Antes y mejor (?) que Vitruvio / Earlier and better (?) than Vitruvius/ Anterior e melhor (?) do que Vitruvius

Reseña de Saber habitar. Oikonomikós, de Jenofonte. Traducción y notas de Josep Quetglas

Asimétricas, Madrid, 2023 / Review of Saber habitar. Oikonomikos, by Xenophon. Translation and notes by Josep Quetglas / Resenha de Saber habitar. Oikonomikos, de Xenofonte. Tradução e notas de Josep Quetglas

 

Roberto Fernández. Universidad Abierta Interamericana. rfernandster@gmail.com

DOI: https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2025.i38.16

 

Pues parece ser de buen habitante habitar bien la casa de uno mismo

Jenofonte, op.cit. p.53, I.2

 

image 1El pequeño y precioso librito —apenas 152 páginas— que ofrece Asimétricas se compone de la versión de Quetglas del diálogo socrático de Jenofonte (cuya traducción fue auxiliada por Ramón Segarra López) desarrollada en las últimas 100 páginas, precedidas por el extenso y jugoso prólogo del catedrático catalán con la mitad de extensión del escrito griego. El conjunto no sólo presenta otra fuente indispensable de los iniciales escritos de filósofos fundantes —como el del militar e historiador Jenofonte (431-354 AC), conocido por su Anábasis o crónica del retorno en derrota de los mercenarios griegos acompañantes de Ciro el Joven en su intento de destronar al monarca persa Artajerjes II— sino, además, también una profunda meditación que induce a Quetglas a encarar la traducción de este escrito. En ella, se propone una alternativa al discurso aparentemente originante de la teoría de la arquitectura atribuido a Vitruvio (80-15 AC) con su celebre trilema, que precisamente confronta el análisis quetgliano:

 

Por qué nos tuvieron que hacer leer durante siglos a Vitruvio o sobre el Templo de Salomón que son cosas de aparejadores —se dirá el curioso, si es algo exagerado— y no Jenofonte? (p.10).

 

Porque el discurso del griego —en su saga socrática— antepone lo crucial de la utilitas (incluso como motivación de belleza), inaugurando la tradición teórica funcionalista y proponiendo una matriz de pensamiento proto-heideggeriano al preguntarse por la razon esencial del (saber) habitar. No es casual, por otra parte, que el modernamente apreciado John Ruskin sea uno de los tantos que afrontaron una traducción del Oikonomicós.

 

Jenofonte escribe esta pieza dialogal en plan platónico (aunque ambos coetáneos escritores dialogales se ignoraron mutuamente), ya retirado de su menester de militar mercenario y apreciador de cualidades persas, e instalado familiarmente en su casa retiro de Escilonte con su esposa Philesia y sus hijos Grillos y Diodemo. Encara así su primera experiencia de habitabilidad sedentaria transitando su cuarentena y en la que dedica algo de su tiempo a libros didácticos para sus muchachos —como los dedicados a la caballería o a la cinegética— y donde, con un intervalo de dos décadas, abordó las dos partes de Oikonomicós. La primera de esas partes giró en torno al diálogo socrático de Critóbulos y, la segunda, con la conversación de Sócrates e Iscómacos. Una aborda más precisamente la cuestión de la casa y su habitar y otra se dedica a las reflexiones agrícolas.

 

 

 

Dice Sócrates en el arranque de estos díalogos:

 

¿Es que el habitar es nombre de algún saber (episteme) como la medicina, la forja y la carpintería (tektoniké: anota Quetglas: su primer significado como “carpintería” se generalizaría a “construcción”…)? (p.53).

Y sigue el filósofo:

 

así como de cada una de esas artes podríamos decir cuál es su tarea, ¿también del habitar seríamos capaces de decir cuál es su tarea?

 

Critóbulos responde:

 

Pues parece ser de buen habitante habitar bien la casa de uno mismo.

 

Aquí Quetglas anota una endo-referencia socrática según la cual el experto (sophos) debe ser experto sobre todo en/para si mismo.

