Construir la historia de la arquitectura entre dos continentes. La aportación de Pedro José Márquez en los Apuntamientos por orden alfabético
Building the History of Architecture between two Continents. The contribution of Pedro José Márquez in the Apuntamientos por orden alfabético
Miriam Cera Brea
Universidad Autónoma de Madrid. España
https://orcid.org/0000-0001-8623-1034
miriam.cerab@uam.es
Resumen:
La relevancia de Pedro José Márquez y sus trabajos es conocida. Sin embargo, su aportación historiográfica es susceptible de ulteriores análisis, especialmente la contenida en los Apuntamientos por orden alfabético. El objetivo de este artículo es analizar tal contribución, poniendo este manuscrito en conexión con la historiografía de la época y haciendo énfasis en aspectos tradicionalmente pasados por alto, como su hincapié en la arquitectura colonial mexicana. Esta obra, reflejo tanto de su origen mexicano como de su prolongada residencia en Italia, supone una de las primeras aproximaciones a la arquitectura americana dentro de un contexto global.
Palabras clave:
Márquez; Apuntamientos; arquitectura; historiografía; América.
Abstract:
The relevance of Pedro José Márquez and his works is well known. However, his historiographical contribution is susceptible to further analysis, especially that contained in the Apuntamientos por orden alfabético. The aim of this article is to analyze such contribution, putting this manuscript in connection with the historiography of the time and emphasizing aspects traditionally overlooked, such as its emphasis on Mexican colonial architecture. This work, reflecting both his Mexican origin and his prolonged residence in Italy, is one of the first approaches to American architecture within a global context.
Keywords:
Márquez; Apuntamientos, Architecture; Historiography; America.
Fecha de recepción: 27 de diciembre de 2024.
Fecha de aceptación: 16 de enero de 2025.
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© 2025 Miriam Cera Brea. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Com-mons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 4.0. International License (CC BY-NC-SA 4.0). |
Los Apuntamientos por orden alfabético y Pedro José Márquez
El 12 de octubre de 1816, apenas cinco meses después de la restauración de la Compañía de Jesús en Nueva España, Pedro José Márquez (1741-1820) se embarcaba rumbo a México. Atrás quedaban casi cuatro décadas en el Viejo Continente, transcurridas principalmente en la ciudad de Roma y cuyo calado en su formación y en sus obras es evidente1. En el regreso a su patria llevaba consigo el manuscrito Apuntamientos por orden alfabético pertenecientes a la arquitectura donde se exponen varias doctrinas de M. Vitruvio Polión, trabajo que puede considerarse epítome de su producción intelectual y del que se conservan tres ejemplares (Figura 1)2.

Figura 1. Pedro José Márquez, Apuntamientos por orden alfabético pertenecientes a la arquitectura donde se exponen varias doctrinas de M. Vitruvio Polión, portada tomo III. Biblioteca Nacional de España. Fotografía: Biblioteca Digital Hispánica (https://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000261689&page=1).
Esta obra constituye un fiel testigo de la prolongada residencia en Roma de este mexicano, protegido, al igual que otros jesuitas de la relevancia de Vicente Requeno, por José Nicolás de Azara (1730-1804)3. Azara, seguramente consciente de la formación cultural de Márquez y de su conocimiento del latín, fue responsable de la introducción del mexicano en los círculos intelectuales romanos y de su consecuente colaboración en las excavaciones que el embajador patrocinaba. Estas supusieron contactos como los que estableció con Silvestre Pérez, Evaristo del Castillo e Isidro González Velázquez, de los que derivarían sus obras de carácter arqueológico4. Estos y otros trabajos verían la luz gracias a Azara; los primeros fueron el resultado de su apoyo directo, mientras que otros posteriores llegarían a publicarse como consecuencia de la reputación que el mexicano alcanzó5. Tal prestigio le permitió ser miembro de diversas Academias italianas y españolas6 –algo que buscó de manera consciente– y tendría su prueba más evidente en el hecho de que en 1811, en plena ocupación napoleónica, sería nombrado por los franceses bibliotecario de la Casanatense7. La red de contactos que Márquez tejió y su cercanía con la arquitectura de Roma resultarían esenciales para sus escritos de carácter historiográfico incluidos en los Apuntamientos.
Como es sabido, el objetivo primordial de esta obra, redactada entre 1784 y 1812 aproximadamente8, era una mayor compresión de la arquitectura, disciplina que constituyó el foco principal de sus intereses. Al igual que para tantos otros autores desde el siglo XV en adelante, esto pasaba por el total discernimiento del texto vitruviano (IV: 95v)9. En su caso, lo hizo a través de una suerte de diccionario de términos que le había servido durante la redacción de sus otras obras (I: 3v)10. Sin embargo, al margen de la magnitud de este diccionario, los Apuntamientos tienen un marcado carácter historiográfico. Ya en los vocablos incluidos en los tres primeros tomos hay alusiones tanto a obras concretas como al devenir de la arquitectura, algo que se desarrolla mucho más en el cuarto volumen. En este incluyó seis “suplementos” que comprenden unas “Nociones de geometría por orden analítico” (I), un diccionario de “Arquitectos y autores de arquitectura” (II), unas definiciones tipológicas de “fábricas antiguas y modernas” (III), una “historia de la arquitectura” (IV), una suerte de índice onomástico de términos presentes en el Vitruvio de Filandro (V) y un breve e inacabado extracto de su propia obra (VI). Estos textos, en particular, el diccionario de arquitectos, el diccionario tipológico y la historia de la arquitectura, constituyen, pese a su carácter inédito, una considerable contribución a la historiografía arquitectónica11. En este artículo ponemos de relieve tal aportación a través de un análisis necesariamente sintético de dichos suplementos, en especial, del último de ellos, no acometido hasta la fecha. Aquí el énfasis en la arquitectura peninsular y, especialmente, en la americana es evidente, tanto en aquella del periodo indígena como en la relativa a época colonial.
