Autores: Barosio, Michela, Dag Boutsen, Andrea Čeko, Haydée De Loof, Johan De Walsche, Santiago Gomes, Harriet Harriss, Roberta Marcaccio, Mia Roth-Čerina, Carla Sentieri, Neal Sashore, Federica Vannucchi, y Hanne Van Reusel.
Carlos Tapia. Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Departamento de Historia, Teoría y Composición Arquitectónicas. Universidad de Sevilla. ctapia@us.es https://orcid.org/0000-0002-4868-0178
DOI: https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2025.i39.14

Hará como unos diez años —quizá algo más— que, como docente en arquitectura, fui consciente de mi propia antinomia, la de creer ser autónomo, en el sentido que la arquitectura pretende ser desde la década de 1960, personificado en un autor que canaliza su creatividad no solo en mi oficio sino también en la formación de otros que entenderán que querrán ser también así. Pero, al mismo tiempo, y aquí está lo contradictorio, al formar parte de la academia y de la vía disciplinar del ejercicio de la arquitectura, estaba en un equilibrio inestable por engranarme en una maquinaria que rueda por una inercia olvidada. Así pues, descubrí, que lo que yo creía ser no era más que un supuesto verso libre atrapado en un cuerpo dependiente, subordinado y heterónomo. Más aún, asumí la imposibilidad de recomponer la larga desafección de la profesión con la sociedad que hacía casar mal lo que en formación arquitectónica impartía en mi universidad con lo que los egresados iban a enfrentar en el perversamente llamado mercado de trabajo.
Lo constaté por dos situaciones. La primera fue un email de un colegio de secundaria que buscaba profesionales para ayudar a sus estudiantes a canalizar sus vocaciones, si es que las tenían. Era un email de la dirección de la Asociación de Padres y Madres del instituto de mi hija. Yo me ofrecí por creerme un docente, un universitario y un arquitecto —ya puede llegar a ser uno atrevido—, habida cuenta, además, del retroceso en matrículas que experimentaba mi Escuela (la ETSAS). La respuesta me dejó paralizado: no les interesaban los arquitectos, sino profesiones con futuro, es decir, matemáticos, abogados o médicos. La matriculación en arquitectura no era una cuestión de gestión a tratar de forma interna, sino que ya evidenciaba un conocimiento generalizado de crisis del sector.
La segunda fue un poco después y, sumada a la ya descrita, se tornó una preocupación hasta hoy. Dije en clase, el primer día de clase, cuarto año —es decir, a uno de poder empezar a trabajar como asalariado y a dos para trabajar como profesional libre— que mi curso preparaba también para enfrentar el destino de muchos egresados: ése por el que no construirán nunca nada. La reacción fue más que visceral, fue agresiva y descortés. Esos estudiantes entendían que estaban allí para construir en su sociedad en el corto plazo según el canon de lo que las y los arquitectos deben ser.
En un momento en que, una década después, la arquitectura sigue debatiéndose entre su vocación disciplinar, su implicación sociocultural y su viabilidad profesional, Architecture’s Afterlife (Routledge, 2024) irrumpe como una obra necesaria. No se trata de un libro sobre arquitectura, sino sobre lo que ocurre cuando la arquitectura deja de ser arquitectura en sentido estricto. A través de una investigación paneuropea, el texto revela que una proporción significativa de egresados en arquitectura no ejerce como arquitectos, y lejos de tratarlo como una anomalía, lo interpreta como una expansión de la disciplina hacia territorios inesperados. Esta “vida después” de la arquitectura no es una renuncia, sino una reconfiguración, que era lo que yo deseaba para mis estudiantes. Y lo sabía porque los mejores estudiantes que había tenido, formados con las mejores becas para ampliar conocimiento en otras universidades internacionales, aprovechando los programas de movilidad europea, trabajaban como desarrolladores de software para la optimización de datos en concursos de arquitectura, creadores de plataformas digitales para coworking en empresa propia de alcance planetario con base en Reino Unido, artista sonoro en Berlín, profesora freelance, profesora de idiomas en instituto de secundaria, escenógrafos digitales para videojuegos, artesanos, controlador aéreo, asesor en cooperación internacional, etc. Refiero esos casos más allá de la pandemia, que hizo estragos entre los estudios de arquitectura o la falta de proyectos como para mantener una oficina con rentabilidad. Eso es otra historia, trágica, la de la diáspora hacia otros trabajos para lograr ingresos (taxista, profesor de academia de idiomas, franquicia de venta de zapatos y un largo etc.). Me refiero a los que, teniendo las mejores capacitaciones y deseo de trabajar como arquitectos iniciaron carreras profesionales en otros ámbitos por distintas razones propias sin menoscabo de su satisfacción por desarrollo personal, pero con síntesis en los dos casos que he relatado: desconexión de la profesión con la sociedad y una rígida definición de lo que la práctica de la arquitectura debe ser.