 

En este razonamiento no solo instala Jenofonte la necesidad y legitimidad de un episteme específico del habitar —como un saber propio de ese arte— sino que lo diferencia del campo de la tektoniké, derivado de la carpinteria a la construcción, y así antepone este saber propio del habitar a aquel específico de las argumentaciones de Vitruvio acerca de la construcción, saber que Quetglas asimila a las destrezas de los aparejadores.

 

Más allá de tal autonomía (saber habitar la propia casa) Sócrates avanza diciendo:

 

e incluso la casa de otro, si alguien se la confiase, ¿no podría si quisiera, habitarla tan bien como la propia?. Porque como quién sabe construcción que también es capaz de hacer para otro lo que hace para si mismo ¿también igual a quién habita una casa? (p.54).

 

Aquí Jenofonte delimita otra vez las artes del habitar y del construir al preguntarse si es posible re-producir el objeto del saber, tal que si el constructor puede repetir su resultado, resulta todavía no esclarecido si quien sabe habitar para sí, será capaz de utilizar tal experiencia para producir una casa para que la habite otro. Ahí radica, si se quiere, el desafío didáctico de saber enseñar a saber habitar.

 

Más adelante afirmará Socrates que aún en el caso de no poseer riqueza hay igualmente un saber habitar (p.65), con lo cual Jenofonte, en la voz socrática que elabora, indica que el saber habitar puede ser propio de la frugalidad y ascetismo y no consecuencia de riquezas considerables para costear la experiencia del buen vivir. Ello en principio, porque el discurso jenofontiano se elabora en plena época penitente de una guerra perdida que asola Atenas en pobreza generalizada y ruptura de su esplendor.

 

Mucho se habló del modelo aristocrático de la vida griega del habitante de la polis, tal que aún en la decadencia de los años del Oikonomikós prevalecerá en ese diálogo el modelo bifronte del hombre público y la mujer doméstica, o ejercicios que, como la paidikós o atracción sexo-afectiva hacia niños y niñas, hoy resultan claramente repudiables. En todo caso, Quetglas plantea la necesidad de rescatar argumentos fundantes de la proposición didáctica del saber habitar mas allá de su eventual relación con formas particulares de la habitablidad en el momento histórico en que se elabora el legado filosófico griego.

 

Esa singularidad histórico-cultural es de alto valor propositivo, aunque retiene formas de patriarcalidad que hoy suenan no solo inactuales sino directamente injustas:

 

Sócrates sabe bien que mi mujer vive dispuesta como le enseñé… (p.107).

 

Quetglás apuntará aquí que es la primera vez que aparece el posesivo mi. Esa posesividad o prevalencia masculina se evidencia en el rol pigmaloniesco de un hombre que deberá educar a su mujer en el arte de habitar:

 

Creí primero enseñarle la capacidad (dinamys) de la casa; porque no ha sido compuesta con ornamentos pintarrajeados… sino que la edificación ha sido construida dispuesta ella misma para que las cámaras (angueion: la misma palabra —apunta Quetglas— con la que Jenofonte se refirió a los espacios contenedores del gran barco fenicio: cápsula, envoltorio, cavidad, hueco…) fueran lo mas utiles posible a lo que pudiese quedarse en ellas, de modo que ellas mismas llamaban lo conveniente en cada una. (p.100).

 

Esta didáctica unidireccional hombre-mujer para aprender el arte de habitar cobra singularidad adicional al tomar como modelo frugal de la casa el funcional esquema de las naves cuya eficacia resultará de un inteligente modo de albergar y contener los utensilios tanto de la vida naval como los de la casa doméstica. Jenofonte enaltece la potencia funcional de todo lo que se puede hacer en una nave (navegar, guerrear, comerciar, etc.) que se obtiene de prestaciones de instrumentos guardados celosamente en lugares no mayores de 10 camas, o sea unos 25 m2. Esa experiencia cuidadadosa de equipar/guardar debe realizarse en una casa siguiendo el modelo de la funcionalidad naval, proposición que reafirmará Le Corbusier en su elogio del paquebote en los años 20.

