Emancipación y arquitectura a partir de la vivienda obrera. Apuntes genealógicos del concepto de habitar en la arquitectura / Emancipation and architecture based on workers' housing. Genealogical notes on the concept of inhabiting in architecture / Emancipação e arquitetura a partir da moradia dos trabalhadores. Notas genealógicas sobre o conceito de habitar na arquitetura.

Sánchez-Laulhé, José1; Gisbert Alemany, Ester2; Nieto Fernández, Enrique3

1. Universidad Rey Juan Carlos, Departamento de Artes y Humanidades, Grado de Diseño Integral y Gestión de la Imagen, Madrid, España, jmlaulhe@room11.es https://orcid.org/0000-0003-1813-6224

2. Universidad de Alicante, Departamento de Expresión gráfica, composición y proyectos, Escuela Politécnica Superior, Alicante, España, ester.gisbert@ua.es https://orcid.org/0000-0002-0612-1159

3. Universidad de Alicante, Departamento de Expresión gráfica, composición y proyectos, Escuela Politécnica Superior, Alicante, España, enrique.nieto@ua.es https://orcid.org/0000-0002-8513-7115

Recibido: 11/01/2025

Aceptado: 28/03/2025

DOI: https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2025.i38.03

Resumen

Este trabajo explora el papel que jugó el proyecto de vivienda para la clase trabajadora a lo largo del siglo XIX en la configuración de la disciplina arquitectónica tal y como la hemos heredado. En ese periodo, se consolidaron las disciplinas modernas a partir de la demarcación de sus competencias y de sus procesos formativos en la universidad. Veremos que el proyecto de vivienda incorporó unos criterios desde donde validar la arquitectura como saber con base científica y consignó una función a la arquitectura dentro de una transformación social más general promovida por la burguesía liberal. Desde la hegemonía impuesta en el ámbito de la vivienda, el arquitecto como experto se apropiará en exclusiva del papel de vigilancia y control de todo lo construido a través de una serie de protocolos y codificaciones. Para esta investigación, han sido fundamentales las aportaciones de Michel Foucault que demuestran cómo se produjo, a través de la ciencia, la legitimación legal y social de la psiquiatría como un conjunto de saberes que por fin pudieron definirse como objetivos. Como en la de la arquitectura, en su genealogía no sería importante si la psiquiatría cumplía los preceptos de una ciencia o no, sino cómo la ciencia respaldó unas metodologías y encumbró a unos profesionales en tanto que expertos. Como conclusión, propondremos que el arquitecto como experto construyó su especificidad a partir de la siguiente pregunta: ¿supone ese edificio, y principalmente esa vivienda, un peligro - físico o moral - para la sociedad?

 

Palabras clave: genealogía, vivienda obrera, higienismo, autoridad, arquitecto

 

Abstract

This research explores the role that the working-class housing project played throughout the 19th century in shaping the architectural discipline as we have inherited it. This was a period in which modern disciplines were consolidated through the demarcation of their competencies and training processes in universities. We will see that the housing project incorporated criteria from which to validate architecture as a knowledge with a scientific basis and assigned a function to architecture within a broader social transformation promoted by the liberal bourgeoisie. From the hegemony established in the realm of housing, the architect as an expert would appropriate the exclusive role of overseeing and controlling everything built through a series of protocols and codifications. For this research, the contributions of Michel Foucault have been fundamental in demonstrating how the legal and social legitimization of psychiatry as a set of knowledge was achieved through science, allowing it to be defined as objective. As in the genealogy of architecture, in its genealogy, it would not be important whether psychiatry adhered to the precepts of a science, but rather how science supported certain methodologies and elevated certain professionals as experts. As a conclusion, we will propose that the architect, as an expert, constructed their specificity based on the following question: Does this building, and primarily this housing, pose a physical or moral danger to society?

Key words: genealogy, working-class housing, hygienism, authority, architect

 

Resumo

Este trabalho explora o papel que o projeto de habitação para a classe trabalhadora desempenhou ao longo do século XIX na configuração da disciplina arquitetônica tal como a herdamos. Foram anos em que as disciplinas modernas se consolidaram a partir da demarcação de suas competências e de seus processos formativos no que chamamos de universidade de pesquisa. Veremos que o projeto de habitação incorporou critérios para validar a arquitetura como um saber com base científica e consignou uma função à arquitetura dentro de uma transformação social mais ampla promovida pela burguesia liberal. A partir da hegemonia imposta no campo da habitação, o arquiteto como especialista se apropriará do papel exclusivo de vigilância e controle de tudo o que foi construído, através de uma série de protocolos e codificações. Para esta pesquisa, foram fundamentais as contribuições de Michel Foucault para mostrar como se produziu, através da ciência, a legitimação legal e social da psiquiatria como um conjunto de saberes que finalmente puderam ser definidos como objetivos. Assim como na arquitetura, em sua genealogia, não seria importante se a psiquiatria cumpria os preceitos de uma ciência ou não, mas sim como a ciência respaldou determinadas metodologias e elevou profissionais como especialistas. Como conclusão, proporemos que o arquiteto como especialista construiu sua especificidade a partir da seguinte pergunta: esse edifício, e principalmente essa habitação, representa um perigo – físico ou moral – para a sociedade?

Palavras-chave: genealogia, moradia da classe trabalhadora, higienismo, autoridade, arquiteto

 

 

1. Introducción

Asistimos a la proliferación de eventos en el interior de la disciplina arquitectónica donde se señala la preocupación por la incapacidad que la arquitectura está mostrando, en tanto que conjunto organizado de saberes, para afrontar las transformaciones sociotécnicas contemporáneas que más nos afectan (Fernández-Galiano 2022; Mateo, 2023). Parece haber una percepción compartida que apunta a que la arquitectura tiene una posición social más débil y que su hegemonía sobre ciertos procesos productivos en la ciudad está cada vez más cuestionada. En estos eventos se suele poner el foco en los elementos externos que presionan a la arquitectura, como la progresiva irrupción de trámites y protocolos de verificación, que se asocian con la creciente dificultad para desplegar unos haceres sobre cuya capacidad innovadora y creativa hemos articulado nuestros procesos formativos. Sirva de ejemplo la instauración de cada vez más rúbricas a través de empresas certificadoras, que vendrían a minorar la relevancia del arquitecto a través de una desagregación de los saberes implicados en el desarrollo de edificios en favor de empresas especializadas muy alejadas de los supuestos objetivos de la arquitectura. Un segundo aspecto vinculado al anterior y cada vez más mencionado, es la inteligencia artificial y sus posibles implicaciones sobre los procesos proyectuales. Para una mejor comprensión de este desacuerdo entre la arquitectura como práctica y los retos a los que se enfrenta, en esta investigación analizaremos algunos momentos claves que ayudaron a construir la especificidad desde donde ha ejercido su autoridad la práctica arquitectónica tal y como la conocemos. De manera particular, nos centraremos en la emergencia de la vivienda obrera y defenderemos que en su génesis esta cuestión de la autoridad es crítica, ya que fue la que facilitó, tomando la seguridad como motivo, instituir una serie de códigos y protocolos indisociables de los problemas actuales de la disciplina.

Varios autores (Kostof 1977; Habraken 2015) coinciden en que a partir de mediados del siglo XIX tuvo lugar la transición progresiva de un oficio y un profesional que hasta entonces había estado centrado en el desarrollo de piezas singulares de carácter artístico-espacial, hasta llegar a convertir al arquitecto en el agente que acumula tanto el control técnico y conceptual como la responsabilidad sobre todo lo construido[1]. Este cambio no ha sido muy explorado, pero no es casual ni único, ya que se da en unos momentos donde muchas de las disciplinas modernas están luchando por aclarar sus competencias y sus demarcaciones disciplinares en un contexto de progresivo desarrollo de los estados-nación en Europa. Para analizar este cambio, seguiremos la propuesta del filósofo e historiador francés Michel Foucault, quien sitúa entre los siglos XVIII y XIX el momento en que distintas disciplinas emergen con fuerza como modeladoras de una sociedad que ha de adaptarse a los requerimientos de un capitalismo todavía en formación. Estas disciplinas introdujeron, por un lado, una serie de adiestramientos que ocurrían en espacios cerrados, las instituciones disciplinares y, por otro, mecanismos que activarían todo el potencial productivo de la población (Foucault 2001b, 42).