Historia y arquitectura en los Apuntamientos
El suplemento “Arquitectos y autores de arquitectura” (IV: 23r-97v) sigue un formato habitual en la Europa de la época. Se trata de un compendio de 612 referencias, no exento de errores e imprecisiones y de gran heterogeneidad. Incluye arquitectos, tratadistas y escritores, algún científico –como el jesuita Bošković–, pero también figuras destacadas por su promoción de obras arquitectónicas, como prelados, emperadores romanos y otros dignatarios y protectores de arquitectos, e incluso personajes míticos, como Dédalo o Ptera, “arquitecto de los tiempos fabulosos” (IV: 82v), o bíblicos, tales como Beseleel y Oliab. Las menciones a autores como Plutarco, Pausanias y, naturalmente, Vitruvio, entre otros, evidencian un acusado recurso a fuentes secundarias y un uso acrítico de las mismas, que es extensivo al resto de “suplementos”. A diferencia de otros diccionarios de este tenor, como el de Ceán Bermúdez (1800), las biografías de Márquez son muy sintéticas, reduciéndose a la enumeración de algunas de las obras de cada autor, en ocasiones acompañadas de un breve juicio estético, al año de fallecimiento en caso de conocerlo y a la ascendencia o descendencia en las sagas de artistas.
Este escrito concluye con una “Nota sobre los ilustradores de Vitruvio”, en la que, además de recoger ediciones de los Diez libros de arquitectura, destacó su relevancia a través del criterio de autoridad de figuras como Plinio el Viejo (97v-101r). Tras ello, a fin de mostrar su difusión, refirió algunos manuscritos y ediciones, concluyendo con el Dizionario Universale d’architettura e dizionario Vitruviano de Baldassare Orsini (1801), en cuya línea seguramente Márquez encuadrase su propio trabajo12. Estas páginas, junto al particular hincapié que se hace en el diccionario en la tratadística y sus autores, subrayan la marcada impronta de Vitruvio presente en todos sus textos.
Por su parte, el diccionario de “fábricas antiguas y modernas” redunda en la aportación historiográfica de Márquez, puesto que el análisis de tipologías, partes y fragmentos de edificios se encuentra vertebrado por ejemplos concretos, como reza el título, tanto de la Antigüedad como de épocas posteriores (102r-154v)13. En algunos casos se trata de breves menciones, mientras que en otros una obra abarca buena parte de las líneas dedicadas al vocablo en cuestión, como sucede con la Domus aurea, incluida en el término “palacios” (145r-149r).
Si bien el foco principal son obras de Italia y en especial de Roma, incorporó también otras geografías. La mayor presencia la tiene Europa; entre otras obras españolas, incluyó la intervención de Alonso de Covarrubias en el Alcázar de Toledo, el arco de Trajano en Mérida o varias catedrales medievales y de la Edad Moderna. Otros templos de Francia e Inglaterra también merecieron su atención, así como el faro de Corduan, la biblioteca Radcliffe diseñada por James Gibbs o el proyecto de arco de triunfo para la Place du Trône de Claude Perrault, que “aunque no existe ya por haber sido hecho de estucos, es digno de ponerse por exemplar” (IV: 106r). Fuera del ámbito europeo, tienen cabida el palacio de Persépolis, el faro de Alejandría o los obeliscos egipcios –ilustrados a través de los ejemplares de Roma que conocía de primera mano– y obras americanas: el acueducto de Tepotzotlán o de Xalpa, catedrales de Nueva España y ciudades como Lima o Ciudad de México, cuyo trazado regular ponderó. El apartado que dedicó a las ciudades es, precisamente, el más amplio. Aunque ninguna llegaba al nivel de Roma, los ejemplos recogidos abarcan desde la bíblica Enoc y otras del próximo Oriente antiguo, como Nínive o Babilonia, hasta París, Nápoles y Pekín –que destacó por la extensión y multitud de habitantes–, Ámsterdam, Londres, Cádiz o Génova, por su boyante comercio, o Venecia, dada su excepcional situación.
Al margen de información, Márquez incorporó también juicios, muchos de ellos positivos, como la riqueza de la catedral de Sevilla y su parecer sobre que la cúpula de San Pedro del Vaticano constituía “la mejor y más noble pieza de arquitectura que se haya hecho en el mundo” (IV: 125r). En otros casos, su visión está mucho más matizada, especialmente en lo relativo al ornamento, como consecuencia de su sesgo clasicista. Así, el baldaquino del Vaticano era “de gusto poco conforme a la buena arquitectura, lo qual sin embargo, no le quita su magestad” y la capilla sixtina de Domenico Fontana en Santa Maria Maggiore, “bella en lo general, bien que sus ornatos son defectuosos” (IV: 103r y 115r). Tal sesgo afectó también a su valoración de obras como las catedrales de Orvieto y Siena, pues, aunque destacó sus fachadas “ricas e imponentes”, “siendo toda la obra de gusto gótico el más extravagante”, no le parecían dignas de imitación (IV: 130v). Peor suerte corrieron otras como la de Granada, “de una altura desproporcionada”, y Milán, “muy desproporcionada, de mala invención e inconexa” (IV: 119r y 110v).
Aunque podrían citarse otros muchos ejemplos, los mencionados dan idea de cómo este suplemento va más allá de un mero diccionario tipológico, puesto que Márquez “entiende los tipos como consecuencia de su vinculación figurativa e ideológica con la historia”14. Esta idea de explicar un concepto vitruviano a través de una o varias obras “ejemplares” era un recurso que ya había empleado tanto en los tres tomos anteriores como en otros trabajos15. Además, si bien muchas de las obras aparecen en ambos suplementos, la información y el enfoque adoptado se complementan entre ambos, algo de lo que el mexicano era consciente16.
La conexión entre arquitectura e historia alcanza su punto álgido en el tercer suplemento de nuestro interés, titulado “Historia de la arquitectura” (IV: 155r-216v), algo que no resulta baladí, especialmente en el contexto hispano. Si bien en ámbito propiamente historiográfico y literario la palabra “historia” no constituye una novedad, en arquitectura y, por extensión, en arte sí resulta significativa17. Salvo excepciones como la Historia de las artes y ciencias (1776), edición castellana de la obra de Charles Rollin por Pedro José de Barreda y Bustamante, la historia de la arquitectura del mexicano es incluso anterior a la también inédita Historia del arte de la pintura de Ceán Bermúdez (1822-1828). Posiblemente, Márquez, inmerso en el contexto romano, mucho más cosmopolita que el peninsular, tuviese presente a Winckelmann, del mismo modo que Seroux d’Agincourt en su prácticamente coetánea Histoire de l’Art par les Monuments, depuis sa décadence au IVe siècle jusqu’à son renouvellement au XVIe (1810-1823)18.
