“Mon Dieu, ¿modelar a Mussolini no es suficiente para una mujer?”: Primo de Rivera retratado por Nancy Cox-McCormack
“Mon Dieu, Isn’t Modeling Mussolini Enough for One Woman?”: Primo de Rivera Portrayed by Nancy Cox-McCormack
Victoria Sánchez Mellado
Universidad Pablo de Olavide. España
https://orcid.org/0000-0003-0651-5315
vsanmel@upo.es
Resumen:
Nancy Cox-McCormack, escultora y escritora estadounidense, viajó a España entre 1925 y 1926. Durante su estancia en el país creó uno de los primeros bustos de Miguel Primo de Rivera, cuya autoría se desconocía. Además, en 1927, publicó su libro de viaje Pleasant Days in Spain donde describió su percepción sobre España, el proceso de modelado del busto y la impresión que tuvo del dictador. El propósito de esta investigación es estudiar el trabajo, escrito y escultórico, de Cox-McCormack y relacionarlo con otros hechos por ella para retratar a figuras relevantes del momento así como con otras imágenes que se crearon de Primo de Rivera.
Palabras clave:
Nancy Cox-McCormack; Miguel Primo de Rivera; Libro de viaje; Escultura; Siglo XX.
Abstract:
Nancy Cox-McCormack, American sculptress and writer, traveled to Spain between 1925 and 1926. During her stay in the country, she made one of the first busts of Miguel Primo de Rivera, whose authorship was unknown. Furthermore, in 1927, she published her travel book Pleasant Days in Spain where she described her perception of Spain, the process of modeling the bust, and the impression she had of the dictator. The purpose of this research is to study Cox-McCormack’s work, both written and sculptural, and to relate it to other works she did to portray relevant figures of the time, as well as to other images that were created of Primo de Rivera.
Keywords:
Nancy Cox-McCormack; Miguel Primo de Rivera; Travel book; Sculpture; 20th Century.
Fecha de recepción: 5 de julio de 2024.
Fecha de aceptación: 13 de septiembre de 2024.
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© 2025 Victoria Sánchez Mellado. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Com-mons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 4.0. International License (CC BY-NC-SA 4.0). |
Nancy Cox-McCormack: la escultora y escritora
Es conocido que ser mujer artista no ha sido fácil. Ellas tenían que enfrentarse a condiciones más difíciles que aquellas con las que se encontraban sus compañeros varones. Aun así, algunas artistas superaron esas barreras logrando que su nombre llegue a nuestros días. Sin embargo, aunque Nancy Cox-McCormack fue una escultora que realizó retratos de algunas de las personalidades más reconocidas del panorama internacional de principios del siglo XX, su nombre no es tan conocido, especialmente en España. Aquí hizo una de las primeras esculturas de Miguel Primo de Rivera y, a pesar de ello, hasta ahora se desconocía la autoría de su obra. El propósito de este trabajo es poner en valor la labor artística de Nancy Cox-McCormack en el contexto de uno de los periodos históricos menos estudiados de España y mostrar cómo fue el proceso para retratar al dictador español. También trataremos sobre los bustos que hizo a Benito Mussolini o Mahatma Gandhi y la producción de otros artistas que retrataron al marqués de Estella.
Nancy Cox-McCormack (1885-1967) fue una escultora estadounidense nacida en Nashville (Tennessee), originaria de “una orgullosa familia sureña” cuyos orígenes se remontan al siglo XVII1. Con doce años modeló un retrato de su madrastra que “hizo que toda [su] familia temiera que pudiera ser una artista”2. Para alcanzar su libertad, se casó en 1903 con Mark McCormack en un matrimonio de conveniencia3, pero se separaron a los siete años, para divorciarse poco después. Es entonces, en 1909, cuando decidió dedicarse a la escultura4, estudiando en la escuela de Bellas Artes de St. Louis (Washington University) y, un año después, en el Art Institute of Chicago5. Durante su formación estuvo vinculada con importantes artistas y maestros que ejecutaban esculturas públicas, conmemorativas e históricas, las cuales influirían en su producción artística. De hecho, ya en su etapa en Chicago hizo bajorrelieves conmemorativos y bustos de personajes relevantes de la ciudad6. Esto provocó que pronto alcanzase reconocimiento en Estados Unidos. Así, en un artículo de 1912 nos decían que se haría “un hueco entre los grandes escultores de América”7 y en una nota de prensa de 1915 ya la definían como “una escultora de fama nacional”8. Además, también publicó, en 1918, el libro de cuentos infantiles Peeps. The Really Truly Sunshine Fairy.
