Han, Byung-Chul, Infocracia . Penguin Random House Grupo Editorial, Barcelona, 2022, 103 pp, ISBN. 978-84-306-2489-8

Simona Fanni

Universidad de Cagliari

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IUS ET SCIENTIA • 2025 • ISSN 2444-8478

Vol. 11 • Nº 2 · pp. 237-247

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El pasado 24 de octubre de 2025, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha sido galardonado con el Premio “Princesa de Asturia de Comunicación y Humanidades”.

El relato del Jurado que le otorgó el prestigioso reconocimiento, destacó los méritos de Han, resaltando que “[s]u obra revela una capacidad extraordinaria para comunicar de forma precisa y directa nuevas ideas en las que se recogen tradiciones filosóficas de Oriente y Occidente”, su “análisis [...] resulta sumamente fértil y proporciona explicaciones sobre cuestiones como la deshumanización, la digitalización y el aislamiento de las personas [...] encontra[n]do un amplio eco entre público de diversas generaciones”.

Esta habilidad de Han se refleja marcadamente en su obra Infocracia , que representa uno de los ensayos más fascinantes del filósofo, cuyas obras, si bien numerosas y variadas, frecuentemente se caracterizan por un hilo de narración común, el leit motiv del papel y de la dimensión del ser humano en nuestra compleja sociedad actual, fuertemente forjada por la nuevas tecnologías.

A menudo, Han explora cómo vivir en un contexto digital y algorítmico y socialmente exigente, que nos requiere que estemos constantemente conectados, productivos y positivos, está transformando la propia esencia del ser humano y de su entorno vital. A este respecto, en una obra como La Sociedad del Cansancio , Han se enfoca en la celebración del agotamiento de la persona, convencida que la autoexplotación consista en una expresión de su autodeterminación y su libertad; en Psicolpolíticas , la reflexión se centra en las nuevas dinámicas del ejercicio del poder en un mundo dominado por el capitalismo neoliberal, en el que la psique se vuelve permeable y penetrable y, por ende objeto de control, vigilancia y manipulación política. En el Enjambre , en vez, se desvelan el impacto de la hipercomunicación sobre el “silencio que necesita el alma para reflexionar y ser ella misma” [1] , mientras La Sociedad de la Transparencia desvela la desnaturalización de la libertad de información y de las garantías que deberían ampararla, en un contexto en el que la transparencia deja de ser una herramienta de control hacia el poder público y se convierte en una herramienta de vigilancia hacia los individuos.

Recorrer algunos de los trabajos más interesantes de Byung-Chul Han es una valiosa premisa para contextualizar Infocracia y adentrarse en el análisis crítico de la obra, que reúne algunas de las destacadas dimensiones temáticas tratadas por el filósofo en un ensayo estimulante para los juristas con una variegada formación y expertise , proporcionándoles una lúcida visión de la profunda crisis que el Estado de Derecho y la propia democracia vienen padeciendo. En esta óptica, el ensayo atravesa con un hilo de narración intenso y constantemente crítico, hasta provocatorio, el proceso que está afectando el individuo y su relación tanto con su cuerpo, que se vuelve objeto de control y vigilancia, hasta de mercificación, como con la colectividad, investigando la desarticulación de las masas a través de una constante deconstrución de la comunicacíon, los conocimientos, y del tiempo que aquellos necesitan para posibilitar y fomentar la racionalidad comunicativa, culminando en la desfactificación que alimenta la crisis de la verdad.

Desde esta perspectiva, el núcleo y el punto de partida del análisis de esta crisis es justamente el ser humano, que se asujeta no sólo espontaneamente sino también proactivamente a un proceso de desestructuración de su propia corporeidad y de su estatuto de individuo y miembro de la sociedad libre y autodeterminado. El componente esencial, atomístico, en el que se desectructura y resume el ser humano son los datos que produce, alimentos de los algoritmos y fundamento de las interactuaciones sociales y políticas en nuestros mundo del siglo XXI.

