Pedagogías híbridas para arquitecturas ex-nihilo / Hybrid pedagogies for ex-nihilo architectures / Pedagogias híbridas para arquiteturas ex-nihilo
Luque García, Eva1 ; Fernández-Valderrama Aparicio, Luz2
1. Universidad de Sevilla, Departamento de Proyectos Arquitectónicos, Escuela Técnica Superior de Arquitectura, España. eluque3@us.es https://orcid.org/0000-0003-1815-6698
2. Instituto Universitario de Arquitectura y Ciencias de la Construcción, Universidad de Sevilla, España. luzval@us.es https://orcid.org/0000-0002-2797-3406
Recibido: 16/06/2025
Aceptado: 13/09/2025
DOI: https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2025.i39.09
Resumen
En un contexto de crisis ecosistémica y social, este artículo presenta una investigación situada que explora el potencial de las prácticas performativas como metodología pedagógica en la enseñanza de la arquitectura. La experiencia, desarrollada en la asignatura Proyectos Arquitectónicos I de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla (curso 2023–2024), consistió en un laboratorio de tres semanas en el que el estudiantado trabajó con dinámicas de observación situada, intervención performativa y documentación reflexiva en escenarios urbanos reales. El objetivo fue ensayar una pedagogía del cuidado capaz de activar una lectura crítica del espacio público y de fomentar competencias proyectuales sensibles al contexto, lo común y lo afectivo. Las intervenciones —concebidas como acciones mínimas, gestos corporales o desplazamientos de objetos— operaron como dispositivos de resignificación simbólica, desestabilizando usos hegemónicos y abriendo grietas poéticas en la normatividad urbana. Más allá de su escala, la experiencia demostró su capacidad para funcionar como estrategia replicable en distintos niveles formativos, articulando puentes entre la enseñanza universitaria, la práctica profesional y el activismo urbano. En este sentido, la formación arquitectónica se concibe no solo como transmisión de conocimientos técnicos, sino como preparación para la práctica en un mundo atravesado por la fragilidad, la interdependencia y la necesidad de hospitalidad.
Palabras clave: arquitectura afectiva, cuidado, epistemología situada, espacio público, performatividad espacial.
Abstract
In the context of ecological and social crisis, this article presents a situated investigation into the potential of performative practices as a pedagogical methodology in architectural education. The experience, developed within the course Architectural Design Studio I at the Higher Technical School of Architecture of Seville (academic year 2023–2024), consisted of a three-week laboratory in which students engaged in situated observation, performative intervention, and reflexive documentation in real urban settings. The aim was to test a pedagogy of care capable of fostering a critical reading of public space and of cultivating design competences sensitive to context, the commons, and the affective dimension of space. The interventions —conceived as minimal actions, bodily gestures, or the displacement of everyday objects— operated as devices of symbolic re-signification, destabilizing hegemonic uses and opening poetic fissures within urban normativity. Beyond their scale, the experience proved its capacity to operate as a replicable strategy across different levels of design education, building bridges between university teaching, professional practice, and urban activism. In this sense, architectural education is understood not merely as the transmission of technical skills, but as preparation for practice in a world shaped by fragility, interdependence, and the demand for hospitality.
Key words: affective care, embodied epistemology, performative space, public space, relational architecture.
Resumo
No contexto da crise ecológica e social, este artigo apresenta uma investigação situada sobre o potencial das práticas performativas como metodologia pedagógica no ensino da arquitetura. A experiência, desenvolvida no âmbito da unidade curricular Projetos de Arquitetura I da Escola Técnica Superior de Arquitetura de Sevilha (ano letivo 2023–2024), consistiu num laboratório de três semanas em que os estudantes trabalharam com dinâmicas de observação situada, intervenção performativa e documentação reflexiva em cenários urbanos reais. O objetivo foi experimentar uma pedagogia do cuidado capaz de promover uma leitura crítica do espaço público e de desenvolver competências projetuais sensíveis ao contexto, ao comum e ao afetivo. As intervenções —concebidas como ações mínimas, gestos corporais ou deslocamentos de objetos quotidianos— funcionaram como dispositivos de ressignificação simbólica, desestabilizando usos hegemónicos e abrindo fissuras poéticas na normatividade urbana. Para além da sua escala, a experiência demonstrou a capacidade de funcionar como uma estratégia replicável em diferentes níveis de ensino projetual, articulando pontes entre a formação universitária, a prática profissional e o ativismo urbano. Neste sentido, o ensino da arquitetura entende-se não apenas como transmissão de competências técnicas, mas como preparação para a prática num mundo marcado pela fragilidade, pela interdependência e pela necessidade de hospitalidade.
Palavras-chave: arquitetura relacional, cuidado afetivo, epistemologia encarnada, espaço performativo, espaço público.
1. Introducción: Lo común como horizonte de proyecto
En los márgenes de la disciplina arquitectónica, donde el proyecto se desvincula de la forma, del programa o del encargo, emergen arquitecturas ex-nihilo. Ese desplazamiento opera haciendo porosas las lindes y tanteando los cruces entre el aprendizaje de la arquitectura y su oficio: del aula al hacer, del entrenamiento conceptual a la praxis situada. Lejos de surgir desde la nada, estas formas de habitar brotan en los intersticios: en los pliegues urbanos, en los detritos del espacio construido, en los tiempos interrumpidos. No responden a una lógica reactiva. Se enraízan en el gesto, el afecto y la escucha como formas radicales de afirmar lo posible. A diferencia de los esquemas proyectuales tradicionales, donde se anticipan un objeto y un propósito, aquí el diseño se repliega para dejar espacio a lo latente, a lo que aún no tiene forma, pero puede acontecer. Como señala Haraway (1988), toda forma de conocimiento situado nace desde una posición encarnada, con una perspectiva específica. Reconocerlo permite una actitud proyectual más honesta y responsable, lo que ella denomina “objetividad feminista”. Mirar, desde esa parcialidad comprometida, se convierte en un acto de responsabilidad epistemológica. Este texto se inscribe en un momento donde la arquitectura ya no puede pensarse sin considerar las crisis de lo humano y lo ecosistémico. La pandemia de la COVID-19, la intensificación de los efectos del cambio climático y la aceleración de la vida digital han desbordado los marcos disciplinarios tradicionales, exigiendo modos de pensar y enseñar arquitectura que reconozcan la fragilidad como condición común. En este escenario, el aula desborda su condición de observatorio para volcarse en ciudad, el cuerpo se convierte en herramienta proyectual y lo doméstico adquiere estatuto de resistencia simbólica; en ese umbral, se ensayan con naturalidad los encuentros entre formación y práctica, borrando contornos y abriendo intersecciones fértiles para una pedagogía del cuidado que también es oficio.