A pesar de la escasez de datos, las estimaciones disponibles indican un índice sistemáticamente bajo de contratación de arquitectos: entre el 0,2-0,3% en España, y entre el 0,3-0,5% en el Reino Unido, principalmente en relación con proyectos residenciales. Aunque el sector de la arquitectura en Europa se mantiene estable, con unos 620.000 arquitectos en ejercicio y un creciente énfasis en la sostenibilidad, sigue enfrentándose a importantes retos demográficos y digitales (Consejo de Arquitectos de Europa, 2023; ONU-Hábitat, 2024). En Europa en términos generales hay unos 100 por cada 100 000 habitantes. En contraste, la profesión médica alcanza cifras mucho más elevadas: solo en la Unión Europea hay más de 1,8 millones de médicos en ejercicio, con una media de 393 por cada 100 000 habitantes. En conjunto, esto significa que hay entre cuatro y seis veces más médicos que arquitectos por población en el subcontinente.
Desde un enfoque epistemológico, el libro propone una idea provocadora: la arquitectura no es tanto una profesión como un modo de operar en el mundo. Esta afirmación desestabiliza el imaginario tradicional del arquitecto como figura central en la producción del espacio construido. En su lugar, se plantea que el pensamiento arquitectónico —con su capacidad para sintetizar, proyectar, coordinar y narrar— puede desplegarse en múltiples contextos, desde la política pública hasta el diseño de videojuegos. Esta transposición epistemológica obliga a repensar qué entendemos por arquitectura y qué tipo de saberes produce realmente su enseñanza.
Pedagógicamente, el libro es una crítica a la rigidez curricular de muchas escuelas europeas, que siguen formando al arquitecto generalista como si el mercado laboral fuera homogéneo y estable. La investigación muestra que muchas de las competencias más valiosas —comunicación, pensamiento estratégico, gestión de incertidumbre— no se enseñan explícitamente, pero emergen como subproductos del proceso formativo. Esta paradoja revela una desconexión entre lo que se enseña y lo que se necesita, y sugiere que la arquitectura podría beneficiarse de una pedagogía más abierta, menos centrada en el proyecto como fetiche y más atenta a las trayectorias múltiples que los egresados realmente siguen. Eso, si las renovaciones de los planes de estudio siguen acobardadas, en la misma inercia olvidada, ajenas a los cambios sociales estructurales o ungidas con la visión de que los que sí construyen, en un proceso de criba inmisericorde son los verdaderos arquitectos, íntegros e integrales.
El enfoque político del libro es quizás el más urgente. En el contexto de la Unión Europea, donde se presume una movilidad profesional garantizada, la figura del arquitecto generalista se revela como una ficción institucional. Las diferencias en regulación, idioma, economía y cultura hacen que el ejercicio profesional sea profundamente desigual entre países miembros. Architecture’s Afterlife denuncia esta miopía y propone que, en lugar de insistir en una profesionalización cerrada, las escuelas deberían reconocer y potenciar la capacidad de sus egresados para intervenir en otros sectores. En todo caso, esta propuesta no es una concesión al fracaso, sino una afirmación de la potencia transversal del pensamiento arquitectónico, aunque no esconde cierta frustración. Una dimensión crítica que emerge del estudio es la falta de consenso sobre el posicionamiento sectorial de la arquitectura en Europa, lo que refleja profundas diferencias en cómo se entiende la profesión en cada país. El libro revela que, en el Reino Unido, la arquitectura se inscribe dentro del Departamento de Cultura, Medios y Deporte, formando parte de las industrias creativas junto a disciplinas como el diseño gráfico, la música y las artes visuales. Esta clasificación sugiere una visión cultural y simbólica de la arquitectura más cercana a la producción artística que a la técnica constructiva. En contraste, Alemania la sitúa dentro del sector de la construcción, lo que implica una concepción más técnica e industrial, vinculada a procesos productivos y normativas de obra, aunque tiene sus otras escuelas no técnicas. España, por su parte, la reconoce como un sector autónomo, lo que podría interpretarse como una afirmación institucional de su especificidad profesional, aunque no necesariamente acompañada de una estructura laboral coherente. En Italia, la arquitectura se ubica dentro del ámbito “profesional, técnico y científico”, lo que la asocia a saberes especializados y colegiados, pero también la diluye entre otras profesiones reguladas. En algunos informes europeos, además, se la incluye dentro de las industrias creativas, lo que añade ambigüedad a su definición. Esta disparidad semántica sectorial no es meramente administrativa: tiene implicaciones directas en la movilidad profesional, el reconocimiento de competencias y la competitividad del sector. El informe The European Architectural Sector señala que, aunque en muchos países europeos la arquitectura se reconoce como un sector autónomo, las regulaciones —como los requisitos de colegiación profesional— limitan la movilidad internacional de los arquitectos, tanto dentro como fuera de la Unión Europea. Esta fragmentación normativa y conceptual contribuye a que muchos graduados opten por abandonar la profesión y buscar oportunidades en otros sectores, donde sus competencias arquitectónicas pueden ser reconocidas de manera más flexible y efectiva. El diagnóstico no olvida el porcentaje de arquitectos por número de habitantes que, siendo bajo, no alcanza a tener un trabajo continuado y estable de manera autónoma. Sorprende cómo los planes de estudios en arquitectura en España, presionados por los colegios profesionales, se mantengan en una férrea defensa de un título que no permite ejercerse con facilidad, siendo unos estudios de larga duración, alto coste y especial dificultad.
