Imaginación didáctica: ¿qué
enseñamos cuando enseñamos? / Didactic imagination: what do we teach when
we teach? / imaginação didática: o que ensinamos quando ensinamos / Imaginação didática: o que ensinamos quando ensinamos?
Maestripieri,
Eduardo Universidad
de Buenos Aires, Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Argentina. eduardomaestripieri@icloud.com https://orcid.org/0009-0007-3659-9704
Recibido:
28/05/2025
Aceptado:
13/09/2025
DOI: https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2025.i39.05
Resumen
Orientamos y formamos a los
estudiantes a partir de un saber didáctico, pero esencialmente desde un
conocimiento propio y específico que, enlazado con el “hacer”, no se reduce a
un simple saber que incluye un hacer, sino que se define como un saber
arquitectónico propio y específico que determina una concepción artística,
técnica y también social de la arquitectura. Esta noción no es unívoca, es
problemática, y cuando nos damos cuenta de la ambiciosa generosidad de
contenidos que propone nuestra práctica docente advertimos que estamos frente a
un problema filosófico, no un problema meramente didáctico y técnico. La
arquitectura como pensamiento y experiencia trasciende la simple
resolución de problemas técnicos y se hace presente como forma de conocimiento
y como un modo de relación con el oficio y la cultura arquitectónica. Convertir
la cuestión de enseñar arquitectura en un problema ético y filosófico
modifica también la secuencia tradicional de la didáctica de la arquitectura,
que privilegia el “cómo” enseñar, para poner en primer lugar interpretar y
comprender qué enseñar. El ¿qué? involucra una toma de posición
reflexiva frente a la arquitectura que se vincula directamente al qué
enseñar y cómo enseñar.
Palabras clave: enseñanza de la arquitectura,
aprender haciendo, taller de proyecto, pedagogía crítica, saber situado.
Abstract
We guide
and train students based on didactic knowledge, but essentially on a specific
and personal knowledge that, linked to "doing," is not reduced to
simple knowledge that includes doing, but is defined as a specific and personal
architectural knowledge that determines an artistic, technical, and also social
conception of architecture. This notion is not univocal; it is problematic. And
when we consider the ambitious generosity of content proposed by our teaching
practice, we realize that we are facing a philosophical problem, not a merely
didactic and technical one. Architecture as thought and experience transcends
the simple resolution of technical problems and becomes present as a form of
knowledge and as a mode of relating to the architectural profession and
culture. Turning the question of teaching architecture into an ethical and
philosophical problem also modifies the traditional sequence of architectural
didactics, which prioritizes the "how" to teach, instead placing
interpretation and understanding of what to teach first. The "what?"
It involves a reflective stance towards architecture that is directly linked to
what to teach and how to teach.
Key words:
architecture education, learning by doing, design studio, critical pedagogy,
situated knowledge.
Resumo
Orientamos
e formamos os alunos com base em um conhecimento didático, mas essencialmente
em um conhecimento específico e pessoal que, vinculado ao "fazer",
não se reduz a um simples conhecimento que inclui o fazer, mas se define como
um conhecimento arquitetônico específico e pessoal que determina uma concepção
artística, técnica e também social da arquitetura. Essa noção não é unívoca; é
problemática. E quando consideramos a ambiciosa generosidade de conteúdo
proposta por nossa prática docente, percebemos que estamos diante de um
problema filosófico, não meramente didático e técnico. A arquitetura como
pensamento e experiência transcende a simples resolução de problemas técnicos e
se apresenta como forma de conhecimento e como modo de se relacionar com a profissão
e a cultura arquitetônica. Transformar a questão do ensino de arquitetura em um
problema ético e filosófico também modifica a sequência tradicional da didática
da arquitetura, que prioriza o "como" ensinar, em vez de priorizar a
interpretação e a compreensão do que ensinar. O "o quê?" envolve uma
postura reflexiva em relação à arquitetura que está diretamente ligada ao que
ensinar e ao como ensinar.
Palavras-chave: ensino
de arquitetura, aprender fazendo, ateliê de projeto, pedagogia crítica,
conhecimento situado.
"Bien
se yo, que suele discutirse mucho acerca de la relación entre acción y
pensamiento.
Mas
el lema que yo propondría al filósofo, y aun a todo hombre, es el más sencillo
de todos y, en mi concepto,
también
el más cartesiano. Yo diría que es preciso obrar como hombres de pensamiento y
pensar como hombres de acción”.
Henri
Bergson (1937, 7)
“Por eso creo que, (contrariamente a lo que se suele
creer), es fundamental la investigación y la meditación personal sobre los
fundamentos de todas las cosas. Si queremos
formar ingenieros no debemos formar jóvenes que solo manejen prejuicios
obsoletos de los que desconocen el fundamento, sino por el contrario, darles
una base sólida en esos fundamentos, y además,
mediante cursos de proyecto o taller, enseñarles a usar
esos fundamentos”.
Eladio Dieste (1973, 5)
Las
citas que preceden estas notas me orientaron a reflexionar hacia una acción más
concreta relacionada con la enseñanza en el taller y desde el taller de proyecto vinculada con la
arquitectura como pensamiento
y experiencia. Bergson
explora la relación entre la acción y el pensamiento, sugiriendo que, para
lograr una comprensión profunda de la realidad, es necesario integrar ambas
dimensiones de la experiencia humana. Paul Klee sugiere que “Dar forma es
movimiento, acción. Dar forma es dar vida” (Klee 1973, 269).
Para Luigi Pareyson dar forma “significa hacer, pero un hacer tal que, mientras hace, inventa
el modo de hacer” (Pareyson 2014, 105). Así
explica Pareyson, lo que él define como formatividad: producción
que es, al mismo tiempo e inseparablemente, invención. Con esta
orientación, en el taller de arquitectura integrar ambas dimensiones, —pensamiento y
acción— significa enseñar un saber que incluye un hacer. En
lugar de aplicar una lógica abstracta en la concepción del proyecto
arquitectónico se trata de valerse
de un procedimiento, una lógica que emerge de un hacer que como se mencionó
precedentemente “mientras hace,
inventa el modo de hacer”. Un aprender haciendo a proyectar que no se basa en proponer reglas
fijas o la reproducción de modelos de
pensamiento puros, definidos y refinados, sino que los
modos de concepción del proyecto se definen conforme se avanza y elabora el
proyecto: “Se trata de hacer sin
que el modo de hacer sea predeterminado e impuesto (...) el modo se debe
encontrar haciendo, y solo haciendo se puede llegar a descubrirlo, por lo que
se trata, propiamente, de inventarlo” (Pareyson
2014, 105). La invención
no ignora la existencia de reglas generales, pero no hace de la aplicación de
estas el centro de su enfoque. Es así
como el proyecto no se puede identificar sólo como un saber hacer.
En realidad, el proyecto es un saber singular que implica un pensamiento propio, que se
traducirá en una idea en y
no sobre la arquitectura. Una idea expresada en un
espacio-tiempo singular, idea que
va más allá de la intención inicial
del estudiante y que
revela al final de un proceso toda su potencialidad como invención. Desde esta
concepción, el proyecto es un ascenso constante hacia una idea que solo aparece al
final de un largo proceso. En la didáctica
del proyecto no se busca solo un resultado, sino un saber hacer situado, un aprender haciendo donde la
práctica didáctica ha guiado y acompañado al estudiante-principiante en la comprensión y progresivo dominio
de las diferentes reglas y procedimientos que la define específicamente.
La
acción de aprender haciendo y la
afirmación “Verum ipsum factum”, (lo verdadero
es lo hecho)[1],
nos resultan muy cercanos y actuales en la enseñanza de la arquitectura. La
concepción de un saber hacer que
emana de la creación y el convencimiento de que todo aprendizaje implica
actividad, creatividad, esfuerzo y voluntad en quien aprende hunde sus orígenes
y fundamentos en filósofos lejanos como Giambattista Vico y en exponentes
modernos y contemporáneos como John Dewey, María Montessori, Paulo Freire,
Michael Foucault, Jacques Rancière, Donald Schön, entre otros. Eladio Dieste, intempestivamente, nos invita a repensarlo todo,
pensar los fundamentos de todas las cosas y darles a los
estudiantes-principiantes una base sólida de fundamentos mediante el proyecto
en el taller de arquitectura. En consecuencia, el taller es el lugar donde la
arquitectura como pensamiento y experiencia nace, crece y madura abierto y
plural y como testimonian las citas precedentes. En ambas citas encontramos
inquietudes y reflexiones universales
que trascienden contextos diversos.
No obstante, también surgen otras preocupaciones
relacionadas con los estudiantes
y docentes que
comienzan a percibir, vivenciar y reconocer la excelencia de ciertas
orientaciones, lo adelantado
y acertado de algunas prácticas didácticas y el esfuerzo cotidiano que significa acompañar y guiar a los estudiantes y conducir a
los equipos docentes. Sin embargo, también advierten las deficiencias
de la enseñanza de la arquitectura: los anacronismos, las inconsistencias y contradicciones propias de
rutinas y contenidos que no han sido revisados y actualizados. Asimismo, imaginemos algunos estudiantes y docentes que se
niegan a aceptar la arquitectura como la perpetuación complaciente de
estándares y conceptos que ya no son válidos. Docentes que rechazan las
certezas últimas, recelan
de las orientaciones y modelos de pensamiento único y de preceptos académicos
estancados como ciertas prácticas didácticas exageradas y sin sentido que se han
vuelto rutinarias y vacías,
carentes de la responsabilidad
que surge al
comprender la urgencia de las circunstancias académicas. Es así que compartimos y participamos
junto a los docentes en la enseñanza de un saber arquitectónico en proceso de
desvalorización y dispersión en un momento en que las tecnologías de la
información y el desarrollo de herramientas digitales transformaron de manera
sistemática el modo de pensar y concebir la arquitectura. Resulta inevitable
que estudiantes y docentes duden y sospechen de un saber arquitectónico
inconsistente en relación con las transformaciones tanto en la arquitectura
como en la ciudad y el territorio. Nos encontramos ante inéditas urgencias
didácticas que nos obligan a prepararnos frente a las demandas hiper-productivas de la práctica profesional y a la avanzada insatisfacción de “la sociedad del rendimiento”
(Byung-Chul Han 2024, 67). Imaginemos
que los docentes y estudiantes nos preguntan: ¿adónde nos llevan?, ¿cuál sería
nuestra respuesta?, ¿otra pregunta?, ¿qué enseñamos cuando enseñamos?