Este artículo presenta una experiencia pedagógica situada en torno a los cuidados, articulada mediante una serie de ejercicios performativos desarrollados a lo largo de tres semanas en la asignatura de Proyectos Arquitectónicos I de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla. Inscrita en una línea de trabajo iniciada más de una década atrás en el ámbito universitario (Fernández-Valderrama et al. 2019), la propuesta se actualiza con estas acciones que, concebidas como herramientas de aprendizaje para alumnos de primer curso, permiten ensayar una pedagogía femenina de los cuidados en el contexto del tejido urbano. El planteamiento que aquí se presenta parte de una convicción central: la enseñanza de la arquitectura no puede limitarse a la transmisión de destrezas técnicas, sino que ha de abrirse a una reflexión crítica sobre los modos de habitar y sobre la capacidad de imaginar otras formas posibles de vida compartida. En este marco, el trabajo se propone indagar en el alcance pedagógico de la acción performativa como dispositivo de ideación y de examen crítico capaz de resignificar el espacio urbano. La investigación adopta los cuidados como posición situada y se sostiene en una sensibilidad afín a lo femenino entendido como actitud proyectual. Esta noción de lo femenino trasciende la categoría de género para referirse a una disposición crítica que privilegia la escucha, la apertura y la capacidad de acompañar procesos sin imponer soluciones formales. Frente a la lógica de la autoría o de la espectacularidad, esta mirada proyectual se orienta hacia aquello que enlaza, que repara y que se deja atravesar por el contexto.
Desde esta posición, la acción performativa se comprende como una forma de conocimiento situado, encarnado y relacional. Al tiempo que interroga la preparación de los estudiantes para la práctica profesional y posibilita reformular el vínculo entre formación académica y mundo real. Lejos de limitarse a enseñar a proyectar según los cánones convencionales, estas prácticas proponen aprender a habitar con atención crítica, a leer los signos del entorno, a reactivar situaciones simbólicas olvidadas, a sostener vínculos que tienden a deshacerse. El aprendizaje irrumpe desde lo situado, en una experiencia compartida que activa el conocimiento más allá de una transmisión unidireccional del saber. En este marco, el espacio público deja de percibirse como un lugar a intervenir para revelarse como una superficie porosa, que se recorre, se roza y se cuida. Una idea en sintonía al reclamo de “flânerie es femenino” de Reyes Gallegos (2018, 16). En un contrapunto del flâneur, esa figura que, celebrada por autores como Baudelaire o Walter Benjamin, excluía casi por completo a las mujeres, quienes no tenían el mismo acceso libre y seguro al espacio público. Ahora, aparece como una respuesta crítica y creativa a esa exclusión en la noción de la flâneuse. Autoras como Janet Wolff (1985) o Lauren Elkin (2019) han explorado cómo las mujeres también caminan, observan y experimentan la ciudad, pero desde una posición marcada por la vigilancia, la sexualización o la invisibilidad. La flâneuse, en lugar de interpretarse simplemente como una versión femenina del flâneur, es una figura que desvela cómo el género condiciona la experiencia urbana y cómo esta diferencia puede convertirse en potencia crítica. En su caminar atento, la investigación proyectual en torno al espacio se transforma en acto performativo. Las acciones mínimas, en apariencia insignificantes —sentarse, mirar, barrer, desplazar un objeto— se manifiestan como formas encarnadas de pensamiento. Deleuze hablaba de una arquitectura del acontecimiento, capaz de dejar atrás la lógica de la representación para desplegarse como expresión. Esta búsqueda se inicia en ese umbral: no sobre lo consolidado, sino en la insinuación que asoma, en lo que aún no tiene forma, pero insiste en hacerse presente.
Inspiradas en autoras como Weil (1996) o Rendell (2006; 2017), estas experiencias proponen una pedagogía híbrida, necesariamente abierta, que articula lo corpóreo, acción, escucha y atención en una práctica arquitectónica porosa y expandida. En este contexto, el concepto de cuidado se despliega como una epistemología encarnada, una forma de atención situada que se aparta de la lógica de la monumentalidad y encuentra lugar en lo precario, más que en la producción de objetos. Tal como propone López-Canti (2022), cuidar es también un modo de proyectar, de sostener aquello que no tiene aún forma. En un contexto atravesado por formas de colapso tanto ecosistémico como humanista —donde las fronteras entre naturaleza y cultura, entre cuerpo y tecnología, se diluyen— estas arquitecturas de generación ex nihilo se rigen por la lógica de la emergencia, más que por la de la producción. Son proyectos que no persiguen un objeto definido, carecen de encargo o función evidente, y encuentran sentido precisamente en esa indeterminación. Pero es ahí, en ese vacío contingente, donde anida la potencia transformadora de la arquitectura: el espacio se concibe sin límites precisos, como un umbral ambivalente en constante formación, que permite recomponer vínculos y refundar las ciudades desde lo común, lo residual y lo intersticial (Carlos 2008; Sadin 2020; Pardo Torío 2011). En esta apertura, la pedagogía del cuidado se enlaza con el oficio, proponiendo la hospitalidad como agencia proyectual: más que un gesto accesorio, una capacidad activa de incidir en la configuración ética y material del habitar. Así, la formación arquitectónica deja de limitarse a preparar estudiantes “listos para la práctica” y se orienta también a formar sujetos capaces de sostener la incertidumbre y ejercer la hospitalidad como principio operativo en un mundo atravesado por el colapso.
2. Genealogías críticas: feminismo, afectos y pedagogía urbana
Plantear una pedagogía arquitectónica híbrida que incorpore la topografía afectiva de los cuidados como dimensión proyectual exige revisar genealogías críticas que han erosionado el canon moderno de la disciplina. Frente a la clásica oposición entre teoría y práctica, esta formación híbrida se despliega como constelación metodológica donde la huella proyectual se afirma como operación autónoma en sí misma. Pensar el espacio público desde lo femenino exige desestabilizar sus fundamentos: además de su distribución material, se cuestiona la gramática simbólica que lo sostiene.