Por otro lado, la redacción de una historia de la arquitectura de este tenor fue posible gracias al –en palabras suyas– “método compendioso” que siguió, alejado de la prolijidad de otros autores como el propio Ceán Bermúdez. Esto se debe a que su objetivo era trazar una historia de la arquitectura como sinónimo de civilización y desarrollo, siguiendo el ideario ilustrado, pero desde un punto de vista global. En este sentido, a pesar de que su narración se encuentra vertebrada por nombres de arquitectos y algunas de sus obras, que abordó con el mismo carácter sintético que en los otros dos suplementos, la verdadera protagonista es la arquitectura y sus progresos y evolución –a los que se refirió como “sucesos de la arquitectura”– el principal foco de interés de este escrito, asimismo salpicado por sus propias opiniones.
La “historia de la arquitectura”, entre el Viejo y el Nuevo Mundo
La narración comienza con una suerte de introducción en la que, también en consonancia con sus otros escritos, Márquez establecía un origen bíblico para la arquitectura, comenzando con la Torre de Babel, tras la que mencionó las pirámides egipcias. Estas le servían para defender que la arquitectura era un arte de invención y no de imitación (IV: 155v), como sostenían diversos autores desde Laugier hasta Milizia, algo a lo que ya se había opuesto en otros trabajos y en los propios Apuntamientos, tanto en la introducción de la obra como en la definición de términos como “belleza ideal” y “chozas”19. Esto se vería reforzado al final de esta introducción con su referencia al “genio inventor” de los griegos (IV: 156r), pero también a lo largo de todo el suplemento, en el que este término “invención” constituye una constante.
El relato que esbozó sigue un criterio cronológico, en el que intercaló diversas geografías con una envergadura desigual, sin duda condicionada por los conocimientos con los que contaba, en su mayoría tomados de otros autores20. De este modo, su pensamiento conecta con ideas comunes en la época, desde el hecho de que la arquitectura habría nacido de la necesidad21, muy condicionada por el clima y el comercio (IV: 157r-158r), hasta el mencionado papel de la cultura egipcia. Desde décadas anteriores, Egipto gozaba de un prestigio asentado, como reflejan obras de autores como Bernard de Montfaucon o Fischer von Erlach, algo que se acrecentaría gracias a obras como las de Richard Pococke (1743-1745), a quien, de hecho, Márquez citó (IV: 145r). Si bien la arquitectura egipcia no llegaría al nivel de autoridad del mundo griego o de la Roma de Augusto, ofrecía “lo mejor que se fabricó en estos tiempos”, gracias al desarrollo de la sabiduría y la industria, hasta el punto de que “son tenidos los egipcios por los primeros inventores y maestros de la arquitectura arreglada” (159v)22.
Este suplemento destaca por su clara vocación de universalidad, pues no solo trató de construir una historia de la arquitectura desde sus inicios hasta su propio tiempo, sino también con un marco geográfico lo más amplio posible. Así, en lo relativo a periodos antiguos, incluyó ciudades como Assur y Nínive, pero también Baalbeck y Palmira, “que se han descubierto en nuestros días” (IV: 165v) –mostrándose conocedor también de los trabajos de Robert Wood– e incluso, muy superficialmente, la cultura china. Esto tendría su correspondencia para la época moderna, donde además de Italia, España, Francia, Inglaterra y, en menor medida, Alemania, tendrían cabida “otras provincias del Norte”, en particular, Suecia, Rusia y Polonia –que abordó de manera sumamente somera–, donde “no ha dexado de ser tratada con honor la arquitectura” (IV: 206r y 206v). Esta voluntad integradora lo llevó a construir una narración de la evolución de la arquitectura encuadrada en el esquema desarrollo-decadencia habitual en el pensamiento ilustrado que se aproxima a los principios de la historia comparada, surgida al calor del enciclopedismo francés y que, entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, alcanzaría la literatura artística23.
En cuanto a las fuentes a las que pudo recurrir, a través de diversas menciones se mostraba conocedor –ignoramos hasta qué grado– de autores como Fischer von Erlach, Jacques-François Blondel, William Chambers y, del lado hispano, Benito Bails, José Ortiz y Sanz o Antonio Ponz. Sin embargo, su fuente principal fueron las Memorie degli architetti antichi e moderni de Francesco Milizia (1781), algo de lo que él mismo advirtió24. A la pluma del italiano responden la periodización, la estructura y terminologías como “gótico moderno”, aplicada a un momento tan temprano como el siglo X, o “griega-moderna” para la arquitectura del XIV, que difieren, por ejemplo, de los términos empleados por la historiografía peninsular. Pero, además, el recurso a las Memorie se percibe en la mayor parte de la información recogida, de manera más sintética, tanto en la sucesión de artistas como en lo relativo a sus obras principales. Esto conllevó que siguiese a Milizia también en sus imprecisiones y errores25. Desde el punto de vista de su valoración estética, hay evidentes coincidencias entre ambos trabajos, como sucede con respecto a la basílica vaticana, que Márquez elevó al rango de fábrica modélica, constituyendo el protagonista que guía y da coherencia a parte de su narración. Igualmente coincidentes son, entre muchas otras, las críticas a la arquitectura bajo Constantino o sus opiniones positivas con respecto a Teodorico, que ambos autores basaron en Casiodoro.
No obstante, en algunos aspectos el trabajo de Márquez se separa de la publicación de Milizia. Junto a su consideración de la arquitectura como un arte de invención, esta distancia se percibe, en primer lugar, en su opinión acerca de la arquitectura española. Ciertamente, el italiano se había mostrado mucho más benévolo con respecto a ella en esta publicación que en la primera edición del mismo trabajo (1768), tanto en la cantidad de información que suministró como en sus juicios, gracias a los datos que le proporcionase Azara26. Sin embargo, la pluma de Márquez resultó más complaciente en este sentido. A pesar de que los datos de arquitectos y de fábricas están íntimamente relacionados en ambos textos, en los Apuntamientos se evidencia un hincapié en el contexto hispano, por ejemplo, en las menciones al origen “español” de emperadores del prestigio de Trajano y Adriano, pero también en referencias más generales al devenir de las artes. Así, mientras que en la reflexión final contenida en las Memorie su autor alababa la renovación artística a través de artífices de los siglos XVI y XVII, desde Machuca hasta Murillo, se lamentaba de su decadencia posterior, que había llevado a la confusión, a valorar bello lo feo e incluso a caer “nell’orrido” hasta prácticamente el reinado de Carlos III27. Por su parte, Márquez no solo omitió tal referencia al declive advertido por el napolitano, sino que, tras elogiar algunas de las fábricas hispanas, concluyó esta parte augurando el mayor de los esplendores para la edilicia española: “De modo que con fundamento nos podemos lisonjear, que en el entrante siglo reynarà generalmente la buena arquitectura por todo el Imperio Español con el mismo esplendor y lustre que floreció en otro tiempo en el Romano” (IV: 208v-209r).