El propio Foucault hizo referencia explícita en su obra al papel que la arquitectura cumplía en estos procesos de institucionalización y en el desarrollo de lo que llamó sociedad disciplinar. Pero será otra investigación del propio Foucault la que sirva como guía de la hipótesis presentada: la genealogía que realiza de la psiquiatría en los cursos del Collége de France impartidos entre los años 1973 y 1975 titulados El poder psiquiátrico, Los anormales y Hay que defender la sociedad. En ellos intentó mostrar cómo se produjo, a través de la ciencia, la legitimación legal y social de la psiquiatría como un conjunto de saberes que, por fin, pudieran definirse como objetivos. Según esta genealogía no es importante si la psiquiatría cumplía los preceptos de una ciencia o no[2], sino cómo la ciencia respaldó unas metodologías y encumbró a unos profesionales en tanto que expertos. Para Foucault, esta transformación no se detuvo en los límites disciplinares, sino que tendría otro tipo de implicaciones sobre la creación de formas de autoridad profesional. Nuestra hipótesis dialogará con esta investigación de Foucault viendo las similitudes que existen con los procedimientos que llevaron a la arquitectura a intentar apropiarse en exclusividad del juicio sobre todos los elementos construidos en la ciudad, y en especial todos los que tenían relación con el espacio privado de sus habitantes[3].

En un contexto socioeconómico donde parece difícil recomponer unas prácticas tal y como las hemos idealizado[4], exploraremos ciertas conexiones entre la aparición de tipologías de vivienda para obreros y la generación de un dominio específico de trabajo para la arquitectura. Nos permitiremos, trazando paralelismos con el análisis sobre la institucionalización del poder psiquiátrico a partir de preceptos científicos que realiza Foucault, una aproximación especulativa alrededor de nuestra profesión y la generación de su autonomía específica en el estado español. La estructura de este artículo sintetizará los procedimientos que señaló Foucault: unos saberes previos repartidos en el cuerpo social, la aparición de experiencias pioneras en torno a una casuística concreta, un saber médico y/o científico que da soporte a estas experiencias, la implantación de estas intervenciones en su campo objetivo de acción, el señalamiento de todo aquello que escapara al control institucional y su codificación para consolidar el dominio. Para realizar esta traslación a la arquitectura, no solo se recupera el trabajo de Foucault sino que se incorporan las investigaciones sobre este periodo de conformación de la disciplina en España que realizaron José Manuel Prieto y Ángel Isac, las realizadas por Eduardo Serrano a partir de aunar el trabajo de campo de Alfredo Rubio y el análisis de las organizaciones filantrópicas en la creación de lo social de Jacques Donzelot, la evolución de las ideas de casa, domesticidad o intimidad de Witold Rybczynski o las publicaciones que se conservan de filántropos y arquitectos del siglo XIX. Finalmente, señalaremos los costes de estos modos de afianzar la autoridad de la arquitectura al segregarla de un conjunto amplio de saberes y prácticas para depositarla en manos de unos pocos expertos. De manera particular, nos referiremos a la degradación que esta segregación comporta de los procesos de reflexión y producción de la vivienda como un dominio colectivo con una fuerte dimensión emancipadora y en torno al cual proyectar la identidad y el sentido de pertenencia de nuestras comunidades.

2. La situación de la arquitectura antes de su institucionalización

Desde el siglo XVII, el oficio de la arquitectura fue pasando en distintos países europeos del régimen gremial a las academias, donde se estudiaba junto al resto de las Bellas Artes. Sin embargo, en lo profesional el dominio de la arquitectura se encontraba en una posición frágil. Se alegaba una usurpación continua de sus trabajos por parte de rangos a los que consideraba inferiores como el maestro de obras, el alarife o el agrimensor, además de la falta de control por parte de las administraciones públicas sobre la autoconstrucción (Navascués 1993, 67). Las ordenanzas sobre las atribuciones de unos y otros se ajustaron continuamente entre los siglos XVII y XIX, desapareciendo finalmente de manera oficial la figura del maestro de obras a principios del siglo XX[5]. Por otro lado, la obra pública contaba con la candidatura de otra disciplina que surge con fuerza: la ingeniería. Esta se apoyó en la protección de la burguesía liberal y en el crecimiento exponencial de los conocimientos científicos, que permitieron imponer una codificación técnica a las intervenciones espaciales que la circulación de la producción demandaba. Esto impulsó la búsqueda de un programa formativo propio fuera de las academias y, con ello, la aparición de las instituciones arquitectónicas durante el siglo XIX: la Escuela Especial de Arquitectura de Madrid en 1845, la Architekturschule München en 1868, o L’École Spéciale d’Architecture de París en 1865 (Prieto 2004). Con ellas, se buscaba afianzar la posición del arquitecto mediante un programa de base científica que lo legitimara respecto a las instituciones y la sociedad[6].

El historiador británico John Wilton-Ely sitúa en la época pre-industrial al arquitecto principalmente como un exponente de la alta cultura que trabajaría casi en exclusiva con las clases altas. El arquetipo de este oficio sería Sir Roger Pratt[7], en cuya metodología se superponían informalmente la labor del arquitecto, la de los artesanos y la del promotor (Kostof 1977, 183). Se conservan algunas conversaciones epistolares de Pratt con un posible promotor donde sugería que la aparición del arquitecto es finalista, habría de servir para cualificar artísticamente un trabajo previo realizado por quien quisiera realizarse su vivienda[8]. El arquitecto artista y el arquitecto artesano son otros perfiles que encontraríamos en este contexto, aunque con una importancia inferior (Kostof 1977, 187). Por supuesto, eran minoría quienes buscaban el acompañamiento de un arquitecto para realizarse su vivienda. Para que esto ocurriera necesitaron desarrollarse conceptos que serían principales durante del siglo XIX, como familia o doméstico, que prácticamente no existían para las clases bajas en la época pre-industrial (Rybczynski 1986, 35). Menos aún conceptos como confort o intimidad (íbid., 27-60 y 219-234). En las ciudades, la mayoría se alojaba en espacios pequeños compuestos de una o dos habitaciones, casi sin muebles y sin suministros de ningún tipo.

En España la situación era análoga. En 1866, Luis Céspedes recogía en un artículo para la revista La Arquitectura Española que en España únicamente existían 320 arquitectos (Prieto 2004, 323). En las ciudades periféricas como Málaga no llegaban a trabajar simultáneamente más de diez arquitectos (García Gómez 1996, 287). Con la excepción de los grandes palacios, las viviendas eran construidas en procesos comunitarios sin la participación del arquitecto y, en muchos casos, tampoco la de maestros de obras o alarifes. Pese a los avances tecnológicos la aportación principal de la arquitectura, también entre las clases pudientes, se limitaba a su fisonomía exterior. Hasta finales del siglo XIX, incluso tras un desarrollo mucho más concreto del papel del arquitecto en la sociedad, en las tramitaciones de licencias con la administración era poco habitual incluir las plantas de las viviendas[9], componiéndose la información presentada en su mayoría de dibujos muy simples centrados en los elementos esenciales de la dimensión pública de las mismas —la distribución de huecos, los zócalos o las impostas— sin rastro del interior, ya que seguía siendo un asunto privado (García Gómez 1996, 287). Como nos recuerda Witold Rybczynski, la idea de casa es muy distinta para una persona de la Edad Media respecto a alguien que viva en nuestro contexto. Él sitúa el periodo crítico de esa transformación a final del siglo XIX. Anteriormente, los interiores se encontraban distribuidos en grandes habitáculos que se transformaban por el traslado entre diferentes residencias o por el diferente uso según el momento del día. Y eran casas que se llenaban de gente, de un carácter mucho más público del que ahora mismo concebimos (Rybczynski 1986, 30).

