
Philologia Hispalensis · 2025 Vol. · 39 · Nº 1 · pp. 361-365
ISSN 1132-0265 · © 2025. E. Universidad de Sevilla. · (CC BY-NC-ND 4.0 DEED) 
El libro que reseñamos reúne trece estudios que ―aunque originariamente publicados de forma independiente en revistas científicas especializadas de diversos países (España, Italia, Francia, Alemania, Croacia), un libro de autoría colectiva y dos actas de congreso― comparten una misma temática: en todos se analizan e interpretan los nombres de persona atestiguados en documentos redactados en Sevilla y su área de influencia durante los siglos xv y xvi. En el primero de ellos, titulado «Aportaciones al estudio del nombre de familia bajomedieval» (pp. 15-24), el autor reflexiona sobre la necesidad de establecer una categoría nombre de familia, diferenciada de las básicas de la antroponimia medieval (nombre de pila, patronímico y apellido). A partir de lo observado por él a través del análisis de un conjunto de censos de Alcalá de Guadaíra (localidad próxima a Sevilla), fechados entre 1426 y 1444, concluye que hay motivo para postular tal categoría «cuando, por una parte, pueda interpretarse que el sobrenombre, a partir del cual se ha generado aquel, ha perdido la motivación que lo originó y cuando, simultáneamente, en esa inmovilización está implícita una relación de parentesco» (p. 24).
En el trabajo «Sobre antroponimia femenina bajomedieval» (pp. 25-36) se intentan determinar los rasgos que diferencian la onomástica femenina de la masculina. El volumen del material documental del que disponemos en cada caso es muy desigual, dada la escasa relevancia concedida a la mujer en la vida pública en época medieval, por lo que no es aplicable un criterio predominantemente cuantitativo. El autor destaca que es en los sobrenombres (en mucha mayor medida que en los nombres de pila y en los apellidos) donde ―con la salvedad de los llamados matronímicos perifrásticos― se acentúan las diferencias onomásticas, pues la identificación de la mujer se lleva a cabo por lo general a través de la referencia a su marido, bien «mediante el giro muger de», bien feminizando su sobrenombre (Marina García muger de Pero Martínez Gallego > Marina García Gallega) (p. 34).
En la tercera aportación, «Consideraciones en torno al estudio de los antropónimos sevillanos del siglo xv» (pp. 37-44), nuevamente basada en un corpus antroponímico procedente de Alcalá de Guadaíra, Rodríguez Toro describe cómo en la centuria en cuestión el sistema de nombres se fue transformando; concluye que, «cuando el patronímico quedó fijado y perdió de esta manera su capacidad para connotar la continuidad familiar, fue el sobrenombre, por su mayor transparencia, el elemento que garantizó […] la identidad de grupos de personas emparentadas, como demuestran en especial los casos en los que se observa su desplazamiento de la tercera a la segunda posición de la denominación» (p. 44).
El material onomástico analizado en el extenso cuarto trabajo está constituido por una decena de padrones (de cuantías, de bienes fechados y militares) datados entre 1408 y 1488, procedentes todos de la colación sevillana de San Lorenzo. El autor estudia por separado cada uno de los elementos que integran la estructura del nombre de persona medieval: el nombre de pila (pp. 47-54), el patronímico (pp. 54-57), el nombre toponímico (pp. 58-64) y el sobrenombre (pp. 65-71). En lo que atañe al primero, constata «cierto conservadurismo», pues no se aprecian cambios importantes ni en cuanto al repertorio de formas ni en cuanto a su frecuencia de aparición. Frente a esto, el segundo elemento «dejó de ser ocupado solo y mayoritariamente por un patronímico», pérdida de predominio que «coincide con su fijación, pues se transmite cristalizado entre generaciones sucesivas» (pp. 71-72). En el periodo estudiado se comprueba, además, cómo se vacían de contenido las formas que originariamente expresaban el origen geográfico, el estatus socioeconómico o laboral, o que aludían a rasgos físicos y morales.