 

Podrían también encontrarse en el Oikonomokós las primeras semilllas del hoy generalizado talante ambiental que parece pedir una reconsideración ecológica del artefacto casa, no sólo en enaltecer un modelo de fusión urbano-rural como el de la casa-huerto sino, además, en afrontar modos racionales de adaptar la casa al clima. Hay un largo párrafo de Sócrates en el dialogo jenofontiano que alude a relaciones entre orientaciones favorables o no al confort climático, siempre que se acompañen con disposiciones de la casa. Ello es subrayado por Quetglás en su prólogo, al resumir el criterio respecto de la orientacion sur (abierto al sol bajo de invierno y cerrado [bajo] al sol alto de verano) y de la norte (hacia la “Osa”) que requiere edificaciones bajas (khthamalotera) pegadas al suelo y sin aberturas para que no pase el viento frio.

 

También trabaja Quetglas la dualidad de la noción de oikos, a su juicio articulada en el binomio oikós/oikías, variantes masculina y femenina de tal noción que, en femenino lo designado es la casa en tanto que edificio construído, techado…, mientras que la expresión masculina pierde su referencia de escala y alude de manera amplia al arco que va de la morada a la patria (como territorio de pertenencia) asimilable a la nocion francesa del chez nous, el en-casa del lugar de cada uno. Si bien en este desarrollo se equilibra algo la asimetría de la función socio-urbano de los sexos, persiste si cabe, una distinción clásica entre el hombre-abierto (a la polis física y política) y la mujer-cerrada (a la casa doméstica y familiar).

 

En otro pasaje del escrito por Quetglas se recurre a la noción de orden y obediencia (como respuesta a la orden) que, emanadas seguramente del poderoso afecto de Jenofonte por el modus espartano, se traslada a definir formas del habitar:

 

La responsabilidad principal del bien habitar de Jenofonte está en mantener el orden de la casa. La casa es entendida como un depósito ordenado. “Depósito” es una palabra equívoca e igualmente ocurre con “orden”. La casa es más taller que depósito porque los objetos no están ahí almacenados sino que son todos ellos instrumentos que participan activamente en el habitar, que entran y salen, que se consumen y reponen, que se usan y guardan, que se distribuyen y reúnen, producidos algunos en la misma casa en la cocina, en los telares, en el huerto, en los lechos. Y el “orden” del que se cuida el habitante no es el estático del coleccionista sino el abierto y cambiante de las acciones y requisitos de quienes viven. (p.32).

 

Referencia ésta que el teórico barcelonés cree relacionada con la noción de Peter Smithson, cuando entiende la casa como un sistema de armarios ocupados por una cantidad insospechada de objetos de usos variables…

 

El arquitecto inglés cree que la objetología doméstica llegó a un clímax en la posguerra, tal que, según su mirada, anuló los modelos de la arquitectura funcionalista de los años 20. Smithson piensa que una casa debería tener casi un tercio de armarios: Jenofonte hubiera habitado a gusto en esa casa.

 

Más adelante, en su desarrollo ciertamente traslativo de su larga vida nómade-militar a la de aceptar la fundación doméstica de una forma habitativa sedentaria, Jenofonte deberá valorar y acrecentar la importancia de pensar el habitar de una casa como el obtener refugio frente a la diversa hostilidad del mundo natural:

 

el régimen de vida para las personas no es como para los rebaños, al aire libre, porque están claramente necesitados de abrigo. Aquí Quetglas apunta en nota de pie de pagina: Stege: “cubierta”, “abrigo”, “casa” y también “urna funeraria”, con el verbo stego, “yo cubro”. Adolf Loos coincidirá con Jenofonte al identificar en el gesto de decken (“cubrir” tanto con manta como con cubierta) el origen de la casa y en dividir la arquitectura entre la casa y la tumba. (p.89).

 

Cubierta deviene pues equivalencia con la doble cobertura mortaja-ataúd como algo que en-cubre, re-cubre (y se define morfológicamente) un cuerpo, sea el cuerpo múltiple de la familia o el singular del individuo.