A este respecto, en el primer capítulo de Infocracia , titulado “El régimen de la información”, Byung-Chul Han recorre el papel del ser humano y de su cuerpo en el marco del régimen político, con una mirada transversal que se dirige tanto a la corporeidad como instumento de empoderamiento y como objeto de sumisión al poder. En este sentido, el Autor introduce inmediatamente al lector en el contexto de la obra, aclarando que “[l]lmamos “régimen de la información”a la forma de dominio en la que la información y su procesamiento mediante algoritmos e inteligencia artificial determinan de modo decisivo los procesos sociales, económicos y políticos” (Han, 2022, 9).

Ya de las primeras líneas del ensayo, se desprende la naturaleza holística, totalizante del régimen de la información que envuelve y atrapa el cuerpo humano informativamente proyectado en el mundo digital y algorítmico. Han describe escrupulosamente este proceso, guiando al lector en la metamorphosis del cuerpo, en virtud de la relación y del (des)equilibrio de poder entre la voluntad individual y el poder del Estado y de nuevas entidades, como las empresas tecnológicas, y las propias redes sociales. El capítulo recorre y analiza cómo la visibilización y la espectacularización del cuerpo han históricamente desempeñado un importante papel en este sentido: del cuerpo anihilado públicamente con la pena ejemplar hemos pasado al cuerpo objeto del narcisismo de nuestra sociedad del fitness y de la aparencia. Han explica cómo la transparencia, de herramienta de control del buen ejercicio del proder, se ha convertido en un componente de la exposición del cuerpo, tan intensamente como para inducirnos a desvelar voluntariamente nuestro ádyton informativo (Han, 2022, 16). El individuo de la sociedad y de la era digital y algorítmica, bajo también el efecto del neoliberalismo, se siente empoderado mientras comparte su información, incluso la más sensible e íntima. Se proyecta en el desmaterializado mundo digital a través de su smartphone y, más en general, a través de la herramientas tecnológicas y sus pantallas, cediendo el control sobre sí mismo a nuevas técnicas de poder. El individuo está convencido de que ésta sea la culminación de su libertad individual; en vez, así se entrega a nuevas técnicas del poder: de hecho, las biopolíticas, cuyo objeto era la información anagráfica, han cedido el paso a las psicopolíticas. Han pone de relieve la paradoja de la digitalización de la persona y de su identidad: ahora tenemos perfiles, que concretizan el núcleo de nuestra ontología y nuestras interactuaciones online . Antes, en la era de las masas, los detenidos tenían un perfil y los demás eran “nadie” en la masa, no se destacaban. En vez, ahora “el habitante del mundo digitalizado” es “agluien con un perfil” y “el régimen de la información se apodera de los individuos mediante la elaboración de perfiles de comportamiento ” (Han, 2022, 22). En nuestra actualidad, la aglomeración, el agñutinamiento de las masas no se deriva de la reunión física, material y especial que giran alrededor de una idea, de valores y un pensamiento compartido y fruto de debte y discusión. De otra forma, el elemento aglutinador de las masas son las redes sociales y el mundo online en el que los influncers remplazan a figuras referentes validadas por el escrutinio democrático y dialéctico. Los influencers lideran una celebración colectiva que se administra a través del like . Allí, la esfera material del cuerpo guarda su relevancia: nuestros dedos son las herramientas que veiculizan y expresan nuestra voluntad, son instrumentos materiales que nos conectan a la realidad digital y algorítmica a través de las pantallas. Sin embargo, esa voluntad es sólo aparente y en verdad nuestro “me gusta” se reduce simplemente en la respuesta a los “incentivos positivos” que el mundo digital y algorítmico nos ofrece, y con los que guía o, mejor, despista e induce nuestros comportamientos. Es decir, es manipulación, otro componente de la era de las psicopolíticas.