En los años veinte visitó Alemania y se instaló en París, donde conoció al poeta estadounidense Ezra Pound, de quien hizo una máscara9. Y en 1922 se estableció en Roma, ciudad en la que abrió un estudio. Por entonces, en la prensa, se destacaba el talento de la estadounidense por su capacidad para captar el físico y el alma de los representados, además de referir a comentarios del tipo “era joven, bonita y talentosa”, algo usual en la época10. De su estancia italiana son las obras de Benito Mussolini, del poeta Lauro de Bosis y del arqueólogo veneciano Giacomo Boni. La escultura al dictador fue realizada en 1923, gracias a la intermediación de Lidia Rismondo, “simpatizante del fascismo emergente”, de la que también hizo un busto, y de Vittorio De Santa, periodista del Chicago Tribune11. En ese mismo año tuvo una audiencia con el papa Pío XI12 y participó en la Bienal de Roma13. Junto a ello, en 1924 terminó la estatua del senador Edward Ward Carmack, aunque había ganado el concurso en 1912, pocos años después de la muerte violenta del senador. La escultura fue colocada enfrente del capitolio del estado de Tennessee14.
La producción de Cox-McCormack fue valorada por el realismo que otorgaba a sus obras y se caracterizó por la importante red de contactos que estableció. Ella misma nos confirma que prefería retratar a personas que estuviesen haciendo historia y que confiaba en “[su] comprensión humana imparcial, su perspicacia y [su] intuición para leer los rostros y los personajes”15. Por lo tanto, en la década de 1920, Nancy Cox-McCormack ya tenía fama en influyentes círculos europeos. Y con este bagaje vino a España, entre 1925 y 1926, e hizo en Madrid, al poco de iniciarse el directorio civil, el busto de Primo de Rivera.
No fue Cox-McCormack la única escultora estadounidense cuya obra estuvo relacionada con la España de esta época. Basta recordar a Anna Hyatt Huntington y a Gertrude Vanderbilt Whitney. La primera realizó para Sevilla la estatua del Cid Campeador en 1929 (copia del original de 1927 ubicado frente a la Hispanic Society de Nueva York) y para Madrid la de Los portadores de la antorcha en 1955, de la que también existe una copia en Valencia, al igual que de la del Cid16. Gertrude Vanderbilt Whitney, por su parte, es conocida por la monumental escultura de Colón inaugurada en Huelva en 1929. Esta última autora escribió diarios, no publicados originalmente, sobre sus experiencias en España. Concretamente, de su viaje en 1920 y del efectuado entre 1928 y 1929, en ese último caso para la inauguración del monumento onubense17.
Al igual que Gertrude Vanderbilt Whitney, Nancy Cox-McCormack también dejó plasmadas las experiencias que vivió durante su estancia en España. En este caso, con el libro de viaje Pleasant Days in Spain, publicado en Nueva York en 1927 (Figura 1). Este texto nos interesa por la figura de Nancy Cox-McCormack como artista, al narrar cómo creó el busto de Primo de Rivera, y por su percepción como mujer sobre la España de aquella época.

Figura 1. Frontispicio de Pleasant Days in Spain. London: Williams & Norgate, ca. 1929.
La publicación tuvo impacto en los medios y, por ello, encontramos comentarios en la prensa estadounidense y en la española. En su país de origen definieron a su autora como “una artista también en palabras” y destacaron que el libro estuviese escrito de un modo “familiar y personal”, así como que en él se encontraba a “una personalidad distintiva y agradable entregando impresiones de España”18. Por el contrario, en nuestro país se criticó su ignorancia, comparándola con el resto de turistas norteamericanos, y se la calificó de “temeraria”, “culta” y “Siempre sola y sin armas”:
Miss. Cox-McCormack ha pasado por España sin enterarse de nada, como pasan la mayoría de los turistas americanos: con una opinión fabricada de antemano a base de Dumas, Gautier y la guía Baedeker. Si, como parece, sólo se propuso demostrar su portentosa ignorancia de nuestra lengua, de nuestra historia y de nuestras costumbres, lo ha conseguido plenamente. ¡Congratulations!19.