Simone Weil, en A la espera de Dios (1996), sitúa la atención como la forma más elevada de conocimiento. Lejos de entenderla como simple concentración intelectual, la define como una disposición espiritual que exige vaciarse de sí para acoger la realidad en su plenitud. En esta perspectiva, atender equivale a amar, escuchar y vincularse con el otro. Este planteamiento abre un horizonte pedagógico que desplaza el énfasis desde la forma, la autoría o la espectacularidad hacia un proyecto concebido como proceso receptivo y sensible a los afectos. Dentro de esta genealogía se inscriben las prácticas doméstico-políticas de Mierle Laderman Ukeles, que muestran cómo el barrido, la repetición o la atención sostenida pueden convertirse en conocimiento. En su Manifesto for Maintenance Art (1969), Ukeles exigía visibilizar el trabajo reproductivo como acto artístico (Ukeles y Duvshani 2019). Martha Rosler, por su parte, denunció las lógicas del consumo y la representación del espacio doméstico mediante performances y fotomontajes que desplazaban el foco de la obra construida hacia el signo encarnado, la ironía política y la reapropiación semiótica (Ortuño-Mengual y Lapeña-Gallego 2018). Ambas autoras permiten concebir la experiencia pedagógica como un ensamblaje micropolítico de inscripción y desvío sobre lo cotidiano. En esta misma línea, Joan Tronto (2020) y María Puig de la Bellacasa (2017) amplían la noción de cuidado, desplazándolo del ámbito privado a una dimensión política y material. Para Puig, cuidar es también una forma de conocimiento situado, una disposición crítica hacia aquello que nos sostiene. Verónica Gago (2019), aporta claves contemporáneas al pensar redes de cuidados expandidos que reformulan el sentido mismo del aprendizaje: el pensamiento no es abstracto, sino que surge de experiencias encarnadas, expectativas y memorias colectivas; no es fragmentario, sino situado en una perspectiva específica que convierte cada vivencia en un punto de entrada a la realidad; tampoco es estático, pues se desarrolla en el calor de los acontecimientos que transforman los paisajes políticos y subjetivos.
El gesto performativo se convierte, así, en plano de inmanencia de lo común. Carolee Schneemann, en Up to and Including Her Limits (1973–1976), expandió la pintura más allá del lienzo suspendiéndose en un arnés y trazando con su cuerpo líneas que convertían el espacio en superficie coreográfica. Su acción respondía a Pollock desde una perspectiva feminista: frente al gesto masculino proyectado sobre el lienzo, Schneemann se sumergía en el espacio pictórico, desplazando el acto creador hacia la corporeidad activa y autónoma (Reilly 2011). Con ello subvertía la noción del artista-genio, proponiendo el cuerpo femenino como medio artístico y territorio de resistencia. En el ámbito de lo imperceptible las prácticas de Sissel Tolaas, Tania Bruguera, Laia Estruch y Cecilia Vicuña configuran arquitecturas que no se construyen, simplemente acontecen. Lo imperceptible —el olor, el aliento, el temblor, la espera— asciende aquí a condición espacial. Tolaas modela atmósferas olfativas como cartografías de lo no dicho: compone paisajes olfativos que no se ven, pero que afectan, inscribiendo el miedo o el deseo en el aire que compartimos. Bruguera convierte la quietud del cuerpo en herramienta de interrupción política: en Tatlin’s Whisper (2008), el silencio y la exposición corporal irrumpen como arquitectura de disenso. Laia Estruch en Ocells Perduts V67 (2022) trabaja el cuerpo suspendido en voz: una fono-arquitectura donde la vibración del diafragma tensiona el espacio, y lo audible se convierte en estructura. Vicuña, desde el lenguaje de lo débil —hilos, piedras, polvo—, activa lo precario como potencia de mundo. En sus precarios, lo que se sostiene es el vínculo, no la forma. En todas ellas, el gesto mínimo deviene traza radical, huella que desborda los límites disciplinarios. Desbordan los límites de la disciplina para mostrarnos que la arquitectura no es siempre lo que permanece: es aquello que toca, transforma y desaparece dejando memoria. Desde la filosofía, Alain Badiou (2006) entiende el acontecimiento como ruptura que inaugura una nueva verdad, mientras Jean-Luc Nancy (2001) concibe la comunidad como exposición mutua de cuerpos, sin esencia fija, tejida desde la diferencia. Estas aportaciones permiten pensar la pedagogía arquitectónica como práctica ontológica donde la vibración mínima —afectiva, cotidiana, persistente— reconfigura modos de habitar y aprender.
A esta constelación se suma la propuesta de Jane Rendell, cuya noción de site-writing desarrollada en Art and Architecture: A Place Between (2006) constituye un giro decisivo en el modo de pensar la crítica arquitectónica. Rendell plantea una relación estrecha entre crítica espacial y escritura situada, entendiendo que el acto de escribir no es solo una operación discursiva, sino también una forma de intervenir en el espacio y de producir conocimiento desde la experiencia encarnada y contextualizada. En este enfoque, el texto se convierte en lugar intermedio (a place between) que opera como un umbral en el que se cruzan teoría, práctica y experiencia, desdibujando las fronteras entre lo académico, lo artístico y lo proyectual. La escritura deja de ser un mero instrumento de análisis para asumir la performatividad del espacio: escribir es construir recorridos, activar memorias y generar resonancias afectivas que configuran una cartografía crítica. Esta primera aproximación se prolonga en su noción de critical spatial practice (2017), donde Rendell profundiza en las intersecciones entre teoría, arte y arquitectura como formas de resistencia encarnada; aquí, escritura y acción proyectual se conciben como modos de investigación espacial anclados en lo somático, lo afectivo y lo subjetivo. Más recientemente, Resistant Spatial Practices (Rendell et al. 2023) amplía esta línea de trabajo al situar las prácticas espaciales críticas en el marco de las urgencias contemporáneas —crisis climática, desigualdad de género, exclusión social y propone metodologías que articulan escritura, arte y arquitectura como dispositivos colectivos de resistencia. De este modo, el pensamiento de Rendell traza una trayectoria coherente que va del site-writing a las prácticas espaciales críticas, ofreciendo claves pedagógicas para reconocer, tanto en la escritura como en la performatividad, medios capaces de alojar lo vulnerable, sostener vínculos y activar conocimientos alternativos.
El desplazamiento del trazo hacia el cuerpo entero —cuando la acción produce espacio y el gesto se convierte en inscripción— se vincula con la noción deleuziana de acontecimiento: una arquitectura que se despliega como expresión en continuo devenir, alejada de la lógica representacional. En ese horizonte, el agenciamiento, concebido como composición móvil de cuerpos, afectos y materiales, permite leer la configuración pedagógica como un ensamblaje temporal en transformación constante (Deleuze y Guattari 2002). El espacio se entiende en su definición como producto social: cristalización de relaciones, prácticas e imaginarios (Lefebvre 2013), y se interpreta desde las tácticas cotidianas capaces de subvertir las estructuras institucionales (Certeau 2002). La ciudad aparece entonces como un campo de disputa simbólica donde el gesto mínimo puede convertirse en acto disidente. Lo femenino, entendido como actitud proyectual, sostiene esta relectura metodológica. Situar el cuidado desde lo femenino implica colocarlo en el centro de una genealogía crítica que reanuda los vínculos entre arquitectura y vida. En el cruce entre atención, intervención y presencia, el aula se transforma en un laboratorio de hospitalidad epistemológica, mientras la ciudad se revela como archivo latente de vínculos por activar. La acción performativa inscrita en el cuidado, concebida como forma de acción pública, permite repensar el proyecto arquitectónico como acto de sostén más que de invención, como emergencia más que como representación. De este modo, el performar deja de funcionar como simple escenificación para afirmarse como el núcleo más radical del proyecto. La acción situada y encarnada, en lugar de aparecer como consecuencia del proyecto, lo articula desde su origen.