En el segundo capítulo, que al igual que el ensayo se titula “Infocracia”, Han se adentra en el engranaje de esta dimensión, en la “digitalización [...] inexorable de nuestro mundo” (Han, 2022, 25) donde “nos sentimos aturdidos por el frenesí comunciativo e informativo” y “el tsunami de información desata fuerzas destrctivas” (Han, 2022, 25). Según Han dilucida, esta digitalización inexorable y este frenesí que nos aturde –y que realmente suena como un enjambre [2] – se han “apoderado también de la esfera política y está[n] provocando distorsiones y trastornos masivos en el proceso democrático” (Han, 2022, 25), habiendo además sometido “nuestra percepción, nuesta relación con el mundo y nuestra convivencia a un cambio radical” (Han, 2022, 25). El capítulo recorre y explora críticamente la transformación del papel del individuo. En concreto, se podría observar y comentar, el filósofo recorre y analiza cómo el ser humano, el ánthropos zoon politikón aristotélico y el citoyen núcleo y motor de la revolución francesa se ha progresivamente converido en un espectador y, posteriormente, en una fuente proveedora de datos y materia prima de algoritmos que se infiltran y, en ciertos casos, dirigen o desvían la vida política y, justamente, la que en su día fue la democracia. En concreto, cada etapa ha sido caracterizada por una tipología de medio de comunicación que la contradistinguía y que caracterizaba el papel del individuo y, significativamente, la cultura y el relativo entorno. Ante todo, Han recuerda la visión elaborada por Jürgen Habermas en Historia y crítica de la opinión pública , y resalta que “[e]l discurso político del siglo XIX, marcado por la cultura del libro, tenía una extensión y una complejidad totalmente distintas” (Han, 2022, 26). El libro marca la ontología de la participación del individuo, poniendo de relieve cómo la imprenta hubiese desempeñado un papel crucial, por haber implicado “una Ilustración que hiciera uso de la razón, del raisonnement ” (Han, 2022, 26). En este contexto, el individuo es un sujeto [3] que participa [4] en el debate público y lo forja. El progresivo análisis de los medios de comunicación muestra el declive de la participación: conforme a la visión de Habermas, Han hace hincapié en la mediocracia, en la que se destacan los medios de comunicación de masa y, especialmente, la televisión, un contexto en el que las personas se convierten en observadores, receptores del debate político y democrático. Asisten a ello como espectadores pasivos, desapareciendo la imaginación y la aportación proactiva. Finalmente, en nuestra sociedad actual, en la infocracia, la pantalla, que ya se había interpuesto entre nosostros y la esfera política y democrática, se convierte en una herramienta de aislamento, una especie de proceso de atomización del ser humano. Además, las pantallas distorsionan nuestra relación con la realidad y hasta con la verdad, y escriben una historia de dominación (Han, 2022, 29). Recordando la pantalla aracaica del dominio de los mitos de Platón, Han hace hincapié en la telescreen del Gran Hermano de George Orwell en 1984 (Han, 2022, 31) y en el “cine de las sensaciones” de la distópica sociedad que protagoniza El Mundo Feliz de Aldous Huxley (Han, 2022, 31). Es interesante recordar las distintas pautas de dominación que caracterizan la narración de estas obras literarias, puesto que la telescreen representa una herramienta di vigiliacia, opresión y represión, mientras el “cine de sensaciones” penetra en los cuerpos y los permea y manipula a través de un órgano de perfumes, que aturde a la gente, junto con distribución por parte del Estado de una droga llamada “soma”. A este respecto, Han recuerda de nuevo Habermas y su observación según la que “Orwell temía que los que aborrecemos nos destruyera[...][,] Huxley que lo que nos gusta nos destruyera” (Han, 2022, 31). En esta óptica, Han reanuda la narración del edonismo y de la manipulación anteriormente destacada con referencia a nuestra relación con las redes sociales y los “incentivos positivos”, para diludcidar nuestra actual relación con las pantallas. La diversión que antes nos proporcionaba la televisión, hoy procede de la touchscreen, fuente de entretenimiento y herramienta mediante la que “nos comunicamos hasta morir” (Han, 2022, 32). Esta última, destaca Han, es la formula de sometimiento del régimen de la información, una dinámica que recordaría al neurocientífico el círculo dopaminérgico de la recompensa.