La estructura del libro Architecture’s Afterlife se organiza en cuatro partes que, lejos de ser compartimentos estancos, funcionan como una secuencia argumentativa que va desde la problematización conceptual hasta la propuesta transformadora. La primera parte, dedicada al contexto, terminologías y metodologías, establece el marco teórico y operativo de la investigación. Aquí se cuestiona qué entendemos por “arquitectura” y se explicita la metodología empleada —una combinación de encuestas, entrevistas y análisis cualitativo a nivel europeo— que permite dimensionar el fenómeno de la no-práctica profesional entre arquitectos titulados. La segunda parte se centra en la arquitectura como identidad y pensamiento transponible. Se argumenta que la formación arquitectónica genera una forma de pensar que excede el campo disciplinar, y que esta capacidad de operar en contextos diversos es una fortaleza subestimada por las instituciones educativas. En esta sección se exploran las competencias duras y blandas que emergen del proceso formativo, muchas de ellas no enseñadas explícitamente, pero fundamentales en la inserción laboral fuera del ámbito tradicional. La tercera parte aborda la relación entre arquitectura y trabajo, cuestionando el valor del título profesional en un mercado fragmentado y explorando cómo los egresados negocian colectivamente su lugar en el mundo laboral, a menudo en condiciones precarias o híbridas. Se discuten también las implicaciones de la arquitectura en la vida personal, revelando una sobrecarga —pervasividad— que trasciende el horario laboral y que influye en la manera en que los arquitectos —y exarquitectos— se relacionan con su entorno. Finalmente, la cuarta parte ofrece una serie de conclusiones y propuestas que apuntan a reformar la pedagogía, la política institucional y la concepción misma de la profesión. Se plantea que los desajustes entre formación y práctica no deben ser vistos como fallos, sino como oportunidades para expandir el alcance de la arquitectura. Esta última sección no cierra el debate, sino que lo abre hacia nuevas formas de entender la vida profesional post-arquitectónica, proponiendo una arquitectura que sobrevive y se transforma más allá de sus límites convencionales.
Este libro —el estudio Architecture's Afterlife encuestó a 2637 personas de 65 países y realizó 49 entrevistas en profundidad con graduados de arquitectura que trabajaban como arquitectos y en otros sectores, relacionados y no relacionados con la arquitectura— no ofrece soluciones técnicas ni recetas curriculares. Lo que propone es un cambio de mirada: dejar de ver la arquitectura como una línea recta que va de la escuela al despacho, y empezar a verla como un rizoma que se extiende hacia múltiples formas de práctica. En tiempos de crisis ecológica, laboral y epistemológica, esta apertura puede ser no solo deseable, sino necesaria. El estudio, financiado por Erasmus+, se desarrolló durante tres años y recopiló datos de miles de egresados en arquitectura en Europa. Una de sus cifras más contundentes indica que casi el 40% de los graduados en arquitectura no ejercen como arquitectos. Esta estadística, lejos de ser marginal, revela una transformación estructural en la relación entre formación y práctica profesional que ojalá hubiera tenido en su momento para mostrar en mi clase de cuarto año.
Una de las transformaciones estructurales más reveladoras es la formación en arquitectura por microcredenciales.