Cox-McCormack sí hablaba español, aunque ella afirmaba que no lo “suficiente” como para que Primo de Rivera tuviese inconvenientes en que modelase su escultura mientras él se reunía con oficiales y otros políticos para la toma de decisiones sobre el país20. Esta permisividad es relevante ya que estamos en unos momentos en los que el marqués de Estella “concentraba un poder prácticamente absoluto en su figura”21 y nos hace preguntarnos si el dictador hubiera actuado igual de ser el artista un extranjero con conocimientos del idioma.
Junto a la supuesta ignorancia del idioma, la crítica a la obra de Cox-McCormack, en parte, vino por la imagen atrasada que difundía del sur del país, la cual también era pregonada por los viajeros que le precedieron. Como define Moreno Garrido, ya se estaban dando cambios en la época que permitieron cierta modernización de la nación: aumento de la población, transformaciones de ciudades, mejora de transportes y prosperidad económica22. Sin embargo, Cox-McCormack describió experiencias que refieren al atraso, como la curiosidad que suscitó una cafetera eléctrica y una tostadora en la aduana de Cádiz, la cantidad de pobres que vio en las estaciones de tren, o la posición invisible de la mujer española23. A este respecto, Cox-McCormack se sorprendió al ver que las mujeres se quedaban en casa mientras sus esposos se dedicaban a los negocios e incluso resaltó la imagen medieval que transmitían cuando rezaban. Escribió que se declararía el “estado de pánico o la ley marcial” si surgiesen clubes de mujeres como los existentes en Inglaterra o Estados Unidos. En definitiva, para ella las mujeres españolas eran “víctimas de un sistema de educación que ha fomentado un falso pudor y un considerable analfabetismo”24.
A ello se añade que todavía resultaba llamativo que una mujer viajase sola, como también quedó reflejado en la prensa de la época ante el viaje en solitario de nuestra protagonista25, hecho que expresó en varias ocasiones la propia Cox-McCormack en su libro. Nos contó que ella y una condesa eran las dos únicas mujeres que viajaban solas, sin la supervisión de un marido o sacerdote durante el trayecto en el barco hacia España, que al entrar a un hotel sevillano el portero anunció “¡Una señora sola!”, o que la dueña de un hotel de Burgos se mostró escéptica cuando Cox-McCormack se presentó con una carta de un hombre cuyo nombre no indicaba ningún rasgo de parentesco26. Sin embargo, lo cierto es que a pesar de la imagen atrasada que transmitió en ciertos pasajes, sí estaba al tanto de las tradiciones y de la historia del país. Conocía costumbres tan arraigadas como los toros, aunque no le gustasen. De hecho, es muy probable que el comentario del periódico español fuese impulsado, especialmente, por la crítica que expuso sobre esta práctica, a la que calificó de entretenimiento “degenerado”, respondiendo con un “Señor, no soy una salvaje” cuando se le invitó a una corrida27.
En cuanto a las artes, como mostró en su libro, estaba al tanto de la obra de artistas como José María López Mezquita y Mariano Benlliure, añadiendo fotografías de varias pinturas del primero. Se trata de dos artistas que tuvieron bastante proyección internacional, pudiendo citar, a modo de ejemplo, las colaboraciones con el estadounidense Archer Milton Huntington. Nancy Cox-McCormack admiró también los principales monumentos del país y, de acuerdo con su profesión, mostró entusiasmo por ciertas obras escultóricas, como la tumba de los Reyes Católicos en Granada, la sillería del coro de la catedral de Toledo o los sepulcros de la cartuja de Miraflores de Burgos. Disfrutó con la sala de Velázquez del Museo del Prado, a la que consideró su “refugio”. Allí admiró especialmente las figuras ecuestres, calificándolas como “sus obras más satisfactorias”, y el retrato de Montañés28. Sin lugar a duda su trabajo esculpiendo retratos le hizo acercarse más a estas obras del pintor sevillano frente a otros cuadros históricos o mitológicos.
Era al Museo del Prado a donde Cox-McCormack se dirigía para despejarse al terminar cada una de las sesiones con el dictador29. Y son esos momentos –en los que la escultora narró cómo estuvo trabajando con uno de los protagonistas de la España de la época– los que hacen que su libro cobre especial relevancia, frente a otros escritos sobre el país.