Bajo el título «Los nombres de pila españoles en época preclásica (según el padrón general de Sevilla, año 1533)» se presenta un estudio que compara un padrón sevillano del mencionado año con uno anterior de 1384. Del minucioso cotejo concluye el autor que en la tercera década del siglo xvi aún no se había producido en Sevilla «ruptura alguna respecto de la antroponimia bajomedieval» (p. 87): no se observan indicios de la «liquidación» de los nombres de pila descrita por Menéndez Pidal en un trabajo pionero, pues, como ilustra plásticamente la síntesis en forma de tabla (p. 82), no había cambiado aún sustancialmente ni el inventario de formas elegidas ni su frecuencia porcentual. Las únicas excepciones son, por una parte, los nombres Francisco y Ana, cuyo número aumenta de forma bastante significativa en el conjunto de la población, y, por otra, ciertas innovaciones (Rafael, Leonardo, Felipa, así como algunos nombres de pila compuestos) imputables —y esto, sin duda, constituye un hallazgo interesante— exclusivamente a los vecinos de procedencia foránea.
El interés del siguiente trabajo (pp. 92-108) radica principalmente en que se centra en un punto geográfico alejado de Sevilla, aunque perteneciente a su jurisdicción y expuesto su influencia: la Sierra de Aroche. A partir del análisis de más de 2000 formas antroponímicas extraídas de varios padrones de esta área rural, Rodríguez Toro concluye que las transformaciones observadas en la ciudad «podrían extrapolarse a las zonas rurales»: «aunque siga predominando con notable diferencia la estructura de dos nombres (el nombre de pila y el nombre segundo), comienza a extenderse la complementación de la secuencia binaria mediante un sobrenombre de tipología variada o mediante un giro indicativo de alguna relación de parentesco»; la razón de ello es que «para conseguir la identificación de todos los miembros de aquella comunidad, no bastaba la combinación de los dos antropónimos, sino que se requería la adición de otra marca, lo que determinó el surgimiento de la estructura de tres nombres (p. 106).
De un tipo de fuente distinto procede el material onomástico en el séptimo trabajo, titulado «El nombre de pila español en los albores del Siglo de Oro (a propósito del Libro de los baptizados en esta Santa Iglesia de Sevilla)» (pp. 109-128). Los libros sacramentales de bautismo ofrecen la ventaja de que en ellos están representadas en similar proporción las poblaciones masculina y femenina. El documento analizado en el estudio aporta referencias a 1291 mujeres y a 1334 hombres, que pertenecían a una sociedad de enorme complejidad y variedad desde el punto de vista sociológico, pues Sevilla era en la época estudiada (1515-1524) un microcosmos en el que convivían personas de muy diversa procedencia, etnia y religión, así como de muy diversos estratos sociales. De particular interés son los datos que el autor presenta respecto de minorías como los niños abandonados, los esclavos y los criados (pp. 118-120).
En tres nombres de pila específicos, extraídos nuevamente de un índice de bautismos, se centra Rodríguez Toro en el trabajo «Baltasar, Gaspar y Melchor en el siglo xvi (el Sagrario, Sevilla)» (pp. 129-140). Según explica, las tres formas «se documentan como nombre de bautismo al mismo tiempo (a mediados del cuatrocientos) y presentan una frecuencia muy similar a lo largo del siglo xvi, en que se difundieron socialmente, pues se dan tanto en recién nacidos como en esclavos adultos. En estos porque sus amos habrían deseado cristianarlos con un nombre acorde con los gustos de la época. Los miembros del clero también bautizaban con los nombres de los reyes magos a los niños abandonados a las puertas de los templos, prueba inequívoca del papel de la Iglesia en la extensión aquí estudiada». De este modo, la popularización de los nombres de los Reyes Magos parece estar relacionada con dos fenómenos coetáneos, igualmente atribuibles a la influencia de la Iglesia católica: la «desaparición de los nombres de origen semítico y la renovación de la antroponimia femenina por la introducción de las advocaciones marianas» (p. 139).