Estas
notas se despliegan sobre las reflexiones y preguntas precedentes y también como una alerta sobre eventos
que animan y afectan
la enseñanza de la arquitectura y consecuentemente sobre su actualidad en el taller de arquitectura. En el
ámbito del taller las objeciones, preguntas y reparos mencionados tienen el
propósito de motivar a
los docentes principiantes y
a los docentes experimentados en
las tareas, compromisos y desafíos que propone la arquitectura contemporánea y
consecuentemente los efectos sobre la enseñanza de la arquitectura en tiempos
de aceleración, hiperactividad generalizada y fatiga infinita. Debemos
comprender lo que está en juego revisando un concepto universal: en el aprender
haciendo, el futuro y el pasado son contemporáneos. Desde esta afirmación los
conceptos propios y específicos del saber arquitectónico, como lo sugiere
Deleuze en la filosofía, “no son ni eternos ni históricos, sino intempestivos e
inactuales” (Deleuze 1998, 151). Las condiciones didácticas en la que los
docentes realizan en el taller las prácticas arquitectónicas son confrontando
lo inactual con lo actual, lo impensado y repentino con lo aceptado y naturalizado. Lo imprevisto y
lo contingente revelado durante una práctica a veces encierra respuestas más
duraderas que las convenciones canónicas legitimadas por la historia. Desde
esta mirada, el preguntarnos ¿qué enseñamos cuando enseñamos?, propone dudas y
preguntas surgidas en el taller como un intento de dejar un testimonio abierto
a nuevas cuestiones y controversias que hace
preguntarnos: Y ahora, ¿qué? ¿Cuánto conservar y cuánto transformar de
nuestras prácticas y modalidades didácticas?
Imaginación didáctica
En “El crepúsculo de los ídolos”, Nietzsche
afirma que se necesitan educadores “probados en cada instante, probados
por la palabra y el silencio” (Nietzsche 2002, 89) y como condición primera de la
educación les propone tres tareas: Hay que aprender a mirar, hay que aprender a
pensar, hay que aprender a hablar y a escribir. En Nietzsche el propósito de este
aprendizaje, —adquirir una cultura noble— es complejo y controvertido, sin
embargo, las acciones propuestas genéricamente como capacidades presentan características
singulares cuando se ponen a disposición de la enseñanza de la arquitectura.
Desde esta posición es comprensible la incomodidad
de Le Corbusier preguntándose: ¿Si yo tuviese que enseñarles arquitectura? (Le
Corbusier 1978, 68)[2].
En el epílogo de su “Mensaje a los estudiantes de arquitectura” (Le Corbusier
1978) Le Corbusier recurre a preguntas elementales y fundamentales que
interpelan e interpretan la realidad de la enseñanza de la arquitectura
suscitando en nosotros preguntas. ¿Qué principios y fundamentos arquitectónicos
presentamos y validamos
cuando enseñamos arquitectura?, ¿existe
una pedagogía de la mirada que prepare a los estudiantes-aprendices y a los
docentes-principiantes en los modos de ver, interpretar y proyectar
arquitectura?, ¿debemos proponer como primera propedéutica un método
como norma y rutina didáctica y relegar la cultura como
adiestramiento y formación para un saber situado?
Orientamos
y formamos
a los estudiantes a partir de un “saber didáctico” (Camilloni 2007),
pero esencialmente
desde un conocimiento propio y específico que, enlazado con el hacer, no se reduce a un simple saber hacer, sino que se
define como —un saber
arquitectónico— que determina una concepción artística, técnica y
también social de la arquitectura. Esta noción no es unívoca, es problemática,
y cuando nos damos cuenta de la ambiciosa generosidad de
contenidos que propone nuestra práctica docente advertimos que estamos frente a
un problema filosófico, no un problema meramente didáctico y técnico. La
arquitectura como pensamiento
y experiencia trasciende la simple resolución de problemas técnicos
y se hace presente como forma de conocimiento y como un modo de relación con el
oficio y la cultura arquitectónica. Convertir la cuestión de enseñar arquitectura en un
problema ético y filosófico modifica también la secuencia tradicional de la
didáctica de la arquitectura, que privilegia el cómo enseñar,
para poner en primer lugar interpretar y comprender qué enseñar. El ¿qué? involucra una toma de posición reflexiva
frente a la arquitectura que se vincula directamente al qué enseñar y cómo enseñar.
Estas
preguntas proponen interpelar la
preeminencia de ciertas prácticas repetitivas y el uso de fórmulas y
prescripciones rígidas y absolutas en la enseñanza de la arquitectura que hacen sostener propuestas y
orientaciones basadas en concepciones y creencias bastante difundidas, de que
la arquitectura puede ser reducida a formas de pensamiento externas a ella, y
en particular, a la utilización de referentes, modelos y sistemas con
pretensiones científicas. Cuando orientamos a los estudiantes en algunas de
las estrategias para concebir el proyecto, una de estas prácticas didácticas puede
reorientarse y producirse sobre la interpretación y la reiterada reinterpretación
de tipologías y no sobre la copia de modelos naturalizados y aceptados como
canónicos. En el proceso de concepción y elaboración del proyecto su
reformulación o reproducción no debe confundirse con la repetición serial y
mimética de una forma que aparentemente simula ser arquitectónica: “No sabemos
de ningún problema formal, sólo problemas constructivos. La forma no es la
meta, sino el resultado de nuestro trabajo. La forma, por sí misma, no existe.
La verdadera plenitud de la forma está condicionada, está entremezclada con la
propia tarea, sí, es la expresión elemental de su solución” (Neumeyer 1995, 366). Para Mies van der Rohe, la forma es un proceso vital, nunca es un
resultado alcanzado, un final, la conclusión. Hay que considerarla como génesis
y movimiento. La forma, en el estudiante, se manifiesta en la acción. En el
aprendizaje, sus propuestas, prematuras y difusas por su ingenuidad, sin
embargo, pueden abrir nuevas sendas y caminos para la imaginación y la invención.
Lo que el estudiante determina durante el proceso de elaboración del proyecto
son sus posibles variaciones en relación con la razón constructiva, así como
las diferentes apropiaciones y derivaciones que es capaz de producir y suscitar.
Para ello, como docentes debemos ser capaces, sobre todo, de una
lucidez que no tema controlar lo que la imaginación pueda descubrir. No obstante, suele suceder que al asociar la
racionalidad del proyecto sólo con lo cuantificable, se niega la
inteligibilidad de lo sensible y lo intangible, con lo cual estas prácticas se
hacen vulnerables a modos y procedimientos basados en posiciones dogmáticas y a
exigencias intransigentes de sometimiento a doctrinas y prácticas establecidas.
De lo expuesto hasta aquí cabe preguntarnos: ¿Qué propone el taller de
proyecto arquitectónico? ¿Cuál es nuestra disposición como taller de arquitectura a los
compromisos y responsabilidades que asumimos en la claridad laberíntica (Van
Eyck 2021,
349 y ss.) de la enseñanza de la arquitectura?
En
el taller de proyectos compartimos con los estudiantes nuestros pensamientos y
experiencias en la enseñanza de los diferentes modos y prácticas de la
arquitectura. Sin embargo, por el bien
de lo que hay de nuevo en cada
estudiante, enseñar arquitectura, enseñar un saber arquitectónico ha de ser al mismo
tiempo conservador y renovador. Esta tensión entre la tradición y la innovación
propia de las modalidades didácticas de todo taller de proyecto reconoce que en el dominio experimental
de las prácticas docentes guiar al estudiante a concebir un proyecto
arquitectónico es ejercer violencia sobre lo conocido y naturalizado, aceptando
y comprendiendo las reglas, pero también dudando de la inmutabilidad y
universalidad de ellas.
Gilles Deleuze nos propone una vía más sugerente, productiva y estimulante que puede orientarnos en la doble responsabilidad que
tiene nuestra práctica docente ¿Cómo preservar lo conocido? pero también, ¿cómo alentar lo
nuevo introduciéndolo como novedad en un contexto de prácticas arquitectónicas
en constante revisión y transformación? Estas circunstancias y la inteligencia
didáctica propia y específica aplicada a toda tarea docente nos interpelan
y nuevamente cabe preguntarnos: ¿Cuánto conservar de las prácticas y reglas
precedentes que constituyen el cuerpo de conocimientos de la arquitectura? ¿Qué
fundamentos y principios arquitectónicos deben ser transmitidos, compartidos y
revisados críticamente con los estudiantes? Para Deleuze, Nietzsche es un pensador que busca la unidad del
pensamiento y la vida. Que el pensamiento afirme la vida y que la vida active
el pensamiento. Según esta interpretación, para
Deleuze, "Pensar es un nº ... potencia
del pensamiento, hace falta que una violencia se ejerza sobre él en tanto que
pensamiento, que una potencia la fuerce a pensar, la arroje a un devenir
activo. Este tipo de restricción, este género de adiestramiento es lo que
Nietzsche llamaba cultura (Paideia)" (Deleuze 1998,
152 y ss). Con esta orientación el
taller como taller de arquitectura es en sí
mismo un ámbito apropiado para alentar, guiar y producir un pensamiento
movilizador geoculturalmente situado. Un pensamiento que, para ponerse en movimiento, según
Deleuze, debe sufrir violencia, un choque capaz de sacudirlo, agitarlo
generando disparidades y diferencias; pero especialmente, donde el estudiante reconoce su
pertenencia a un contexto
cultural y arquitectónico
en el que la imaginación didáctica desplegada en el taller como método o como cultura supone un compromiso entre
estudiantes y docentes sobre los modos y procedimientos a seguir. Sin embargo,
en relación con las diferentes prácticas didácticas debemos saber cuándo
queremos pasar del método a
la cultura, cuando debemos
permanecer atentos a las fuerzas que son capaces de actuar eligiendo el momento
en el desarrollo de las prácticas didácticas y decidir la pertinencia de abordar como estrategias el método como norma y rutina didáctica o la cultura como
adiestramiento y formación haciendo del pensamiento algo activo y afirmativo,
lo que los griegos llamaron paideia (Jaeger 1996).