Mon Dieu, modelar a Mussolini no tiene por qué ser suficiente para una mujer
Cox-McCormack refirió, con una frase que concuerda con la imagen que transmitió sobre la mujer española, que cuando Primo de Rivera fue informado de su interés por hacerle un busto, él exclamó: “Mon Dieu, ¿modelar a Mussolini no es suficiente para una mujer?”30. Sin embargo, frente a las dudas que tuvo el dictador, aceptó la solicitud por la fama que ya adquiría Cox-McCormack, y gracias al patrocinio e intermediación del embajador estadounidense Alexander P. Moore31. Y no olvidemos que ya había ejecutado retratos de importantes personajes, como el de Mussolini, dictador admirado por el español32. Es lógico pensar que para Primo de Rivera era de su agrado tener en común con el italiano a una artista que hubiese creado un busto de ambos, pues así se conformaba un programa iconográfico del poder de la Europa del momento. Estos factores propiciaron que el marqués de Estella dejase su rostro en manos de nuestra escultora.
A ello se añade que Primo de Rivera, como el líder italiano, tenía que “construirse un aura carismática para justificar su poder y presentarse como el caudillo que venía a liderar el proceso de regeneración nacional”, usando, para ello, “medios de comunicación, propaganda oficial y ceremonias patrióticas”33. Los retratos eran esenciales para potenciar su imagen y de hecho, como hemos comprobado, es a partir de 1925 cuando se intensifican las obras pictóricas y escultóricas en las que aparece. Precisamente, es en ese año cuando Cox-McCormack realizó la escultura, y cuando obtuvo las impresiones que le llevaron a describir al marqués de Estella en el texto impreso, publicado dos años más tarde.
En él, Nancy Cox-McCormack definió a Primo de Rivera como “la figura más asombrosa” después de Mussolini y como el liberador de España de los políticos corruptos34. Para nuestra artista, el dictador era una persona cortés, que inspiraba confianza y trabajador, pues explicó que, como Mussolini, dedicaba diariamente de doce a dieciséis horas, siendo un “arquetipo del 100 por ciento de eficiencia”35. Por esta capacidad de trabajo, le puso como ejemplo para “la moral española”36. Sin embargo, el tesón del dictador no era incompatible con el miedo que suscitaba, pues, como describió Cox-McCormack: “no da la impresión de ser un hombre que disfruta haciendo la guerra, pero no podría imaginarme un enemigo más terrible”37.
La impresión que tuvo de Primo de Rivera estaba acorde con la que tuvieron otros viajeros del momento. Como ha estudiado José Ruiz Mas, la mayoría de los angloparlantes se mostró favorable a la dictadura por la mejor situación social y política que encontraron en el país. En cambio, entre los que se opusieron al régimen, “ninguno [salvo alguna excepción] demuestra tampoco una especial animadversión hacia el dictador”38.
Cox-McCormack, además, quiso escribir un relato sobre la carrera de Primo de Rivera, como ella misma nos dice, aunque no lo acabó publicando. La finalidad era que sus lectores conociesen su figura y, aunque admitía que existían opositores al dictador, lo presentaba como un hombre que estaba dirigiendo una revolución natural sin crear molestias en el pueblo y que era visto como “el único hombre disponible y capaz de hacer avanzar la suerte actual de España”39.
En definitiva, la imagen que Cox-McCormack transmitió del dictador en su libro de viaje concuerda con la que quiso crear el propio protagonista, pues, como define Quiroga Fernández de Soto, Primo de Rivera era visto como un “líder profético” que salvaría la nación, “un trabajador infatigable”, un hombre simpático y amable y con una “actitud caballerosa”, aunque su círculo cercano reconocía que tenía un carácter complicado40. No obstante, no hay que olvidar que “esta imagen responde a un proyecto propagandístico para contrarrestar la visión de un dictador que mandaba utilizar armas químicas contra civiles, propugnaba el asesinato de sindicalistas y legitimaba los malos tratos y las denuncias falsas en todo el país”41. De hecho, como afirma Quiroga Fernández de Soto “sus muestras de simpatía, campechanía y amabilidad ante la prensa nacional y extranjera debemos entenderlas no tanto como la expresión natural del carácter del jerezano, sino como la imagen que de sí mismo quiso proyectar el dictador”42. Por lo tanto, Nancy Cox-McCormack, al describir al marqués de Estella de la manera en la que lo hizo contribuía a transmitir la imagen concreta que el dictador buscaba que se difundiese y, con ello, a exaltar al dictador ante el público extranjero.