Sin embargo, el punto de mayor contradicción entre ambos lo constituyen las líneas que Márquez dedicó a la arquitectura del Nuevo Mundo. Desde hace décadas, diversos autores han hecho hincapié de manera certera en su defensa del periodo indígena mexicano a través de varias obras28. Entre ellas, su Saggio dell’astronomia, cronologia e mitologia degli antichi messicani (1804)29 y, especialmente, su Due antichi monumenti di architettura messicana30. Con estos trabajos pretendía demostrar la elevada cultura de los habitantes del México antiguo y, en especial, sus conocimientos de carácter astronómico y arquitectónico, que consideró similares a los de caldeos, asirios y egipcios. Para el mexicano, como para otros contemporáneos suyos, ambas disciplinas constituían los principales indicadores de civilización; así, el progreso experimentado por los “antiguos mexicanos” resultaba indiscutible31.
Por otro lado, recordemos cómo la forma piramidal de estos monumentos lo llevó a establecer analogías con las egipcias y hacer derivar todas ellas de la Torre de Babel, algo que le permitía reforzar la idea del origen común de los pueblos y situaba a las poblaciones indígenas americanas al mismo nivel que las europeas32. Además, estableció diversos e inconcebibles paralelos y similitudes con la Antigüedad clásica, y “demostró” la fabricación de bóvedas por parte de estas poblaciones o su recurso al orden dórico en piedra33. Como señaló Gutiérrez Haces, este tipo de comparativas permitían a Márquez convertir “la arquitectura indígena en vitruviana” y, especialmente, apuntalar el mencionado origen común34. Al mismo tiempo, reclamó un estudio de los glifos, de cara a obtener ulterior información de estas culturas, evidenciando un tímido intento de contemplarlas en su especificidad35.
Este firme empeño de elevar a las culturas americanas al nivel de la europea, recurriendo al criterio de autoridad de la Antigüedad clásica, está asimismo presente en los Apuntamientos36. A lo largo de estos tres suplementos, se advierte una presencia americana cada vez mayor, desde la inclusión de “Huallpa”, “Incas” y “José Miguel de Santa María” en el diccionario de arquitectos, hasta su aparición, como se ha visto, en diversas tipologías de las “fábricas antiguas y modernas”. Sin embargo, su mayor entidad es en la historia de la arquitectura, donde la edilicia indígena tiene un papel muy destacado, inmediatamente después del periodo medieval europeo37.
De la cultura inca ponderó, en términos vitruvianos, la solidez y durabilidad de sus obras, perceptibles en las ruinas de ciudades, palacios, fortalezas y caminos, así como el trabajo de la piedra y el acarreo de esta, y también las conducciones de agua y los puentes. Sin expresar juicios estéticos, destacó las columnas “de particular artificio”, alabando la “maestría” de las esculturas en templos como el del sol en Tomebamba y cómo “labraban los metales y los mármoles y los esmeraban con excelencia”, además de la “increíble” decoración en oro y plata. Entre los escasos ejemplos concretos que mencionó, destacó Cuzco –“como dicen los historiadores, grandísima, bien fabricada y con sus calles bien empedradas” (IV: 178v)–, Quito y “Cannar” [Ingapirca], reflejando su conocimiento de trabajos como el de Charles-Marie de La Condamine38. Esta breve relación le llevaba a concluir que “los peruanos tuvieron genio y pensaron con grandeza sobre la arquitectura” (IV: 178v). La reflexión sobre el contexto mexicano fue en el mismo sentido, al destacar la ingeniería –fortalezas, acueductos, compuertas y desagües o calzadas– y la decoración, por su buen trabajo de los materiales y su riqueza. Refirió además los jardines, asimilándolos a los europeos, unos de uso botánico y otros destinados al placer, como los presentes las villas, y el recurso a columnas, en madera y en piedra, y a bóvedas.
De nuevo, Márquez trataba de poner en valor la arquitectura indígena americana, de la que, al igual que sus coetáneos, disponía de un conocimiento muy limitado, siguiendo un criterio europeo y grecorromano. A diferencia de otras geografías, lo hacía sin expresar censuras, pues las distancias con su paradigma se debían, fundamentalmente, al aislamiento y a su juventud. En este sentido, concluía con su ya conocida pregunta de “[¿]qué hubieran hecho si su cultura hubiera comenzado quando la de los Egipcios y si hubieran tenido comercio con los asirios o con los griegos?” (IV: 180v).
Este hincapié en las obras americanas tendría su corolario en la que constituye una de las principales aportaciones de este escrito: la parte que dedicó al periodo colonial mexicano, con la que cerró la historia de la arquitectura y a la que consagró casi quince páginas, frente a las nada desdeñables poco más de siete del periodo indígena. Ya desde siglos anteriores y especialmente a partir del XVIII, diversos trabajos habían tenido a México como protagonista. Si bien no eran trabajos específicamente consagrados a la edilicia, en algunos casos, como en el de Juan Manuel de San Vicente y su Exacta descripción de la corte mexicana (1768), dentro de un carácter misceláneo se incluyeron menciones a su arquitectura39. Aun considerando estos precedentes, de los que seguramente se valió, Márquez redactó la primera relación acerca de la arquitectura del periodo colonial en México contenida en una obra propiamente artística, algo para lo que el contacto con el nutrido grupo de exjesuitas americanos residentes en Italia resultaría esencial40.