Según Deleuze, “los griegos no hablaban de método,
sino de paideia; sabían que el pensamiento no piensa
a partir de una buena voluntad, sino en virtud de fuerzas que se ejercen sobre
él para obligarlo a pensar” (Deleuze 1998, 152 y ss.). Sólo se entenderá este
concepto de cultura si se
captan todas las formas en que se opone al método. El método,
como camino, es un artificio, pero gracias a él comprendemos la naturaleza del proyecto como pensamiento y experiencia, aceptamos su naturaleza problemática y conjuramos el efecto de
las fuerzas extrañas que lo alteran y nos distraen de la creación. Gracias al método conjuramos el error del
proyecto y si aplicamos el método:
éste nos introduce en el dominio de lo que vale en todo tiempo y lugar. Esta dudosa creencia nos hace afirmar que alcanza con
disponer de un método para pensar, imaginar y proyectar con claridad y precisión.
La rica pluralidad de modos y procedimientos
con las que el método se ha celebrado a sí mismo, que finalmente lo ha
legitimado como un sistema canónico
de transmisión de conocimientos propios y específicos de la arquitectura.
Esta forma de enseñanza asegura al mismo tiempo, libertad
y determinación. Abre un camino de posibilidades creativas, que solo son
posibles como respuesta a la situación que articula, así como traza ciertos
límites de la práctica arquitectónica a estudiantes-aprendices. Un sistema semejante quiere ser objetivo,
pero no puede ser otra cosa que ideológico: su afán normativo y preceptivo
impulsa procedimientos que deben ser cumplidos o acatados de manera obligatoria
por estar ordenados mediante esquemas, diagramas y modelos, donde lo que cuenta
es la transmisión de un conocimiento establecido por la tradición canónica de
la disciplina. Estas
prácticas metodológicas, llamadas de doctrina o composición (Rivkin, 2002),
relacionadas con la aplicación de reglas generales o universales han sido legitimadas
y alentadas en muchos ámbitos académicos con prácticas más radicales, derivaciones, lecciones y manuales genéricos
que permiten adiestrar y afirmar en estudiantes-principiantes la comprensión de los territorios
del pensamiento y la creatividad arquitectónica: Sin embargo, como señala Carlo
Goldoni (Eisenstein 1986, 72), “En todo arte y en
todo descubrimiento, la experiencia siempre ha precedido a los preceptos. Con
el pasar del tiempo, un método ha sido asignado a la práctica de la invención”.
Esta cita revela otra forma de conocimiento por vía de la invención[3] y de la
experimentación que precede y se anticipa a la comodidad metodológica de la
enseñanza académica. El
método de invención no ignora la existencia de reglas generales, pero no hace
de la aplicación de esas reglas el centro de su enfoque (Rivkin 2002). Desde
esta modalidad abordamos cada proyecto en su singularidad cultural, como el
lugar donde emerge una idea: un saber hacer situado. El método de doctrina o
composición puede reconocer el valor de una singularidad; sin embargo, para
este método ninguna singularidad funda el procedimiento del proyecto.
Si el método
supone la aceptación indiferente y despreocupada de diferentes modo(s) y procedimiento(s) en la
concepción del proyecto, la cultura
implica un entrenamiento del pensamiento bajo la restricción de una
fuerza. Según Deleuze, “Esperamos las fuerzas capaces de hacer del pensamiento
algo activo, absolutamente activo, el poder capaz de hacer del pensamiento una
afirmación. Pensar, como actividad, es siempre una segunda potencia del
pensamiento, no el ejercicio natural de una facultad, sino un acontecimiento
extraordinario para el propio pensamiento” (Deleuze 1998). Estas dos tendencias, —método y cultura— marchan hacia la necesidad o hacia la libertad, hacia el conformismo o hacia la creación, hacia la
arquitectura como arte por la transgresión de las reglas y los límites de la
disciplina y el mundo, o hacia la arquitectura como ciencia y práctica técnica y,
en consecuencia, la aceptación y el respeto de esos límites. ¿Cuál es entonces el objeto de la ciencia y el
sentido del arte y la arquitectura? En un pasaje
de su discurso presentado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando,
Eduardo Chillida pregunta: “¿Cuál es la diferencia fundamental entre ciencia y
arte? Copérnico demuestra que Ptolomeo estaba equivocado. Einstein hace lo
mismo con Galileo. Lo que yo me pregunto desde el arte, es lo siguiente: ¿Por
qué Goya con su obra no demuestra ni necesita demostrar que Velázquez
estaba equivocado?” (Chillida 1994,
40). Chillida sugiere que, mientras la ciencia
pretende explicar el mundo, el arte (y la arquitectura) desde un saber hacer situado en un
tiempo-espacio específico intentan comprenderlo.
¿Cómo se relaciona esta disposición a comprender el
mundo con el proyecto y la enseñanza de de la
arquitectura? Cuando se adopta una disposición comprensiva, deja de plantearse
como único objetivo la búsqueda de una verdad absoluta e inapelable. La
arquitectura, como el arte al estar formado por una colección de obras únicas y singulares
que contienen respuestas diversas y contrapuestas a un mismo problema, tiende a
promover un conocimiento, un
saber hacer que no puede quedar atrapado en fórmulas, ni
doctrinas: “en el campo de lo cualitativo, la perfección difiere de la exactitud
matemática” (Platón 1998). Con esta orientación en el taller de arquitectura y desde el taller aspiramos
a consolidar en los
estudiantes-principiantes una creciente autonomía intelectual de un saber arquitectónico, que,
relacionado con el hacer se define enteramente, como un saber hacer situado enraizado, hecho semilla
que emerge del sitio, del suelo, de los ámbitos y lugares que vivimos y habitamos.
Enseñar
es más difícil que aprender
En
su ensayo “¿Qué significa pensar?”, Martin Heidegger, hace una lúcida reflexión
sobre la dificultad de enseñar: “Enseñar
es todavía más difícil que aprender (…) ¿Por qué enseñar es más difícil que
aprender? No porque los docentes hayan de estar en posesión del máximo posible
de conocimientos y tenerlos siempre a disposición. Enseñar es más difícil que
aprender porque implica un hacer aprender. Es más, el auténtico maestro lo
único que enseña es el arte de aprender” (Heidegger 2005, 77).
Heidegger afirma que: “Por eso con frecuencia la aportación del docente
despierta la impresión de que propiamente no se aprende nada con él, en cuanto
de pronto hemos pasado a entender por “aprender” la transmisión de
conocimientos útiles” (Heidegger 2005,
78).
La
incomodidad de la tarea docente, como lo advirtiera Le Corbusier en su
“Mensaje…” es saber suscitar en los
estudiantes preguntas,
reflexiones y acciones que los
guíen y acompañen en las
experiencias y descubrimientos que propone el proyecto. También resulta
delicado, problemático y agotador[4], alentarlos a realizar y comprender reglas
y procedimientos reiterando lo ya conocido, pero también resulta gratificante permitirles a los estudiantes-principiantes expandir y
perfeccionar la curiosidad de explorar orientándolos en la apertura a
la novedad, a lo no pensado aún. De este modo, las miradas condicionadas
por razones didácticas no serán contemplativas ni complacientes. En el estudiante la simulación del proyecto como
creación dejará de ser un juego o puro procedimiento didáctico que re-produce formas canónicas, modelos o tipologías al margen
de la realidad; en lo sucesivo, el estudiante creador no re-produce,
sino que él mismo producirá
lo real (Klossowski 2004, 131). La acción de proyectar —como
respuesta a un saber arquitectónico— progresivamente experimentado, aprendido y
practicado le propone al
estudiante-principiante, el desafío de aprender a interpretar,
conservar, conciliar o transformar
la cultura y un mundo en
constante devenir. ¿Método o cultura?, ¿cómo lo guiamos en estos movimientos de
enseñanza y aprendizaje?, ¿qué conservar de nuestras prácticas docentes?, ¿qué
revisar?, ¿qué ignorar?, ¿cómo se construyen y producen en el taller de proyecto y desde el taller estas prácticas
que le darán al estudiante-principiante las
herramientas, el conocimiento, la disposición y la resiliencia necesaria para
imaginar el hábitat del futuro?
La
inteligencia didáctica del
docente supone necesariamente un compromiso con la acción práctica. Acompañar y
conducir al estudiante-aprendiz resulta una tarea incómoda en el dominio de una práctica
experimental que no solo se reduce a un simple saber hacer, sino que también permite alentar su
progresiva autonomía e independencia intelectual. Esto nos abruma porque existe
una brecha en el aprendizaje de los estudiantes entre el saber o conocer qué como conocimiento conceptual y
el cómo saber hacer. Me
refiero a cómo emplear el conocimiento práctico y productivo adquirido
en la compleja dinámica didáctica del taller de arquitectura. Esta situación de aprendizaje
coproduce conocimiento y
en el taller de proyectos de arquitectura los conceptos se desarrollan,
se aplican y se interpelan en la continuidad de la práctica propuesta. Los
conceptos no son abstractos, “La filosofía es una disciplina que consiste en
crear conceptos. Y los conceptos no existen ya hechos, no existen en una
especie de cielo en donde esperan que un filósofo los tome. Los conceptos, es
necesario fabricarlos...”