3. Metodología: pedagogía performativa para el cuidado del espacio urbano
La metodología de esta investigación se sustenta en una pedagogía híbrida articulada a través de dinámicas de observación situada, intervención performativa y documentación reflexiva, desplegadas en escenarios urbanos reales. Esta estructura metodológica se concretó en una experiencia teórico-práctica de carácter proyectual, desarrollada durante tres semanas en la asignatura Proyectos Arquitectónicos I de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla (curso 2023–2024). El propósito fue habilitar entornos de experimentación desde los que explorar el alcance de las acciones mínimas —prácticas de domesticación efímera o trazos afectivos capaces de cuidar y transformar el espacio— como detonantes de procesos de resignificación simbólica en lo urbano. A través de estas experiencias, el estudiantado aprendió a leer el entorno desde una perspectiva situada y sensible, reconociendo el cuidado como dimensión tanto proyectual como ética. Las intervenciones se concibieron como prototipos proyectuales, elaborados desde una aproximación autoetnográfica y performativa que articula cuerpo, acción encarnada y territorio en una epistemología situada del espacio. El proceso formativo buscó implicar directamente al estudiantado en una dinámica que trasciende la transmisión convencional de conocimientos. En este sentido, se propuso que fueran ellos mismos quienes diagnosticasen críticamente los modos de uso del espacio público, situando su aprendizaje en relación con las condiciones sociales, simbólicas y materiales que lo configuran. La performatividad convirtió el cuerpo del estudiante en herramienta de conocimiento, activando una reflexión situada que transformó, a un tiempo, la percepción del entorno y los propios modos de habitar. Con ello, la formación académica buscó enlazar con la práctica profesional mediante la promoción de una conciencia espacial basada en cuidado, hospitalidad y atención: actitudes proyectuales imprescindibles en el contexto contemporáneo. La propuesta se estructuró en tres fases —diagnóstico del espacio público, intervención performativa y reflexión crítica—, desplegados en sesiones que combinaron trabajo de campo, discusión teórica, ejercicios proyectuales y análisis colectivo.
La fase inicial, centrada en la contextualización específica, comenzó con un ejercicio de mapeo afectivo del entorno urbano, denominado “Safari Urbano”. Mediante caminatas, derivas, pausas de observación y registros foto-sonoros, el estudiantado reconoció márgenes, vacíos intersticiales y áreas en disputa desde una percepción encarnada, más próxima al cuerpo que a la instrumentalidad técnica. El ejercicio dialogó con la pedagogía del aprender caminando de Francesco Careri (Alonso Sanz y Careri 2022), que articula arte, activismo, exploración y aprendizaje experiencial para propiciar reflexión, diálogo y transformaciones en el espacio urbano. El trabajo se acompañó de lecturas breves, visionado de piezas de videoarte, relatos de experiencias previas y elaboración de cartografías emocionales. En clave weiliana, la atención se concibió aquí como forma de conocimiento: una disposición receptiva que permite escuchar lo que el lugar tiene para manifestar. A partir de este reconocimiento, cada estudiante seleccionó un escenario susceptible de ser activado, lo argumentó ante el grupo y propuso una intervención. Las propuestas fueron discutidas colectivamente y validadas mediante votación, conformándose equipos de trabajo para su desarrollo y ejecución. La segunda fase correspondió al diseño y realización de la acción performativa. En ella, el cuerpo se constituyó en herramienta proyectual y el gesto en acto de inscripción crítica. El alumnado llevó a cabo microintervenciones en el espacio urbano a partir de objetos cotidianos, rutinas domésticas o gestos reiterados, con el fin de interrumpir lógicas hegemónicas de uso, revelar capas simbólicas y abrir grietas sensibles en la normatividad urbana. Estas acciones, alejadas de toda espectacularidad, se inspiraron en referentes como Ukeles, Rosler, Tolaas, Bruguera, Estruch o Vicuña, y se concretaron en propuestas tales como el desplazamiento de mobiliario doméstico a lugares inhóspitos, recorridos con carritos de supermercado o apropiaciones lúdicas de espacios infrautilizados. La tercera fase se orientó a la devolución crítica, concebida como espacio colectivo de pensamiento a partir de la experiencia vivida. El grupo compartió materiales, emociones, interrogantes y aprendizajes, mediante relatos colectivos, edición de vídeo, paneles y textos reflexivos. La evaluación se centró menos en criterios formales y más en la capacidad de escucha, la apertura simbólica y la intensidad de la experiencia compartida. Se aplicó un acompañamiento cualitativo basado en indicadores como la implicación, la capacidad de agencia, la calidad del diálogo y la sensibilidad hacia el contexto. Diarios reflexivos, mapas afectivos post-acción, registros narrativos y debates colectivos permitieron recoger el impacto pedagógico desde una mirada procesual y situada.
El vínculo de estas fases, entendidas como dispositivos docentes flexibles, abrió una deriva progresiva hacia el pensamiento crítico y la acción encarnada. Las intervenciones se configuraron como performances urbanas latentes —gestos micropolíticos desplazados, tácticas de domesticación efímera, cartografías afectivas— que desestabilizaron el orden espacial establecido e introdujeron otras formas de habitar. La metodología se fundamentó en el enfoque autoetnográfico (Ellis et al. 2011), donde observar implicó implicarse: una presencia afectiva que participa activamente en el acto de conocer. A ello se sumó un marco performativo en el que la implicación situada operó como medio de indagación, articulando saberes tácitos, emociones, corporalidades y espacialidades en un mismo plano de experiencia. Este enfoque se vio reforzado por la Pedagogía de la autonomía de Paulo Freire (1996), que subraya la dimensión ética de la enseñanza como acto liberador y dialógico (Freire 2008). En esta perspectiva, enseñar deja de centrarse en la transmisión de contenidos para orientarse a la creación de condiciones que favorezcan el pensamiento crítico. La pedagogía crítica fomenta así la formación de sujetos conscientes de su entorno, comprometidos con su transformación y con la construcción colectiva del saber. El rol docente se desplaza: ya no transmite desde la autoridad, sino que acompaña desde la vulnerabilidad compartida. En paralelo, el concepto de plasticidad formulado por Catherine Malabou aporta una dimensión contemporánea clave. Entendida como la capacidad de generar y deshacer forma (Malabou 2009; Hogstad y Malabou 2021), la plasticidad permite concebir el aprendizaje arquitectónico como proceso abierto, atravesado por rupturas y discontinuidades. En este marco, el proyecto deja de ser reproducción de modelos para convertirse en dispositivo de transformación subjetiva, capaz de imaginar modos inéditos de estar en el mundo desde una ética de lo inestable y de lo por venir. La repetición de acciones mínimas —sacar mobiliario doméstico al espacio público o trasladar rutinas de cuidado a contextos inesperados— se resemantiza como iteración crítica, donde la experiencia se convierte a la vez en archivo y en herramienta de aprendizaje. Cada implicación situada deviene anotación proyectual; cada gesto mínimo, una forma de conocimiento encarnado.