Este proceso de dominación lleva al individuo de la era digital y algorítmica y de la infocracia a la psicografía –que remplaza la biografía –, a la psicometría y al marketing psicopolítico, especialmente al microtargeting “que utiliza perfiles psicométricos” (Han, 2022, 36). El individuo y, especialmente, el votante ya no es un sujeto proactivo y partícipe sino es más bien un objeto y un objetivo de la manipulación algorítmica, que se alimenta con los datos que los propios individuos proporcionan mediante sus interacciones con la pantalla. El algoritmo, las sugerencias específicas que aquello elabora en virtud de los datos que nosotros mismos le proporcionamos, nos inunda de información, la cual no siempre corresponde a la verdad. Nos convertimos en un target y en un objeto del que se alimentan los protagonistas de la política, y el votante se parece más a un consumidor del proceso electoral. Se podría comentar que nos dejamos explotar mientras estamos convencidos de ejercer nuestra libertad individual con plenitud. Nos dejamos manipular. Emblemática y eficazmente, la matemática estadounidense Cathy O’Neil ha hecho explícita referencia al actual Presidente de Estados Unidos de América, Donald Trump, afirmando que actúa como un algoritmo completamente “oportunista” (Han, 2022, 35). En este marco, la comunicación no solo se empobrece, sino pierde el contexto necesario para su desarrollo sano y correcto. La comunicación racional se conierte en la comunicación digital, pudiendo tampoco contar con un adecuado ámbito temporal para ser llevada a cabo. Según aclara Han, “el cortoplacismo general de la sociedad de la información no favorece la democracia” (Han, 2022, 34). En concreto, la inmediatez y la intensidad del actual frenesí comunicativo e informativo, impide el desarrollo y la aplicación de la racionalidad, que necesita tiempo, dejando espacio simplemente a la inteligencia y a la acción inteligente, que se dirige a soluciones y éxitos a corto plazo. En este contexto de inmediatez, circulan las fake news y los memes se difunden como virus mediáticos que fomentan la infodemia, la cual es “ resistente a la verdad ” (Han, 2022, 42).

En este escenario, se produce el fin de la acción comunicativa y la prevalencia de la racionalidad digital sobre la racionalidad comunicativa. A estas dos cuestiones salientes Byung-Chul Han dedica respectivamente el tercer y el cuarto capítulo, poniendo de relieve el proceso de aislamento del individuo dentro de “burbujas digitales”, que interrompen e infringen la acción comunicativa. A este respecto, el capítulo pone de relieve que “[l]a democracia es una comunidad de oyentes ” y que “[l]a comunicación digital como comunicación sin comunidad destruye la política basada en escuchar” (Han, 2022, 55). Esencialmente, escuchamos solo a nosotros mismos, en un círculo sin duda no virtuoso en el que falta la representación que, según sostenía Hannah Arendt, asgura la presencia del otro y que es un componente esencial de la comunicación. De hecho, según Hannah Arendt dilucidaba, “el pensamiento político es «representativo» en el sentido de que «el pensamiento de los demás siempre está presente»” (Han, 2022, 45). En este sentido, Han remarca ulteriormente que “[l]a representación como presencia del otro en la formación de la propia opinión es constitutiva de la democracia como práctica discursiva ” (Han, 2022, 45). Estas dinámicas no son compatibles con la comunicación digital de los enjambre digitales, que no forman “un colectivo responsable y políticamente activo” (Han, 2022, 44): los followers , es decir, los nuevos súbditos de las redes sociales se dejan amaestrar por los “inteligentes influencers ” (Han, 2022, 44) [5] . En este contexto, sostiene Han, los followers son individuos que han sido despolitizados: “[l]a comunicación en las redes sociales no es ni libre ni democrática”, y “[e]l smartphone como aparado de sometimiento es todo menos un Parlamento móvil” (Han, 2022, 44). Estamos lejos de la ilusión de una democracia directa en el estilo teorizado por Pierre Lévy en su ensayo Inteligencia colectiva , donde los medios de comunicación habrían debido consentir una democracia digital aún más directa –en términos de inmediatez de la participación– que la propia “democracia directa”.

El propio concepto de acción comunicativa, que se fundamenta en el intercambio de “afirmaciones de validez que pueden ser aceptadas y discutidas” no es compatible con la comunicación digital, en la que los individuos son encerrados en sus respectivas burbujas digitales. Según Han pone de relieve, “la creciente atomización y narcisificación de la sociedad nos hace sordos a la voz del otro[...] [y] [t]ambién conduce a la pérdiad de empatía” (Han, 2022, 49). El impacto es profundo y contundente, puesto que más tiempo pasamos en internet, más nuestro filtro burbuja, en las palabras de Han, se llena de información que a uno le gusta, lo cual refuerza las creencias individuales. De esta forma, se consolidan los convencimientos individuales y se vuelve cada vez más dificil distinguir la identidad de la opinión personal de cada uno, que acaban sobreponiéndose. A este proceso, se suma el cierre tribalista, es decir de las tribus digitales constituidas por los followers y guiadas por los influencers, que se cierran en sí mismas, selccionan la información y la utilizan para sus políticas de identidad. Estas tribus consolidan las omunicación sin comunidad, y no son capaces acción política. El resultado, junto con la desfactificación y descontextualización del mundo (Han, 2022, 51) [6] es una dictadura tribalista de opinión e identidad que carece de toda racionalidad comunicativa” (Han, 2022, 54).