 

3. El despliegue de un saber a partir de experiencias piloto

Podemos encontrar transformaciones similares en otras disciplinas que de igual manera encontraron su acomodo a lo largo de la Ilustración. En el caso de la psiquiatría, fueron clave los avances científicos que permitieron describir las principales estructuras anatómicas intracraneales y especular sobre algunas de sus funciones. Esto facultó fijar algunas premisas iniciales sobre el comportamiento humano y, por lo tanto, sobre sus trastornos. En El poder psiquiátrico Foucault nos sitúa en un contexto donde todos los problemas de salud mental acababan remitiéndose a la locura y cuya única medida a tomar era encerrar al alienado[10]. A través de las experimentaciones de los pioneros del alienismo, o proto-psiquiatría, se generó un marco de posibilidad de curación y reintegración de gran parte de estos enfermos mentales a la sociedad con medidas menos confrontacionales: liberación de las cadenas, reducción de la violencia física, cuidado de la alimentación[11]. Estas medidas incorporaron dos estrategias que acompañarán a la práctica psiquiátrica. Por un lado, la obediencia a través de la deuda contraída por el trato amable del custodio hacia el paciente. Por otro, la curación remitía a seguir en todo momento los procedimientos marcados por el médico-psiquiatra. Es lo que define Foucault como una microfísica del poder disciplinario a partir de la cual se pudieron generar instituciones, discursos de verdad y modelos o protocolos de intervención (Foucault 2005, 39). Estas estrategias serían replicadas por todo el movimiento filántropo que es desplegado por la burguesía para conseguir la asunción de sus criterios en la organización social. La vivienda fue una de las principales herramientas que la filantropía utilizaría para que la clase obrera se adhiriese a esos criterios bajo esa dualidad de obediencia y curación.

La evolución de la vivienda no vino acompañada de una institución cerrada que hiciera las veces de laboratorio como fueron para la psiquiatría el manicomio o, más tarde, el asilo. Existían experiencias colectivas como las casas o corrales de vecinos, pero estaban lejos del control institucional. De hecho, sería en el aprendizaje de las instituciones de otras disciplinas —cárcel, escuela, hospital, fábrica, asilo—, de donde sacó esta incipiente área del saber las estrategias para dotar de amparo científico a los nuevos modelos de habitación. Sobre todo, en su vertiente espacial, que fue profundamente investigada y documentada por el movimiento higienista. Como corriente interna en la arquitectura, también servirían de espejo las transformaciones adoptadas por las viviendas burguesas, con la asunción de nuevos hábitos médicos intrafamiliares. Pero en esta primera fase, el interés por los espacios privados sería promovido fuera de la disciplina arquitectónica, la cual se limitaría a ejecutar las tareas que el resto de campos le requerían.

A principios del siglo XIX se empezaron a dar en Inglaterra y Francia experiencias habitacionales impulsadas por filántropos. El ejemplo al que habitualmente hacen referencia los textos de la época para la cuestión habitacional fue el de Mulhouse en 1835, proyectado y construido por André Koechlin, uno de los principales industriales franceses y, por aquel entonces, alcalde de la ciudad. Con un negocio en pleno crecimiento, Koechlin se encontraba con la dificultad del alojamiento para sus trabajadores. Para solucionarlo fue él quien construyó un primer conjunto residencial para treinta jornaleros con un precio de alquiler razonable para los sueldos que él mismo pagaba. Eso sí, incluía una serie de preceptos que debían cumplir en su vida privada por los que “era menester que el jornalero cuidase por sí mismo el jardín o huerto y enviase sus hijos a la escuela, no contraer ninguna deuda, imponer cada semana alguna cantidad en la Caja de Ahorros y pagar quince céntimos en la Caja de enfermos del establecimiento. Por esta pequeña contribución adquiría, cuando estaba enfermo, derecho a médico y botica”(Casas de Batista 1874, 13)[12]. De esta manera, la relación desequilibrada de poder que ya existía entre el patrón y sus obreros se empezaba a trasladar al ámbito habitacional. También modificó la relación de estas familias con el Estado, minimizando las cargas económicas —salud y ahorro—-, y fortaleciendo, mediante el registro de estas propiedades, la identificación entre vivienda y habitante. Eduardo Serrano define de manera más amplia esta serie de operaciones como el “dispositivo habitación” (Serrano 2015) en su investigación sobre las viviendas obreras de Huelin (Málaga) de Alfredo Rubio. Apoyándose en el trabajo de Donzelot explica cómo este proyecto no se limitaría a las cualidades espaciales de la vivienda obrera, sino que incorporaría una serie de estrategias para el disciplinamiento de las familias proletarias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Fig. 1: Pabellón para cuatro hogares. Ciudad obrera de Mulhouse. Diseño de D. Lancelot, en torno a 1855. Archivos municipales de Mulhouse. Fuente: Wikimedia commons.

 

Estos saberes que se estaban desplegando en experiencias marginales eran transmitidos a través de escritos, pero sobre todo a partir de foros internacionales promovidos por instituciones burguesas que comenzaban a desarrollarse en Europa (Navascués 1993, 38). Experiencias piloto, escritos y encuentros internacionales encuentran su vínculo común en las sociedades filantrópicas, que los promueven como medio para llegar a situar las aspiraciones liberales burguesas en los espacios de decisión política. Sería la Exposición Universal de París del año 1867 la que fuera objeto de mayor atención en la época, tanto desde la arquitectura como desde el higienismo por la importante sección destinada a la vivienda obrera. El entonces director de la Escuela de Arquitectura de Madrid, Narciso Pascual y Colomer, reclamó fondos para hacer una visita con los mejores estudiantes para “el estudio de los sistemas propuestos para establecer las viviendas y barrios destinados a contener las familias de pobres y de obreros en los arrabales de las grandes poblaciones [...], objetos todos de que nosotros carecemos en absoluto” (Prieto 2004, 325). Los múltiples ejemplos presentados en la Exposición debían servir para “demostrar que la mejor solución arquitectónica al problema de las viviendas de la clase trabajadora, fuera de los centros urbanos principales, es la casa pequeña” (Teyssot 1996).


Fig. 2: Perspectiva sobre el Palacio de la Exposición de París de 1867 en el campo de Marte. Autor desconocido. Fuente: Wikimedia commons.

 

4. Legitimación de ciencias humanas en torno a la vivienda

En paralelo a la exposición de París se realizaría el primer encuentro del Comité Permanent International des Architects (CPIA), que sería una muestra de los encuentros especializados que se estaban dando en toda Europa en ese momento histórico. En relación a la gestión de poblaciones, la primera Conferencia Sanitaria Internacional se realizó en París en el año 1851 con el objeto de organizar una lucha común para las epidemias y ese mismo año se daría el primer Congreso de Higiene pública en Bruselas. En ciencias sociales también nos encontraríamos en las mismas fechas con encuentros internacionales: en 1853 se realizaría en Bruselas el primer Congreso Internacional de Estadística y en 1854 se realizaría en Roma el Congreso Mundial de Población. Algo más adelante se darían el de Demografía (París, 1878) -—aunque algo antes se había realizado el de Higiene, economía social y demografía (Bruselas, 1876)—, el de Geografía (Amberes, 1871) o el de Sociología (París, 1894) (Brugarola 1959, 75). En cuanto a las artes y la cultura, se realizaría el primer Congreso de Historia del Arte en Viena en 1873.

Recuperando a Foucault, el problema que se encontraba la psiquiatría es que, teniendo unos procedimientos que legitimaban su forma de actuar dentro de la institución asilar, no había podido dar con un diagnóstico, no contaba con un momento de verdad sobre el que validar su conocimiento como saber objetivo. Por ello, esas instituciones siempre contaban con un médico como garante del conocimiento científico aunque no requiriesen de su participación en muchas de las prácticas psiquiátricas[13]. En el caso de la vivienda, también aparecería un saber médico que sustenta el cambio del modelo de los espacios privados impulsado por la burguesía: las primeras leyes que reclamaron un control sobre las viviendas populares fueron las leyes de higiene pública. En Inglaterra será Edwin Chadwick, abogado y economista, pero con una amplia experiencia en salud pública, quien promoviera el desarrollo de la Poor Law Act de 1834 (Serrano 2021, 491). En Francia serán los observadores competentes de la clase obrera —Villermé, Frégier, Blanqui, Reybaud, Jules Simon, Leroy Beaulie— todos vinculados a la Academia de Ciencias Morales y Políticas quienes alertasen de los problemas morales y económicos que se derivaban del mal estado de las clases populares y sus viviendas (Donzelot 1998, 33). En España, los pioneros en situar la higiene en los debates legislativos serían Mateo Seoane y, sobre todo, su sucesor: el médico Felipe Monlau publicó en 1847 Elementos de higiene pública y luego promoverían la Ley Orgánica de Sanidad del año 1855.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

Fig. 3: Portada interior del libro Elementos de higiene pública de Felipe Monlau, 1847. Fuente: Fondo de la Biblioteca Virtual de Patrimonio Bibliográfico. CC-BY-4.0.