Aquí, comenzaría enfatizando el nivel alcanzado por las culturas indígenas, cuyas “obras de tal arte” “sin dificultad podían comparecer entre las del mundo antiguo” (IV: 209r). Tal buen hacer se debía al medio propicio, situación, “riquezas de todo género” y, sobre todo, a los artífices. Además de la pericia en el uso y el conocimiento de los materiales, destacó su “natural docilidad”, entendida como capacidad de aprendizaje, que les había permitido erigir obras conforme “al gusto” europeo (209r y 209v).
Nuevamente, glosó sus cualidades en función de la tríada vitruviana. En relación con la firmeza, se admiró de la solidez de las fábricas, demostrada por la durabilidad de ejemplares como la iglesia de convento de Tepeaca. Por su parte, la utilidad o “comodidad” se reflejaba en el hecho de contar con lo necesario para la vida y en los diversos palacios. La belleza es la cualidad sobre la que más se explayó, tratándola primero de manera general y después según tipologías de edificios. En este sentido, mencionó cómo “los ordenes griegos se ponen en execucion conforme a la práctica de nuestros tiempos, quiere decir a veces con buen gusto, a veces no” (IV: 210r y 210v)41; es decir, estableciendo un paralelo con Europa, que hizo extensible a la policromía obtenida a través de la cantería, que le recordó al uso “de los travertinos” en Roma. Esto le permitía tamizar la responsabilidad en aquellas obras que no eran de su gusto a través de la conexión europea, por ejemplo, en las portadas, en las que “se esmeran a veces con demasía”, y en los retablos, que aunque “[…] no siempre son de muy buen gusto, con todo no faltan piezas dignas de alabanzas, porque al fin entre tantos artífices, no todos han sido demasiado caprichosos […]” (IV: 211v).
A pesar de ello, obras como el Sagrario de la Catedral de México le parecían “de mucha labor y riqueza por los ornatos de arquitectura y escultura en bella cantería […]” (IV: 211r). En esta misma línea, valoró el trabajo de la madera, destacando la utilidad de los rosones de las puertas de la iglesia de Cholula, “que podía servir de estudio”, del mismo modo que la obra de Carlo Antonini42. Asimismo, destacó el empleo del tezontle y el buen uso de la cantería, además de elementos como torres, artesonados y bóvedas.
A lo largo de este escrito, Márquez incluyó una relación de obras acompañadas de algunos datos o rasgos más significativos, estructurada a través de tipologías en las que, de nuevo, los paralelismos con el Viejo Mundo son una constante. Una de las más significativas son las iglesias, cuya presencia era indicativa de la elevada cultura de México –y, por extensión, de América–, con Roma como modelo:
En todas las ciudades cultas ya se sabe que los templos son los edificios que relucen más la arquitectura, por lo que donde hay mas fabricas desta especie se debe concluir que esta arte es mas cultivada o dígalo Roma antigua y Roma moderna. Pues en la Capital de México, por no hablar de todas las provincias de América, se han levantado en estos tres siglos casi cien iglesias entre chicas y grandes; y asi a proporción de la grandeza de las Poblaciones hay en las demás ciudades Villas y Pueblos sus Iglesias en mayor ò menor numero, y por consiguiente en todas partes se cultiva la arquitectura (IV: 212r).
Asimismo, ponderó conjuntos jesuíticos como el Colegio de San Ildefonso de México, “un verdadero Palacio” y los propios palacios, tanto privados como institucionales. Destacó el del virrey, susceptible de “comparecer entre los grandes palacios de Europa”, si bien en México había “pocas Casas que no sean buenas, porque los materiales son perfectos, y los Alarifes saben hacer buen uso de ellos” (IV: 212r y 212v). Pero, especialmente, en línea con el pensamiento de las Luces, la tipología que atestiguaba “el honor que se han hecho por allà los arquitectos” eran las obras públicas43. Acueductos como el del padre Tembleque, puentes y embalses del siglo XVIII y, cómo no, el desagüe de Ciudad de México, daban fe, una vez más, del nivel de desarrollo alcanzado en aquel territorio y en todo el continente44. Finalmente, “el clima saludable, el cielo alegre, el terreno fecundo” o “la situación ventajosa” habían permitido la realización de obras, como paseos, “destinadas al público divertimento” (IV: 216r).
Evidentemente, la exposición de Márquez en lo relativo a América va más allá del mero elogio. El entusiasmo en el tono y en el contenido, casi rayando el panegírico, tiene su explicación en el contexto en el que residió en Roma. Como es sabido, parte de su obra participó, de manera algo más tardía, del torrente de críticas y apologías que Antonello Gerbi bautizase como “Disputa del Nuevo Mundo” (1960)45. Esta contribuiría a impulsar los estudios sobre América, tal y como refleja la Storia antica del Messico (1780), del asimismo jesuita mexicano Francisco Javier Clavijero46.
En el caso de Márquez, recordemos cómo el acicate fueron las obras de Milizia, en cuyas Memorie incluyó un mordaz y sarcástico artículo dedicado a la cultura inca, extensible al resto del continente47. Si bien en un principio parecía admirarse de la ingeniería, de la magnificencia arquitectónica y de la riqueza de esta cultura, terminaba tachando tales elogios de “favole” y arrojando duras críticas sobre aquellos habitantes y, especialmente, hacia la América española48. Basándose en las Recherches Philosophiques sur les Américains de Paw, el italiano identificó a los americanos como “i più stupidi degli uomini” y presentó un breve panorama urbano de enorme atraso. De hecho, en la introducción de este trabajo, llegaría a afirmar:
Se Palladio fosse stato antediluviano, tutto lo sforzo del suo ingenio si sarebbe verisimilmente ridotto a congegnare qualche tugurio, e non già a combinare con eleganza gli ordini, e tutti gli ornati dell’Architettura. Come altresì il gran Newton, che ha saputo misurar l’Universo, e calcolare l’infinito, avrebbe forse esaurita tutta l’energia del suo intendimento per contare fino a dieci, se fosse nato tra quelle Nazioni d’America, dove i più abili calcolatori non sanno contare che fino a tre49.