El auge de las microcredenciales en la formación arquitectónica en Europa responde a una transformación profunda en la manera en que se concibe la educación superior, especialmente en disciplinas como la arquitectura, donde la rigidez curricular y la profesionalización tradicional han mostrado signos de agotamiento. Las microcredenciales, entendidas como certificaciones de experiencias de aprendizaje breves y específicas, han sido promovidas por la Unión Europea como una herramienta clave para fomentar el aprendizaje permanente, la empleabilidad y la inclusión educativa. Desde la adopción de la Recomendación del Consejo de la UE en junio de 2022, se ha impulsado un enfoque común que permita su desarrollo, implementación y reconocimiento transfronterizo. En el ámbito de la arquitectura, estas credenciales ofrecen una vía alternativa para adquirir competencias técnicas, digitales, sociales o medioambientales que no siempre están contempladas en los planes de estudio tradicionales. Su flexibilidad permite a los estudiantes y profesionales construir itinerarios formativos personalizados, adaptados a las demandas cambiantes del mercado laboral y a sus propios intereses. Además, las microcredenciales tienen el potencial de democratizar el acceso a la formación especializada, al ser ofrecidas por una amplia variedad de instituciones públicas y privadas, y al estar diseñadas para ser accesibles incluso para grupos vulnerables o desfavorecidos. En este contexto, la arquitectura se encuentra ante una oportunidad de renovación: integrar microcredenciales en sus programas podría significar abrir la disciplina a nuevas formas de práctica, reconocer saberes emergentes y facilitar la movilidad profesional dentro y fuera de Europa. Sin embargo, para que estas credenciales alcancen su pleno potencial, es necesario establecer estándares de calidad, transparencia y portabilidad que garanticen su valor académico y profesional. La Comisión Europea ha comenzado a trabajar en este sentido, apoyando ecosistemas de microcredenciales a través de plataformas como Europass y programas como Erasmus+, con el objetivo de consolidar un Espacio Europeo de Educación más flexible, inclusivo y conectado con la realidad del siglo XXI.
En cuanto a su despliegue real, un informe reciente del European Association for Architectural Education (EAAE, 2023) muestra que alrededor del 65% de las escuelas de arquitectura europeas ya ofrecen microcredenciales o certificados breves vinculados a competencias específicas. Entre las más recurrentes destacan las orientadas a diseño paramétrico y BIM (Building Information Modelling), sostenibilidad y eficiencia energética, patrimonio digital y participación comunitaria. Estos programas, que suelen durar entre 25 y 150 horas, han dado lugar a la profesionalización de perfiles emergentes: especialistas en modelado digital y gestión de datos para la construcción, consultores en economía circular aplicada a la edificación, facilitadores de procesos participativos urbanos, o gestores culturales digitales vinculados al patrimonio. Países como Finlandia, Países Bajos y Estonia lideran en volumen y diversidad de la oferta, mientras que España e Italia comienzan a consolidar itinerarios híbridos que combinan los títulos tradicionales con microcredenciales reconocidas por el sistema universitario europeo. Este panorama confirma que la arquitectura no se repliega, sino que expande sus márgenes a través de la certificación modular, generando un ecosistema laboral más plural y en sintonía con la transición verde y digital de la Unión Europea. En Sevilla, las microcredenciales arquitectónicas están en fase de expansión a través de propuestas vinculadas a entornos urbanos y tecnológicos. La Universidad de Sevilla, mediante programas como la Beca Santander Microcredenciales, ha lanzado cursos en áreas como Big Data, inteligencia artificial y sistemas de información geográfica aplicados a la planificación territorial —competencias cada vez más relevantes para la práctica arquitectónica. Por su parte, la Universidad Pablo de Olavide incluye en su oferta formativa microcredenciales relacionadas con urbanismo y ordenación del territorio, posicionándose como una opción complementaria para quienes busquen formación corta con impacto en disciplinas afines a la arquitectura.
En el Reino Unido, el esquema de microcredenciales está avanzando con solidez: el organismo Quality Assurance Agency (QAA) las define como cursos breves, acreditados y con capacidad de sumar créditos hacia titulaciones superiores, en marcos educativos que apuntan a facilitar la formación modular (por ejemplo, con el lanzamiento del Lifelong Learning Entitlement previsto para 2026). Aunque la oferta específica en arquitectura sigue siendo limitada, cursos como el microcredential en Design and Design Thinking de la University of Birmingham (10 créditos, 8 semanas, online) abren vías hacia certificaciones profesionales y programas de postgrado. Además, plataformas como FutureLearn agrupan microcredenciales impartidas por universidades reputadas, aunque mayoritariamente en ámbitos como negocios, tecnología y educación.
