigación (cf. Arteaga, s.a[22]). Las ánforas permiten caracterizar, a grandes rasgos, dos ámbitos productivos de base y proyección diferente, uno interior y otro costero, o, dicho de otra forma, turdetano y púnico (entre otros, Belén y Escacena 1994; Fernández-Miranda y Rodero 1995; Niveau de Villedary 1998; Ruiz Mata, Córdoba y Pérez 1998), pero no podemos descartar que se envasaran productos variados en ánforas iguales (cf. Ramón 1995: 159; García Vargas 1998: 199-206), ni que un mismo modelo se fabricara para usos distintos en los mismos o en diferentes centros alfareros. El mejor ejemplo de lo que planteamos nos lo ofrecen las ánforas del grupo D del Macareno que siendo las que mejor representan a las producciones turdetanas, según hemos visto que se admite comúnmente a pesar de que su fabricación no está probada en ninguno de los alfares locales excavados, están recogidas también como tipo púnico, porque existen indicios suficientes para suponer que se producían asimismo en los centros semitas del área del Estrecho (Ramón 1995: 194) para el ­transporte de salazón (García Vargas 1998: 62), sin olvidar los múltiples envases semejantes del área ibérica mediterránea (cf. Arteaga, s.a).

La activación de la producción agropecuaria, como solución a la crisis económica que marca el fin de la etapa orientalizante, llevó aparejada indudablemente la fabricación local de envases comerciales para el comercio de los excedentes (cf. Guerrero 1991: 64-66). Los hallazgos de ánforas en el Macareno reflejan un aumento importante de los intercambios a partir de principios del siglo V (fig. 17), pero ignoramos cómo se organizaba y por qué circuitos discurría el tráfico comercial. En cualquier caso, los datos de este emporio fluvial reflejan una situación muy diferente de la que nos ofrecen los hallazgos de los poblados del interior, alejados de las rutas más frecuentadas, en los que el volumen de intercambios es mucho menor y predomina el comercio de corta distancia.

Figura 17. “Diagrama cronológico-cuantitativo de las ánforas en general del Cerro Macareno” (Pellicer, 1982).

Por otra parte, en distintas zonas del territorio debieron desarrollarse particulares mecanismos de distribución de excedentes que impulsaron la circulación de modelos anfóricos por vías que no controlamos. Las ánforas turdetanas de los yacimientos del interior, cuyos tipos ilustran los hallazgos de Alhonoz (fig. 18, fase IV), no son las que producían los hornos del Macareno, o las que suponemos que se fabricaban en Carmona por las mismas fechas, pero no sabemos cuál es su procedencia ni a qué organización sirven. La adopción de tipos anfóricos similares en toda la región no nos impide atisbar situaciones socioeconómicas muy diversas cuya investigación sigue siendo un tema pendiente y, en consecuencia, ya delimitado en lo esencial el ámbito de la producción turdetana respecto del de las poblaciones semitas, deberíamos prestar mayor atención al seguimiento de las redes internas de intercambio y a la implicación de las sociedades autóctonas en la compleja organización económica que la maraña de clases, tipos y subtipos de ánforas deja entrever para la Turdetania prerromana.

Figura 18. Ánforas de Alhonoz (Herrera, Sevilla) (a partir de López Palomo, 1999).

Agradecimientos

Este texto fue escrito para las actas del congreso Las ánforas del área ibérica: zonas de producción y evolución tipo-cronológica (ss. VI-IV a. de C.) (Madrid, Casa de Velázquez, enero de 1997), que no se llegaron a publicar. Pese al tiempo transcurrido, la investigación sobre las ánforas turdetanas ha progresado poco. De entre los trabajos que han tratado del tema en los últimos años, destacamos el de P. Rufete (2002), que recoge el material anfórico hallado en Huelva durante la década de los ochenta, y las novedades sobre las producciones gaditanas, estudiadas por P. A. Carretero Poblete (2004), J. Ramón Torres (2006) y A. M. Sáez, J. J. Díaz y R. Montero (2004)

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[1] El término iberoturdetano que se utiliza también con cierta frecuencia, va siendo abandonado por la investigación reciente: cf. Belén y Escacena (1991: 509-510); Ruiz Mata (1998: 161-163).

[2] El final de Tartessos y el mundo ibero-turdetano de Huelva, Tesis Doctoral , Universidad de Sevilla, 1995.

[3] Para no apartarnos del tema que nos ocupa, prescindiremos de detallar las características de las ánforas griegas que fueron incluidas tanto en ésta como en las restantes clasificaciones que comentaremos a continuación.