(Deleuze 1987). La
arquitectura, como verdad
contingente, es un conocimiento
que consiste en crear o inventar conceptos. Estos conceptos son
en cierto modo, semejantes a herramientas cuyo significado no puede ser
comprendido sino a través de un saber
hacer que supone adoptar reflexivamente un sistema de creencias, —un
saber arquitectónico y didáctico—
adoptado y legitimado en el complejo desafío del hacer aprender. Desde esta orientación
didáctica, los conceptos los empleamos como instrumentos de comprensión y
explicación de elementos
y aspectos del proyecto aún inciertos y cambiantes. Estos significados
elaborados, aceptados y compartidos son conceptos. Son instrumentos de juicio
porque se han transformado en modelos de referencia que nos capacitan como
docentes para generalizar, ampliar y transferir nuestra comprensión de la
concepción y elaboración del proyecto a los estudiantes-principiantes. Los
conceptos ajustan y normalizan
el conocimiento propio y específico de la arquitectura. Introducen la
estabilidad en lo que, de lo contrario, sería cambiante y permiten hacer
comprensible todo lo que resulta adecuado para la producción del proyecto
arquitectónico.
En
la práctica docente, la confrontación y la reflexión sobre conceptos y
creencias aceptadas y naturalizadas es el disparador del pensamiento crítico
necesario en todo estudiante-principiante.
Consecuentemente, aceptar, interpelar y revisar ciertas categorías nos permiten
comprender mejor los desafíos de la enseñanza de la arquitectura; si pensáramos
que la enseñanza del proyecto es fácil y que el docente domina, conoce y se
anticipa a las inquietudes, las interpelaciones y los temores de los
estudiantes, es entonces cuando construir un conocimiento, un saber hacer propio y
específico, como hemos señalado anteriormente, sería una tarea superflua y sin
sentido.
Compartiendo
esta reflexión, Peter
Zumthor, también señala que lo primero que se les ha de explicar a los estudiantes
es “que no se encontrarán con ningún maestro que plantee preguntas ante las
cuales él sepa de antemano la respuesta” (Zumthor
2006). Heidegger también nos advierte que, “en lo único que el maestro
aventaja al aprendiz es en que tiene que aprender todavía más que éste, pues
tiene que hacerse con la capacidad de hacer aprender. El maestro ha de tener la
capacidad de estar más dispuesto a aprender que los aprendices mismos
(Heidegger 1997). Ambas citas son
necesarias porque en nuestra práctica docente es frecuente adoptar un
temperamento conservador naturalizando y aceptando ciertas categorías y
conceptos, así como creencias y concepciones del proyecto y su enseñanza que
creemos inmutable, cuando en realidad su naturaleza experimental y práctica
produce desplazamientos, derivaciones y mutaciones, suscitando nuevas
reformulaciones de sus procedimientos, así como interpretaciones y
reinterpretaciones de sus contenidos. Esta inestabilidad y variabilidad rompe con
la tradicional aceptación pasiva y conservadora de nociones y conceptos
fundantes de lo arquitectónico y de los diferentes modos y procedimientos de
enseñanza de la arquitectura. Consecuentemente, en su práctica, el docente, como se citó precedentemente,
“tiene que hacerse con la capacidad de hacer aprender” y
debe estar más dispuesto a aprender que los estudiantes.
Entre
la tradición y la innovación.
En un breve ensayo de Alan Colquhoun,
“Desplazamiento de conceptos en Le Corbusier” (Colquhoun
1978). Colquhoun señala que Le Corbusier definió su
plan para una nueva arquitectura en términos de proponer un inédito sistema de
reglas[5]. Lo
hizo considerando las prácticas y procedimientos precedentes: “Le
Corbusier se refiere constantemente a la tradición arquitectónica ya sea
invocando sus principios y adaptándolos a nuevas soluciones, ya sea
contradiciéndolas abiertamente de un modo tal que es necesario algún
conocimiento de la tradición para entender su mensaje arquitectónico (Colquhoun 1978, 113)”.
El siguiente párrafo es más
explícito: “Podría alegarse que toda innovación está forzosamente
destinada a contradecir la práctica anterior y que, por tanto, es redundante
incluir en el concepto de innovación el de la práctica que ha sido sustituida.
(…) la práctica precedente y las nuevas prescripciones constituyen una serie
paradigmática o metafórica y que lo nuevo ha de entenderse por referencia a lo
viejo: en ausencia. (…) Se trata de un proceso de reinterpretación y no de
creación a partir de un vacío cultural” (Colquhoun 1978, 114).
Colquhoun relaciona estos desplazamientos conceptuales en la
obra de Le Corbusier con un profundo conocimiento de las reglas y los
procedimientos precedentes, así como de elementos y componentes ajenos de su
propia tradición. Sin embargo, este saber propio y específico de la arquitectura, reglado, ordenado y
supuestamente constante, ha sido reformulado constantemente produciendo desplazamientos
conceptuales y la mutabilidad de ciertas categorías profundamente
relacionados con lo arquitectónico. Algunos de sus principios han sido
olvidados, ignorados o desfigurados procurando una aparente actualización. Estas
acciones, respaldadas en modas y posicionamientos fundados o circunstanciales,
eruditos o pseudo eruditos han impactado en la enseñanza de la arquitectura,
debilitando su especificidad y reduciéndola progresivamente a pura racionalidad
instrumental y repetitiva de modelos. ¿Cuáles son estos principios y elementos de la cultura arquitectónica
en proceso de desvalorización y dispersión de un saber que fue sistematizado por la tradición
arquitectónica, como las reglas y los procedimientos precedentes, que el
docente debe revisar y reformular racionalmente y que el estudiante debe utilizar en el proceso de concepción del
proyecto?
Recorrer el resto del ensayo de Alan Colquhoun
hasta su conclusión trasciende la temporalidad de su interpretación
resultando sus afirmaciones sorprendentemente actuales: “La
teoría arquitectónica ha sido dominada durante la última década o quizás
durante más tiempo, por varias formas de determinismo y populismo, que se
niegan a reconocer que la arquitectura constituye una entidad cultural de
propio derecho”. Finalmente, Colquhoun al
contrario de una concepción historicista de la arquitectura entendida como una
acumulación de estilos que pretenden expresar cada vez una época, destaca la
importancia de la cultura arquitectónica, en un momento dado de la historia, como
materia prima de la arquitectura. Y concluye confirmando: “Sin
un entendimiento adecuado de esos aspectos de la creatividad arquitectónica que
se han tratado en este ensayo ––los aspectos donde lo que se implica es la
transformación de la cultura preexistente–– es imposible conseguir una
arquitectura capaz de expresar significados culturales”.
¿Cómo
enseñamos? ¿Qué enseñamos?
La arquitectura, al estar formada
por una colección de obras singulares que contienen respuestas diversas y
contrapuestas a un mismo problema, tiende a promover una inteligencia situada geoculturalmente, así como propia y específica del proyecto
que no puede quedar atrapado en modelos absolutos, fórmulas repetitivas, ni
doctrinas universales. La enseñanza debe responder a ideas, a determinadas
intenciones, por lo que el taller de arquitectura, el taller de proyectos
arquitectónicos deber tener un propósito, un sentido, un plan; lo que se haga en él no puede ser arbitrario o casual.
El Taller define qué pretende de sus estudiantes y qué desea darles. Las
prácticas didácticas que conducen a un aprender haciendo y por lo tanto a un aprender de la experiencia es “establecer una conexión hacia atrás y hacia
adelante, en tales condiciones el hacer se convierte, en un ensayar un
experimento con el mundo para averiguar cómo es” (Dewey 2023, 208) y lo significativo de esta
experiencia se encuentra en la percepción de las relaciones y continuidades que
produce. El “pensar con las manos” (Pallasmaa
2012) le permite a un estudiante-principiante
hacer algo que tiene sentido. En realidad, toda percepción es dar un
sentido a las relaciones de la práctica didáctica propuesta. Se emplea el
juicio en la percepción, de otro modo, la percepción es mera excitación
sensorial. Dewey, citado por Eduardo Sacriste en “Charlas a
principiantes” señala
que “para realizar un arte lo primero que debemos hacer es procurarnos el
instrumento (…) el mundo no ha sido hecho para contemplarlo, sino para darle
forma” (Sacriste 1976, 4). En esa invitación a la acción, —dar forma al
mundo—, que recuerda a cierto pensamiento de Paul Klee (Klee 1973), debemos
proporcionar a los estudiantes un
instrumento y su dominio conceptual y práctico. Aceptar
el proyecto como pensamiento y
acción, como una forma de
hacer para conocer:
proyectar es también conocer.
La mención de John Dewey se debe a la difusión alcanzada por sus trabajos, pero
también por la corriente de renovación pedagógica iniciada en el siglo pasado conocida
como Nueva Escuela. El lema difundido que fundamentaba algunos aspectos de la
renovación de la enseñanza por esta corriente de pensamiento fue aprender haciendo. Concepto que
nos resulta muy cercano y actual en la enseñanza de la arquitectura. Desde esta
perspectiva, es necesario enseñar
desde un saber propio de
la arquitectura, concreto y determinado que incluye un aprender haciendo.
Esto significa que no es un
conocimiento restringido al terreno de lo intelectual, de lo
instructivo-informativo o de la simple transmisión de información teórica, sino
que comprende sustancialmente el ámbito de un saber que por su naturaleza está íntimamente relacionado con
el hacer, y que se
origina sobre todo en este último. No es un simple hacer por hacer o la transmisión y asimilación de una serie de contenidos y
preceptos naturalizados y aceptados que traídos de la tradición sin una
necesaria revisión y actualización pueden llegar a vaciar el aprendizaje de
contenidos, perdiéndose obsesivamente en formas repetitivas, indiferentes y
amnésicas. Se trata de un saber arquitectónico
que emana de la creación,
desde el convencimiento de que todo aprender haciendo requiere del estudiante-principiante volver a
crear y dominar los conocimientos recibidos construyéndolos, revisándolos una
vez más, creándolos o recreándolos. Nuestra tarea sustancial es acompañar y
guiar al estudiante-aprendiz estableciendo reglas y principios que le permitan consolidar su
autonomía intelectual apoyándose
en un saber arquitectónico a la altura de los desafíos que propone la enseñanza
de la arquitectura contemporánea.
