
Anduli • Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 20 - 2021
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regionales de libre comercio, la Organización Mundial del Comercio, programas de
ayudas y subsidios agrícolas en el Norte, etc.) han acabado con los sistemas alimen-
tarios tradicionales a nivel mundial, implantándose en cambio un modelo alimentario
privatizado y productivista especialmente vulnerable ante situaciones de crisis eco-
nómicas, ecológicas y sociales. Un modelo que es utilizado como “instrumento impe-
rialista de control político, económico y social por parte de las principales potencias
económicas del Norte, como Estados Unidos y la Unión Europea (así como de sus
multinacionales agroalimentarias), respecto a los países del Sur global” (Montagut y
Vivas, 2009, pag. 14).
En este escenario hay que tener en cuenta un hecho fundamental y es la alta con-
centración empresarial a la que está sometida la cadena agroalimentaria. Ello se
traduce en situaciones cercanas al monopolio y, por tanto, de control de uno o varios
eslabones del proceso de producción. Como ejemplo tenemos dos de los eslabones
que más sufren la concentración empresarial, como son la provisión de semillas y la
distribución.
Siguiendo a Montagut y Vivas (2009), con respecto al primer eslabón de la cadena
agroalimentaria, la provisión de semillas, sólo diez compañías (entre las que se en-
cuentran Monsanto, Du Pont o Syngenta) controlan más de la mitad de las ventas
del sector. La existencia de leyes de propiedad intelectual sobre semillas permite
patentar y adquirir sus derechos de comercialización, incentivando la concentración
empresarial en este segmento y complicando la disponibilidad de variedades autóc-
tonas en favor de la estandarización de los cultivos. Los agricultores dependen, por
tanto, del poder de estas compañías, de la calidad de estas semillas y de su precio
para poner en marcha una explotación agraria.
Por otra parte, también es común que estas empresas controlen otra industria rela-
cionada como es la de los plaguicidas y pesticidas. La concentración en este sector
es mayor, de forma que las diez mayores empresas controlan el 84% del merca-
do mundial; siendo muy común también establecer acuerdos de colaboración entre
ellas, compartiendo los riesgos asociados a la investigación y desarrollo tecnológi-
cos. Por ejemplo, en 2007, la principal compañía de semillas y la mayor química del
mundo, Monsanto y BASF, colaboraron en el desarrollo de semillas transgénicas
(organismos biológicamente modicados) de maíz, algodón y soja que aumentaran
el rendimiento y la tolerancia a la sequía.
En el otro extremo, se encuentra el eslabón de la comercialización y la distribución,
altamente dominado por las multinacionales de la gran distribución. En Europa, entre
1987 y 2005 la cuota de mercado de las diez mayores multinacionales del sector
aumentó hasta situarse en un 45% del total, pronosticando que ésta podría aumentar
un 75% en los próximos años. Sin embargo, la realidad supera a la cción: en Sue-
cia, tres cadenas de supermercados controlan más del 95% de la cuota de mercado,
y en otros países, entre los que se encuentra España, unas pocas empresas domi-
nan entre el 45% y el 60% del total. Concretamente, en 2020, Mercadona controla el
24,5% de la distribución alimentaria, Carrefour el 7,7%, DIA el 6,2%, Grupo Eroski el
4,9%, Lidl el 5,5% y el Grupo Auchan el 3,4% (Kantar Worldpanel, 2020).
A través de las megafusiones, estas grandes multinacionales, cuya matriz radica en
países del Norte, absorben a otras cadenas pequeñas asegurándose su control y ex-
pansión internacional, especialmente en los países del Sur proveedores de materia
prima. Esta alta concentración del sector permite un dominio casi monopólico de toda
la cadena de valor agroalimentaria, otorgándoles capacidad suciente para controlar
qué productos se consumen, a qué precio o de qué procedencia. Es un modelo de