Respecto al proceso de modelado y a la forma de trabajar de Cox-McCormack, la periodista Alice Rohe nos dejó un importante testimonio, unos años antes de enfrentarse al trabajo de Primo de Rivera, en 1922. Nos dice que a la escultora le cansaba tener que trabajar con prisas, ya que necesitaba tiempo para poder contemplar al retratado43. En cuanto a las sesiones con Primo de Rivera, es la propia Cox-McCormack la que nos contó que no fue fácil crear el busto, puesto que Primo de Rivera no mantenía el rostro tranquilo por estar continuamente trabajando. Y cuando miraba a la escultora era “con pesar” para volver rápidamente a sus notas. Además, la ubicación del dictador tampoco ayudaba, pues solía colocarse “bajo una luz cegadora junto a una ventana”44.
Nancy Cox-McCormack se quejaba de que Primo de Rivera nunca posaba para ella. Pese a ello, tenemos un testimonio único al conservarse una fotografía en la Sophia Smith Collection of Women’s History del Smith College, donde se muestra al dictador posando para la estadounidense (Figura 2). Al respecto, es importante destacar el hecho de que el marqués de Estella aparezca junto a la escultora, una mujer artista, si tenemos en cuenta la mentalidad de la época. En la imagen, Cox-McCormack mira a Primo de Rivera simulando el modelado en el busto, es decir, mostrando su autoría. En ella apreciamos, además, la ventana de la que provenía esa “luz cegadora” que le impedía a nuestra artista apreciar el rostro del retratado.

Figura 2. Nancy Cox-McCormack junto a Miguel Primo de Rivera modelando su busto. Smith College Special Collections (Northampton, Massachusetts), Sophia Smith Collection of Women’s History, Nancy Cox-McCormack Cushman Papers.
Y a pesar de esas dificultades, consiguió llegar a un resultado que, en su opinión, era “una acertada interpretación del maestro español”, por lo que se sentía “afortunada de ser el único escultor, hasta el momento, en tener siquiera esta oportunidad de hacer su retrato en busto”45, aunque, como veremos, el año antes ya se le hizo uno. En este trabajo observamos el rostro del dictador en una pose y con unas facciones que transmiten no solo su semblante, sino también la seriedad propia de un gobernante.
En la prensa de la época, concretamente en el periódico La Nación, que servía como instrumento de propaganda de la dictadura, y apenas un año después de la ejecución del busto, se afirmaba que en él se apreciaban “los rasgos esenciales del carácter del modelo: su optimismo y su extraordinaria energía”46. En la noticia publicaron, además, una imagen con el busto y el retrato de nuestra escultura, por lo que una vez más verificamos la autoría de Nancy Cox-McCormack. En otras fotografías observamos nuevamente a la escultora posando junto al busto en bronce, es decir, la obra final, como en la de Peter A. Juley & Son, conservada en el Smithsonian American Art Museum (Figura 3), y la de Keystone View publicada en el periódico Informaciones y donde aparece, además, junto al busto de Mussolini47. En las imágenes apreciamos las dimensiones de la obra, más grande de lo que sería el rostro en la realidad, al medir, incluyendo la peana, 58,5 x 25,5 x 29 cm.

Figura 3. Peter A. Juley & Son. Nancy Cox-McCormack junto al busto de Primo de Rivera. © Peter A. Juley & Son Collection. Smithsonian American Art Museum.
En cuanto a su difusión, Cox-McCormack tenía el propósito de exponer el busto en París y en Estados Unidos. Además, ella misma dejó constancia de cómo el dictador tuvo incertidumbre por el fututo, motivo por el que le dijo “sabrás cuando devolver el bronce a Madrid”48. El retrato fue, posteriormente, fundido en París. El primer lugar en el que se exhibió fue en las galerías de Jacques Seligmann, en el palacio de Sagan de París. Después pasó por la galería de la misma empresa en Nueva York. La propia Cox-McCormack informó que tuvo mucho éxito, y por ello fue mostrado varias veces en Estados Unidos, como en The National Women Painters and Sculptors en Nueva York, en febrero de 1927, o en la Union League Club of New York, en abril de 192749.
Durante este tour, la escultora también difundió su obra y la imagen del dictador mediante entrevistas en la prensa. Podemos citar, por ejemplo, la que ofreció al periódico The Sunday Morning Star a su paso por Londres en febrero de 1926 antes de ir a París. Su autor nos presenta a Cox-McCormack como la única mujer que ha esculpido a Primo de Rivera y a Mussolini, la persona que mejor conoce sus rasgos, gestos y caracteres y quien sabe, incluso mejor que el dictador español, cómo es su conciencia interior50. En estas entrevistas también comentaba la impresión que tuvo de Primo de Rivera, corroborando lo que publicaría en 1927 en Pleasant Days in Spain y que se ha visto anteriormente. Lo presentó como un hombre al que admiraba, “un español de verdad”, “convincente” y “un buen hombre”; al que consideraba como el salvador del país, “un revolucionario práctico, el hombre ideal para el comienzo del renacimiento de la península española”, comparable al Gran Capitán y a quien el rey debería estar agradecido51. Otra entrevista que le hicieron apareció en la edición de París de The New York Herald en marzo de 192652, traducida al español y presentada en el citado artículo de La Nación de abril de ese año.