La conjunción entre performatividad, afecto, autonomía y plasticidad configura un método pedagógico que aleja de la búsqueda de verdades objetivas o replicables y se orienta hacia una implicación radical con lo sensible, lo situado y lo emergente. Técnicas como los mapeos afectivos, la escritura reflexiva o la documentación audiovisual enriquecen el trabajo de campo al actuar como formas propias de pensamiento proyectual, más allá de su papel técnico. Estas herramientas permiten reconfigurar la mirada sobre el entorno y componer una narrativa sensible del proceso. La escritura de lo vivido, por ejemplo, actúa como una traducción afectiva: verbaliza lo indecible, da forma a lo fugaz y habilita un espacio para validar saberes no hegemónicos. Lejos de buscar una verdad objetiva o replicable, la metodología persigue activar modos de atención crítica sobre lo cotidiano, generando una ecología pedagógica en la que el aprendizaje se inscribe en la práctica situada, la interdependencia y el vínculo transformador. En este ecosistema de aprendizaje, la arquitectura se entiende como forma proyectual expandida, como ejercicio de hospitalidad hacia lo otro, y como práctica política del cuidado encarnado.
En este contexto, la propuesta metodológica se centra en activar procesos que trascienden la idea de una simple secuencia de las intervenciones. Procesos vivos. En ellos, la interacción se convierte en tecnología epistémica: escucha, inscripción y transformación simbólica del espacio desde una presencia corporal comprometida. No hay aquí abstracción posible. La educación nunca ocurre en el vacío; se inscribe siempre en un territorio específico, atravesado por relaciones de poder, vínculos afectivos y experiencias corporales que la condicionan y la activan. Esta conciencia de lo situado permite concebir la praxis como una herramienta de transformación, en lugar de una simple transmisión de saberes. Desde esta perspectiva, los cuidados se revelan como núcleo pedagógico. Enseñar es también crear las condiciones para que algo pueda acontecer: habilitar un espacio de acogida donde el conocimiento circule y, al mismo tiempo, se geste de forma colectiva. La educación se entiende así, como una práctica radical de cuidado, donde el acompañamiento, la escucha y la hospitalidad simbólica reemplazan a la imposición, el juicio o la competencia. Aprender implica, en consecuencia, reconfigurar la relación con el mundo, con los otros y con aquello que somos en lo sensible. Porque el pensamiento también tiene corporeidad. Toda operación intelectual está encarnada, afectada, atravesada por lo sensible. Asumir esta premisa obliga a revisar nuestras prácticas docentes desde una ética de la presencia, donde el gesto, la atmósfera y el ritmo lento se tornan dispositivos de conocimiento. En este contexto, el cuerpo se afirma como territorio de aprendizaje, más que como simple soporte: que recuerda, que se afecta, que resiste. Y es en esta tensión —entre la experiencia y el saber, entre la vivencia y el mundo— donde toma forma una pedagogía como práctica de resistencia, orientada a transformar las condiciones simbólicas que hacen posible, o imposible, el habitar.
4. Intervenciones y desplazamientos: prácticas performativas de reapropiación simbólica
Las actuaciones desarrolladas en el marco de esta experiencia formativa no operan como representaciones ni simulacros; se activan como dispositivos de reapropiación simbólica del espacio urbano. Lejos de buscar una monumentalidad formal, estas intervenciones operan como acciones situadas mínimas que interrumpen el flujo normativo de lo cotidiano, instaurando una pausa, una fricción, una posibilidad. Como plantea Carlos Tapia (2023), la praxis puede ser entendida como una forma de cura del ser, no en términos terapéuticos, sino como acto de restitución simbólica de aquello que ha sido expulsado del proyecto: la experiencia encarnada, la vida, lo común. Desde esta perspectiva, el ámbito urbano se transforma en campo de ensayo proyectual, donde lo arquitectónico se redefine como interfaz de relaciones, afectos y memorias.
Los resultados dejan de entenderse como el fin del proceso y pasan a concebirse como el medio para activar aprendizajes encarnados. Se presentan como herramientas docentes flexibles que permiten ensayar con lo mínimo, lo doméstico y lo relacional como formas de pensamiento proyectual, donde el estudiantado experimenta modos de habitar críticos, capaces de cuestionar los usos normativos del espacio y visibilizar lo excluido. La propuesta metodológica, estructurada en tres fases —diagnóstico, intervención performativa y reflexión—, se acompaña de rúbricas concebidas como criterios de evaluación que valoran tanto el resultado final como la implicación del estudiante, su capacidad de observación crítica, la sensibilidad proyectual y la transformación personal. En este sentido, la evaluación se concibe como una práctica de cuidado, como una forma de atención pedagógica que reconoce la singularidad del proceso y la potencia de lo mínimo como gesto transformador. La aplicación de estas rúbricas, diseñadas para ser utilizadas por docentes en contextos de enseñanza proyectual, especialmente en talleres de arquitectura, arte o diseño urbano que incorporen metodologías situadas y enfoques feministas del cuidado. Su aplicación permite visibilizar aprendizajes que suelen quedar fuera de los marcos evaluativos convencionales: la escucha, la presencia, la afectación, la ética del vínculo y la capacidad de sostener lo común. Más que medir, estas rúbricas buscan acompañar (Fig. 1). Funcionan como dispositivos de lectura del proceso, como herramientas para activar la reflexión crítica y como marcos para reconocer el valor pedagógico de las acciones performativas en el espacio urbano. En su conjunto, constituyen una cartografía evaluativa que se alinea con los principios de una pedagogía del cuidado: atenta, situada y transformadora.

Fig. 1 Rúbricas de evaluación: Pedagogía situada del cuidado. Fuente: Elaboración Propia.