 

En La policía de las familias Jacques Donzelot expone cómo “lo social” surge por el deseo de las clases burguesas, mediante los movimientos filantrópicos, de intervenir sobre los espacios privados de las clases populares. Según él, hubo una apuesta decidida por una tercera vía ante la incapacidad del mercado de ajustarse a la alta demanda de mano de obra —y vivienda— que exigía la industrialización de las ciudades y la intención de la burguesía de mantener un estado liberal con unos gastos sociales controlados (Donzelot 1998, 34). Fueron las instituciones filántropas las que asumieran esa tarea con los formatos de las casas de salud o las viviendas para obreros. Era una vía altamente despolitizante con un polo asistencial, que bloqueaba que las demandas laborales y sociales salieran de la esfera privada, y un polo médico-higienista, que priorizaba su intervención sobre los espacios de reunión espontánea, como eran el espacio público o la vivienda, para defender el buen funcionamiento de la sociedad (Donzelot 1998, 58). La burguesía, también partícipe de los gobiernos, promovería que las experiencias filantrópicas surgidas en contextos periféricos fueran inicialmente las encargadas de cualificar los nuevos saberes que aparecían para darles alcance o impronta de ciencia. De esta manera su proyecto poblacional se instituía con menores interrupciones. Así, las instituciones públicas se ocuparían solamente de los casos extremos, de aquellos que se rebelaban ante el sometimiento de las disciplinas, y solo a partir de la consolidación de esas ciencias, independientemente del Estado, modularían una serie de códigos y protocolos de intervención: “Con este espíritu de preservación de la sociedad liberal por la adaptación positiva de los individuos a su régimen, y solamente a ese título, los higienistas incitarán al Estado a intervenir a través de la norma en la esfera del derecho privado” (Donzelot 1998, 58).

Lo único que requirió la burguesía para el desarrollo de estas ciencias, y se apoyaron para llevarlo a cabo decididamente en las herramientas del Estado, fue una transformación de la masa popular en un conjunto de individuos que conformaran una población[14]. El concepto de población permitía discriminar en grupos objetivos a los que abordar y gestionar y facilitaba el uso de la estadística como herramienta de intervención. Por un lado, se afianzaron los derechos individuales, como la propiedad, respecto a los derechos colectivos, potenciando la figura del individuo como sujeto jurídico. Por otro, se dejó caer el peso de todas las tecnologías disciplinarias sobre todo miembro de la sociedad, convirtiéndolo en un ser sometido a vigilancia, alienado, normalizado e intercambiable. Según Foucault, la función de las ciencias humanas era acoplar estas dos componentes implantadas sobre el individuo: “De esa oscilación entre el individuo jurídico, instrumento ideológico de la reivindicación del poder, y el individuo disciplinario, instrumento real de su ejercicio material, de esa oscilación entre el poder que se reivindica y el poder que se ejerce, nacieron la ilusión y la realidad que llamamos Hombre” (Foucault 2005, 69). Para que los aparatos disciplinarios actuaran de manera permanente sobre esa masa popular y culminaran esa remodelación, se requirió una cierta coacción que la llevara a dejarse someter. Lo que nos vuelve a dirigir a la vivienda para obreros, ya que esta coacción se impulsó a través de la remodelación del modelo familiar[15].

 

5. Cómo la arquitectura se convirtió en ciencia humana al reclamar la vivienda

La familia moderna, nos sugiere Donzelot, no sería tanto una institución como un mecanismo (Donzelot 1998, 95) que es promovido en un momento de crisis del modelo familiar tradicional. Nos recuerda Serrano que, si bien hasta el siglo XVIII la regla del matrimonio había sido muy respetada —por una mezcla del poder eclesiástico, el judicial y de estatus social—, con la migración masiva hacia las ciudades de principios del XIX este contrato dejaría de tener sentido entre las clases populares. Las mujeres con una posición social más frágil, perdieron la capacidad de aportar la dote al contrato matrimonial. Los hombres no tenían la capacidad de soportar económicamente al clan debido a su precariedad laboral y sortear el matrimonio les hacía evitar las cargas derivadas de la paternidad. Los hijos frecuentaban situaciones de abandono, que les hacían vagabundear por las calles o acabar en instituciones de acogida, y la infancia presentaba altas tasas de mortalidad (Serrano 2015, 97). No era este aspecto lo único que era señalado por la burguesía. Otro de los ejes de actuación fue la transformación de las antiguas formas de organización de las viviendas populares donde no se separaban sus habitantes ni por sexo ni por edades, atentando contra la moralidad explícitamente en el interior de esos hogares[16]. Al no ser la familia obrera una unidad autónoma económicamente y requerir el asistencialismo, la burguesía encontró en las cargas que suponían para el Estado la excusa para su intervención sobre el modelo de familia popular.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 4: Fotografía en interior de vivienda con problemas de hacinamiento de trabajadores de algodón polacos en Providence, Lewis W. Hine, 1912-13. Fuente: Picryl.

 

Donzelot explica esa redistribución de fuerzas en el espacio privado como resultado de la alianza entre la moralización filantrópica y un incipiente movimiento feminista surgido entre la clase burguesa que potenciaba la figura de la mujer en el hogar. Ya en el siglo XVII había emergido un primer momento de feminización de lo doméstico en los Países Bajos vinculado al concepto de intimidad en la esfera privada. Pero se llevó a cabo en un contexto socioeconómico muy particular donde había una proporción muy alta de población de clase media dedicada al comercio, y con muchas limitaciones respecto a la contratación del servicio doméstico. Según Rybczynski, esto habría supuesto que las mujeres tuvieran que asumir la administración de la casa que pasaría a identificarse con valores femeninos (Rybczynski 1986, 82). Sin embargo, en el siglo XIX y en los contextos urbanos, sería la crisis de la familia la que impulsaría un cambio en el rol de la mujer. Los saberes de base científica que emergían de las ciencias humanas en torno a la infancia y la familia, combinados con la moralidad burguesa, necesitaban que alguien perteneciente la esfera privada asumiera el papel de vigilancia y control sobre el resto de los miembros. La principal herramienta que se le dio a la mujer para cumplir este cometido fue la vivienda social: “se saca a la mujer del convento para que saque al hombre del bar, dándole un arma, la vivienda, y su modo de empleo: excluir a los extraños y tratar de que entren el marido y los hijos” (Donzelot 1998, 42). La otra función asumida por la mujer sería específica de la infancia. Ante las disfuncionalidades que se derivaban del uso de nodrizas externas, en la distribución de roles internos de la familia a la madre se le inculcó el papel de nodriza. Este mecanismo prolongaba las relaciones médico-paciente en el núcleo familiar, haciendo penetrar el saber médico en el espacio privado ya sea para el control de epidemias, enfermedades mentales o higiene[17]. En última instancia, esta figura permitiría a las instituciones sanitarias intervenir directamente sobre la familia.

La vivienda obrera, por tanto, no fue una tarea menor dedicada a resolver el problema de la migración masiva hacia las ciudades, sino que fue un elemento crítico para el gobierno durante el siglo XIX y XX en tanto modulador del comportamiento de las poblaciones. A su alrededor se desplegaría un dispositivo donde concurrirían cuestiones espaciales, como asignar a cada vivienda unas dimensiones tales que no haya hacinamiento pero tampoco fuera receptiva para más personas de las que conforman el núcleo familiar o que se compartimentase en suficientes dormitorios para que no se mezclaran sus componentes ni por sexo ni por edad; cuestiones socioeconómicas, como el ahorro y la hipoteca como medios de fijar al trabajador respecto a su empleo o desarraigar a las clases populares extrayéndolas de sus barrios y trasladándolas a nuevas áreas urbanas; o cuestiones disciplinares, como la función de localización y registro que cumple la vivienda. Para todo ello, fue necesaria la exclusión del proceso de diseño y constructivo de todo aquel que no fuera experto. Todos estos aspectos contaban con bases estadísticas, médicas o económicas desde las cuales se pretendía instituir una ciencia en torno al habitar, o al menos unos campos de saber con amparo científico, que condicionara lo que ocurría en el interior de las viviendas populares a través del diseño.