Posteriormente, la labor de Cox-McCormack fue reconocida oficialmente en España al recibir, el 7 de octubre de 1929, la condecoración de Caballero de la Orden del Mérito Civil, aunque ella misma admitió que ni el retrato que hizo de Primo de Rivera ni el libro que escribió merecían tal distinción53.
Tras las exposiciones, nuestra artista decidió guardar el bronce hasta que hubiese una situación propicia para ir a la embajada de España en Washington54. Y se debe a su propósito personal el que esta escultura se encuentre hoy en día en España y que así Cox-McCormack pudiese cumplir con el “solemne compromiso” con Primo de Rivera55. Así pues, fue en 1951 cuando se puso en contacto con la embajada española en Washington para gestionar los trámites para que ese “precioso regalo al gobierno español”, como escribió Manuel Cañal, agregado cultural de la embajada, llegase al país56. Concretamente, se le indicó que debía enviar el busto dirigido a Agustín Muñoz Grandes, por entonces ministro del Ejército. En la actualidad este busto pertenece al Museo del Ejército en Toledo (Figura 4) y se encuentra en la Jefatura de la Dirección de Acuartelamiento del Ejército de Tierra (Madrid). En la imagen apreciamos la inscripción en el registro inferior: “Mig Primo de Rivera 25-XII-25”.

Figura 4. Nancy Cox-McCormack. Busto de Miguel Primo de Rivera, 1925. Número de inventario: MUE-111771; © Museo del Ejército, Toledo.
En definitiva y al contrario de lo que se dijo que exclamó Primo de Rivera cuando le informaron del deseo de Cox-McCormack de hacerle un busto, modelar a Mussolini no tenía por qué ser suficiente para una mujer. Nuestra viajera demostró que pudo hacerse cargo convenientemente de este trabajo, como también lo hizo de otros.
El busto de Primo de Rivera en el contexto de otras obras de la época
Parte de la información que difundió Cox-McCormack sobre el trabajo escultórico a Primo de Rivera en Pleasant Days in Spain había sido preparada como un artículo que finalmente no publicó, como ella misma afirmó57. No obstante, esta experiencia no fue la única que plasmó por escrito en lo referente a personajes de la política del momento, ya que existen, entre otros, textos sobre su trabajo para el busto de Benito Mussolini, aunque tampoco llegó a publicarse58, y de Mahatma Gandhi, que apareció en la revista Tennessee Historical Quarterly en 196059.
Es interesante, para comprender el trabajo de Cox-McCormack con Primo de Rivera, referir, gracias a esos escritos, a las experiencias con personajes influyentes como Mussolini y Gandhi. El primero es importante por ser el “primer –y único– retrato en bronce del dictador realizado por una mujer”, como define Brera60. Al igual que con Primo de Rivera, en el retrato al italiano la artista estadounidense supo reflejar las características físicas y psicológicas y mostrar a un hombre “más como condotiero que como intelectual visionario”61. Es significativo el texto en que la artista refirió la conversación mantenida con Mussolini, donde demuestra la personalidad de él y la valentía de ella al solicitar realizar su retrato. Ante la propuesta de Cox-McCormack, Mussolini le dijo “Signora, no hace mucho empecé a posar para un pintor que me ponía tan nervioso ¡que terminé la primera sesión casi lanzándole por la ventana! ¿No tiene miedo cuando le digo que podemos empezar mañana?”. A lo que ella respondió: “Su Excelencia, cuando estoy nerviosa soy mucho más peligrosa que usted que no sería yo quien se cayese por la ventana”62. Finalmente, y como hemos mencionado, el dictador italiano aceptó la propuesta. Diez fueron las sesiones acaecidas en 192363, a las que iba acompañada de Lidia Rismondo, cuya intervención, como ya indicamos, propició que Nancy Cox-McCormack pudiese realizar el busto. Mientras ella trabajaba, Mussolini a veces caminaba por la sala, hablaba en voz alta o se ponía a leer el periódico. Al igual que con Primo de Rivera, se conservan varias imágenes que inmortalizaron este momento. En una de ellas vemos a Cox-McCormack trabajando en la parte posterior del busto mientras, al otro lado, Mussolini lee tranquilamente un libro (Figura 5).