De las quince acciones desarrolladas por los cuarenta y cinco estudiantes participantes, tres resultaron especialmente significativas por su capacidad de activar reflexión crítica y obtener los mejores resultados en las rúbricas: ArteGorrilla, Supermarket Lady y Me mudo a la calle. En el caso de ArteGorrilla, la acción se llevó a cabo en un aparcamiento próximo a la Plaza de España. La propuesta recuperaba la figura del “gorrilla” —presencia habitual en la economía informal urbana— como referencia conceptual para repensar los usos no institucionalizados del espacio. Sobre un vehículo estacionado se extendió una sábana blanca, convertida en soporte colectivo de inscripción mediante huellas, pigmentos y gestos compartidos. El acto de cubrir el automóvil desplazaba su función utilitaria hacia un plano simbólico; posteriormente, al extenderse en el suelo, la tela operaba como superficie de archivo. La intervención dialogaba con la estética relacional y con las tácticas cotidianas de invención espacial (Bourriaud 2016; Certeau 1996), activando una constelación conceptual desde lo marginal. Al convertir la superficie de un aparcamiento en soporte artístico, se subvertía su uso previsto —pasivo y utilitario— mediante una “microresistencia” poética que reinterpreta lo residual como lugar de expresión crítica. Más que transformar físicamente el espacio, la acción revelaba significados latentes vinculados a lo táctico, lo afectivo y lo efímero. Para el estudiantado, el ejercicio abrió la posibilidad de pensar arte y arquitectura como prácticas entrelazadas, capaces de contaminarse y reforzarse en lo cotidiano. De este modo, se reconocía el valor del gesto mínimo y de la economía informal como formas legítimas de producción espacial, desplazando la idea de intervención hacia un posicionamiento relacional y compartido (Fig. 2).

Fig. 2 Performance ArteGorrilla, 2023. Intervienen: Paula Cortés Ramírez, Sara Navarrete Bueno y Martina Sánchez Sánchez. Fuente: Elaboración Propia.
Supermarket Lady, inspirada en la escultura hiperrealista de Duane Hanson (1969), consistió en resignificar un muro publicitario urbano, habitualmente percibido como superficie pasiva saturada de estímulos. En este caso, el hallazgo de un soporte compuesto únicamente por carteles de eventos culturales evocaba la lógica de la hiperrealidad baudrillardiana, donde los signos sustituyen a las cosas y el espectáculo se impone sobre la experiencia. La secuencia cromática de los anuncios reproducía la disposición de productos en un supermercado; frente a este fondo, una figura femenina inmóvil, con un carrito desbordado, activaba una ironía inquietante que perturbaba al transeúnte y sugería un colapso simbólico. Más que representar a la compradora, la acción encarnaba la absorción del cuerpo, del arte y de la crítica por una economía visual que convierte todo en mercancía. Su eficacia residió en el giro paródico que devolvía el objeto al sistema estético del consumo como detonante de dislocación perceptiva (Powell 2025). La intervención abría una tensión entre lo familiar y lo inquietante, interrogando hasta qué punto la cultura se consume con la misma automatización con la que se eligen productos envasados. Documentada en vídeo, generó un fuerte impacto en los y las participantes, demostrando cómo es posible construir una narrativa crítica a partir de materiales ordinarios. Para el estudiantado, significó una experiencia reveladora: permitió leer el espacio urbano como dispositivo de consumo simbólico y reconocerse como cuerpo capaz de interrumpir sus lógicas mediante la alteración perceptiva (Fig. 3).

Fig. 3 Performance Supermarket Lady en la calle, 2023. Intervienen: Kamila Kononova, Antonio Paramés Romero y Claudia Rubio Senso. Fuente: elaboración propia.
En un registro más narrativo se situó Me mudo a la calle, una coreografía urbana que trasladó objetos domésticos de un piso compartido hasta un enclave anodino de la ciudad. La intervención, concebida en tres actos, se inició con una procesión de muebles transportados en fila india, a modo de migración muda. El segundo momento transformó el espacio elegido —sin atributos ni identidad— en un salón improvisado, dispuesto en el exterior como estancia efímera que interpelaba al peatón desde la disonancia. Finalmente, la escena se activó mediante actividades domésticas sin retórica —leer, tender la ropa, preparar un café—, gestos cotidianos que, al ser descontextualizados, adquirían densidad poética. La mudanza se convertía así en manifiesto, tensando los límites entre lo íntimo y lo compartido, entre lo funcional y lo simbólico (Fig. 4). Para el grupo participante, la experiencia actuó como ejercicio de renaturalización del espacio urbano: una manera de pensar el proyecto arquitectónico como dramaturgia situada de lo ordinario, capaz de conmover desde la mínima alteración del orden establecido.

Fig. 4 Performance Me mudo a la calle, 2023. Intervienen: Lucía Ramos Catalina, Manuel González Jiménez, Zineb Ben Moussa Karmim. Fuente: elaboración propia.
Trascendiendo el alcance inmediato de cada intervención, la experiencia mostró su potencial como estrategia pedagógica replicable en distintos niveles de enseñanza proyectual. La economía de medios, la apertura metodológica y la autonomía del estudiantado favorecen su aplicación tanto en etapas iniciales como avanzadas. Su valor no radica en la escala ni en la sofisticación formal, sino en activar una mirada crítica al espacio entendido como campo de resonancia simbólica, afectiva y política. Estas intervenciones forman parte de una ecología pedagógica en la que cuerpo, objeto e inscripción constituyen un ensamblaje epistémico desde el cual pensar y aprender de manera situada. La repetición de gestos mínimos, la documentación reflexiva y la producción de cartografías afectivas funcionan como dispositivos de aprendizaje expandido que fomentan una sensibilidad crítica en el habitar. Desde la disciplina, este conjunto de prácticas desplaza la enseñanza de la arquitectura hacia una epistemología procesual y situada que, en lugar de sustituir las herramientas proyectuales clásicas, las tensiona y abre nuevas preguntas. Siguiendo a Rendell (2017), se trata de prácticas espaciales críticas que rehúyen la lógica de lo espectacular y se activan en la potencia de lo cotidiano, explorando tensiones, memorias y afectos como formas sensibles de conocimiento. En un escenario de colapso ecosistémico y agotamiento de los imaginarios modernos del habitar, estas experiencias ensayan modos de proyecto abiertos que cuidan, escuchan y alojan; proyectan sin construir y construyen al proyectar otras maneras de estar. Al mismo tiempo, las metodologías trazan puentes entre enseñanza universitaria, creación artística y activismo urbano. El entrecruce entre arte público, pedagogías feministas y ocupaciones simbólicas del espacio común ofrece un terreno fértil para repensar la ciudad en un plano que excede el diseño, como ámbito de disputa, escucha y construcción de vínculos. El proyecto, así, trasciende el aula y se despliega hacia redes colaborativas, prácticas interdisciplinares y formas más porosas de implicación profesional.