Esta última, por ende, ha sido remplazada por la racionalidad digital, que Han indaga en el penúltimo capítulo de su ensayo, en el que, ante la erosión de la acción comunicativa, recuerda un crucial interrogante formulado por Habermas, es decir “¿[c]ómo mantener una esfera pública en el mundo virtual de la red descentralizada [...], una esfera pública con circuitos de comunicación que incluyan la población?” (Han, 2022, 58). Han explora la perspectiva de los dataístas, según los que el Big Data y la inteligencia artificial representan un “equivalente funcional de la esfera pública hoy a punto de desmoronarse” (Han, 2022, 58). En este contexto, “[e]l discurso se sustituye por los datos [...] [y] el procesamiento algorítmico tiene que incluir a toda la población” (Han, 2022, 58), siendo el algoritmo capaz de escuchar mejor que los humanos, según los dataístas. Los algortimos y su fundamental papel determinan una transformación, la recionalidad se entrelaza con el aprendizaje y la racionalidad digital se sutituye a la racionalidad comunicativa. La concepción del individuo que estas dos formas de racionalidad contemplan es distinta: la libertad individual y la autonomía no encajan con el conductismo digital de los dataístas. En esta óptica, “el comportamiento de un individuo puede predecirse y controlarse con precisión” (Han, 2022, 66), lo cual lleva a la concepción de que, equipando a los individuos con sociómetros, se pueda pasar de la minería de datos a la minería de la realidad elaborada por Alex Pentland. De esta forma, gracias a la disponibilidad de los datos, recordando la perspectiva de Jean-Jacques Rousseau –lo cual podría espontaneamente inducir al lector a pensar en el Contrato Social – y su concepción de la racionalidad aritmética, sería posible utilizar un algoritmo para definir la voluntad general. Los estadisticos serían remplazados por los dataístas, y la voluntad general se podría identificar librándola de la multitud de las opiniones individuales y sus conflictos, que suelen por lo contrario alimentar el debate político en el sistema basado en los partidos políticos –lo cual no implica la definición no de la voluntad general, sino conlleva la prevalencia de la opinión política más fuerte sobre la otra o las demás–. Byung-Chul Han observa que no es facil conciliar la visión conductista del ser humano con los principios democráticos. De hecho, “[e]n el universo dataísta, la democracia cede al avance de una infocracia basada en datos y preocupada por optimizar el intercambio de información” (Han, 2022, 69). Ante este escenario, Han recuerda la respuesta, casi una exhortación, de Shoshana Zuboff, que se opone “empáticamente” a la visión dataísta del individuo, invitando los seres humanos a renovar la democracia preservando la conexión entre la voluntad y los espacios públicos. Necesitamos sentir, tener consciencia de los que nos están quitando.