 

No es el único momento en que Quetglas establece un diálogo distante entre Jenofonte y Loos, puesto que otro de sus pasajes va a destacar la relevancia del huerto en el modelo de la casa, que en extremo podrá presentar como un potager a habiter (no la machine corbusierana sino el huerto doméstico), figura que prepondera en Jenofonte para presentar una idea de casa subsistente —en medio de la devastada Atenas ulterior a la guerra— y que reverbera en Loos . Él también pensará una casa suplementada a un huerto en su Viena de la primera posguerra mundial del siglo XX, acorde a las ideas políticas de Gustav Scheu y Eugenie Schwarzwald o las prácticas ecologistas de los weimarianos Leberech Migge y Joseph Popper-Linkeus.

Quetglas hará también un evidente esfuerzo en presentar dos nociones griegas bien diferentes para la actual actividad llamada economía: la oikonomikós, que deberá entenderse como economía de la casa (en tanto reducción a un habitar estrictamente funcional), si que quiere concurrente al marxiano concepto de valor de uso respecto de la khrematistiké (crematística). Ésta es una noción mas moderna en Grecia, emergente a la práctica de los metekós y de la acumulación de capital agrario ajeno en origen a la vida de la polis que, finalmente, podrá asimilarse a la mucho más abstracta idea marxiana de valor de cambio. Si la antigua noción de oikonomikós puede ser traducida como saber habitar y entendida como saber propio de un modo austero y funcional de habitar en la polis, así como momento fundante de una arquitectura centrada en la utilitas, es porque se opone radicalmente al segundo concepto de economía basado en la crematística.

 

Por más que Jenofonte ciertamente innova drásticamente en su fundación de un saber habitar, ello no escapa ni modifica la condición extra-doméstica del hombre:

 

no paso el tiempo en casa. Porque también (con) las cosas de mi casa la mujer se basta por sí misma para dirigirlas por completo. (p.85).

 

En el diálogo se atribuye a Sócrates estas definiciones:

 

Pienso que una mujer, siendo buena compañera de casa, es contrapeso del hombre en lo bueno. Casi siempre los bienes entran en la casa por las acciones del hombre y se gastan en su mayoría por las administraciones de despensa de la mujer. Y si estas van bien prosperan las casas; haciéndolas mal, las casas decaen. (p.71).

 

Ruskin, en el prologo a su edición jenofontiana de 1876 va a presentar el binomio hombre-mujer en relación al dispositivo casa como una articulación balanceada y afectiva:

 

Este libro [Oikonomikós] contiene el ideal de la vida doméstica describiendo con cariñoso detalle la ayuda amorosa entre dos asociados iguales, “lord and lady”.

 

Cierto es que Ruskin escribe en pleno victorianismo y en una idea de hogar decidamente aristocrática.

 

Ya concluyendo, es interesante reportar un pasaje en que Jenofonte —una vez más deslumbrado por experiencias persas— alcanza a definir y nombrar una clase de espacio en que se planifica y alcanza el ideal de la naturaleza armonizada altededor del placer humano, ya que no solo parece ser uno de los primeros acuñadores de la nocion de paraíso sino además de que, por ello, también estaría inaugurando un arte de saber habitar lo natural, arquetipo lejano del diseño del paisaje:

 

el rey… habite en la región que sea se ocupa de se encuentren cosas tales como esos jardines llamados “paraisos” llenos de todas las cosas bellas y buenas que la tierra consiente en hacer nacer… (p.74-5).

 

Quetglas apunta en su nota 40 lo siguiente en relación a la palabra paraiso:

 

Paradeisos. Es Jenofonte el primer en haber tomado y trasplantado la palabra del persa, donde aludía a un jardín o campo cercado, domesticado, con vegetación y animales, para disfrute señorial. En la Biblia aparece con posterioridad a Jenofonte.

 

Por Zeus, Josep: ¿qué disfrute de esos momentos fundantes del habitar propone tu lectura de Jenofonte!