Con esta orientación cabe preguntarnos: ¿Cuánto
conservar y cuánto transformar de un saber arquitectónico de naturaleza experimental que, estrechamente
vinculado con el hacer, no
propone un simple saber hacer naturalizado
y repetitivo, sino que se define como un saber, concerniente y exclusivo de la arquitectura?, ¿cómo disponer,
transmitir y repensar en profundidad un saber propio de la arquitectura que
relaciona tradición, historia, pasado y presente y que hace de nuestra tarea
docente una continuación y no un comienzo absoluto?
El taller como espacio de investigación y búsqueda
paciente
La obra de Le Corbusier fundamentada en la idea de una
investigación paciente,
que él mismo denominó “L’atelier de la recherche patiente”, —el taller de la búsqueda paciente—, donde
sus ideas, investigaciones y experimentaciones eran asimiladas, elaboradas y reelaboradas numerosas veces,
hasta quedar materializadas en dibujos, planos y maquetas que le permitían la
realización de nuevos proyectos. En el proceso de concepción, durante la búsqueda paciente Le Corbusier
consideraba que el proyecto, como verdad
contingente nunca debe ser considerado como
algo que hay que superar o considerar sólo como el resultado de sus búsquedas,
como un fin, sino más bien como génesis, como crecimiento o esencia que abre
posibilidades.
En un pasaje de los escritos de Paul Klee, mencionado precedentemente, Klee, razona
y sugiere algo similar: “Lo bueno es la forma como
movimiento, como acción, como forma activa. Lo malo es la forma como
inmovilidad, como fin, como algo que se ha tolerado y aceptado. Lo bueno es dar forma. Lo malo es
la forma. La forma es el fin, la muerte. Dar forma es movimiento, acción. Dar
forma es vida” (Klee
1973, 269). Estas frases, para Klee, constituyen la esencia de la teoría
elemental de la creatividad. Al extender el proceso creativo, haciendo una
analogía con la concepción arquitectónica como un camino más amplio y largo, —la recherche patiente—,
se constituye en una dimensión esencial del trabajo. La modalidad, de
naturaleza experimental, no debe cansarnos, debe refinarse, desarrollando
derivaciones y descubriendo potencialidades. Tampoco debemos apresurarnos
aceptando soluciones prematuras y modelos preconcebidos. ¿Cuántas versiones producto de la investigación y la experimentación
realizó Le Corbusier de la Villa Shodhan (India,
1956) hasta alcanzar el proyecto definitivo?, ¿cuántas exploraciones y
variaciones tuvo la Casa Curutchet?
Enseñar es también transmitir una experiencia
Nuevamente es necesario preguntarnos: ¿Cómo enseñamos? y ¿qué
enseñamos? Enseñar es también transmitir una experiencia. Experiencia
adquirida a lo largo de la práctica profesional y docente. Para Eduardo Sacriste, “Enseñar es, simplemente, transmitir una experiencia.
Experiencia adquirida a lo largo de la práctica de una profesión (...). En lo
posible debe tratarse de hacerlo con el ejemplo” (Sacriste 1992, 15). Alentar y promover las
experiencias didácticas del estudiante[6] y
la experiencia que con su
ejemplo puede transmitir el docente se encuentra en algunas de las exigencias
propias del taller de arquitectura. Cada día, comprendemos lo importante que
es, en nuestra tarea docente, la experiencia que nos ha capacitado para producir en los estudiantes y
con los estudiantes-aprendices algo que permita conocer y conservar lo valioso
de las experiencias precedentes de la tradición arquitectónica, revisar y
transformar lo conocido y proponer imaginando lo que no ha existido nunca
todavía. Nietzsche escribe que “los hombres inventivos viven de
un modo completamente distinto al de los activos, precisan tiempo
para que se despliegue su actividad sin fines ni reglas prefijadas, los
ensayos, sendas nuevas, se mueven mucho más a tientas que los que recorren
caminos conocidos, los que actúan, por ejemplo, por utilidad” (Nietzsche 2008,
500). En consecuencia, la experiencia del docente en un sentido profundo
y significativo no ha sido solo el resultado del trabajo y el rendimiento. El
docente-experimentado, tutor y guía de los estudiantes-principiantes, no la ha podido
producir solo por medio de una actividad constante y permanente durante años.
La experiencia presupone, más bien, una forma particular de pasividad e
inactividad: “Hacer una experiencia con “algo” significa que “algo” nos
sucede, nos alcanza; que se apodera de nosotros, nos transforma” (Heidegger 1987,
143). La experiencia requiere tiempo, recepción y maduración. Su medio es la
escucha, saber percibir y escuchar.
Hoy se
imponen prácticas de enseñanza-aprendizaje urgentes en la que toda necesidad
debe ser satisfecha de inmediato. No tenemos paciencia para una espera en la
que algo pueda madurar lentamente en un estudiante. Lo único que cuenta es el
efecto a corto plazo. Las acciones y las prácticas de enseñanza y aprendizaje
se acortan y se convierten en reacciones espontáneas y efímeras. Las valiosas
experiencias realizadas en el taller por docentes y los estudiantes se rebajan
a vivencias. Las percepciones, las escuchas y los sentimientos surgidos de las
experiencias se empobrecen en la forma de emociones o afectos que desvían el
propósito del dominio de los instrumentos, elementos y procedimientos del
proyecto arquitectónico. Cada vez más docentes y estudiantes soportan menos el
tedio producido por prácticas mecánicas y repetitivas de modelos abstractos
indiferentes. Y, consecuentemente, se va echando a perder la capacidad de tener
prácticas y experiencias arquitectónicas determinantes en todo proceso de
aprendizaje. La mano creadora no actúa, queda inmóvil. No obstante, la
inmovilidad del tedio puede ser el umbral de lo nuevo. La inactividad de la
mano creadora, la mano que piensa se puede transformar en una ambigua zona de
indeterminación, de titubeos y dudas donde la ansiedad por alcanzar una resolución y el apuro
que apremian al estudiante-proyectista lo desvelan y angustian. Sin embargo, el
dominio del oficio y el conocimiento de un saber situado que puede compartir el
docente experimentado permite crear las condiciones favorables para capacitar
y producir algo nuevo, algo que no ha existido nunca todavía. Sin dicho umbral
se repite lo igual. El
acompañamiento y la guía del docente experimentado permite que el estudiante-principiante
se construya así mismo en el proceso de la creación, —aprender haciendo— y en
este proceso encuentra su identidad como aprendiz en la concepción del proyecto
arquitectónico. La experiencia, si no está orientada a este proceso
de aprendizaje, se enfrenta al dilema de la técnica y la innovación. La innovación entendida como
el resultado de un saber más
autónomo, que incluye un hacer y la técnica como resultado de un saber hacer técnico asimilado y repetitivo. Una orientación entendida como campo de
entrenamiento de prácticas profesionales, la otra: aprender
haciendo o la transmisión de un saber que
incluyendo un hacer introduce la exploración sobre los problemas que surgen a partir
de las prácticas que allí se desarrollan.
Una orientación
entendida así, sólo como un
saber hacer técnico, concentra toda su atención en la
especificidad de la obra producida y sólo como la solución
a un problema orientado a la práctica de la profesión. En la otra orientación,
no se busca como único propósito producir un proyecto como una solución
eficiente a un problema que simula la práctica profesional. Las diferentes prácticas
didácticas del aprender haciendo suscitan problemas,
alientan la exploración y el descubrimiento y centran su atención en la
capacidad de comprensión y traslación al proyecto de una idea arquitectónica; es
un ejercicio de entrenamiento y no sólo de producción. Esta orientación produce
un desplazamiento
conceptual que debiera permitir y
favorecer la concepción de múltiples formas de práctica que puedan responder
desde la arquitectura a las nuevas demandas y cambiantes condiciones de la
sociedad contemporánea.
Estas dos orientaciones, experiencia y experimentación, confluyen
y divergen entre disciplina y profesión, y han estado presentes en todos los
ámbitos de la enseñanza de la arquitectura, una más cercana y subordinada a las
destrezas y capacidades específicas del hacer con relación a las incumbencias y la producción colegiada o
gremial y la otra más asociada a una investigación y experimentación sobre un conocimiento
más autónomo respecto a las restricciones que imponen las normas reguladas por
la profesión (Fernández 2020). Mediante la actitud técnica simplemente se
aplica un método, no necesariamente porque es el más indicado, sino porque es
el más conocido. Con esta orientación se definen criterios y restricciones
institucionales que limitan la innovación y la autonomía disciplinar que
propone superar la racionalidad instrumental del método.
En términos formativos, frente a esta paradoja, algunas prácticas
docentes proponen alentar y sostener un modo más artesanal de enseñar,
caracterizado por la comunicación directa entre los docentes principiantes, los
docentes experimentados y los estudiantes-aprendices subordinados a un modelo
de enseñanza (Szejer 2021),
el taller que, —con sus supervivencias
y anacronismos (Miglioli 2022)—,
expresa una práctica intelectual, resultado de un
pensamiento aceptado y conocido. Siguiendo esta lógica, —el proyecto
arquitectónico— se aprende junto a otro más experimentado, quien orienta y
acompaña desde la experiencia y
el aprendiz-principiante repite los procedimientos y operaciones sugeridas y propuestas por el docente-tutor que guía y conduce al estudiante hasta que alcance por sí mismo el dominio de los instrumentos y su propia autonomía intelectual. Este
principio pedagógico, presenta ciertas ventajas didácticas[7],
sostiene que los saberes prácticos se aprenden practicando e imitando a otro,
quien tendrá la responsabilidad de orientar un proceso de aprendizaje
artesanal.
Esta didáctica o estrategia
pedagógica, deliberadamente
indirecta, tiene
como propósito fomentar la independencia intelectual del estudiante
y enlaza la idea de autoridad con
su antónimo la autonomía.