5. El proyecto como gesto que cuida
La noción de cuidado encarnado a través de la performatividad —asociada a la fragilidad, la dependencia y la interrelación— se plantea aquí como input fundamental para una pedagogía híbrida que entiende la enseñanza proyectual como práctica situada. El cuerpo deja de ser un instrumento subordinado a la forma y se afirma como agente epistémico que escucha, sostiene y transforma. En esta perspectiva, el espacio público deviene escenario expandido, la forma proyectual se inscribe como acto crítico y el vínculo se reconoce como materia arquitectónica. Estas prácticas reformulan el proyecto como interrogante abierto, atento a una ética del sostén y a la fragilidad del presente, más que a la resolución técnica. Entendido como sensibilidad crítica, lo femenino orienta el acto proyectual desde el cuidado, la atención y la hospitalidad, lejos de visiones esencialistas. Puede hablarse así de una epigénesis pedagógica de los cuidados y el pensar situado, especialmente desde marcos feministas y críticos. El conocimiento emerge en la fricción entre mundos disonantes, donde lo arquitectónico se abre como territorio de resonancia y sensibilidad. La pedagogía híbrida que aquí se propone activa procesos de subjetivación en los que experiencia, medio y vínculos interdependientes configuran una interfaz relacional. El performar se entiende como modo de habitar la pedagogía: cuidado expandido, coreografía crítica entre cuerpos, especies y lenguajes materiales.
Estas genealogías confirman que la pedagogía arquitectónica no puede desligarse de las prácticas de cuidado, ni de lo encarnado como fuente de conocimiento, ni de la inscripción afectiva como modo de proyectar. El diseño se desplaza del objeto hacia una práctica que lee e interviene afectivamente en lo común. Como señala Letícia Kayser (2025), la hospitalidad se constituye hoy como nuevo paradigma ético, en diálogo con pensadoras como Simone Weil o Donatella di Cesare. En la misma línea Francesco Careri (2023) reivindica en Hospedar/se la capacidad de las prácticas colectivas para alojar lo vulnerable y repensar el habitar como experiencia compartida, más que como producción de objetos. La hospitalidad, entendida como acto de reciprocidad que reconoce al huésped como portador de cultura y don, se convierte en un valor arquitectónico esencial. Mientras Carlos Navas (2021) advierte que vivimos un "tiempo de cuidados", donde otras formas de estar en el mundo se tornan imprescindibles. Así entendido, el proyecto transforma el concepto de espacialidad mientras repara, cuida y resiste desde lo simbólico y lo afectivo, en un tiempo de colapso.
En este marco, la enseñanza de la arquitectura se desvincula de los cánones productivistas y tecnológicos para abrirse a lógicas de hospitalidad y vulnerabilidad. Tal como plantearon Tronto y Fisher en los años noventa, el cuidado puede entenderse como una acción densa y multiforme, cargada de implicaciones éticas, políticas y espaciales, lejos de cualquier pasividad o subordinación (Garrau 2015; Tronto y Fisher 1990). Trasladado al campo proyectual, este enfoque supone desplazar el énfasis del control hacia la escucha, del dominio formal hacia la disponibilidad afectiva. En lugar de acelerar procesos hacia un resultado objetual, las prácticas analizadas revelan el potencial de la temporalidad lenta, del ensayo, del error y de la repetición como forma de conocimiento espacial. La forma de intervenir se transforma en cuidado cuando propicia vínculos: entre cuerpos, tiempos y modos de habitar. En las experiencias estudiadas, esta intervención sutil se manifiesta en operaciones mínimas pero elocuentes: sacar una silla al umbral, colocar una alfombra en la plaza, compartir el descanso con desconocidos. Más que producir objetos, estas acciones activan situaciones de acogida, modos de estar con otros. En lugar de diseñar espacios tradicionales, lo que se configura son presencias arquitectónicas porosas. El proyecto se redefine así como práctica de hospitalidad en clave derridiana, donde acoger implica exponerse a lo imprevisto, a la alteridad que desajusta y transforma, como apertura radical a lo inesperado, como figura que desestabiliza (Derrida 2006; Herrero 2018).
Estas formas de cuidado proyectual exigen estructuras metodológicas que operen desde la apertura, la escucha y la validación de saberes subalternos. No se trata solo de cambiar el método. Se trata de transformar la actitud investigadora. En este marco, la investigación propone un modelo de acompañamiento crítico orientado a diseñar condiciones que favorezcan la emergencia de prácticas situadas, articuladas desde la relación, el contexto y la afectación, en lugar de imponer soluciones predeterminadas. Esta actitud investigadora habilita un marco hospitalario desde el cual observar, intervenir y pensar colectivamente lo urbano como campo de inscripción simbólica. El rol docente se desplaza hacia una presencia atenta, disponible, que asume su vulnerabilidad como parte del aprendizaje. Ya no dirige. Escucha. Bajo esta lógica, la evaluación se orienta menos al resultado que al trayecto: un recorrido sensible donde lo corpóreo y el afecto participan del proceso. El proyecto que cuida se mide por la fuerza de sus relaciones, más que por la precisión o exactitud técnica que alcanza. Estas implicaciones desbordan el ámbito académico: proponen otra manera de entender lo proyectual en la práctica profesional. Una arquitectura que cuida no es necesariamente blanda, ni decorativa, ni asistencial. Puede ser radical, crítica, subversiva. Pero siempre implicará un compromiso con la fragilidad del mundo, con su mantenimiento, su reparación y su apertura. Frente al colapso ecosistémico y humanista, esta forma de hacer arquitectura desde el cuidado puede leerse como una práctica de resistencia.