Años después, en la voz “arquitectura americana” de su Dizionario delle belle arti del disegno, Milizia incidiría preguntándose “E qual arte di fabbricare in un Emisfero di Selvaggi senza alcun’arte?”50. Evidentemente, estas y otras críticas motivarían que Márquez vindicase el contexto americano, a través de asertos como el mencionado de que “en todas partes se cultiva la arquitectura”, pero también en alusiones directas como la que realizó dentro del término “arquitectura mexicana” en el primer volumen de los Apuntamientos: “en lo antiguo hubo en América más de lo que parece a ciertos críticos, y que no es ración todo lo que se lee en las historias de aquellos países, como con su acostumbrado sarcasmo se atreve a decir el Sr. Milizia en tono magistral. La filosofía de que este hombre se precia no es en muchos puntos sino una petulante imprudencia” (I: 79v).
En la misma línea, incluyó, al comienzo de la parte dedicada al siglo XVIII europeo, varios párrafos como el que sigue, en los que reprobaba las críticas de ciertos escritores y su pernicioso efecto en el devenir de la arquitectura:
El haber degenerado un poco el siglo anterior respecto de su antecedente ha sido el motivo de comenzar las críticas; mas estas no han parado ahí, porque corriendo de siglo en siglo hasta los más remotos, ya no hay cosa dellos que no se critique. Los adelantamientos que se han hecho en las ciencias naturales han ensobervecido a los hombres, de modo que creyéndose por esto poco superiores a quantos han existido en el mundo, desprecian sin dificultad todo lo antiguo, meten la mano hasta en lo más sagrado, y con deplorable facilidad publican junto con lo poco bueno que han inventado otros raciocinios fuera de su esfera, incubristentes y perniciosos. Y si entre tantas críticas, y proyectos de reforma ni aún la Religión ha sido exceptuada, [¿]que mucho, que en arquitectura se hayan inventado innovaciones destructivas de sus máximas? En efecto, se han escrito libros en que se reprueban una por una las fábricas antiguas, y las modernas: ninguna de las partes de que se componen agrada: se sindican todos los arquitectos y escritores de la facultad, comenzando desde Vitruvio; en suma, quieren a lo que parece que volvamos a habitar como los primeros hombres o en las grutas, o bajo la sombra de pocas ramas, pues que se destruyen nuestras casas y no se nos enseña a edificar otras. (IV: 202r y 202v).
Cabe suponer que Márquez –quien, por otra parte, tampoco se abstuvo de expresar juicios negativos– tuviese en mente a Milizia entre otros cuando redactó tales líneas, como también que una de las principales motivaciones a la hora de emprender tan ambicioso escrito fuese defender la edilicia y la cultura de América o, mejor dicho, dar un paso más en esta tarea. De hecho, auguró el mayor de los esplendores para esta arquitectura, de manera similar a como había hecho con la peninsular: “Y podemos esperar, que presto echarà raíces tan firmes, que sea capaz de durar allí por mas siglos delos que durò en Atenas y en la antigua Roma”51. En América, esto era posible gracias a la existencia de “Reinos pacíficos” –a diferencia de la Europa que pronto dejaría atrás–, de “naciones dóciles, talentos muchos, genio para todo; regiones sanas, terrenos varios, Provincias abundantes, riquezas sin numero, materiales de todo genero; y sobre todo esto la dócil inclinacion de los nativos para poner en practica las bellas ideas que llegan a su noticia”. Prueba de todo ello eran “los frutos q[u]e ya se perciben de la recién nacida Academia de las bellas artes”52.
***
Como recordábamos, la defensa de la arquitectura americana no constituye una novedad dentro de la obra de Márquez. Sin embargo, la importancia de los Apuntamientos radica en su inclusión dentro de una historia de la arquitectura universal, a un mismo nivel que la europea. A ello contribuyen ideas como el origen común de la civilización, el carácter de invención de la arquitectura o el énfasis en culturas como la egipcia, pero también la valoración de otros ámbitos como el chino. Sobre este último, si bien con toda probabilidad su fuente fue asimismo la obra de Milizia, Márquez eliminó opiniones como “L’Architettura Cinese in generale è assai inferiore alla nostra […]”53, algo que, como ha señalado Goldin, le permitía “descentralizar” la historia de la arquitectura54. En relación con las culturas indígenas americanas, pese a su intento de contemplarlas en su especificidad, su mirada estuvo aún plenamente sujeta al criterio de autoridad del mundo grecorromano y del contexto europeo, lo cual no le impidió valorarlas en un plano muy similar. Junto a esto sobresale el, insólito hasta la fecha, hincapié que hizo en la arquitectura colonial mexicana, que valoró igualmente desde una óptica vitruviana. Lo extraordinario de esta relación lo llevaría, como es sabido, a disculparse al final de la misma: “Si nos hemos detenido un poco en este ultimo punto de la arquitectura en América, el prudente lector sabrá disculparlo a quien las distancias, bien que grandes, así de lugar como de tiempo, no han sido suficientes a hacerlo olvidar su amada Patria [añadido al margen]. Quiera el cielo felicitar los esfuerzos inocentes de aquellos pueblos, para que lleguen al grado de reputación y gloria que se merecen […]” (IV: 216r y 216v).
Ambos polos, la defensa de lo “propio” y la autoridad del legado europeo fueron determinantes para la gestación de la identidad criolla, del cual la obra de Márquez participó55. No cabe duda de su sentimiento mexicano, como reflejan sus menciones a su “amada Patria”, a sus “conciudadanos”, el énfasis en los artistas americanos o la constancia que dejó de su origen “messicano” en varias obras56. Esto no le impedía considerarse español, tal y como manifiestan las diversas menciones a “nuestra España”57. De hecho, su opinión acerca de la arquitectura peninsular, de sus promotores y de la actuación española en América fue positiva y, tal vez, respondía asimismo a los ataques de Milizia, que recordemos, estuvieron también dirigidos a los españoles que habían recalado en América.
De este modo, Márquez construía un relato muy apegado a otros autores en cuanto a datos e información, pero de enorme relevancia en sus implicaciones ideológicas. Además, daba la vuelta a su principal fuente de información, la obra de Milizia, a través de una visión eminentemente elogiosa, tanto de la arquitectura peninsular como de la americana, algo que constituye la principal aportación de este escrito y seguramente explique su origen mismo. Para ello, el bagaje adquirido en Roma resultó, nuevamente, esencial y revistió su obra de un cosmopolitismo que lo distingue de la historiografía hispana. Así, redactó la primera historia de la arquitectura universal en la que América, indígena y, muy especialmente, colonial, brilla con la misma luz que Europa.