[4] En otros apartados del mismo trabajo denomina púnicas a todas las formas de que tratamos.

[5] En su opinión (Ramón 1995: 94), la datación del nivel 18 debe fijarse en el siglo V.

[6] Ramón no hace referencia a la documentación gráfica presentada por Pellicer, por lo cual no podemos estar totalmente seguros de a qué fragmentos se refiere, pero en el caso del nivel 18, parece claro que se trata del que indicamos. Respecto al ejemplar que señala en el nivel 12, por exclusión, podemos concluir que es el ilustrado en Pellicer, 1978, fig. 5, 1442, que muy bien podría corresponder, y por ello me inclino, a ánforas de cuerpo fusiforme fabricadas en el lugar (cf. Fernández, Chasco y Oliva 1979: fig.27).

[7] La clase II incluye bordes sin engrosar de ánforas fenicias que apenas rebasan el siglo VII y tienen en este yacimiento escasa significación numérica (Domínguez de la Concha, Cabrera y Fernández Jurado 1988: 171 y 173).

[8] Poco antes J. Campos (1986: 43-44) publicó los resultados del corte estratigráfico de la calle Argote de Molina, con una secuencia que abarca desde mediados del V a.C. a mediados del V d.C. Las ánforas que interesan a este estudio se hallaron en niveles fechados desde principios del IV a fines del III y se ordenan en dos grupos según la forma del borde, ambos correspondientes a las BC del Macareno.

[9] Constituyen el grupo 4 que hemos excluido de la figura 9 al igual que el 3 –“ánforas de hombros muy marcados”– que corresponde a las “jarre obus” de origen oriental (Campos, Vera y Moreno 1988: 36).

[10] La tipología de ánforas de la fase más tardía de Montemolín (Marchena, Sevilla) es también ilustrativa de los tipos que estuvieron en circulación entre el V y el III (García Vargas, Mora y Ferrer 1989: 234-239).

[11] Cf. nota 6.

[12] Pensamos que el autor se refiere a Pellicer (1978: fig.6, 1570 y 1573), pero los perfiles de estos bordes y la inclinación del hombro tampoco difieren de los que ofrecen las ánforas de fabricación local (Fernández, Chasco y Oliva 1979: figs. 27 y 43, 546-3 y 548-3).

[13] Pensamos que se trata de Pellicer, 1978, fig.8, 1412.

[14] Los hornos fenicios más antiguos documentados en la región hasta el momento son los de Camposoto (Cádiz), de principios del VI, aunque los destinados a la fabricación de ánforas se fechan en la segunda mitad de la centuria (Gago et alii 2000: 49). En la primera mitad de este mismo siglo se fecha el complejo alfarero del Cerro del Villar, que producía ánforas del grupo 10.2. de Ramón (Barceló et alii 1995), y algo antes, incluso, el horno del asentamiento indígena del Cerro de los Infantes ( Pinos Puente, Granada) (Contreras, Carrión y Jabaloy 1983).

[15] Con todo, las dimensiones de estos hornos son más reducidas de lo que cabría esperar.

[16] Posiblemente los autores se refieren en este último supuesto a ejemplares como el fragmento 548-2 de la figura 14, que tiene un borde similar a los comprendidos en el segundo de los grupos caracterizados por Ruiz Mata y Córdoba (1999: 96, fig. 5, 1-6) entre los materiales de los Cortes H.I y H.II, que hemos comentado más arriba.

[17] Fernández, Chasco y Oliva (1979: 29), en un párrafo que introduce el estudio de la “cerámica fina”, indican el sistema que han seguido para siglar los materiales: “Los procedentes del corte E van marcados con el número 400 y siguientes, correspondiendo 400 a materiales de superficie. Los del F con el 500, y los del G con el 600, siendo 500 y 600 también materiales de superficie o revueltos por la máquina, por lo tanto sin valor estratigráfico en ninguno de los casos”. Esta aclaración nos ha permitido identificar los fragmentos de ánforas hallados en cada uno de los sectores de la excavación.

[18] Evidentemente hay un error en los 60 mm que se indican para el ejemplar de la fig. 14, 543-12 teniendo en cuenta la escala del dibujo.

[19] Son los fragmentos de la fig. 14 con la sigla 400, 401 y 402, excepto 402-44.

[20] I. Rodríguez y J.M. Román, arqueólogos del Servicio Municipal de Arqueología de Carmona, preparan su publicación.

[21] Nos referimos a los envases anfóricos.

[22] Sin fecha.