El docente que guía y conduce con
su ejemplo y experiencia es quien une en su persona autoridad y autonomía.
El taller de arquitectura es el ámbito aceptado como lugar de la experiencia y
la práctica experimental para desarrollar y concebir saberes propios y
específicos. Los equipos docentes tratan de proporcionar ejemplos y experiencias propias y ajenas generando
un aprendizaje que permita discernir sobre las cuestiones de autoridad y autonomía hasta alcanzar una
progresiva independencia y libertad creativa en la concepción del proyecto
arquitectónico.
Hacia
un aprendizaje de la enseñanza
Durante
su exilio en la India María Montessori escribe una primera versión de su obra “Educación
y Paz” (Montessori 2022)
donde hace esta lúcida reflexión: “Todo el mundo habla de la paz, pero nadie
educa para la paz. A la gente la educan para competir y este es el principio de
cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos
con otros, ese día estaremos educando para la paz”. Montessori
escribió estas palabras tras la destrucción que supuso la Segunda Guerra Mundial, pero su aguda
observación sigue teniendo la misma fuerza hoy día. Hacia la misma época, en un
significativo pasaje de “Entre el pasado y el Futuro”, Hanna Arendt
(Arendt 1996, 208) nos sugiere que “La educación es el punto en el que
decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad
por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser
por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable”. Como le sucedía
a Montessori, los sucesos trágicos vividos por ambas en aquellos años impulsaban
a Arendt a alentar “la llegada de los jóvenes”. Ambas observaciones, para
nosotros aparentemente inactuales, surgidas en circunstancias y vivencias muy
complejas tienen, sin embargo, una trascendencia con relación a la
responsabilidad que significa acompañar y guiar la llegada de los nuevos, los jóvenes, los estudiantes-aprendices y formar
y preparar a los docentes
principiantes. Aspire o
no, cada generación recibe un legado de contenidos de vida y de formas con los
que necesariamente ha de confrontarse. Es así como en el taller de arquitectura la
llegada de los jóvenes como estudiantes-aprendices y la espera de los jóvenes docentes-principiantes, que los reciben y acompañan, nos
interpelan desafiándonos a no quitarles la oportunidad de emprender algo nuevo,
algo que nosotros no imaginamos lo bastante como para prepararlos con tiempo, a
unos y a otros, para la tarea de renovar un mundo común, un mundo en
transformación.
Recientemente el escritor y crítico de arte John
Berger en una de sus últimas “Notas” como prefería llamar a sus escritos,
también nos dejó un mensaje esperanzador: “Entonces, sostenidos por lo que
hemos heredado del pasado y lo que atestiguamos, tendremos el coraje de
resistir y de continuar resistiendo en circunstancias inimaginables.
Aprenderemos a esperar en la solidaridad” (Berger 2019, 101). Las
citas de Montessori, Arendt y Berger coinciden proponiendo la cooperación y la solidaridad de
unos con otros, así como
resistir y continuar lo
que atestiguamos y hemos
heredado del pasado. Separados en el espacio y en el tiempo y en
contextos muy diferentes me permiten relacionarlas con nuestra responsabilidad
en la enseñanza de la arquitectura.
La
imaginación didáctica del docente del taller de arquitectura, en el contexto de la propuesta
didáctica de todo taller de arquitectura, supone necesariamente un compromiso
con la acción práctica. Sin embargo, el desarrollo del potencial del estudiante no está determinado por nosotros. Solo podemos servir,
ayudar y guiar su desarrollo que, sin ignorar o prescindir de espacios en los
que se despliegan otros conocimientos propios de la arquitectura, advierta que el taller es el ámbito específico para aprender haciendo y lo que estas acciones
permiten es hacer para comprender,
experimentar para comprender;
conocemos lo que hacemos, para comprender
en el hacer. Este es el compromiso y la orientación que
caracteriza al taller de arquitectura
en su dimensión experimental y didáctica. Nuestra responsabilidad es
acompañar y guiar a los estudiantes en la incertidumbre del proyecto exponiendo
lo conocido, vivenciando y experimentando lo nuevo, encontrando aciertos
fundantes que satisfagan la práctica de la arquitectura como pensamiento y experiencia, como creación y razón. Desde el pensar al hacer, alentando el aprender haciendo y dispuestos
a un aprendizaje del
enseñar.
Post-Scriptum:
A favor de un tiempo futuro
El
propósito de este post-scriptum no es sólo volver a
afirmar el necesario compromiso ético y filosófico en el aprendizaje del
enseñar y alentar a los docentes principiantes en esta compleja y difícil
práctica, sino presentar también otras experiencias de innovación pedagógica en
las que hemos participado y acompañado durante las últimas décadas atentos a
las nuevas condiciones y experiencias emergentes en la enseñanza de la
arquitectura[8].
Estas prácticas convencionales o experimentales han sido intermediarias en el
aprender, no finales o concluidas
en sí mismas. Frecuentemente, como ya se mencionó precedentemente, se considera
al pensamiento, el saber del proyecto, el saber hacer arquitectónico como algo
separado de la experiencia, del hacer y por tanto capaz de ser ejercitado
aisladamente. Una forma de interpelar este procedimiento es preguntar sobre la
cualidad del problema que supone. ¿Cuál es el contexto? Como ya hemos visto,
los pensamientos, precisamente son pensamientos, son incompletos. En el mejor
de los casos, son como tentativas, sugerencias, indicaciones. Son modos o
prácticas didácticas para tratar situaciones donde la simulación del proyecto,
la cercanía con el mundo real, replicando respuestas conocidas y naturalizadas,
interfieren con prácticas más experimentales. Aquí es donde la práctica
académica y la práctica profesional convergen o se distancian. Como se mencionó
al comienzo de estas notas, estas dos orientaciones, —experiencia y
experimentación— han estado presentes, especialmente en las últimas décadas, en
la enseñanza de la arquitectura, como agenda social de diferentes instituciones
académicas y colegiadas alentando en los estudiantes la realización de
producciones arquitectónicas y prácticas curriculares de extensión comunitaria,
proyectos de graduación, voluntariados y pasantías. Algunas más cercanas a las
demandas de la sociedad y las urgencias de las comunidades locales, otras más
asociadas a la investigación y experimentación sin las restricciones de la
profesión. Un ejemplo de la importancia que han tenido algunas de estas
prácticas más autónomas o más cercanas a la realidad, ha sido el proyecto de
título de Anna Heringer: Una escuela en Dinajpur, Rudrapur,
Bangladesh (2005). En un contexto ajeno a su formación en Linz[9],
Heringer empezó a trabajar en un proyecto para una
escuela experimentando con tierra y materiales locales como el bambú. Su
proyecto de graduación, se materializó dos años después con la participación de
la comunidad local. Cabe preguntarnos con este ejemplo, si es el
saber del proyecto, el que anticipa la práctica profesional o, por el
contrario, las urgencias y necesidades de la profesión son las que regulan y
limitan el saber hacer propio y específico de la arquitectura.
Quizás estas notas finales permitan revisar, guiar y pensar futuras
prácticas.
En el taller de arquitectura
emergen anacronismos y supervivencias[10]
congruentes
con ciertos modos, reglas y procedimientos del proyecto concebidos y elaborados
en otros tiempos (Miglioli 2021, 282). Estas
supervivencias se dan sin
distinción en talleres de arquitectura con diferentes orientaciones
pedagógicas, sin importar su pertenencia institucional, contextual o
geográfica. Es así como las dudas y reflexiones precedentes respecto a la
enseñanza de la arquitectura, la formación de los docentes y de los futuros
arquitectos ante la complejidad del enseñar y el hacer contemporáneo son pertinentes y nos interpelan.
Tampoco podemos decir que hayamos sido indiferentes a las numerosas
investigaciones y propuestas surgidas en diferente ámbitos académicos y
profesionales. Si las propuestas de Donald Schön[11] sobre el
aprendizaje reflexivo dominaron durante muchos años la mayoría de los
encuentros sobre la formación en arquitectura, constituyéndose el taller de
arquitectura en un modelo de enseñanza para toda la educación profesional
(1983, 1985, 1987), varias décadas después también surgieron numerosas
propuestas que generaron una apertura a nuevas reflexiones y experiencias
pedagógicas. La superación del imperativo didáctico propuesto por Schön necesitó de nuevas miradas críticas como las investigaciones
de Helena Webster (2008, 2011) donde explicó los límites de las ideas de Schön, en su ensayo “Architectural
Education after Schön: Cracks, Blurs, Boundaries and Beyond” (La
enseñanza de la arquitectura después de Schön:
grietas, indefiniciones, límites y más allá) de 2008. Es así como en algunos de nuestros
inactuales e intempestivos encuentros y seminarios sobre la enseñanza de la
arquitectura compartimos las diferentes líneas de acción que se estaban
desarrollando en otros ámbitos académicos. Las grietas, indefiniciones y límites advertidas por
Webster y por otros autores, (Camilioni 2007) aún
perduran y acompañan nuestras preocupaciones sobre la enseñanza. En estos
encuentros, un lugar común es advertir la diversidad de propuestas pedagógicas
que han permitido confrontar alternativas a los planteos habituales de las
instituciones académicas y colegiadas que tratan de regular desde diferentes normativas la enseñanza de la arquitectura. Hemos
podido conocer investigaciones y escritos producidos desde el interior de estas
instituciones reclamando criterios de productividad, alentando en la formación
arquitectónica una relación más cercana con las exigencias y demandas de la
práctica profesional y el mundo real, como si esta fuera única y homogénea.