Figura 5. Nancy Cox-McCormack junto a Benito Mussolini modelando su busto. Courtesy Tennessee State Library & Archives. Cox-McCormack, Nancy Papers 1911-1967. Box 2, Folder 1.
La escultora definió a Mussolini como un amante de las flores y un entendido del arte. También como una persona trabajadora y sobrecargada, tanto que en una de las sesiones se acabó quedando dormido, lo que le dio a Cox-McCormack la oportunidad perfecta para observar su rostro calmado sin que la actividad del día a día lo perturbase64. Finalmente, el busto se terminó, según relata Cox-McCormack, cuando Mussolini puso su nombre en el modelo de arcilla y exclamó: “¡Me gusta este primer retrato esculpido de mi porque es estilizado y (con un brillo en los ojos) porque has modelado perfectamente mi hermosa y sensual boca!”65.
La obra en bronce (que mide 46,4 x 22,2 x 25,4 cm) recuerda a “las medallas antiguas y [a] las vibraciones y tensiones del arte futurista”66. En conjunto, el rostro muestra concentración y decisión, pues como escribió nuestra viajera, quiso transmitir un estado de ánimo filosófico ya que sentía a Mussolini como un “estadista con visión política”67. Según Nancy S. Weyant, se realizaron cuatro copias y una de ellas se encuentra en The Herbert F. Johnson Museum of Art, Cornell University, Ithaca, New York68 (Figura 6).

Figura 6. Nancy Cox-McCormack. Busto de Benito Mussolini, 1923, bronce. Bequest of the artist in memory of her husband, Charles Thomas Cushman; 92.048.002. Collection of the Herbert F. Johnson Museum of Art, Cornell University. Image courtesy of the Johnson Museum.
Por otro lado, también queremos destacar la experiencia vivida junto al líder indio Gandhi, acaecida en Londres en 1931. Nuestra artista narró las complicadas condiciones en las que tuvo que hacer la obra: por la posición que debía tener agachada en el suelo para poder contemplar la cara de Gandhi y por las gafas que llevaba este y que le impedían contemplar su rostro correctamente69. Al igual que le ocurrió con Primo de Rivera, tampoco tuvo ningún problema en trabajar mientras Gandhi –que se hallaba en Londres para participar en la segunda conferencia de Mesa Redonda en la que se debatió sobre la situación de la India–, mantenía conversaciones de tipo político, aunque en este caso no entendía su idioma70. Al contrario de los bustos de Mussolini y de Primo de Rivera, en los que solo vemos la cabeza, en el de Gandhi también apreciamos parte del torso para destacar la vestimenta que llevaba. Y en la base hay una cita en la que se lee “OVERCOME EVIL WITH GOOD AND HATE WITH LOVE (Vencer el mal con el bien y el odio con el amor)”. La obra en bronce (con unas medidas de 32 x 29,2 x 13,5 cm) presenta arrugas en la frente y una posición de las cejas que dan la impresión de un rostro pensativo y concentrado. Según Weyant, se realizaron tres piezas de este busto, estando una de ellas en The Herbert F. Johnson Museum of Art, Cornell University, Ithaca, New York71 (Figura 7).

Figura 7. Nancy Cox-McCormack. Busto de Mahatma Gandhi, 1931, bronce. Bequest of the artist in memory of her husband, Charles Thomas Cushman; 92.048.001. Collection of the Herbert F. Johnson Museum of Art, Cornell University. Image courtesy of the Johnson Museum.
Los ejemplos de Mussolini y Gandhi nos muestran las dificultades a las que tuvo que enfrentarse su autora, como también vimos para el caso del dictador español. Sin embargo, no fueron impedimento para que lograse captar la fisonomía de los retratados y transmitir rasgos de sus personalidades, los cuales se comprenden aún más con su obra escrita. Además, nos sirven de testimonio de los selectos círculos políticos por los que supo moverse la artista. Pero la realización del busto de Primo de Rivera hay que entenderla, no solo dentro de las obras hechas por Cox-McCormack, sino también dentro de un programa iconográfico centrado en el dictador. A este respecto, hay que indicar que hemos encontrado pocos datos sobre sus retratos pictóricos y escultóricos y los que hemos localizados han sido muy puntuales.