 

6. La toma de poder de la arquitectura como institución que codifica un saber

Aun existiendo unos saberes de base científico-médica y una praxis reseñada y validada, se necesitaba algo más para su aceptación social y para que quienes se tenían que encargar ahora de llevarlas a cabo —filántropos o administraciones públicas— asumieran la inversión económica. Siguiendo el paralelo con la propuesta de Foucault, se exigieron dos codificaciones simultáneas para que la psiquiatría se convirtiera en una institución de saber: la codificación de la locura como enfermedad y la codificación de la locura como peligro. Mediante esta doble codificación: “hizo funcionar toda una parte de la higiene pública como medicina y, por el otro, hizo funcionar el saber, la prevención y la curación eventual de la enfermedad mental como precaución social” (Foucault 2001a, 111). Es decir, en última instancia la psiquiatría no sería una rama de la teoría médica sino una rama especializada de la higiene pública. Algo parecido vemos que ocurre con los saberes en torno a la habitación para obreros, que patologizaban a la vivienda popular a partir de sus carencias, sus errores y los síntomas que provocaba en sus habitantes mientras que, a su vez, se criminalizaba toda edificación que no hubiera sido licenciada por un técnico competente como portadora de un peligro inminente.

Foucault indica que fue la noción de “peligro” la que transformaría una cuestión asistencial en un fenómeno de protección: “El peligro es el elemento que tercia para permitir la puesta en marcha del procedimiento de internación y asistencia, y los médicos hacen efectivamente certificados que lo atestiguan. […] Comprobamos el desarrollo gradual de toda una literatura médica que va a tomarse a sí misma cada vez más en serio y, si se quiere, a estigmatizar al débil mental y hacer de él, en efecto, una persona peligrosa” (Foucault 2005, 224). El muestreo de casos donde el débil mental acababa siendo responsabilizado de un crimen no buscaría tanto hacer ver que todo criminal es un posible loco, sino que todo loco es un posible criminal. Por lo tanto, no se fundaría el poder psiquiátrico en términos de verdad sino en la defensa de la sociedad que este poder hace al conjurar, mediante la técnica del internamiento, el peligro que el loco lleva inscrito respecto al cuerpo social (Foucault 2005, 257).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Fig. 5: Portada del libro El futuro Madrid de Ángel Fernández de los Ríos, 1868. Fuente: Biblioteca digital de la Comunidad de Madrid.

En la arquitectura aparecería en esos años también una extensa literatura vinculada al peligro que entrañaban las viviendas populares y a la descripción de mecanismos muy sencillos para su denuncia. Los efectos de ese peligro raras veces se limitarían a los habitantes del domicilio, sino que serían extensivos a toda la sociedad. Los periódicos fueron una de las vías que utilizó la burguesía para expandir esta noción de peligro, como en este ejemplo de 1872 del Weekly Times de Manchester: “Si se tolera que estos locales sigan habitados, el comité asume una gran responsabilidad, y el vecindario quedará expuesto al peligro de epidemia, sobre cuya gravedad consideramos inútil insistir” (Engels 2006, 79). La vivienda obrera y la trama urbana fueron introducidas en los discursos públicos a partir del orden sanitario pero no se renunciaba a hacerlo extensivo a otro tipo de peligros para el orden social: “Entre las causas que ocasionan la mayor mortalidad de las clases menesterosas, debe, sin duda alguna, comprenderse su habitación, insalubre ordinariamente, no ya tan solo por sus condiciones interiores, sino también por hallarse las más veces situada en aquellos puntos de las poblaciones grandes que peores condiciones higiénicas reúnen. Y la mala habitación del menesteroso obra además sobre su moral de una manera funesta, creando para la sociedad indisputables y gravísimos peligros” (Casas de Batista 1874, 104)[18].

Otra de las vías reguladas por ordenanzas sería la denuncia de las casas ruinosas, que podría ser realizada por un facultativo o por un particular (García Gómez 1996, 295), que no solo culminaba con el derribo de la construcción ruinosa sino también con la subasta pública del suelo en caso de no poder afrontar los costes: “la pobre familia que tiene una casita antigua en la calle más subalterna, está siempre en peligro de verse arruinada por la denuncia de un dependiente del Ayuntamiento que tome ojeriza a la casita y dirija contra ella a los mangueros de la villa” (Fernández de los Ríos 1868, 72).

En un primer momento la disciplina de la arquitectura es ajena a estas problemáticas de la vivienda popular que, sin embargo, ya invitaban al desarrollo de una ciencia del habitar. En la Escuela de Arquitectura de Madrid no se le dio un sitio importante en la formación académica hasta el siglo XX, cuando finalmente se incluiría una cátedra de Urbanismo y donde “el segundo curso de Proyectos atendería a la arquitectura privada, tanto urbana como rural; y tan capacitado había que estar para diseñar en la ciudad una “casa palatina”, con todo el lujo y la ostentación de que fuera susceptible, que para concebir la vivienda del “modesto obrero”” (Prieto 2004, 458)[19].Tampoco se trató este tema desde las sociedades corporativas de arquitectos. En España, la Sociedad Central de Arquitectos, fundada en 1850, no debatió sobre las viviendas para obreros hasta el primer Congreso Nacional de Arquitectos celebrado en 1881. Hasta 1883 no hubo una pronunciación expresa de la exclusiva jurisdicción profesional del arquitecto sobre este campo, cuando se “crea una Comisión para el estudio de la mejora y bienestar de las clases obreras, con el objeto, entre otros propósitos, de recabar información sobre los temas de habitaciones de obreros; higiene de los barrios habitados por las clases trabajadoras; reformas en la legislación municipal y medios que puedan emplearse para estimular la construcción de habitaciones baratas y sanas para las clases obreras“ (Pérez del Hoyo et al 2016, 11). De igual manera, en Gran Bretaña el Instituto de Arquitectos Británicos, posteriormente el RIBA cuando la reina Victoria lo convirtiera en “Real”, nació en 1834 con la idea de fomentar la profesionalización y exclusividad de la práctica arquitectónica pero no reivindicaría las competencias urbanísticas hasta 1904 (Serrano 2021, 504).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 6: Encabezado de la Revista de la Arquitectura Nacional y Extranjera. Sociedad Central de Arquitectos, 1881. Fuente: Biblioteca Digital de Castilla y León.

Un último aspecto a señalar sobre este proceso de formación de la arquitectura como disciplina es su relación con el resto de órganos que se habían ocupado hasta entonces del diseño y producción de habitares de las clases populares. A diferencia del cuerpo de ingenieros, que sí participa de manera extensa en la administración pública, la arquitectura quiso operar desde una pretendida autonomía. Sus órganos colegiales defendían unos intereses propios, aunque en estrecha relación con las necesidades del estado liberal. Los profesionales encargados de la producción de los espacios habitables “pueden considerarse, tanto en su actividad laboral como en la producción y reproducción de su disciplina, cómo órganos descentralizados del estado, a veces semiautónomos, y otras veces como funcionarios” (Serrano 2021, 499). La asunción de la arquitectura del papel de disciplina experta en el habitar desplazó progresivamente del proceso de diseño y gestión en primer lugar a sus habitantes[20], pero también a figuras como las “ingenieras domésticas”, que habían promovido cambios estructurales en la vivienda y habían sido protagonistas de su tecnificación y mejora de la organización interna[21]. La cualificación como expertos de los arquitectos hizo que sus informes constituyeran la verdad sobre lo construido —sobre su peligrosidad, sobre su improcedencia— sin necesidad de sustentarse en evidencias científicas, ya que “son enunciados con efectos de verdad y poder que les son específicos: una especie de supralegalidad de ciertos enunciados en la producción de la verdad judicial” (Foucault 2001a, 22). Podemos concluir que la búsqueda de una especificidad que la desmarcase de los ingenieros, de los maestros de obras y del resto de oficios relacionados con la construcción no fue resuelta ni por la vía artística ni por la vía técnica, sino que emergió a partir de un proyecto tan centrado en el comportamiento humano como fue la vivienda obrera.