Lo que podemos valorar es que, a diferencia de los planes de estudio universitarios reglados, que suelen requerir largos procesos de reforma, las microcredenciales permiten adaptar la formación con rapidez a nuevas demandas sociales, tecnológicas o ambientales, formalizando aprendizajes que antes quedaban ocultos y ofreciendo a los futuros arquitectos una mayor flexibilidad para responder a contextos cambiantes. Las microcredenciales actuales pueden leerse como una reaparición, bajo nuevas formas, de lo que Philip W. Jackson (Margolis 2001) denominó en los años sesenta el hidden curriculum: aquellos aprendizajes no explícitos en los programas oficiales, pero fundamentales en la socialización y las competencias de los estudiantes. Mientras Jackson subrayaba cómo las escuelas transmitían normas, actitudes y jerarquías implícitas, hoy las microcredenciales en arquitectura formalizan precisamente esas habilidades “ocultas” —gestión digital, trabajo colaborativo, comunicación estratégica, sostenibilidad— que tradicionalmente se adquirían de manera marginal en la formación. En este sentido, las microcredenciales convierten en explícito y certificable un conjunto de saberes antes relegados a lo informal, ampliando las posibilidades profesionales de los egresados y evidenciando que lo periférico en los 60 se ha vuelto central en la educación superior contemporánea, poniendo asimismo en crisis nuestros sistemas basados en habilidades y competencias, tal y como refieren los capítulos 3 y 6 del libro.
Otro de los duelos que enfrentan los arquitectos en formación, tanto en Europa como fuera de sus fronteras, es el de la decolonización en la enseñanza de la arquitectura, aunque a los post-postmodernos esto les epate, como dejaron dicho al final del siglo XX cuando se preconizaba no leer a Shakespeare. Este desafío implica cuestionar críticamente los planes de estudio heredados de una tradición eurocéntrica, que ha privilegiado narrativas, estilos y epistemologías vinculadas a la modernidad occidental, marginando saberes locales, prácticas constructivas vernáculas y perspectivas no occidentales. La decolonización educativa busca abrir el espacio académico a epistemologías plurales, reconociendo el valor de conocimientos indígenas, afrodescendientes, mediterráneos, latinoamericanos o asiáticos, y su potencial para responder a crisis contemporáneas como el cambio climático o la desigualdad social. En la práctica, esto significa revisar los cánones arquitectónicos enseñados en las escuelas, diversificar las bibliografías, repensar los modos de representación y diseño, e integrar metodologías participativas que otorguen protagonismo a comunidades históricamente excluidas. Se trata no solo de una actualización pedagógica, sino de un cambio profundo en la concepción de la arquitectura como disciplina global, capaz de dialogar con múltiples tradiciones sin imponer una jerarquía cultural. Ese cambio comparte escenario con otro reto emergente en la formación de arquitectos es la incorporación del enfoque del ensamblaje humano–no humano en la enseñanza y práctica de la disciplina. Este paradigma, influido por teorías posthumanistas y ecológicas, invita a dejar atrás la visión antropocéntrica del diseño arquitectónico y urbano para reconocer que los espacios están configurados por interacciones complejas entre personas, materiales, infraestructuras, especies vivas y ecosistemas. Asumir este marco supone comprender que la arquitectura no se limita a construir para los humanos, sino que debe articular redes donde actúan también el clima, el agua, la biodiversidad, los residuos o las tecnologías digitales, todos ellos como agentes activos en la producción del espacio. En la formación académica, este enfoque implica dotar a los futuros arquitectos de herramientas para pensar en términos de sistemas socio-ecológicos, trabajar con metodologías transdisciplinarias y considerar que cada proyecto arquitectónico es un ensamblaje múltiple en el que conviven y negocian actores humanos y no humanos. Al hacerlo, se amplía la mirada hacia una arquitectura más inclusiva, resiliente y consciente de su papel en la sostenibilidad planetaria. Debe reconocerse que, en este ámbito, las escuelas de arquitectura sí están aportando innovación y formación de calidad, aunque aún no saben bien en qué parte de la ecuación entra lo no humano como diseñador y proyectista.
A la postre, a pesar de caracterizar muy minuciosamente cada punto de vista necesario, incluyendo los menos evidentes, como el del estado mental de un estudiante de arquitectura, el estudio Architecture’s Afterlife parece concluir que la condición generalista de los estudios de arquitectura es un excelente medio para garantizar empleabilidad a sus egresados. Diferente es verlo desde su contracara: no formamos arquitectos para una demanda de cultura cualificada espacial para nuestras sociedades, lo cual debería ser dicho en la primera de las clases que los docentes damos a nuestros estudiantes.
Referencias:
Margolis, Eric, ed. The Hidden Curriculum in Higher Education. New York: Routledge, 2001