Las partidas de bautismo sevillanas del siglo xvi investigadas aportan información interesante también sobre el nombre que domina como ningún otro la onomástica femenina: María (pp. 141-162). El autor diferencia tres clases de antropónimos que combinan esta forma con otra adicional: los «nombres que, mediante un sintagma introducido por de, adjuntan a María el nombre de un misterio relativo a la vida de la Virgen (por ejemplo, María de la Concepción) o el nombre de un santo o hagiónimo (por ejemplo, María de San José); […] nombres dobles con María antepuesto (por ejemplo, María Ana); y […] nombres dobles con María pospuesto (por ejemplo, Ana María)». La elección del elemento añadido está estrechamente relacionada con el calendario católico, particularmente, en el primero de los casos. Un factor condicionante parece ser, además, el sociológico: «la mayor incidencia de la Iglesia en la elección del nombre de pila mediante la imposición del santoral se correspondería con los grupos sociales menos favorecidos, y, a la inversa, la menor influencia de la Iglesia se daría en la clase social alta» (p. 159). Especialmente atractivo es el tema elegido en la décima aportación. Partiendo de nuevo de las partidas bautismales mencionadas, el autor intenta determinar las características que diferencian los nombres impuestos a los representantes de tres minorías ―los hermanos gemelos, los cristianos nuevos y los extranjeros― respecto de la sociedad mayoritaria. En el primero de estos tres colectivos la elección tiende a recaer en la reutilización de los nombres de los padres o de los padrinos, en el uso de formas distinguidas únicamente por el género (Agustín y Agustina) cuando los niños son de sexo diferente, así como en nombres de personajes venerados por la Iglesia entre los que existe un vínculo (Pedro y Pablo, Justa y Rufina, Melchor y Baltasar, etc.) (pp. 166-168). Los nombres impuestos a los cristianos nuevos, en cambio, no presentan por lo general diferencias respecto de la onomástica mayoritaria, lo cual refleja «el deseo de integración […] de los individuos […] en la sociedad de acogida» (p. 169). Muy variada es, finalmente, la onomástica de los hijos de extranjeros, que da una idea de la variedad poblacional que caracterizaba a Sevilla en la época de su mayor apogeo.
En el capítulo onceno («Para la historia de los antropónimos compuestos con la preposición de (Sevilla, siglo xvi)» (pp. 175-184), el autor selecciona el material de estudio en función de una característica formal de los nombres ―la combinación de dos elementos vinculados por una preposición (Gaspar de los Reyes, Ana del Espíritu Santo, etc.)―. Destaca, una vez más, la importancia del santoral en la elección de las unidades, e identifica la influencia ejercida por el entorno social. Una visión de conjunto de la problemática de los nombres de pila en uso en el siglo xvi ofrece el penúltimo capítulo «El nombre de pila doble en el siglo xvi: la aportación de los libros de bautismo sevillanos» (pp. 185-212), mientras que el estudio que cierra la colección (pp. 213-222) nuevamente se centra en una cuestión muy concreta: el auge de los nombres de pila Jacinto y Jacinta ―que antes aparecían solo esporádicamente― al final del siglo xvi, hecho relacionado claramente con la canonización de Jacinto de Cracovia el 17 de abril de 1594.
En resumidas cuentas, los trece estudios reunidos en el volumen reseñado ofrecen al lector un panorama completo y a la vez detallado de la evolución del sistema antroponímico en uso en Sevilla y su área de influencia a lo largo de los siglos xv y xvi. Basándose en abundante documentación, consultada en su versión original en los archivos, y aplicando una metodología rigurosa, el autor explora a fondo los dos tipos documentales más ricos en material onomástico, los padrones de cuantías y los libros sacramentales de bautismos. En su exposición combina hábilmente la reflexión teórica con el estudio tanto de aspectos generales como de fenómenos específicos muy concretos, y consigue así arrojar abundante luz sobre un capítulo de la historia lingüística regional antes conocido solo de forma muy fragmentaria. La edición conjunta de los trabajos en forma de libro facilitará, sin duda, la recepción de una paciente labor investigadora llevada a cabo durante dos décadas, y dará así un impulso decisivo a la investigación antroponímica en general.