La sensacion de pérdida que el lector percibe alcanza su auge en el último capítulo de Infocracia , que se adentra en la “Crisis de la verdad”. Se trata, en concreto, de la culminación del proceso que Han desglosa y analiza minuciosamente en su obra, desvelando la profundidad –radical– de la crisis que vivimos y que afecta tan íntimamente la democracia. Se trata, nos advierte Han, de un “nuevo nihilismo [que] se extiende en nuestros días” (Han, 2022, 71). Este nuevo nihilismo ya ha superado el nihilismo de los valores teorizado por Nietzsche, y consiste en el “fruto de las distorsiones patológicas de la sociedad de la información” (Han, 2022, 71). Han aclara la diferencia que existe entre las mentiras y las fake news : las mentiras suponen un implícito reconocimiento de la verdad fáctica como punto de partida para posteriormente negarla. La negación de la verdad que la mentira representa, paradojicamente confirma y refuerza la facticidad de la verdad; por lo contrario, las fake news la negan, la desestructuran, la manipulan y producen una nueva y falsa narración, un proceso que se complementa con la manipulación del lenguaje. En efecto, “[l]as noticias falsas no son metiras[, sino] [...] [a]tacan a la propia facticidad[,] [...] [d]esfactifican la realidad” (Han, 2022, 74). Emblemáticamente, en el año 2005, The New York Times recurrió al neologismo truthiness , acuñado por Stephen Colbert, para describir la crisis de la verdad. Esta expresión se refiere a la verdad como “impresión subjectiva que carece de toda objetividad, de toda solidez factual” (Han, 2022, 75). Es un proceso que ya se ha podido observar a nivel histórico: Hanna Arendt, en su obra Los orígenes del totalitarismo , dilucidó cómo estas dinámicas se observan en Mi lucha de Adolf Hitler; el propio Colbert volvió a utilizar el término truthiness para dirigirse a su desconfianza en los libros, porque se limitan a los hechos y carecen de corazón. La desfactificación, de hecho, no pertenece a la cultura de los libros, sino es una distorsión patológica de la era digital. Para dilucidar la desfactificación, Han recurre también una obra literaria paradigmática distópica como 1984 , donde este proceso sistemático de desfactificación, ese nihilismo de la verdad se concretizaban en la propia actividad del Ministerio de la Verdad, donde el empleado y protagonista de la novela Winston Smith se dedicaba –en las palabras de Han– a este fraude universal, a la mentira total que también invadía el lenguaje y producía el newspeak .

Con lucidez y con un profundo espíritu crítico, Han desglosa y resalta los componentes de la crisis de la verdad. Pone de relieve que la política de fake news del Presidente de Estados Unidos Donald Trump –que el filósofo destaca como figura que suele recurrir a las noticias falasas para desfactificar la verdad y remplazarla por la truthiness – sólo es posible en un régimen informativo desideologizado. En concreto, el orden digital suprime generalmente la firmeza de lo fáctico, hasta del ser, al totalizar la productibilidad.

La sociedad de la información es una sociedad de la desconfianza y que refuerza la experiencia de la contingencia: falta, como Han viene progresiva y firmamente afirmando en su obra, la dimensión temporal paulatina y la esfera dialéctica del debate y del intercambio crítico de opiniones. Faltan la acción de la comunicacíon y la racionalidad comunicativa. La sociedad, de esta manera, está bien informada pero desorientada y, sin verdad, se llega a la desintegración de la sociedad.

Sin embargo, Han no deja al lector sin una perspectiva alternativa. Las páginas finales de la obra suenan como una concientización sobre nuestro papel en la sociedad. Han recuerda las palabras pronunciadas en su útlima conferencia por Michel Foucault –que a su vez, se refería al historiador griego Polibio–, en las que resuena una consciencia profética del advenimiento de la crisis de la verdad. Foucault hizo hincapié en dos conceptos, la parresía y la isegoría : la primera consiste en el coraje de decir la verdad y supone la segunda, que se funda en el derecho de todo ciudadano a expresarte libremente. De todas formas, la isegoría no se identifica simplemente con la libertad de expresión, sino que va más allá del derecho constitutcional a tomar la palabra y permite a los individuos decir lo que estiman verdaderamente cierto. De esta manera, destaca Han, la parresía “obliga a las personas que actúan políticamente a decir lo que es verdad, a preocuparse por la comunidad, utilizando «el discurso racional, el discurso de verdad»” (Han, 2022, 87). De hecho, la parresía crea comunidad.