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1. Gutiérrez Haces 1994, 79. Sobre la residencia y la formación de Márquez en México, Bolonia y Roma Valdés 2012, 43-52; Torales Pacheco 2014 y Flores 2021. Torales ha destacado cómo en su pluma se perciben los periodos en España. Específicamente sobre Roma, Flores 2014, 585-592.
2. En el presente trabajo seguimos el ejemplar en cuatro volúmenes conservado en la Biblioteca Nacional de España (MSS/2456-2459), localizado y transcrito por Delfín Rodríguez (1985), y que, para autores como Óscar Flores o Hilda Julieta Valdés, constituye una copia hológrafa definitiva, seguramente de cara a su publicación. Como ha señalado esta investigadora, el original sería el texto en dos volúmenes conservado en la Biblioteca Cervantina del ITESM, mientras que el del Archivo Histórico de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús sería un duplicado; junto a este último se conserva otro tomo con ilustraciones (Valdés 2008, 256). Una comparativa entre los manuscritos y acerca de las imágenes en Valdés 2012, 145-148 y 150-153 y Flores 2014, 595-598. Juana Gutiérrez Haces (1994, 80-81) documentó el proyecto de publicación de los Apuntamientos en 1856, por parte de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. Sobre la fortuna crítica de Márquez en los siglos XIX y XX, Fernández 1963 y 1972, 21-37 y Flores 2014, 593-595.
3. Flores 2021, 131. Sobre la expulsión y el exilio de los jesuitas mexicanos, entre muchos otros, véanse Saint Clair 2005 y Goldin 2022b.
4. Delle case di città degli antichi romani secondo la dottrina di Vitruvio (1795), Delle ville di Plinio il giovane con un appendice sugli atri della S. Scrittura, e gli scamigli impari di Vitruvio (1796) e Illustrazioni della Villa di Mecenate in Tivoli. Sobre estas Valdés 2010; García Sánchez 2008 y Luzón 2014.
5. En la dedicatoria de Delle ville di Plinio il giovane, dirigida a Azara, Márquez escribió que sus “[…] onorevoli insinuazioni furono altrettanti comandi, che mi possero nell’impegno, a me pertanto gradito, di stendere le presenti dilucidazioni […]” Márquez, 1796: s/f. Un elenco de las obras de Márquez en Valdés 2012, 63-66.
6. Astorgano 2015 y Flores 2021, 159.
7. Romani 1998, 156; Torales 2014, 49; Abete 2014, 305-306 y Flores 2014, 591.
8. Valdés 2012, 213 y Flores 2014, 593.
9. Aunque a excepción de la historia de la arquitectura el manuscrito no está numerado, de cara a facilitar su consulta se citan aquí los folios de cada volumen.
10. Si bien, en principio, se trata de un repertorio lexicográfico de términos arquitectónicos basado en Vitruvio, las fuentes a las que recurrió son mucho más amplias, y abarcan desde Alberti, Scamozzi, Palladio o Vignola, hasta Laugier, Bails o Bowles, entre muchos otros. Otro tanto sucede con los vocablos que lo componen y que llegan a incluir, por ejemplo, diversas especies de árboles, por su uso como madera. La magnitud de esta obra, que ha llevado a Flores (2020, 123) a calificarlo de “enciclopedia”, requeriría de un estudio monográfico como se refleja en Marías 2014. Una “descripción analítica” en Valdés 2012, 139-144.
11. Flores 2014.
12. Flores (2020, 124 y 2021, 159 y 169) ha señalado cómo Márquez comenzó una traducción de Vitruvio que quedaría manuscrita e incompleta, conservada en la Biblioteca Nacional de México, que se trataría de la mencionada en Fernández 1972, 20.
13. Incluye los términos academia; aduana; alcázar; altares; acueductos; arcos; baptisterios; basílicas; bibliotecas; camposanto; capillas; cárceles; catedrales; ciudades; colegios; columnas; cúpulas; escaleras; estadios; fachadas; fanales y faros; fuentes; foros; frontispicios; grutas; hipódromo; iglesias; máquinas; naumaquia; obeliscos; palacios; patios, peristilos y pórticos; plazas; templos y villas.
14. Rodríguez Ruiz 1987, 685.
15. Por ejemplo, en Delle case di città, como ha recogido Goldin (2022a, 108).
16. Al hacer referencia a la basílica vaticana en la voz “iglesias” no profundizó, pues “existen muchas descripciones, y en el Diccionario se leen no pocas noticias esparcidas en varios artículos” (IV: 141r).
17. Al margen de obras publicadas en siglos anteriores de carácter misceláneo, durante el XVIII, al igual que en otros países, se generalizó el uso de la palabra “historia” aplicada a España y a su literatura, como reflejan los trabajos Juan Francisco Masdeu (1781-1787) o Rafael y Pedro Rodríguez Mohedano (1766-1791), entre otros. No obstante, dada la amplia acepción del término “literatura”, en este tipo de obras las noticias y datos acerca de obras artísticas es habitual.
18. Las conexiones entre los trabajos de Winckelmann y Márquez han sido señaladas en Fernández 1972, 49 y Flores 2014, 601 y 2020, 129.
19. Gutiérrez Haces 1994, 89-90; Romani 1998, 157-158; Rodríguez Ruiz 1987, 681 y Flores 2014, 609.
20. Una síntesis del contenido en Valdés 2012, 117-124 y 141-142.
21. Esta idea, común en la época, fue recogida por autores como Milizia, Quatremère de Quincy, Jovellanos o Ceán Bermúdez, entre otros, e incluso en las Cartas sobre la Ytalia del también jesuita García de la Huerta (1784, t. II: carta V, https://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000015326&page=1).
22. La postura de Márquez guarda relación con la de autores como Isidoro de Bosarte, analizada en Calatrava 1992.
23. A este respecto, pueden recordarse trabajos como el de Jean-Nicolas-Louis Durand, Recueil et parallèle des édifices de tout genre anciens et modernes (1800).
24. “[…] para las épocas y para el orden de las noticias nos valemos por lo común de los tomos del Sor Milizia […]” (IV: 162r).