6. Conclusión: hacia una arquitectura del cuidado encarnado
La investigación aquí desarrollada pone en evidencia el potencial transformador de una práctica arquitectónica que articula cuerpo, afecto y acción situada como dispositivos epistémicos. Lejos de responder a corrientes pasajeras o adaptaciones coyunturales, estas acciones se inscriben en una genealogía crítica de experimentación proyectual que encuentra en la noción de cuidado una vía para recomponer los fundamentos éticos, políticos y espaciales de la disciplina. La arquitectura del cuidado encarnado no se plantea como un estilo ni como una especialización técnica. Es una cuestión de actitud, una forma de operar que coloca en el centro la fragilidad del mundo y la interdependencia de quienes lo habitan. En un contexto de agotamiento de los modelos disciplinarios tradicionales —y frente al colapso ecosistémico y simbólico— estas arquitecturas ex-nihilo emergen como pilares de atención radical. No aspiran a producir ni resolver, sino a sostener vínculos, reanimar memorias y propiciar condiciones de emergencia para lo común. La ciudad se despliega como archivo afectivo; la acción situada, como herramienta crítica; el espacio, como campo de inscripción. Desde este marco, el proyecto se reconfigura como gesto situado, capaz de alojar lo incierto, lo inacabado y lo compartido, integrando lógicas proyectuales que priorizan la escucha, la responsabilidad y la apertura al otro. En este desplazamiento metodológico y simbólico, las prácticas analizadas revelan el potencial de una arquitectura periférica: una forma de hacer que no suele reconocerse dentro del canon disciplinar, pero que incide de manera decisiva en la vida colectiva y en la configuración de lo común. Se trata de arquitecturas menores, frágiles e intermitentes, que no proyectan desde el poder sino desde la escucha; que no se imponen como forma, sino que aparecen como resonancia. Pensar la arquitectura desde lo periférico significa reactivar su dimensión crítica desde otros territorios: lo cotidiano, lo afectivo y lo situado. Estas prácticas, que operan en los márgenes simbólicos y espaciales de la disciplina, abren posibilidades. Imaginan otra práctica. Una práctica proyectual comprometida con la porosidad, la alteridad y la transformación.
Como sugiere Chantal Maillard (2017), solo una razón estética, que incorpore lo sensible, lo vulnerable y lo contradictorio, permite pensar una ética encarnada para nuestro tiempo. Esta razón, arraigada en la vivencia sensible y en el mundo, desafía las escisiones entre teoría y práctica, entre lo técnico y lo afectivo. Desde ahí, la arquitectura que cuida se convierte en una poética de la presencia, donde la actitud, antes que el objeto, es la medida del proyecto. En esta misma línea, Izaskun Chinchilla (2020) propone una "ciudad de los cuidados" que reordena las prioridades espaciales desde una triple intersección entre salud, economía y medioambiente. Su planteamiento reconoce que la arquitectura y el urbanismo han de asumir, de forma explícita, su papel en la sostenibilidad de los vínculos afectivos y en la redistribución del tiempo y los recursos del cuidado. De igual modo, la lectura feminista del espacio propuesta por Nuria Álvarez Lombardero (2023) subraya la potencia política de los dispositivos afectivos y relacionales, situando los cuidados como herramientas de activación urbana, crítica institucional y transformación simbólica. Esta genealogía permite vincular las pedagogías híbridas con una larga historia de prácticas espaciales sostenidas la sensibilidad compartida y desde la comunidad.
En síntesis, la experiencia desarrollada evidencia que la enseñanza de la arquitectura puede articularse desde una pedagogía situada, sensible y procesual. Una práctica que vibra al unísono con arquitecturas ex-nihilo concebidas como pulsaciones encarnadas de un mundo en colapso, más que como soluciones a demandas funcionales. Este enfoque convierte la incertidumbre en materia fértil y transforma la práctica arquitectónica en un acto reparador. Las propuestas aquí recogidas refuerzan la idea de que el diseño no puede desligarse de la dimensión reproductiva de la vida, y que las pedagogías arquitectónicas han de activar este imaginario como herramienta de transformación estructural. En este sentido, las pedagogías performativas enseñan a proyectar desde la cohabitación, el cuidado y la sostenibilidad, desplazando estos actos al centro mismo del quehacer arquitectónico. Así, el proyecto en clave de cuidado situado deja de ser una excepción metodológica para afirmarse como horizonte ético de la práctica arquitectónica contemporánea. La economía de medios, la autonomía del estudiantado y la apertura metodológica permiten replicar este enfoque en distintos niveles de formación, generando aprendizajes transferibles a la práctica profesional. No se trata de sustituir las herramientas proyectuales clásicas, sino de tensionarlas para abrir nuevas preguntas sobre el habitar y su dimensión simbólica, afectiva y política. La intersección entre arte público, pedagogías feministas y activismo urbano ofrece un campo fértil para repensar la ciudad más allá del diseño, como espacio de escucha y construcción de vínculos. Así, el aula se proyecta hacia afuera, enlazando con redes colaborativas y prácticas interdisciplinares. En consecuencia, el estudiantado no solo se prepara para la práctica en un sentido instrumental, sino que adquiere competencias críticas para habitar un oficio arquitectónico comprometido con la fragilidad, la hospitalidad y la interdependencia que atraviesa el presente y configura el futuro.
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Breve CV
Eva Luque García (Sevilla, 1972) es arquitecta por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Sevilla (1999), donde es Profesora Asociada en el Departamento de Proyectos Arquitectónicos desde 2009. Doctora en Arquitectura (2023) e integrante del Grupo de Investigación TEP939 Arquitectura para la Ciudad Creativa: Estructuras y Proyectos, Análisis y Registros (2017). Desde 1999 ejerce su actividad profesional bajo el seudónimo LosdelDesierto y, desde 2005, es miembro fundador de la firma ELAP arquitectos ingenieros, dirigiendo proyectos y obras principalmente de promoción pública. Su trabajo ha sido expuesto, catalogado y publicado por organismos y editoriales especializadas nacionales e internacionales. Sus líneas de investigación abordan metodologías proyectuales y pedagogías críticas centradas en los cuidados, la atención situada y la regeneración ecosistémica. Desarrolla dispositivos de aprendizaje e intervención urbana que exploran la cohabitación interespecies, el habitar simbólico y la dimensión afectiva de la arquitectura desde perspectivas feministas y posthumanistas.
Luz Fernández-Valderrama Aparicio (Las Palmas de Gran Canaria, 1968) es arquitecta por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla (1993), donde obtuvo el primer puesto de su promoción. Doctora en Arquitectura desde 2000, es profesora titular en el Departamento de Proyectos Arquitectónicos desde 2004, del que fue directora entre 2007 y 2010. Ha desarrollado estancias de investigación en universidades de Chile, Bolivia y Alemania. Autora del libro La construcción de la mirada: tres distancias, además de numerosos artículos publicados en medios especializados nacionales e internacionales. Dirige el Grupo de Investigación PAIDI HUM-985 IN-GENTES: Investigación en Generación de Territorios y el Grupo de Cooperación Interuniversitaria ArTeS: Arquitectura, Territorio y Salud. Ha sido investigadora principal en proyectos centrados en innovación docente, regeneración urbana integrada de barrios y creatividad aplicada, financiados por la AECID y otras instituciones públicas. Compagina su actividad investigadora con la práctica profesional desde el estudio colaborativo estudiocurtidores.com.