Recorriendo algunos pilares del pensamiento filosófico a través de Platón, Sócrates y Arendt, Han aclara los puntos conclusivos de su obra, una especie de legado para el lector, una advertencia que no podemos pasar por alto. El filósofo remarca que, en la democracia, la dynasteía , el ejercicio del poder, no es ciega. Ella necesita mantenerse conectada con la parresía , lo cual no ocurre en nuestra sociedad. Ni siquiera la filosofía dice la verdad. Remontando al dominio de los mitos de Platón, Han critica la actual concepción –podríamos decir, desviada– de parresía, que se entiende como la libertad de decir cualquier cosa, incluso las fake news . Ya no existe el régimen de la verdad y, tal y como ocurre en el mito de la caverna, nadie cree a los que intentan llevar la luz de la verdad. Ella, la luz de la verdad, se apaga por completo en la caverna digital, que “nos mantiene atrapados en la información” (Han, 2022, 91) y, encima, no existe un exterior de la caverna de la información. En las palabras de Han, el furte ruido de la información, que difumina los contornos del ser, se contrapone a la verdad que no hace ruido. La divergencia se refiere también a la dimensión temporal: una vez más se remarca la falta de duración de la información, su contingencia. Según destacó Arendt, en vez, la verdad, la comunicacíon, con su duración estabilizan la vida. La verdad es un sostén que arespalda la firmeza del ser, mientras en el “orden digital, la verdad deja paso a la fugacidad del ser” (Han, 2022, 91).

Las palabras finales de la obra son contundentes y emotivas: “en la sociedad de la información posfactual, el pathos de la verdad no va a ninguna parte. Se pierde en el ruido de la informción. La verdad se desintegra en polvo informativo arrastrado por el viento digital. La verdad habrá sido un episodio breve” (Han, 2022, 92).

El lector decide como acoger las palabras de Byung-Chul Han. Puede acogerlas con resignación o como un estimulo a expresar su parresía, a tener el coraje de derramar luz en la caverna digital y contrarrestar la fugaz contingencia de la información y la disrupción de las noticias falsas.

Analizando críticamente la obra de Han, se puede observar que las herramientas a disposición del lector son múltiples: ante todo, el ejecicio de la isegoría para corregir las patologías de la dynasteia. Los ámbitos donde ejercer nuestro coraje de decir la verdad son varios, y corresponden a las esfera de nuestra vida privada online y de nuestra vida pública, de citoyens en el más auténtico sentido que nos ha entregado la Revolución francesa. Éste es el punto de partida para recuperar una genuina dimensión política, para volver a ser el ánthropos zoon politikón aristotélico y, para conseguirlo, necesitamos volver apoderarnos del espacio y del tiempo de la democracia, promover una acción y una racionalidad comunicativas.

A este respecto, necesitamos no solo un bioestatuto para el ser humano – para tomar a préstamo la sugerente expresión de Maria Chiara Tallacchini. Necesitamos desarrollar un bio-psico-estatuto.

Los juristas, a este propósito, tenemos una responsabilidad particular, que se deriva del conocimiento del derecho. Infocracia , en esta óptica, representa una valiosa guía para orientarnos en los complejos tiempos de la era digital y algorítmica.

El ensayo, de hecho, entrega un análisis que se adentra escrupulosamente y con lucidez en los procesos que nos afectan de una forma holística: la desmaterialización del cuerpo y del ser humano, nuestra proyección en una realidad desestructurada y desfactificada a través de las pantallas. Nos volvemos transparentes, manipulables, desamparados. Byung-Chul Han, tal y como Hans Christian Andersen en El traje nuevo del emperador , desvela una verdad que todos miramos pero que nadie realmente ve. Hemos entregado nuestra libertad y nuestra parresía a la sociedad digital, renunciando a la libertad de autodeterminarnos, informarnos y desarrollar nuestras propia opniones. Nos hemos encerrado en burbujas digitales dejando fuera nuestra identidad. En vez de protegernos, nos hemos encerrado en una celda digital que nos deja desamparados y que rompe las conexiónes de la representación con los demás y con un forum democrático, un ágora de la democracia.

Las conexiones de Infocracia con el derecho, especialmente el derecho internacional público y el derecho de la Unión Europea, son múltiples e interesantes. Se refierien primariamente a la crisis del Estado de Derecho y la crisis de la democracia.

La concientización de la crisis de la verdad que Han nos ofrece en su contundente ensayo nos proporciona las lentes, que funcionan como la luz platónica –y no como las gafas de Google– para interpretar y aplicar las herramienas jurídicas disponibles y leer la evolución con la que el derecho se está enfrentando. Con esta lucidez, para pensar en algunos paradigmáticos ejemplos, podemos dirigirnos al reciente Convenio Marco del Consejo de Europa sobre inteligencia artificial, derechos humanos, democracia y Estado de Derecho, así como a la Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea. Además, podemos leer según una perspectiva renovada el Reglamento General de Protección de Datos y la Law Enforcement Directive .