También hemos conocido y compartido diferentes y desiguales experiencias que proponen acercar a los estudiantes a la construcción de
sus proyectos adoptando la modalidad del aprender a hacer haciendo. Otras
propuestas realizadas con estudiantes han generado significativas respuestas y
soluciones arquitectónicas en relación con el bien común, el compromiso social
y diferentes vínculos y modos participativos con las comunidades. Todas ellas,
en un inestable equilibrio, construyen sobre el pasado tratando de anticipar el
futuro de la disciplina. ¿Es posible abordar con los estudiantes
compromisos locales y cuestiones universales desde perspectivas propias y
específicas de la arquitectura y contribuir a la construcción de una visión más
rica y completa del conocimiento, la acción y el aprendizaje en la formación de
los futuros arquitectos? ¿Es posible desdibujar
las fronteras y explorar las intersecciones entre la formación arquitectónica y
la práctica profesional? Limitar la
enseñanza del proyecto arquitectónico solo a la adquisición de las competencias
del oficio sería por lo menos insuficiente si al mismo tiempo se descuidaran
los principios y fundamentos de la arquitectura (Koolhaas 2014, Rivkin 1986, 2024) También se ha subestimado el impacto de
las nuevas tecnologías de comunicación que han redefinido los modos del trabajo
como lo conocemos y mueve las fronteras entre las actividades académicas y
productivas instalando una nueva ecología socio-ambiental. La enseñanza del
proyecto no puede desatender los nuevos interrogantes que se enfrenta hoy la
práctica arquitectónica que transforman las modalidades de su acción como la
explosión de la urbanización, el crecimiento exponencial de los sectores
vulnerables en las periferias urbanas con necesidades básicas insatisfechas y
la crisis ambiental global. ¿Será entonces el
saber del proyecto, el saber hacer arquitectónico propio y específico de la
arquitectura el que deberá alimentar la práctica profesional y no lo contrario?
En el contexto americano y rioplatense algunas
escuelas y facultades de arquitectura, con sus talleres, comprendieron y
aceptaron que debían ir más allá de las ideas aceptadas y naturalizadas por la
sociedad del cansancio (Byung-Chul Han, 2024, 67)
revisando los modos canónicos de la enseñanza de la arquitectura en la era de
la reproductibilidad técnica. Desde los estudiantes transformados en
replicantes y máquinas de rendimiento que reproducen modelos didácticos abstractos, a la paradoja de la desterritorialización
y la comprensión del sentido de las cosas en prácticas pedagógicas ensimismadas
y alejadas cada vez más de las demandas profesionales
reales, han
surgido propuestas que han integrado en el taller diversos modelos pedagógicos (Miglioli, 2021, 56), desde hace varias décadas, en contextos sociales y
económicos muy diferentes.
Una
de las novedosas propuestas pedagógicas, que influyó intensamente sobre
nosotros, fue la que se desarrolló en la Escuela de Arquitectura de la
Universidad Católica de Valparaíso[12]. En
noviembre de 1998 un evento académico-cultural me permitió visitar la Escuela y
conocer en profundidad el Campus, conocido como Ciudad Abierta[13]
con las construcciones realizadas por estudiantes y profesores. Unos años
después recibí a Manuel Casanueva, uno de los fundadores de Ciudad Abierta y a
Andrés Garcés que viajaron con los estudiantes de su Taller a Buenos Aires para
montar en el patio central de la FADU-UBA la exposición “Un segmento de Amereida”[14]
que reunía imágenes de la Escuela de Arquitectura, Ciudad Abierta, la
Hospedería del Errante, y la Tesis del Arquitecto Orfebre junto a
gigantografías con dibujos del profesor Manuel Casanueva. El evento formaba
parte de uno de los viajes o “Travesías”[15]
anuales que realizan estudiantes y profesores de la Escuela. En estos viajes se
construyen obras de diversa magnitud, en algún lugar de América, elegido a
través de los estudios que se desarrollan en cada Taller. El acto poético y la presentación que
hicieron los estudiantes del Taller en el patio central de la Facultad en
noviembre de 2003 fue una verdadera enseñanza de lo que Casanueva entendía por
el trabajo del Taller y de lo que él veía como “la operación de una Escuela que
trasciende el tablero, que sale a la ciudad y que va desprendiéndose del camino
normado por la tradición, para plantearse una magnitud que va de un continente
a un tornillo (Casanueva 2003, 13). La aparente apatía y desinterés
con que fue recibida la Travesía de los estudiantes trasandinos por recelar de
la voluntad itinerante y experimental de la propuesta pedagógica contrasta con
el progresivo cambio conceptual que se produjo en poco tiempo en muchos
talleres de arquitectura de la FADU y otras Escuelas y Facultades que
integraron dichas prácticas a sus propuestas pedagógicas. Es así que, ver a los
estudiantes itinerantes descubrir la arquitectura, la ciudad y el territorio
con su contexto social y cultural, montar la exposición —aprendiendo a hacer— y construir
una obra relacionada con las investigaciones del taller dirigido por Casanueva
influyó significativamente en las
nuevas concepciones pedagógicas que con un grupo de profesores y docentes
experimentados de la FADU implementaríamos pocos años después en el taller que
estuvo a mi cargo. Uno de ellos, Gustavo Diéguez, que nos acompañó durante los
primeros años del taller implementó algunas prácticas artesanales[16]
construyendo con los estudiantes dispositivos 1:1, práctica que posteriormente
replicaría en su propio taller de arquitectura.
Una
experiencia académica semejante y poco conocida pero que resultó inspiradora
para algunos de nosotros y de la FAPYD-UNR[17] fue
la participación en las actividades propuestas en la Escuela de Arte y
Arquitectura de la Universidad del Salvador. El Seminario Taller Arte y Paisaje
(STAP)[18]
es un ciclo anual de investigación sobre las relaciones entre
arquitectura, territorio, arte y paisaje que se realiza desde 2002[19]
y se concentra en un caso concreto de
necesidad de instalaciones de interés público para escenarios naturales, donde
la intervención arquitectónica pudiera comprometer valores culturales,
ambientales y artísticos de relevancia. El STAP 2003, denominado “Un encuentro
con Eduardo Chillida” se desarrolló en San Carlos de Bariloche, en la Patagonia
argentina, en coincidencia con la conmemoración de Francisco P. Moreno y el
centenario de los Parques Nacionales[20]. El
encuentro reunió a estudiantes y profesores de las tres universidades tomando
como práctica de proyecto, la propuesta de creación de un punto de
interpretación paisajística y sitio de homenaje frente a la isla Centinela, en
el Brazo Blest, donde se halla el mausoleo de
Francisco P. Moreno. En las prácticas propuestas se
produjo un importante desplazamiento conceptual como la transformación del
espacio en lugar y el territorio en paisaje que significó un cambio en la
percepción de los temas y problemas propios y específicos de la arquitectura.
Gustavo Diéguez (A77)[21], junto a
Ana Valderrama (Matéricos Periféricos)[22]
y Felipe Mesa (Plan:B)[23]
emergentes de una nueva generación de profesores sensibles y atentos a los
cambios que se fueron produciendo en las modalidades de la enseñanza han
reunido en la publicación “Talleres
de proyecto y construcción en Latinoamérica. Enseñar con agenda social” (Diéguez 2023) el trabajo
realizado por catorce talleres de arquitectura y construcción de diferentes
instituciones educativas latinoamericanas durante los últimos veinte años. En
un significativo esfuerzo colectivo compilaron un total de treinta y nueve
proyectos que relacionan la enseñanza de la arquitectura con una agenda social
comprometida con las emergencias y necesidades básicas insatisfechas de las
comunidades locales y el impacto que la experiencia de la materialización y
construcción de diferentes instalaciones y equipamientos comunitarios ha tenido
en los estudiantes. Diéguez, Valderrama y Mesa destacan que esta publicación
ofrece una reflexión sobre el rol de la formación y ejercicio actual de la
arquitectura ante los desafíos ecológicos y sociales de nuestro tiempo. En el
contexto de la región más desigual del planeta, este tipo de talleres permite a
los estudiantes interactuar positivamente en respuesta a limitaciones sociales,
ambientales y arquitectónicas. Las
respuestas recogidas en el libro son diversas y reflejan el compromiso de
estudiantes principiantes y avanzados, instituciones, comunidades y docentes:
desde el Pabellón de Observación en San Lorenzo (2021) construido por
estudiantes-principiantes de segundo año conducidos por Lukas Fuster, Sergio
Ybarra y Guido Martínez (Taller E) de la Facultad de Arquitectura, Diseño y
Arte de la Universidad Nacional de Asunción, Paraguay, a la “Plaza del agua”
(2017) realizada por estudiantes de la FAPyD-UNR y el
colectivo Matéricos Periféricos en la Bajada Colacho
del pueblo Esther, Santa Fe, hasta el proyecto de graduación del estudiante
Enrique Moreira realizado en Los Álamos, Maula, de la Escuela de Arquitectura
de la Universidad de Talca, Chile, entre otros ejemplos.
Algunas propuestas se han concretado fuera del ámbito
académico y han sido realizadas por estudiantes y docentes formando parte de
colectivos comprometidos con la arquitectura para el bien común como
“La plaza de nuestros sueños” (2012). Esta propuesta conducida por Lukas Fuster y un grupo de colaboradores intervino
un terreno cedido por el municipio en la Plaza Amistad de Remansito, Villa Hayes, Paraguay. El proceso de
construcción fue totalmente participativo y la comunidad estuvo involucrada en
el diseño, la preparación del espacio, la fabricación de los juegos y otros
elementos de la plaza con la utilización de materiales reciclados. Para el
diseño se organizaron una serie de talleres de los cuales participaron adultos,
niños, niñas y adolescentes. A todos ellos se les pidió que reflexionaran sobre
el derecho al juego, la importancia del espacio público y pensaran cómo sería
la plaza ideal. Después, tenían que plasmar su versión mediante dibujos, el
modelado de arcilla, pintura con acuarelas u otras expresiones artísticas. Lo
producido en estos talleres fue tomado y sintetizado en el proyecto final.
Hoy, todos pueden ver parte de su plaza soñada hecha realidad[24].
Esta propuesta coincide en el tiempo en el que se difundió el Manifiesto de Laufen (2013)[25]
y comparte muchos de los principios allí enunciados.