25. Por ejemplo, ambos destacaron la labor del Greco “en la Iglesia y convento de las monjas Bernardas de Santo Domingo de Silos” (IV: 191r) y Milizia 1781, I: 326.
26. Esto implica que la fuente indirecta de la mayor parte de informaciones sobre España de Márquez sea Eugenio Llaguno. Cera 2019, 34.
27. Milizia 1781, II: 404.
28. Ya para Ida Rodríguez, Márquez fue el “primer escritor que valoriza el arte de los antiguos mexicanos” (1949, 6). Autores posteriores como los aquí citados han abordado con solvencia esta cuestión.
29. Constituye la traducción al italiano anotada de la Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790, publicada por Antonio de León y Gama en 1792 con motivo del hallazgo de la Coatlicue y de la piedra del Sol. Romani 1998, 135-136; Cañizares-Esguerra 2001, 254 y Romero Galván, 318-320.
30. Este trabajo, calificado por Keen (1984, 310) como la “primera obra de arqueología mexicana que se publicó en Europa”, está centrado en las pirámides de El Tajín y Xochicalco. Sobre esta obra Fernández 1972, 53-60, Romani 1998, Cañizares-Esguerra 2001, 254-258 y Flores 2021, 165-168. Este autor ha estudiado el uso que Humboldt hizo de ella (Flores 2014, 583).
31. Romani 1998, 149 y Abete 2014, 303. En esta línea destacan también las “Observaciones del Padre Márquez acerca del calendario del Códice Mexicano del Cardenal Borgia”, publicadas en los Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología (1911) por Nicolás León y traducidas por Jorge Enguerrand.
32. Sobre este debate entre los siglos XVI y XVIII Gliozzi 1977. Para el caso de Márquez Fernández 1972, 56 y Romani 1998, 145.
33. Estas comparativas han sido recogidas, entre otros, en Fernández 1972, 56; Gutiérrrez Haces 1988, 191-193; Romani 1998, 147-148; Valdés 2008, 89-91 y Goldin 2022a, 106-110. La utilización del dórico por parte de los antiguos mexicanos fue desarrollada en su Dell’ordine dorico, que constituye la principal aportación del lado hispano a los debates sobre este orden fue analizada en Rodríguez Ruiz 1986 y Flores 2021, 161-162.
34. Gutiérrez Haces 1988, 194-205.
35. Márquez 1804, 25-26. Esta postura entronca con la de Clavijero, analizada en Goldin y Sebastiani 2019, 29.
36. De hecho, remitió a sus Due antichi monumenti en la voz “Architectura mexicana” (I: 79r).
37. Las ideas mencionadas a continuación están en los folios 177r-180v.
38. “Después de 230 años dela conquista, que fueron varios matemáticos a hacer sus observaciones astronómicas hallaron los residuos, que describen, y que hacen fè de la antigua grandeza” (IV: 178v). Sobre el artículo “Mémoire sur quelques anciens monumens de Pérou, du tems des Incas” Valdez 2013.
39. Concretamente, San Vicente describió la catedral y el Sagrario y enumeró otros edificios, tales como conventos, hospitales, colegios y capillas. De San Vicente 1913.
40. Esta idea fue apuntada en Rodríguez Ruiz 1992, 44 y Crespo 2008, 146, mientras que para Ramón Gutiérrez (2004, 11) estas páginas únicamente constituyen “tímidos aportes sobre lo que significaban la arquitectura y el arte colonial mexicano o peruano”. Sobre varios de sus compatriotas, Flores 2021. Este autor, parafraseando a Miguel Batllori, llega a hablar de “cultura ítalo-mexicana”.
41. Fernández 2014, 173.
42. Manuale di vari ornamenti tratti dalle fabbriche, e frammenti antichi, per uso, e commodo de’ pittori, scultori, architetti, scarpellini, stuccatori, intagliatori di pietre, e legni, argentieri, giojellieri, ricamatori, ebanisti &c. (Roma, 1781).
43. Como ejemplo de la importancia que ostentaron las obras públicas durante la Ilustración véase Crespo 2008b.
44. De hecho, explicitó: “Lo dicho de Mexico puede serbir de muestra” [para el resto de América] (IV: 215v).
45. Keen 1984 [1971], 310-311; Gutiérrez Haces 1988, 195-197; Rodríguez Ruiz 1992, 42 y Flores 2021, 157.
46. Sobre el trabajo de Clavijero en el marco de esta polémica Ronan 1977, 245-296; Keen 1984, 303-310 y Ortiz Galicia 2014. En esta línea destacan también la manuscrita Difensa della Spagna e della sua America meridionale de Juan Caledonio Arteta, el Saggio di Storia americana de Filippo Salvatore Gilii o la Rusticatio mexicana, publicada por Rafael Landívar en 1782. Osorio 1989, 347.
47. Milizia 1781, I: 139-144.
48. Junto a las críticas a la América española, parte de los ataques de Milizia estuvieron dirigidos a unos europeos que habían ido por voluntad propia a “seppellirsi in quel brutto emisfero”, a los que censuró también la destrucción provocada y sus exageradas descripciones sobre el Nuevo Mundo (Milizia 1781, 143), algo que constituye un coletazo de la más tarde llamada “Leyenda Negra”.
49. Milizia 1781, I: V.
50. Milizia 1797, 26. Las críticas de Milizia, que llegaría a comparar a los americanos con “castores”, han sido recogidas en numerosos trabajos, como Gutiérrez Haces 1988 y Valdés 2019.
51. Esta idea de México como “Nueva Roma” está presente en muchos otros autores novohispanos, como ha recogido Jiménez Marce (2008, 48-50).
52. Flores 2020, 111-112.
53. Milizia 1781, I: 58.
54. Goldin 2022a, 110. Antonella Romani (1998, 138) señaló el intento de Márquez por comparar fenómenos universales diversos, de cara a reconocer en ellos rasgos comunes y universales. Véase también Flórez 2014, 609.
55. Cabe situar a Márquez en la línea de otros como Clavijero y Alzate, que en palabras de Carlos Fregoso (2008, 236), fueron “exponentes de un tipo de nacionalismo intelectual”.
56. Recordemos cómo su Saggio dell’astronomia y su Due antichi monumenti di architettura messicana estuvieron dedicadas a la “muy noble, ilustre e imperial ciudad de México”. Flores 2021, 170.
57. Flores 2012, 65.