7. Conclusiones

La hipótesis que sostiene esta investigación es que ciertas disputas en torno a la vivienda obrera se encuentran en el centro de una serie de transformaciones que contribuyeron a dotar de especificidad a la arquitectura como disciplina, un objetivo cada vez más recurrente conforme avanzaba el siglo XIX. Las tareas relacionadas con el diseño y producción de edificios, y de viviendas populares de manera particular, se fueron complejizando con códigos y protocolos que afianzaron progresivamente el poder de solo uno de los expertos hasta que, finalmente, la arquitectura acabó por apropiarse en exclusiva de un campo de producción que hasta entonces había sido compartido por múltiples saberes (Serrano 2021, 510). En poco tiempo, todo aquello que no fuera rubricado por un arquitecto se convirtió en ilegal. Se pasó de considerar la construcción de viviendas populares como una labor comunitaria, en la que se desplegaban saberes ampliamente distribuidos al interior de cada comunidad, a que no se permitiera el acceso al área de obras a nadie ajeno a la industria de la construcción. Las repercusiones de este cambio afectaron sobremanera a la dimensión emancipadora de la vivienda como práctica de producción de comunidad, en favor de unos procesos de modernización plenamente confiados en la eficacia de unos procesos de racionalización y burocratización cuyos efectos no pueden desconectarse de la crisis de vivienda que ahora padecemos.

Para concluir, trataremos de entender cuál es el espíritu de la pregunta que lleva implícito el paso de unos saberes arquitectónicos muy distribuidos a una ciencia o, cuando menos, a la institucionalización de estos saberes. El médico no discute que exista una enfermedad en su paciente y ha de responder, desde el diagnóstico diferencial, a la pregunta sobre qué enfermedad tiene a partir de una serie de síntomas; pero el psiquiatra debe actuar en un escalón anterior, y responder no solo si la persona que tiene enfrente está loca o no, sino también a si constituye un peligro público (Foucault 2005, 298). En esta investigación hemos vislumbrado cómo el arquitecto participó en este proceso de institucionalización de sus saberes y en la construcción de la especificidad de la arquitectura a partir de una pregunta similar: ¿supone ese edificio, y principalmente esa vivienda, un peligro -físico o moral- para la sociedad? Sobre esta cuestión, Foucault es muy explícito:

“entre la locura y yo la cuestión de la verdad nunca se planteará por una razón muy sencilla, a saber: que yo, psiquiatría, ya soy una ciencia. Y si como tal tengo derecho a interrogarme a mí misma sobre lo que digo, si es cierto que puedo cometer errores, de todos modos me toca, y me toca a mí sola, en cuanto ciencia, decidir si lo que digo es verdad o corregir el error cometido. Soy dueña, si no de la verdad en su contenido, al menos de todos los criterios de la verdad” (Foucault 2005, 139).

Dejar de comprender la vivienda como una tarea colectiva fundamental para la comunidad, para pasar a abordarla desde la negatividad inherente a toda tarea de vigilancia y control, afecta a la capacidad fundante de las prácticas de la arquitectura y a su dimensión emancipadora y afirmativa. Así, no es de extrañar que el disfrute de la vivienda quedara durante la modernidad casi reducido al ámbito de la vivienda unifamiliar y de las élites que podían abordar sus costes. Por otro lado, no es sencillo cuestionar la primacía de la arquitectura en el diseño de la vivienda, y su eficacia ha sido a menudo esgrimida como prueba del éxito de esta serie de operaciones sobre las que estamos discutiendo y que probablemente todavía se estén dando en la actualidad, precisamente cuando las dificultades de acceso a la vivienda en España nos interpela de manera particularmente violenta. Por eso es importante señalar que el espacio de acción de la disciplina aún depende de la delegación del control edificatorio por parte de las administraciones de la arquitectura. Paradójicamente, si a través de la vivienda obrera se desplegaron las bases de una ciencia del habitar, la autoridad de la arquitectura no se ha visto refrendada por el desarrollo de una ciencia que le otorgue autonomía. Esa inconsistencia, en tanto que saber, sobre las cuestiones del habitar se ejemplifica hoy en día en conflictos bastante recurrentes como que haya clientes que no dejen intervenir al arquitecto o arquitecta en la concepción de su casa más allá de los trámites a cumplimentar para su ejecución o que un comprador transforme sobre plano su vivienda adquirida en una promoción plurifamiliar.

Nuestro acercamiento a este artículo no tiene una pretensión historiográfica o revisionista sino que, al especular sobre cómo se constituyó la disciplina, quiere dejar constancia de cómo nos hemos alejado de algunos de sus relatos fundacionales. Quizás la preocupación de la que dábamos cuenta al inicio de este trabajo acerca de las dificultades de la arquitectura para afrontar las exigentes transformaciones sociotécnicas contemporáneas, podría derivar en una invitación a pensar su especificidad a partir de la construcción de una nueva pregunta. Podríamos especular, por ejemplo, sobre cómo sería una arquitectura que se imaginara mejor enlazada con las ciencias de la tierra. Volver a mirar hacia abajo en lugar de hacia arriba y no solo tratar de componernos con las personas que habitarán el espacio, sino también con los ecosistemas que preceden a nuestra intervención y los distintos seres a los que afectamos. Volver a dar voz, por ejemplo, a todos aquellos seres patologizados, sexualizados, racializados o naturalizados por el torrente modernizador que puso en marcha la arquitectura como práctica prestigiosa. Si una de las vías tiene que ver con el habitar, probablemente tendrá que pasar por una alianza con los saberes sometidos, aquellos que “estaban descalificados como saberes no conceptuales, como saberes insuficientemente elaborados: saberes ingenuos, saberes jerárquicamente inferiores, saberes por debajo del nivel del conocimiento o de la cientificidad exigidos” (Foucault 2000, 17). Quizás nos correspondería a nosotros decodificar los protocolos y códigos de la construcción para realmente hacer-con esas personas, siguiendo el ejemplo de reconstitución de otras ciencias sociales como la antropología, donde autores como Tim Ingold tejen analogías muy útiles entre las transformaciones de esta disciplina, o al menos parte del camino que debiera haber recorrido, y su propia carrera como antropólogo (Ingold 2018). Hablamos de procesos más largos donde nuestra labor como técnicos o expertos estuviera entrelazada con esos otros saberes particulares, locales, diferenciales e incapaces de la unanimidad, para mantener activa la esperanza en las prácticas de la arquitectura como prácticas de recomposición comunitaria y, por tanto, de emancipación.

8. Referencias bibliográficas

Brugarola, Martín. 1959. “Instituciones sociales modernas: Reuniones y congresos internacionales sobre la población”. Revista de Fomento Social, (53), pp. 61-72.

Casas de Batista, Rogelio. 1874. Discursos pronunciados en la Academia de Medicina de Madrid. Madrid: Imprenta de los señores Rojas.

Donzelot, Jacques. 1998. La policía de las familias. Valencia: Pre-textos.

Engels, Federico. 2006. Contribución al problema de la vivienda. Madrid: Fundación de Estudios Socialistas Federico Engels.

Fernández de los Ríos, Ángel. 1968. El futuro Madrid: Paseos mentales por la capital de España tal cual es y tal cual debe regenerarla la revolución. Madrid: Ayuntamiento de Madrid.

Fernández-Galiano, Luis. 2022. “¿Qué arquitectura debemos promover?” Madrid: Fundación Arquia. Recuperado el 1 de octubre de 2024. https://fundacion.arquia.com/es-es/centro-documentacion/ciclos/que-arquitectura-debemos-promover/

Foucault, Michel, 1967. Historia de la locura en la época clásica I. México: Fondo de Cultura Económica.

Foucault, Michel. 2000. Hay que defender la sociedad: Curso del Collége de France 1975-1976. Madrid: Akal.

Foucault, Michel. 2001a. Los anormales: Curso del Collége de France 1974-1975. Madrid: Akal.

Foucault, Michel. 2001b. Seguridad, Territorio, Población: Curso del Collége de France 1977-1978. Madrid: Akal.

Foucault, Michel. 2005. El poder psiquiátrico: Curso del Collége de France 1973-1974. Madrid: Akal.

García Gómez, Francisco. 1996. “Arquitectura doméstica, burocracia y legislación en la Málaga del siglo XIX: Las licencias municipales para la construcción de casas”. Boletín de Arte, n.17.

Habraken, N. John. 2005. Palladio’s children. Nueva York: Taylor and Francis.

Habraken, N. John. 2015. “Antes y después de la vivienda moderna”. En: La Arquitectura de la Vivienda Colectiva, edited by Montaner, J.M.. Barcelona: Gustavo Gili.