Así, podemos mencionar, entre otros ejemplos hechos durante la dictadura, el busto de Virgilio Garrán, de 1924, el cuadro de José María López Mezquita de 1925, del que Cox-McCormack nos contó cómo su autor se lo llevaba terminado el día que ella comenzaba su primera sesión72; el lienzo de Cristóbal Montserrat, que no hemos podido localizar, pero del que informaba la prensa en 192573; el retrato del pintor húngaro Philip Alexius de Laszlo de Lombos, de 1927, que acabó perdido74; y los cuadros de Julio Moisés y de Eduardo Malta, de 1928. Ese año, además, la prensa informaba de un retrato pintado por Elías Salaverría y un busto esculpido por Peresejo75. De 1929 es el cuadro de José Ribera Blázquez, copia del de Laszlo, el Desembarco de Alhucemas de José Moreno Carbonero, y los tres trabajos de Mariano Benlliure: un retrato ecuestre, un busto por encargo de Archer M. Huntington enviado a la Hispanic Society of America76 (Figura 8), y el monumento de Jerez de la Frontera por encargo del Ayuntamiento de la localidad77, aunque la propuesta para su ejecución comenzó en 192378. Finalmente, podemos mencionar que hacia 1930 Rafael Argelés le pintó un retrato79.

Figura 8. Mariano Benlliure. Busto de Primo de Rivera, 1929. Archivo Moreno, Instituto del Patrimonio Cultural de España, Ministerio de Cultura.
Frente a estas obras, en las que el dictador aparece representado con vestimenta militar y portando insignias como la Gran Cruz de San Fernando, la de Cox-McCormack nos acerca a una iconografía diferente. Si se complementa, además, con la lectura de las páginas correspondientes del relato de Pleasant Days in Spain, podemos tener la imagen completa que la artista quiso transmitirnos de Primo de Rivera, no tan centrada en el ámbito militar, sino en el día a día de un gobernante. Dicho esto, no cabe duda de que su obra se inserta dentro de un conjunto de trabajos que servían para exaltar el poder del dictador.
De la fama y de los círculos más selectos al olvido
Nancy Cox-McCormack disfrutó de fama durante su vida, participó en exposiciones, de ella se hablaba en la prensa y concedió entrevistas. Pero, a pesar de ello, el busto que hizo de Primo de Rivera quedó en el anonimato y su autora como una desconocida en España. Y ni siquiera han impedido esta realidad factores como el hecho de estar ante uno de los primeros retratos de Primo de Rivera, posiblemente el único busto hecho por una mujer –hasta donde hemos podido averiguar–80, ni el propio libro en el que Cox-McCormack expuso cómo lo realizaba y donde añadía una imagen de él, ni el que la prensa de la época lo calificase de “notable”81, ni las fotografías en las que la artista aparece junto al busto, ni la condecoración que recibió.
Es indudable que el trabajo escultórico y escrito de Cox-McCormack merece un oportuno reconocimiento. A través de su testimonio y otras fuentes comprendemos la relevante posición que tuvo a inicios del siglo XX en el panorama español e italiano, realizando retratos escultóricos de personalidades influyentes, gracias al círculo al que perteneció. Su red de contactos con embajadores y gente próxima a los dictadores nos hace pensar en alguien cuyos intereses al viajar a Europa no quedaron solamente en lo artístico, también denotaban una veta política. Es importante subrayar el interés de Cox-McCormack en hacer creer que no hablaba suficiente español, de manera que Primo de Rivera no temiese ser escuchado delante de ella. Sin embargo, Cox-McCormack sí entendía el idioma y, por tanto, pudo enterarse de las conversaciones que mantuvo el dictador con otras personalidades mientras posaba para nuestra artista. Lo que fue escuchando sirvió de fundamento para las impresiones que plasmó en su libro sobre la España de la época, además de informar, de manera más privada, a su círculo de contactos estadounidense, en el que, recordemos, se incluían embajadores. Debido a esto nos surgen los siguientes interrogantes: ¿pudo filtrar información relevante?, ¿tuvo fines que fueran más allá de lo artístico?
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80. En lo referente a la pintura sí hemos encontrado una noticia de 1929 en la que se informaba que “la señorita alemana Hausmann estuvo pintando al óleo el retrato del general Primo de Rivera”, aunque no hemos localizado más información. Pujol 1929: 22.
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