Estas
experiencias reiteran las preguntas con las que iniciamos estas notas: ¿qué
enseñamos cuando enseñamos? ¿Es comprensible preguntarnos sobre qué es
importante en la formación y la práctica de la arquitectura actual si queremos
que nuestra disciplina desempeñe un papel protagónico en los desafíos
ecológicos y sociales de nuestro tiempo? Veinte años nos separan de las
experiencias de los STAP y de la visita de Manuel Casanueva: “El hecho de
plantear la Ciudad Abierta y las Travesías, como grandes campos de abstracción
produce al final de cuentas que se le de la espalda a
varias dimensiones, entre ellas la profesión”. Y como él mismo afirma “No se
trata de una condena a la profesión, sino su inclusión en el campo extendido
por la Arquitectura Experimental”. (Casanueva, 2003, 13) En Eduardo Chillida
reconocemos reflexiones semejantes: “¿Por qué la experiencia se orienta hacia el conocimiento y la
percepción hacia el conocer? El deseo de experimentar, de conocer, me ha hecho
llevar una marcha discontinua. ¿No se deberá esto a que me interesa más la
experimentación que la experiencia, así como prefiero el conocer al
conocimiento?” (Chillida 2005, 47) Al contrastar experiencia y conocimiento con
percepción y experimentación Chillida introduce una diferencia y una
advertencia. La experiencia anticipa resultados y soluciones fundamentándose
en un cuerpo de conocimientos, mientras que la experimentación no lo hace,
propone investigar, explorar y descubrir. El final es abierto a posibilidades y
potencialidades que siempre están en un constante devenir[26].
Más
allá de la repetición de las certezas, lo que debería caracterizar una
enseñanza de la arquitectura es su capacidad para superar la repetición
y preparar lo que está por venir: estar comprometidos con las emergencias y
necesidades de las comunidades locales, afrontar la diversidad de las demandas
de un mundo en transformación. Frente a las mutaciones y transformaciones
actuales es el saber del proyecto el que deberá alimentar la práctica
profesional y no lo contrario. Con
esta orientación, hay que actuar de “una forma
inactual, o sea contra el tiempo y a favor de un tiempo futuro” (Deleuze 1998, 151). El taller de
arquitectura ha interpelado nuestras acciones desafiándonos a no quitarles la oportunidad a los
estudiantes y docentes principiantes, a los graduados
y jóvenes arquitectos de comenzar lo nuevo, algo que nosotros, como docentes
experimentados no imaginamos o no pudimos imaginar prepararlos en la tarea de renovar el mundo común, un mundo
circundante en transformación. Una enseñanza a favor de un tiempo futuro.
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Breve
CV
Eduardo Maestripieri (Buenos
Aires). Arquitecto (1978), Doctor en Historia del Arte (2008). En la Facultad de Arquitectura, Diseño y
Urbanismo (FADU-UBA) ha sido Profesor
Asociado de Arquitectura, Profesor Titular de Teoría de la Arquitectura y
Profesor Adjunto de Historia de la Arquitectura. Director de la carrera de Arquitectura (2004-2006).
Miembro de la Comisión de Doctorado (2012-2020). Director del Doctorado
(2019-2020). Publicó Mario
Soto. Obras y proyectos. España y Argentina en la Arquitectura del Siglo XX.
Buenos Aires, SCA, (2004). Ha publicado artículos sobre
historia y teoría; cultura urbana, paisaje y proyecto en la arquitectura
moderna y contemporánea.
[1]
Para Vico, sólo podemos entender aquello que somos capaces de hacer.
[2]
Le Corbusier no sugiere una tendencia arquitectónica, ni un modelo a seguir; él
interpreta a la arquitectura como pensamiento. Sus preguntas, acompañadas de
agudas reflexiones sugieren, una didáctica universal, de sorprendente
actualidad y dirigidas hacia aspectos fundamentales del proyecto
arquitectónico.
[3] En
la Lógica de Port Royal, nombre con el que se conoce "La logique, ou l'art de penser"
(1662), A. Arnauld y P.
Nicole distinguen entre dos métodos: el método de
doctrina, que consiste en enseñar las reglas y principios de la lógica, y el
método de invención, cuyo propósito es desarrollar la capacidad de aplicar
estos principios para resolver problemas y descubrir nuevos conocimientos.
[4]
La resistencia de los estudiantes-principiantes a las rutinas didácticas es
inevitable.
[5]
Colquhoun, se refiere a los “cinco puntos” propuestos por Le Corbusier en
varios de sus escritos.
[6]
El estudiante no debería
sentirse intimidado frente al proyecto como si estuviera frente a una hoja en
blanco desconociendo sus propias
vivencias y experiencias.
[7]
Existen numerosos estudios en el ámbito de la pedagogía que destacan las
ventajas de las prácticas docentes de simulación y reproducción que se realizan
en la enseñanza de la arquitectura.
[8] En estas experiencias participamos profesores y
docentes de los talleres Arquitectura, Historia y Teoría de la Arquitectura de
la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos
Aires (FADU-UBA) y de la entonces Escuela de Arte y Arquitectura de la
Universidad del Salvador (EAA-USAL).
[9] Anna Heringer estudió arquitectura en la Universidad
de Arte y Diseño de Linz, en Austria, donde se graduó en 2004. Es en Rudrapur
donde comenzó su interés por la arquitectura de desarrollo sostenible, en
estrecha colaboración con la ONG Dipshikha. Se encargó de recaudar fondos para
poder llevar a cabo la ejecución de la escuela, y fue ayudada por miembros de
la comunidad local durante el proceso constructivo.
[10] Miglioli, V. (2021) “El Taller, supervivencias y
anacronismos”, (Tesis doctoral, Universidad de Buenos Aires).
[11] Donald Schön fue un filósofo estadounidense
y profesor de planificación urbana en el Instituto Tecnológico de
Massachusetts. Desarrolló el concepto de práctica reflexiva y contribuyó a la
teoría del aprendizaje organizacional.
[12] Pérez de Arce, Rodrigo, Pérez Oyarzún, Fernando.
(2003) “Escuela de Valparaíso. Grupo Ciudad Abierta”, Madrid:
Contrapunto y Tanais Ediciones.
[13] Ciudad Abierta, Idea, utopía, ciudad que no es
ciudad, proyecto cultural de los arquitectos y diseñadores de la Escuela de
Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso es una comunidad de vida,
trabajo y estudio capaz de dar cabida al esplendor de los oficios y a su
libertad.
[14] Amereida. Poema y libros, el primero de 1965,
titulados por contracción de América y Eneida, relato de la primera travesía es
una visión poética de América.
[15] Desplazamiento de profesores, estudiantes,
diseñadores, por tierras y aguas de América. Viaje que es a la vez tarea
curricular, experiencia artística real, con actos poéticos de apropiación y
desvelamiento del territorio que materializa una obra arquitectónica,
escultórica o de land art.
[16]
Teoría de la
práctica artesanal: “Para ponerle un nombre a nuestra práctica (…) Primero, el
mundo de los objetos que están a nuestra escala y que podemos construir entre
los dos. Luego las obras de arquitectura que generalmente son chicas y, por último, la práctica política de trabajo en el espacio
público, que son proyectos que tienen que ver con la gestión cultural, la
sociología, el desarrollo y el despliegue de prácticas en el espacio público”.
[17]
Facultad de
Arquitectura, Planeamiento y Diseño de la Universidad Nacional de Rosario.
[18]
Dirigido y
coordinado por Pablo Beitía y Marcelo De Simone.
[19] El primero de ellos,
el STAP 2002 “Xul Solar en el Delta del Paraná”, fue un taller y laboratorio
digital que propuso como práctica de proyecto un muelle de acceso a la
casa-taller del artista Xul Solar.
[20]
Francisco Moreno
(1852-1919), fue el promotor de la creación del sistema de Parques Nacionales,
donando las tierras que dieron origen a la creación del Parque Nacional Nahuel
Huapi, en la Patagonia Andina.
[21]
A77: Gustavo Diéguez
y Lucas Gilardi.
[22]
Matéricos
periféricos es un
colectivo de la Universidad Nacional de Rosario dedicado a realizar prácticas
arquitectónicas entendidas como dispositivos de participación socio-comunitaria
y activismo arquitectónico con sede en la ciudad de Rosario.
[23]
Felipe Mesa y Federico
Mesa son miembros fundadores y codirectores de PLAN: B Arquitectos, estudio
localizado en Medellín, Colombia. Actualmente, Felipe es Profesor Asistente en
The Design School (Architecture Program) en Arizona State University, y Federico
es Profesor Asistente en la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad
Pontificia Bolivariana (UPB) de Medellín.
[24] El proyecto fue concretado por el Centro de
Desarrollo Comunitario, Carlos Irigoitia, Martin Aponte, Amelí Schneider,
Sofía Alfieri con apoyo de
Global Infancia y el Fondo Cristiano Canadiense para la Niñez (CCFN)
[25] El Manifiesto de Laufen es una
iniciativa promovida para activar un cambio en el rol de la arquitectura y el
diseño. Este documento, contó con el concurso de arquitectos, planificadores
urbanos, profesores universitarios y otros profesionales. El Manifiesto
promueve la calidad ecológica, social y estética del medio ambiente y plantea
la construcción a través del desarrollo de estrategias que anticipan y
controlan el crecimiento de condiciones adversas de vida a una escala global.
Entre los aspectos que lo conforman se destaca la búsqueda por la colaboración
cercana, el diseño como instrumento de trabajo, la búsqueda de la belleza, la
identificación de las características locales, el entendimiento del territorio,
la educación y la transformación de la normativa. Entre las figuras destacadas
que lo difundieron se encuentra Anna Heringer.
[26] Recientemente el encuentro: “ExpLearn.
International Symposium 2.0” celebrado en marzo de 2025 en Villefontaine,
Isère, Francia, en el que participaron Víctor Letelier y José Luis Uribe de la
Universidad de Talca y Alvaro Lara Cruz de la Universidad Nacional Autónoma de
México, proponía aprender arquitectura a través de la experimentación: “Behind the scenes of
experiential learning. Experiential Learning in architecture and environmental
design Education. Learning architecture through
experimentation”.