Ingold, Tim, 2018. From science to art and back again: the pendulum of an anthropologist” . En: Interdisciplinary Science Reviews, 43(3–4), 213–227.

Isac, Ángel. 1986. Eclecticismo y pensamiento arquitectónico en España: Discursos, revistas, congresos 1846-1919. Tesis doctoral. Granada: Universidad de Granada.

Kostof, Spiro. 1977. The Architect: Chapters in the History of the Profession. Nueva York: Oxford University Press.

Mateo, Darío. 2023. “La casa está ardiendo”. Sevilla: Colegio de Arquitectos de Sevilla. Recuperado el 1 de octubre de 2024. https://www.coasevilla.org/Fichero.aspx?id=31703

Monlau y Roca, Pedro Felipe. 1847. Elementos de higiene pública. Barcelona: Imprenta de D. Pablo Riera.

Navascués, Pedro. 1993. Arquitectura española 1808-1914. Madrid: Espasa Calpe.

Nieto, Enrique. 2022. ¡Prescindible organizado! Una agenda docente, afectiva y disidente para el proyecto arquitectónico. Santiago de Chile: LOM ediciones.

Pérez-del Hoyo, Raquel; García-Mayor, Clara; Serrano-Estrada, Leticia. 2016. “La construcción de barrios obreros: Una aproximación al debate urbanístico en España, 1881-1907”. Scripta Nova, vol. 20, 546.

Prieto, JM. 2004. Aprendiendo a ser arquitectos: Creación y desarrollo de la escuela de arquitectura de Madrid (1844-1914): (ed.). Madrid: Editorial CSIC.

Rahm, Phillippe. 2021. Escritos climáticos. Barcelona: Puente editores.

Rubio, Alfredo. 1996. Viviendas unifamiliares contra corralones: El barrio de Huelin (Málaga, 1868-1900). Málaga: Miramar.

Rybczynski, Witold. 1986. La casa: Historia de una idea. Madrid: Nerea.

Serrano, Eduardo. 2015. “El dispositivo habitación y la vivienda obrera en el siglo XIX. Revista Márgenes, vol 12, nº16, pp. 95-106.

Serrano, Eduardo. 2021. Biopolítica y urbanismo: La reinvención de la ciudad en la primera modernidad. Málaga: Ediciones del Genal.

Teyssot, Georges. 1996. “Hábitos/Habitus/Hábitat”. En: Presente y futuros. Arquitectura en las ciudades. Barcelona: Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona

 

9. Breve CV

José Sánchez-Laulhé es el gestor de proyectos de la cooperativa Tejares Once SCA. Como investigador es especialista en fabricación digital con proyectos como FabMóvil (seleccionado en la Trienal de Arquitectura de Lisboa), 3D Medifi y ProtoFab (proyectos europeos dentro del consorcio Fabulous), o Redesigning Gardens in the Air (en la reciente convocatoria europea LAUDS). También ha investigado historiografías arquitectónicas alternativas en el libro Conversaciones con Antonio Sáseta o en la tesis doctoral Hackitectura (2001-2010): Una historia de los conflictos territoriales del siglo XXI. Otras líneas de trabajo investigador son las transformaciones socioculturales derivadas del monopolio de las plataformas digitales sobre nuestras memorias, las industrias y las artesanías en las ciudades contemporáneas y su vínculo con el patrimonio industrial (con los proyectos Ehcofab y T11), la biopolítica y otras investigaciones de Michel Foucault aplicada a lo espacial o la crisis climática mediante sus distintas experiencias en AEMET.

Ester Gisbert Alemany es arquitecta desde 2010 y doctora desde 2022. Entiende la antropología del diseño como forma de superar una arquitectura centrada en el objeto y de desarrollar una práctica urbanística y territorial en correspondencia con un mundo en continua recreación. Se ha formado en metodologías de investigación feminista y sus artículos sobre arquitectura, urbanismo y su pedagogía, desde la perspectiva de los Estudios de la Ciencia y la Tecnología, se han publicado en revistas y congresos internacionales. Su investigación actual se centra en la evolución de los paisajes costeros en el Mediterráneo, los procesos de urbanización derivados del turismo y se desarrolla como una investigación basada en la práctica. Ha impartido conferencias y talleres sobre la construcción cotidiana y distribuida del entorno en congresos, colegios profesionales, universidades y otras instituciones. Dirige, coordina y diseña proyectos de paisajismo y desarrollo local desde el estudio creativo Drassana.

Enrique Nieto Fernández es arquitecto desde 1994, doctor desde 2012. Como investigador se centra en la articulación las preocupaciones de un grupo heterogéneo de personas sobre el presente y el futuro de las prácticas arquitectónicas en torno a tres nombres (pedagogías, políticas y prácticas) y tres adjetivos (críticas, ecológicas y materiales). Su tesis doctoral, titulada ¡…PRESCINDIBLE ORGANIZADO!: Agenda docente para una formulación afectiva y disidente del proyecto arquitectónico, pretende explorar fórmulas alternativas del ejercicio disciplinar a partir de las experiencias docentes de la UA. Su investigación reclama la necesidad política que permita que una institución también se construya desde el conocimiento que tienen los estudiantes y que se tiene que incorporar a las clases. Su obra ha sido reconocida en los Premios de Arquitectura Contemporánea de la Unión Europea – Premio Mies van der Rohe, Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo o Premios de Arquitectura de la Región de Murcia.



[1] Literalmente: “Los Congresos Internacionales de la Arquitectura Moderna (CIAM) trataron de justificar un nuevo papel profesional del arquitecto declarando todo el entorno construido un problema de proyecto. Como resultado de ello, ya nada era conocido y todo tenía que ser proyectado” (Habraken 2015, 13).

[2] Para entender las obligaciones y protocolos que han de contraer unos saberes para convertirse en ciencia ver La ciencia en cuestión de Antonio Diéguez (2022). Para entender la relativa importancia de ser “objetivamente” una ciencia respecto a generar posiciones hegemónicas de unos saberes respecto a otros, ver Nunca fuimos modernos (1991) y el resto de la obra de Bruno Latour.

[3] Para profundizar en cómo ha variado en el tiempo el concepto de espacio privado se puede acudir al enciclopédico trabajo de Ariès y Duby en cinco volúmenes titulado Historia de la vida privada.

[4] En un trabajo anterior, Nieto Fernández lo expresa así: “Tengo la percepción de que, al menos en España, se han venido abajo los indestructibles presupuestos sociales, económicos y culturales sobre los que se asentaba nuestra profesión. Los esfuerzos del Consejo Superior de Arquitect@s por generar una acción consensuada parecen aspirar en todo caso a reconstruir una situación de confianza nostálgica que nos devuelva lo perdido, pero sin atender a las nuevas condiciones de posibilidad, excluyendo en cualquier caso aproximaciones que incorporen la incertidumbre” (Nieto 2022, 52).

[5] La pretensión de los maestros de obras durante esos años era que la arquitectura fuera una profesión libre -como la pintura, la escultura o la música- pero nunca llegaron a conseguir su objetivo, aunque sí se da en otras jurisdicciones como la francesa. Sobre el hostigamiento recibido desde la arquitectura: “Este asunto, el de las competencias, fue sin duda una cuestión importante por la que, sin apenas éxito, pugnarían los maestros de obras contra la administración que claramente apoyaba la endiosada postura de los arquitectos, quienes, como colectivo de élite, solo tuvieron en el cuerpo de ingenieros civiles un igual. La soberanía sin límites del arquitecto era, en efecto, análoga a la del ingeniero, con un sentido de clase altamente desarrollado que no permitió ni siquiera la existencia de los maestros de obras, celosos de las prerrogativas y competencias que, sin duda, les asistían históricamente” (Navascués 1993, 67).

[6] “El aspecto más significativo de la exposición [de José Caveda, entonces jefe de sección en el Ministerio de la Gobernación] quedaba cifrado, no obstante lo dicho, en la especial atención que le merecen a Pidal los estudios de la arquitectura... “por cuanto esta arte, la primera, la más necesaria, aquella en que la ignorancia puede acarrear más lastimosos resultados, es acaso la que tiene menos perfecta enseñanza; y para establecerla cual conviene, es preciso no sólo ampliarla teórica y prácticamente, sino también sujetarla a todas las formalidades de una verdadera carrera científica” (Prieto 2004, 28).