Los juristas necesitamos colaborar a nivel global, para evitar que las dinámicas infocráticas sean las protagonistas que redefinen conceptos y categorías de primaria importancia, como el de soberanía, desmaterializado en el ciberespacio y en las interacciones online . China ya viene demostrando su visión según la que la protección de datos y la ciberseguridad son una cuestión de soberanía y la propia Unión Europea ha adoptado el lenguaje de soberanía digital.

Han proporciona las herramientas para prepararnos a responder a estos retos, nos indica el camino oportuno para evitar que el viento digital siga desintegrando la verdad y, podemos añadir, los derechos. Un paso importante es justamente la adopción del leguaje de los derechos para contrarrestar la truthiness , la narración falsa, la manipulación, así como la vulneración del ádyton del ser humano, su íntimo núcleo informativo. La elaboración de un bio-psico-estatuto que incluya elaboraciones tan avanzada como los neuroderechos –una valiosa respuesta a las intrusión de las psicopolíticas– es una solución viable y necesaria.

La lectura de Infocracia proporciona a los juristas las herramientas necesarias para enfrentarse con estos retos.

De todas formas, la claridad expresiva que caracteriza el estilo de Han permite al ensayo dirigirse a una audiencia de lectores amplia y variegada. Infocracia , de hecho, es una obra relevante para todos los que sean interesados a indagar y comprender la auténtica esencia de nuestra sociedad y de nuestra actualidad. La obra es breve y ágil, y sin duda significativa y elocuente.

La aportación de Infocracia al escenario doctrinal es destacada e innovadora, incluso pionera, por indagar cuestiones novedosas y de crucial relevancia en nuestra actualidad según un enfoque valiente y original. La obra, en efecto, innova y enriquece un escenario que, hasta la fecha, no ha pasado por alto la importancia del advenimiento de las nuevas tecnologías, la democracia, el Estado de Derecho y los derechos. A este respecto, a título de ejemplo, se pueden recordar Homo videns. La opinión teledirigida y Videopolítica de Giovanni Sartori, los trabajos de Stefano Rodotà (por ejemplo, Una Costituzione per Internet? , Il diritto di avere diritti , e Il mondo nella rete. Quali i diritti, quali i vincoli ), La dittatura del calcolo de Paolo Zellini o, más recientemente, Hipnocracia de Jianwei Xun (curiosamente, el filósofo hongkonés ficticio que representa el resultado del experimento llevado a cabo con dos rogramas de IA por el ensayista y editor italiano Andrea Colamedici, para desarrollar la teoría según la que el nuevo régimen de la hipnocracia induce un trance funcional permanente de la conciencia colectiva a través de la modulación algoritímica).

La originalidad y la actualidad de la obra, que fue publicada en España en el año 2022, no solo siguen invariadas sino que aparecen aún más intensas a la luz de la cronicidad y de la intensificación de las dinámicas y de los retos abordados por Byung-Chul Han.

Infocracia , por lo tanto, representa, por su elocuencia y su aportación, una obra de recomendada lectura, que podrá ser el punto de partida o una oportunidad para profundizar el conocimiento del pensamiento de uno de los filósofos más destacados y thought-provoking de nuestros tiempos.


[1] Tal y como se describe en la propia portada de la obra, en la siguiente edición: Han, B.-C. (2024). En el enjambre . Herder.

[2] Según lo describe Han en su obra En el enjambre , mencionada anteriormente.

[3] Énfasis añadido por la autora.

[4] Énfasis añadido por la autora.

[5] Esta expresión, especialmente el adjetivo inteligentes” es utilizado por Han en sentido mencionado anteriormente, es decir la “inteligencia” que remplaza la racionalidad en el espacio y en el marco temporal del mundo digital y algorítmico.

[6] Que Han describe, más específicamente como un mundo caracterizado por la globalización y una hiperculturalización de la sociedad que vienen “disolviendo los contextos culturales ylas tradiciones que nos anclan en un común mundo de vida” (Han, 2002, 51).