[7] Wilton-Ely no olvida a Iñigo Jones, pero como un caso único que no es representativo de su contexto histórico. Sin embargo, sí que considera que sería la base sobre la que se construiría la profesión del arquitecto en el siglo XIX, incluyendo su papel de surveyor, o agrimensor, de la corte: una especie de supervisor de lo que era construido por mandato real.

[8] “First resolve with yourself what house will be answerable to your purse and estate, and after you have pitched upon the number of the rooms and the dimensions of each . . . if you be not able to handsomely contrive it yourself, get some ingenious gentleman who has seen much of that kind abroad and been somewhat versed in the best authors of Architecture . . . to do it for you, and to give you a design of it in paper, though but roughly drawn . . . and after you have had the advice and heard the discourses of many such [advisers] . . . get a model of wood to be most exactly framed accordingly . . . so go on with your building, or change it till it please you” (Kostof 1977, 183-185). Traducción del autor: Primero, decide qué casa será más adecuada a tu bolsillo y a tu patrimonio, y después de haber decidido el número de habitaciones y las dimensiones de cada una... si no eres capaz de diseñarla tú mismo, consigue a algún caballero ingenioso que haya visto tipos parecidos en el extranjero y esté algo versado en los mejores autores de arquitectura... para que la haga por ti y te dé un diseño en papel, aunque sea un dibujo tosco... y después de haber recibido el consejo y escuchado los discursos de muchos de esos [asesores]... realiza una maqueta de madera para encajarlo con la mayor exactitud posible... de esa manera, sigue adelante con tu construcción o cámbiala hasta que te agrade.

[9] Aunque sí que se da en ocasiones, especialmente en los que analizaremos de las viviendas para obreros como las que se realizan en el barrio de Huelin (Málaga) en 1868 (Rubio 1996).

[10] En origen el psiquiatra era llamado ‘alienista’, lo que nos lleva a pensar en un posible parentesco del término con la teoría marxista de la alienación del trabajador y en las posibles implicaciones para la arquitectura de la vivienda obrera. Lamentablemente, por cuestión de espacio, aquí no podemos más que sugerir este parentesco y agradecer al revisor que nos lo hizo ver.

[11] Unos años antes en Historia de la locura en la época clásica, Foucault exponía el anterior modelo, apoyado en los relatos de John Howard: “el Hôpital Général no es un establecimiento médico. Es más bien una estructura semijurídica, una especie de entidad administrativa, que al lado de los poderes de antemano constituidos y fuera de los tribunales, decide, juzga y ejecuta. ‘Para ese efecto los directores tendrán estacas y argollas de suplicio, prisiones y mazmorras, en el dicho hospital y lugares que de él dependan, como ellos lo juzguen conveniente, sin que se puedan apelar las ordenanzas que serán redactadas por los directores para el interior del dicho hospital; en cuanto a aquellas que dicten para el exterior, serán ejecutadas según su forma y tenor, no obstante que existan cualesquiera oposiciones o apelaciones hechas o por hacer, y sin perjuicio de ellas, y no obstante todas las defensas y parcialidades, las órdenes no serán diferidas’”. Soberanía casi absoluta, jurisdicción sin apelación, derecho de ejecución contra el cual nada puede hacerse valer; el Hôpital Général es un extraño poder que el rey establece entre la policía y la justicia, en los límites de la ley: es el tercer orden de la represión” (Foucault 1967, 46-47).

[12] Aunque el modelo de Mulhouse ya era conocido en la disciplina arquitectónica, es relevante que una de las descripciones más completas en castellano de este proyecto, y otros presentados en la Exposición Universal de París de 1867, fuera realizada por un médico y en el discurso de entrada a la Academia de Medicina.

[13] “Entonces, ¿por qué el médico? Respuesta: porque sabe. […] El poder médico va a funcionar dentro del asilo, como poder necesariamente médico, por las marcas que designan en él la existencia de un saber, y sólo por ese juego de marcas, cualquiera sea el contenido efectivo del saber” (Foucault 2005, 187).

[14] El concepto de población para Foucault sería un invento de la sociedad disciplinar: “la soberanía se ejerce en los límites de un territorio, la disciplina se ejerce sobre el cuerpo de los individuos y la seguridad, para terminar, se ejerce sobre el conjunto de una población” (Foucault 2001b, 27)

[15] “La familia no es un residuo, un vestigio de soberanía; por el contrario, me parece un elemento esencial, y que lo es cada vez más, del sistema disciplinario” (Foucault 2005, 91).

[16] Ver los debates del Congreso de higiene pública de Bruselas de 1851 en los que participaron Ducpétiaux, Gourlier, de la Sagra o Ebrington que exponía: “Para la moralidad y la decencia, la separación de los sexos es indispensable. Un ministro me ha dicho: ‘He hecho todo lo que he podido, pero el dormitorio común me ha vencido’” (Donzelot 1998, 45).

[17] Desde la perspectiva psiquiátrica sería también la familia la que detectase y, en un primer momento, intentara corregir las anormalidades: “En resumen, la instancia de la familia medicalizada funciona como principio de normalización. Es esa familia, a la que se dio todo el poder inmediato y sin intermediarios sobre el cuerpo del niño, pero a la que se controla desde afuera mediante el saber y la técnica médicos, la que pone de manifiesto, la que ahora, a partir de las primeras décadas del siglo XIX, va a poder poner de manifiesto lo normal y lo anormal en el orden de lo sexual. La familia va a ser el principio de determinación, de discriminación de la sexualidad, y también el principio de enderezamiento de lo anormal” (Foucault 2001a, 235).

[18] La noción de peligro también se utilizaría para desprestigiar alguna de las soluciones que estaban sobre la mesa esos años, como las ciudades obreras. Respuesta de Méndez Álvaro al discurso de Casas de Batista: “¿Hay necesidad de grande suspicacia ni de un supremo esfuerzo de observación para deducir que el pensamiento de las ciudades obreras ha sido inspirado, mejor que por la higiene y el anhelo del bien, por aciagas miras político-sociales, y por un mezquino espíritu de especulación? […] Esos barrios de pobres, esos colosales edificios que se han llamado ciudades obreras, han de ser, siempre y necesariamente, una amenaza, un peligro para la totalidad de las poblaciones” (Casas de Batista 1874, 97-99). Ver a su vez en la cita que Teyssot recoge de Louis René Villermé sobre el plan de la Cité de la calle Rochechouart en 1849 (Teyssot 1996).

[19] Sí hubo esfuerzos individuales por incluir esta temática, como el de Gerónimo de la Gándara que incluía en 1860 dentro del programa de su asignatura de Composición y Arquitectura legal: “68 lecciones; las 15 primeras giran en torno a una teoría general de la composición y el resto responde a un exhaustivo examen tipológico organizado en cinco partes: edificios religiosos, monumentos honoríficos, edificios de instrucción pública, edificios destinados a diversiones públicas y edificios de utilidad pública. A estos cinco apartados hay que añadir un sexto que, a modo de extraña “conclusión”, se ocupa de las “habitaciones en general” y del urbanismo; el estudio de las tipologías residenciales permitía contrarrestar la hipertrofia de lo público que acusaban los demás temas” (Prieto 2004, 297). En 1866 incorporaría de manera más directa una lección, la última, sobre barrios para la clase obrera (Prieto 2004, 309).

[20] “El problema (y la solución aportada) tiene un contexto social, político, económico, que lo sobredetermina y que por ello la problemática se volverá a reproducir de múltiples maneras. Es una especie de asistencialismo que niega a los necesitados capacidad propia de resolver su carencia. Desde el poder político, y sobre todo desde los técnicos, se considera que la población afectada no resolverá esos problemas si no recibe desde el exterior la ayuda apropiada” (Serrano 2021, 512).

[21] Es significativo que estas mujeres tomaran el nombre de ingenieras en lugar de arquitectas o diseñadoras. Habla del desinterés que hubo durante mucho tiempo desde la arquitectura por estas cuestiones. Para profundizar en su papel en la transformación de las viviendas puede hacerse un primer acercamiento en La casa: historia de una idea (Rybczynski 1986) o, con mayor profundidad, en La estela de las ingenieras domésticas americanas en la vivienda social europea (Espejel y Rojas 2018).